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Title: Oriente
Author: Ibez, Vicente Blasco (1867-1928)
Date of first publication: 1907
Date first posted: 15 August 2009
Date last updated: 15 August 2009
Project Gutenberg Canada ebook #371

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Titre: Oriente
Auteur: Ibez, Vicente Blasco (1867-1928)
Date de la premire publication: 1907
Date de la premire publication sur Project Gutenberg Canada:
   15 aot 2009
Date de la dernire mise  jour:
   15 aot 2009
Livre lectronique de Project Gutenberg Canada no 371

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V. Blasco Ibez

ORIENTE


     _Este libro--algunos de cuyos captulos aparecieron antes en_ El
     Liberal, _de Madrid_, La Nacin, _de Buenos Aires_, _y_ El
     Imparcial, _de Mxico_--_va dedicado al ilustre_

                               MIGUEL MOYA

     _claro talento, voluntad enrgica, poderoso reformador de la Prensa
     espaola_.




NDICE


CAMINO DE ORIENTE


    I. La peregrinacin cosmopolita

   II. Aguas y msica

  III. Las mesas verdes

   IV. La ciudad del refugio

    V. El lago azul

   VI. Los osos de Berna

  VII. El lago y el Concilio

 VIII. La Atenas germnica

   IX. El Festival Wagner

    X. El _Mozarteum_

   XI. Viena la elegante

  XII. El subterrneo de los emperadores

 XIII. Hermoso Danubio azul...!

  XIV. La ciudad de los magiares


EN ORIENTE

   XV. Los Balkanes

  XVI. Los turcos

 XVII. Constantinopla

XVIII. El Gran Puente

  XIX. Los que pasan por el Gran Puente

   XX. El Gran Visir

  XXI. El Palacio de la Estrella

 XXII. El Slamlik

XXIII. Los perros

 XXIV. Los derviches danzantes

  XXV. El heredero de _Las mil y una noches_

 XXVI. Santa Sofa

XXVII. El Papa griego

XXVIII. Turcas y eunucos

  XXIX. Los derviches aulladores

   XXX. Libertad religiosa

  XXXI. Restos de Bizancio

 XXXII. La Noche de la Fuerza

XXXIII. La entrada en Europa




CAMINO DE ORIENTE




I. LA PEREGRINACIN COSMOPOLITA


Recuerdo que en cierta ocasin tuve en mis manos un ejemplar de la
_Gaceta Imperial_ de Pekn, y al revolver sus finas hojas de papel de
arroz, entre las apretadas columnas de misteriosos caracteres slo
encontr dos anuncios comprensibles por sus grabados: el que llaman
vulgarmente el to del bacalao, o sea el marinero que lleva a sus
espaldas un enorme pez, pregonando las excelencias de la Emulsin Scott,
y una botella de largo cuello con la etiqueta Vichy-tat.

Pocas empresas en el mundo habrn hecho la propaganda que la Compaa
Arrendataria de las aguas de Vichy.

Circulan por las calles de la pequea y elegante ciudad francesa los
pesados carromatos cargados de cajones, camino de la estacin del
ferrocarril. Marchan las botellas alineadas en apretadas filas al salir
de Vichy, para luego esparcirse como una esperanza de salud. Adnde
van...? La fama de su nombre les asegura el dominio del mundo entero.
Una botella ir a morir, derramando el lquido gaseoso de sus entraas,
en una aldea oscura de las montaas espaolas; y la que cabecea junto a
ella no se detendr hasta llegar a alguna poblacin sueca, cubierta de
nieve, vecina al polo; y la otra ir a Australia; y la de ms all
arrojar su burbujeante contenido bajo el sol de frica, en un
campamento de europeos de estmago quebrantado por las escaseces de la
colonizacin.

Y as como el agua de Vichy se esparce por el mundo, para llevar a
remotos pases sus virtudes curativas, los mdicos de toda la tierra por
un lado, y la moda por otro, empujan hacia aqu a las gentes ms
diversas de aspecto y de lengua.

Pars, con ser la ms cosmopolita de las ciudades, por la atraccin que
ejercen sus placeres y sus elegancias, no ofrece el aspecto mundial que
el pequeo Vichy con sus miles de extranjeros. En las primeras horas de
la maana, la muchedumbre que llena el parque y se agolpa en torno de
las fuentes hace recordar los muelles de Gibraltar o ciertos puertos de
Asia, que son como encrucijadas martimas, en los que se tropiezan y
confunden todos los pueblos y todas las lenguas.

La gente europea, igual y montona al primer golpe de vista, muestra su
infinita variedad de trajes, gestos y actitudes bajo los paseos
cubiertos del parque. Desfilan los ingleses con la cara impasible bajo
su pequea gorra, moviendo al andar sus anchos calzones cortos sobre las
pantorrillas enfundadas en medias escocesas; pasan los alemanes con
sombrerillos tiroleses rematados por enhiestas plumas; los espaoles y
americanos, de corbatas vistosas y conversacin a gritos; los italianos,
que copian con exagerado servilismo las modas britnicas; los franceses,
todos con una roseta o una cinta en la solapa. Las mujeres se exhiben
envueltas en velos como odaliscas, con el rostro sombreado por el panam
o el sombrero enorme de alas cadas y cargado de flores copiado de los
retratos de los pintores ingleses. Las blusas de encajes transparentan
en su trama sutil rosadas desnudeces; las faldas cortas y blancas dejan
en su revoloteo una estela de perfumes. Confundidos en esta avalancha de
tonos uniformes, pasan los egipcios y turcos, de levita clara y elevado
fez; los chinos, de tnica azul y bonete negro con rojo botn sobre el
trenzado pelo de rata; los malayos, de blancos calzones, con femeniles
trenzas arrolladas en torno de su rostro amarillo y simiesco; los
persas, vestidos a la europea, pero coronando su bigotuda cara con un
gorro de astracn; dos o tres rajs indios, de albas vestiduras, graves,
hermosos y perfumados, como sacerdotes de una religin potica que
tuviese por deidades a las flores; judos srdidos, cubiertos de sedas
tan brillantes como sucias, y moros ricos de Argel y Tnez, jeiques de
tribu, que ostentan sobre el ntido albornoz la mancha roja de la Legin
de Honor y unen a su arrogancia tradicional la satisfaccin de hallarse
en su propia casa, como sbditos de la Repblica francesa. Y juntos con
estas gentes extraas se muestran los franceses exticos, los militares
venidos de lejanas Francias, los oficiales del ejrcito colonial, que
llegan a reponerse de las fiebres de los pantanos tonkineses, del sol
que devora a los hombres en las casas de tierra de Tombuctu, en los
puestos avanzados del Sahara o en las factoras del Senegal y del Congo;
_spahis_ y cazadores de frica, de teatrales uniformes; marinos y
coloniales con traje blanco y casco ligero de lienzo y corcho.

El agua turbia y burbujeante que salta en las fuentes bajo una gran
cpula de cristal es la que realiza el milagro de reunir gentes tan
diversas y de origen tan lejano en esta pequea ciudad del centro de
Francia que hace menos de tres siglos dio a conocer la pluma de Madame
Svign.

Nada hay nuevo en el mundo. Lo mismo que la gente viene ahora a las
estaciones termales, de las que es reina Vichy, iba hace tres mil aos,
con un fin religioso y de curacin al mismo tiempo, a pequeas ciudades
de Grecia, famosas por sus aguas y sus profetisas, buscando a la vez la
salud del cuerpo y la certeza del porvenir.

No hay aqu ninguna pitonisa que, montada en un trpode sobre la fuente
de la _Grand Grille_ o de los _Celestinos_, profetice nuestra vida
futura; pero diarios y prospectos anuncian la presencia en Vichy de
acreditadas profesoras de cartomancia y magia venidas de Pars para
rasgar los sombros misterios de lo futuro, a razn de veinte francos
por consulta.

No se encuentra una Frin que se muestre desnuda en medio del Parque,
como la irresistible cortesana griega despojndose de sus velos ante los
peregrinos enfermos de Delfos para alegrar su miseria con la regia
limosna de la exhibicin de sus gracias; pero las Frins vestidas son
legin, se cuentan a centenares: unas hablan francs, otras espaol,
otras ruso; son ortodoxas, heterodoxas, hebreas o simplemente impas;
las hay rubias, morenas, amarillas y hasta negras; y repitiendo a puerta
cerrada la suerte de la bella ateniense, ahorran para la campaa de
invierno en Pars o Marsella, Argel o Madrid.

Los graves sacerdotes, majestuosos y sibilinos, de este moderno
santuario de la salud universal son los mdicos. Ochenta y cuatro he
contado en la lista que figura por todos lados, en las esquinas, en los
programas de los conciertos, en las cartas de cafs y restaurantes, y
hasta en las paredes de los mingitorios, para recordar a todas horas al
olvidadizo viajero que estos imponentes personajes son los verdaderos
soberanos de Vichy, y no debe nadie beber una gota de agua sin previa
consulta.

Siendo a modo de grandes sacerdotes, intil es decir que ocupan las
mejores casas de la ciudad, lujosos hoteles, sonrientes villas rodeadas
de flores, cuyos salones de espera estn siempre llenos de clientes.

Con las aguas de Vichy no se puede jugar. Los graves hombres de ciencia
hablan de ellas como si fuesen terribles venenos. Cada vez que hay que
aumentar la dosis en un sorbo conviene consultarles previamente, con un
luis de oro en la mano. Causa admiracin la sabidura, el tino con que
estos respetables aurspices de la ciencia combinan la toma de las aguas
de las diversas fuentes, armonizando unas con otras.

--Un vaso de la _Grand Grille_ a tal hora; luego uno de _Celestinos_ a
tal otra. Ms adelante variaremos, y sern _Chomel_ y _Hpital_. Sobre
todo, nada de prisas. La curacin debe seguir su marcha.

Nada de prisas...! Lo mismo que los graves doctores piensan los
hoteleros de Vichy, los dueos de cafs, los empresarios de teatros,
hasta las Frins del Parque; y esta unanimidad de pareceres convence al
viajero, que no sabe cmo agradecer el inters que todos muestran por
retenerle a su lado.

En torno de las fuentes, los bebedores de agua, apurando lentamente sus
vasos, se preguntan a veces por sus dolencias. Uno tiene enfermo el
hgado, otro la garganta, el de ms all sufre diabetes; una seora
calla y enrojece pensando en la tristeza de los rboles que mueven sus
copas sin llegar nunca a dar fruto... Y todos beben lo mismo!

La Humanidad, que desprecia la salud mientras la posee, guarda su fe ms
ciega para los que la consuelan y entretienen en la gran cobarda de la
dolencia.




II. AGUAS Y MSICA


El sol de las primeras horas de la tarde, filtrndose al travs del
follaje del Parque de Vichy, extiende un manto tembln de harapos de
sombra y retazos de luz sobre la muchedumbre sentada en sillas de hierro
en torno del kiosco de la msica. La orquesta, acompaada de lejos por
las bocinas de los automviles que pasan veloces, por el vocero de los
vendedores de peridicos que pregonan las ltimas hojas llegadas de
Pars y por los gritos de los cocheros que invitan a pintorescas
excursiones por las riberas del Allier, puebla el espacio con los
lamentos de las ondinas del Rin, llorando el mgico tesoro arrebatado
por el maligno Nibelungo, con el melanclico adis de Lohengrin al
alejarse de Elsa, o con la romntica _Cancin de la estrella_ que entona
Wolfram, el grave trovador, contemplando el astro del atardecer.

Vichy es la ciudad de la msica. Los viajeros que ocupan los hoteles
inmediatos al Parque despiertan, apenas comenzada la maana, arrullados
por el primer concierto del da. El _Sigur_, de Reyer, lanza sus blicos
apstrofes, o la _Thas_, de Massenet, se entrega a su mstica
meditacin, arrepintindose de sus desrdenes de cortesana, mientras el
viajero se viste y se lava y va a beber el primer vaso del da en la
fuente de la _Grand Grille_. Luego, a las once, empieza otro concierto
en el caf de la Restauracin, con aditamiento de cantantes; y a ste
sigue el grande de la tarde, en pleno Parque, que dura hasta las cinco,
sin que entre las piezas existan otros intermedios que brevsimos
instantes de descanso, como si la orquesta se avergonzase de su inaccin
y Vichy no pudiese vivir sin una meloda interminable vibrando en su
ambiente. Y a las siete, despus de la comida, empiezan a la vez, para
durar hasta media noche, tres grandes conciertos en los tres casinos
importantes, a ms de una representacin de pera en el Gran Teatro y
los innumerables concertistas que actan en los cafs y _musichalls_.

Parece como que todos los instrumentistas de Francia vengan a Vichy,
durante la temporada termal, para entretener el ocio del pblico
cosmopolita, que digiere las famosas aguas al arrullo de las orquestas.
Toda la msica del mundo es devorada por el enorme consumo meldico de
esta poblacin, que llaman orgullosamente los franceses la _Reine des
Villes d'Eaux_. Desde el _Fuego encantado_, de Wagner, hasta la _Jota
aragonesa_ y la _Marcha Real_, la msica de todos los tiempos y de todos
los pases halaga los odos de la muchedumbre extranjera, tropel de aves
de paso que llena Vichy durante algunas semanas; y tan pronto suenan las
graves notas de una composicin de Bach, como se desarrollan, picarescos
y juguetones, los cantos del gnero chico espaol, y se contonea
chulescamente el diablico tango, haciendo murmurar a los graves seores
condecorados: _Oll, oll!_ y moverse los pies de las seoras, que
exclaman: _Comme c'est joli!_

Msica y agua a todo pasto. Y los enfermos...? Los enfermos no se ven
en ninguna parte. A Vichy se viene a descansar. Adems, la mayor parte
de las enfermedades que curan estas aguas son de larga espera: males
de estmago, diabetes, etc., y los dolientes no se diferencian, en su
aspecto exterior ni en su gesto, de los sanos. De vez en cuando se ve un
seor que, escuchando el concierto, deposita un pie hinchado, enorme,
elefntico, sobre la silla que tiene delante; pero las bandas de franela
y la pantufla son lo nico que revela su enfermedad, al contrastar con
el otro pie calzado de charol. Pasan algunas seoras sentadas en
sillones de ruedas, de los que tiran mozos de cordel; pero van pintadas
y compuestas como las dems mujeres, con tal estiramiento elegante en su
enfermedad y tal respeto de s mismas, que hacen pensar si en Vichy
morir la gente vistiendo traje de _soire_ al arrullo del ltimo vals
de moda.

En los bailes del Gran Casino se ven jvenes con muletas o muchachas que
cojean ligeramente, esforzndose por ocultar la flojedad de sus huesos,
triste herencia de las diversiones de sus progenitores; pero el frac de
los unos y las _toilettes_ escotadas de las otras parecen borrar la
gravedad de sus dolencias, y todos sonren, con un deseo vehemente de
divertirse. Cuando suena la orquesta, el que puede bailar, baila, y el
que se ve imposibilitado de hacer esto, se mete en la sala de juego.

Vichy se divierte; los enfermos malhumorados, que alborotan en sus casas
y llevan a maltraer a los suyos, sonren aqu, y a las seis de la tarde
visten su traje de ceremonia. Venir a tomar estas aguas sin traer un
_smoking_ en la maleta equivale a un sacrilegio.

Hay que descansar, y aunque una gran parte de los que llegan a Vichy son
favoritos de la fortuna, que no conocen la rudeza del trabajo, descansan
y descansan, bebiendo dos vasos de agua por da y charlando durante el
curso de tres o cuatro conciertos diarios.

Las buenas relaciones entre Francia y Espaa, su accin comn en
Marruecos, han influido para dar mayor boga a nuestra msica. Los mismos
compositores de segundo orden que hace algunos aos escriban danzas
rusas y melodas moscovitas en honor de la Doble Alianza producen ahora
la _Marche des Gitanos_, la _Marche des Aficionados_ y otras obras de no
menos color, con fragmentos de la _Marcha Real_ en sordina, repiqueteo
de castauelas, tintineo de tringulo y golpes de pandero.

La msica del gnero chico, tangos dislocantes, pasacalles alegres,
dos de ligera pasin y jotas alborozadas, al alternar con las obras de
los maestros ms famosos alcanza un xito que no consiguen stos muchas
veces.

Yo respeto y admiro el llamado gnero chico. De sus libretos, dramas
comprimidos o sainetes coloristas, apenas si me acuerdo una semana
despus de haberlos visto. Pero la msica de esas obras es una de las
manifestaciones artsticas ms respetables y ms grandes de la Espaa
actual. Se ha hablado mucho de la necesidad de una pera espaola. Para
qu? Espaa ya tiene su msica, que no puede ser ms suya. A los pueblos
no hay que forzarlos para que produzcan artsticamente en determinada
direccin, sino aceptar lo que den espontneamente y celebrarlo, siempre
que tenga una individualidad marcada.

El ilustre maestro Bretn se ha pasado gran parte de su vida batallando
y pensando por crear y afirmar la pera espaola. Yo he viajado por
varios pases de Europa, sin or en ninguna parte fragmentos de sus
peras que pudiramos llamar solemnes o grandes, y en cambio he
escuchado y he visto aplaudir en Francia y en Italia _La verbena de la
Paloma_ y la he odo canturrear a gentes de los Estados Unidos.

En Npoles--pas de los concursos de romanzas, que cada ao da al mundo
una cancin de moda--, los msicos callejeros y las orquestas de los
cafs no tienen otra msica amada que la de Caballero, Chap, Chueca y
otros espaoles.

En Venecia, la de las serenatas romnticas, he visto las gndolas,
cargadas de cantores y orladas de luces, navegar por el Gran Canal, bajo
las ventanas de los hoteles, poblando el silencio de la noche con la
Marcha de los marineritos de _La Gran Va_.

Cada pas debe alegrarse por lo que tiene, sin detenerse a desentraar y
aquilatar su mrito, pues peor es no poseer nada y no despertar la
atencin ms all de las fronteras.

La fama de hermosura y gracia de la mujer espaola la sostienen hoy,
desde Pars a San Petersburgo, todas esas muchachas que, con apodos ms
o menos extraos, bailan o cantan cosas de la tierra. Slo cuando
aparece en la escena un mantn con flecos y un pavero ladeado sobre un
moo con claveles se acuerda el gran pblico de que existe Espaa.
Cuando las orquestas acarician los nervios de la muchedumbre con la
msica fcil, alegre y bizarra del llamado gnero chico se enteran en
Europa de que existe un arte espaol y de que en la Pennsula nos
dedicamos a algo ms que a matar toros.

A muchos les parecer un sacrilegio lo que voy a decir, pero no por esto
es menos cierto. La msica de _La Gran Va_ la tocan ms en el mundo y
es ms conocida que la de _El anillo del Nibelungo_. Ya sabemos que
Chueca no es Wagner. Pero la inmensa mayora de los que escuchan
conciertos en el extranjero, aunque fingen por esnobismo una admiracin
de personas correctas hacia las obras consagradas, prefieren en su
interior el Caballero de Gracia a todos los caballeros del Santo
Graal.




III. LAS MESAS VERDES


El Casino de Vichy es una construccin enorme y blanca, con adornos
serpenteantes de arte nuevo. Contiene un teatro esplndido, en el que
todas las noches se cantan peras o actan las estrellas de la Comedia
Francesa y del Oden, que hacen su _tourne_ anual; sala de conciertos,
grandes salones de baile, gabinete de lectura, una rotonda con espejos
colosales, y el oro chorreando por todas las tallas y adornos de los
muros... Es, en fin, a modo de una catedral moderna, dedicada a toda
clase de diversiones.

De da se forman elegantes grupos de claros colores bajo las marquesinas
de sus terrazas o a la sombra de los pltanos de sus jardines; de noche
brilla como un palacio de leyenda, marcando con innumerables bombillas
elctricas, sobre la lobreguez del espacio, la lnea de sus cornisas, la
esbeltez de sus columnas y las armnicas curvas de su cpula central.

En este santuario de las diversiones, al que acude todo Vichy, existe
como capilla predilecta un saln blanco, enorme y de alto techo, que
tiene sus fieles inconmovibles y fijos desde las primeras horas de la
tarde hasta las ltimas de la madrugada, y en el que se entra con cierto
recogimiento, bajando el tono de la voz y aminorando el ruido de los
pasos. Imponentes criados de empaque principesco indican al abrir la
cancela de cristales que hay que despojarse del sombrero, y el visitante
avanza respetuosamente despus de esta advertencia, pisando muchas veces
las colas de los vestidos femeniles y pidiendo perdn a todas las
espaldas que empuja a su paso.

Aglomrase la gente en torno de una docena de mesas verdes. Junto a
ellas estn sentados los jugadores de importancia, graves, mudos, con
caras de palo y ojos inexpresivos, moviendo las manos cargadas de
billetes y fichas sobre los cuadros marcados en la bayeta verde o
llevndoselas al pelo con lentos rascuones que delatan la emocin.
Contra sus dorsos se empuja y se aplasta la turba de los mirones, que
apunta de tarde en tarde y sigue con inters anhelante las peripecias
del juego: seoras maduras y pintarrajeadas cubiertas de joyas de
empaado brillo, _cocottes_ de perfil hebraico, correctos seores
condecorados con un tic de maniticos en sus hoscas facciones. Todos se
empujan con una vehemencia febril. Brilla en las miradas un fuego
malsano. Los ojos, que siguen el vaivn de los azules billetes, entre la
paletada del banquero y las manos de los jugadores, son ojos que se ven
en los juicios orales o en la primera plana de los peridicos cuando
relatan un crimen sensacional. Pero el aspecto de esta gente no puede
ser ms correcto y honorable. Ellas, aventureras de incierta
nacionalidad y edad misteriosa, descotadas y con grandes sombreros;
ellos, elegantes, ostentando en la solapa del _smoking_ condecoraciones
de raros colores, son hombres de una gallarda profesional que hace
recordar a las mundanas retiradas del pecado y todava caprichosas que
aparecen una maana degolladas en su lecho, con la caja de las alhajas
vaca.

En Vichy son muchos los que confiesan su llegada sin motivo alguno de
enfermedad. Vienen _pour s'amuser_, segn declaran con maliciosa
sonrisa. Unos, sencillos en sus gustos, encuentran diversin sobrada en
el gran rebao femenino que atrae la fama de Vichy. Otros, ms
complicados en sus pasiones y temibles en sus apetitos, se encierran
tarde y noche en la sala de juego del Casino. Los exticos, los venidos
de muy lejos, son los que con ms asiduidad se sientan junto a la bayeta
verde.

Todas las noches contemplo en un extremo de la mesa donde se juega ms
fuerte a un fantasma blanco e inmvil. Es un jeique de Argel. Plido,
con una palidez de hostia, entre la blancura de sus tocas y la orla
nevada de su barba, el viejo jeique parece una figura de cera. Sus ojos
brillan, inmviles, como si fuesen de vidrio, fijos en las manos del
banquero. Esa frialdad musulmana, desdeosa y altiva, que permite a los
rabes contemplar impasibles las mayores grandezas de nuestra
civilizacin, mantiene al venerable moro inmvil y sin pestaear.
Pierde, pierde siempre, y su vida parece concentrarse en sus manos, que
se ocultan bajo las blancas vestiduras, escarabajean en el sitio donde
la Legin de Honor se marca como una gota de sangre sobre el ntido
albornoz, y vuelven a crujir, estrujando azules papelillos que arrojan
ante ellas.

Pobre jeique...! Veo praderas abrasadas por el sol junto a un riachuelo
africano casi seco. Los grupos de palmeras se destacan en negro sobre el
horizonte rojo y oro de la tarde. Los perros flacos y lanudos ladran y
corretean en torno de las tiendas; las mujeres, con el rostro cubierto
por un trapo blanco, van y vienen, llevando sobre su cabeza un cntaro
derecho, o hunden sus brazos gordos y tostados en la harina amasada,
preparando el pan para el da siguiente y haciendo sonar a cada
movimiento los pesados brazaletes de cobre. Los pequeuelos, panzudos,
de color de ladrillo, con la cabeza rapada y un pincel de pelos en el
cogote, corren persiguiendo a los saltamontes. El jefe est ausente; el
amo se fue, y una tristeza de orfandad pesa sobre la tribu. El mdico
del inmediato puesto militar le recomend unas aguas milagrosas de la
lejana Francia, pas de maravillas, y all vive el gran jefe, mientras
el campamento parece ms solo, ms triste. Estn lejos los das en que
los hombres de la tribu hacan galopar sus caballos y disparaban sus
fusiles en alborozada fantasa para recibir al personaje de quepis
rojo que, en nombre del gobernador general de Argel, coloc sobre el
pecho del jefe la cinta encarnada con la estrella de cinco puntas,
motivo de envidia y respeto para las dems tribus del contorno...!

Comienza a morir el sol en el rpido crepsculo africano; lzase en el
horizonte la nube de polvo de los rebaos; yese el trote de los
caballos; ladran los mastines; y los jinetes-pastores, al echar pie a
tierra ante las tiendas, luego de encerrar sus lanudos tesoros, formulan
todos la misma pregunta, sin despojarse del fusil ni haber hecho la
oracin de la tarde: Nada de Francia...? Nada! Y cuando cierra la
noche, los hijos, los yernos, los sobrinos y nietos del ausente, todos
los hombres de la tribu, se duermen envueltos en su albornoz pensando en
el jefe, interpretando su silencio como una seal de grandezas que les
llenarn luego de orgullo al ser relatadas junto a las hogueras del
invierno. Creen en su sencillez que el jeique condecorado alcanza en el
lejano pas de las maravillas los honores que corresponden al venerado
jefe de un centenar de arrogantes centauros. Y a la misma hora, las
manos finas y plidas, manos de cera, dejan sobre la mesa verde, de
minuto en minuto, con la regularidad de un reloj que suena la desgracia,
la fortuna y el bienestar de los que suean en el lejano campamento
africano, bajo la luz difusa de las estrellas, entre el pataleo de las
bestias, el ladrido de los perros y el montono canto de los grillos. Un
puado de papeles azules representa una parte de los corderos que se
aprietan durante un sueo, como si presintiesen en el oscuro horizonte
la bestia carnicera que ronda; otro, un caballo de larga crin, narices
de fuego y patas finas, orgullo de la tribu. Todo lo que el jeique deja
en el montn del banquero significa la esperanza perdida de aplacar a
Nathn o a Samuel, el prestamista hebreo, cuando, al llegar el invierno,
se presente en la tienda del jefe a hablar de negocios.

Salgo de la sala de juego, y en la rotonda central, entre brillantes
_toilettes_, veo dormitando en un divn a una mujer obesa y morena. Es
una juda relativamente joven, pero con su belleza ahogada bajo una
marea ascendente de grasa. El vientre, libre de cors, se marca como una
cpula bajo la falda de seda de anchas y vistosas rayas; el rostro,
moreno y abultado, con los ojos perdidos en bullones de carne y unas
cejas gruesas y unidas como una barra de tinta, asoma en el marco de un
rebozo de seda y oro, tan majestuoso como sucio. Contempla impasible las
miradas de curiosidad de las mujeres, y vuelve a adormecerse, ansiando
que llegue el instante de regresar al hotel. Su marido est en la sala
de juego, y la buena Rebeca o Myriam, sumida en su coraza adiposa,
aguarda horas y horas, viendo en sus cortos ensueos, como ngeles de
luz, algunos nuevos billetes y luises de oro que vengan a unirse al
capital que amasan los dos con una avidez de raza.

En todas partes, los usureros, los prestamistas, los adoradores de la
fortuna, son los fieles ms fervientes del juego. Parece una
incongruencia, pero cuanto ms se ama el dinero, llegando en esta
adoracin hasta la mana, ms dispuesto se est a arriesgarlo a un azar,
con la locura de la ganancia rpida. En Espaa, los principales
consumidores de billetes de la Lotera Nacional son avaros que apenas
comen. En las timbas y casinos, los puntos ms asiduos son
prestamistas y usureros, capaces de cometer una mala accin por una
peseta y que pierden mil sin desesperarse, bajo la ilusin de una
prxima ganancia.

Los artistas, los escritores, hombres poco prcticos, faltos de
habilidad para conservar el dinero, y que parecen despreciarlo por la
prisa que se dan en separarse de l, apenas se sienten tentados por el
juego, y eso que no pretenden pasar por ejemplos de virtud. Son muchas
veces alcohlicos; el eterno femenino complica y desordena los das y
las horas de los ms; hasta los hay que en sus pasiones y gustos
desobedecen las rdenes de la Naturaleza... pero jugadores tenaces y
convencidos yo no conozco ninguno.

Todo jugador es un avaro que desea el dinero de los dems y siente la
fiebre de quitrselo sin arrostrar persecuciones de la Justicia. En
fuerza de adorar al dinero, el jugador acaba por no saber para lo que
sirve, y slo lo admira como una divinidad majestuosa de la que no puede
sacarse provecho alguno.

Yo he conocido un viejo famlico y haraposo, que dorma durante la
maana en los bancos del Retiro y pasaba la tarde y las noches en las
casas de juego. Coma las sobras de los otros jugadores, asista con
preferencia a los crculos donde le obsequiaban con algn caf, como
punto fuerte, y cuando perda, que era las ms de las veces,
ocultbase por unos instantes en el lugar ms nauseabundo de la casa y
extraa billetes de Banco de sus zapatos rotos, del sudador del
grasiento sombrero, de las ropas haraposas, esparciendo sobre el tapete
verde una parte de sus pegajosos habitantes.

--El dinero se ha hecho para jugar--deca sentenciosamente--. Y lo que
quede, si queda algo... para comer.




IV. LA CIUDAD DEL REFUGIO


Bandas de cisnes, unos blancos, otros negros, cortan, con majestuosa
natacin, las atropelladas aguas de un ro ancho y azul; casas enormes,
de puntiagudos techos, asoman por encima de la arboleda de los muelles;
ms all, las verdes colinas se abren, mostrando por el ancho desgarrn
una superficie glauca y ligeramente ondulada, como un pedazo de mar; ms
all an, cierra el horizonte una muralla de montaas, esfumadas por la
distancia, y entre dos de sus cumbres se ve algo as como un
amontonamiento de nubes que a ciertas horas, bajo la luz anaranjada del
sol, toma las formas de un bloque inmenso de cristal, con agudas
aristas. El ro en que nadan los cisnes es el Rdano, que acaba de
nacer; la ciudad es Ginebra; el pedazo de mar, el azul lago de Leman, y
el cristalino amontonamiento que parece flotar en el espacio, ms all
de las montaas, el famoso Mont-Blanch.

En Ginebra, la realidad no responde a las ilusiones y simpatas que trae
el viajero como producto de sus lecturas. Quin no ha amado a la
tranquila ciudad suiza, la Roma protestante, que durante dos siglos
fue el refugio de todos los rebeldes de Europa en guerra con los Papas y
los reyes? El respeto a la libertad humana fue y es an un dogma
religioso del pueblo ginebrino. Teniendo que luchar siglos y siglos
contra los duques de Saboya y contra sus propios arzobispos soberanos
para conseguir la independencia, los ginebrinos, conocedores de lo que
cuesta la libertad, la respetaron siempre en la persona del extranjero.
Aqu se refugiaron los rprobos perseguidos por la Inquisicin espaola
o por los reyes de Francia; aqu encontraron un asilo, en la repblica
cristiana, gobernada por el asctico Consistorio, todos los que por
desear una conciencia libre no encontraban en Europa tierra donde
colocar sus pies y una piedra en la que descansar la cabeza; todos menos
nuestro compatriota Miguel Servet, vctima de los rencores de Calvino.
Aqu vinieron los fugitivos de Francia luego de la revocacin del edicto
de Nantes; y en los modernos tiempos, Ginebra dio asilo a los romnticos
defensores de la moribunda Polonia, a los revolucionarios italianos, a
los revolucionarios espaoles, a los apstoles de la _Internacional_ y a
los nihilistas y anarquistas, acosados y arrojados de otras tierras como
perros rabiosos.

Esta ciudad liberal y clemente, que abre sus puertas en el centro de
Europa, como los antiguos templos poseedores del derecho de asilo,
ofrece el ms rudo contraste entre sus habitantes y su historia. Parece
que debiera ser una ciudad de pensadores y de artistas, una repblica de
hombres de estudio, llegados a la suprema tolerancia por la elevacin de
su pensamiento, y es una poblacin burguesa, llana y montona, en la que
no creo exista una mediana imaginacin: un Estado de relojeros
pacienzudos y vendedores de peletera, que come bien, fabrica excelentes
cronmetros, despacha tabaco barato y da gracias a Dios, cantando lo ms
desafinadamente que puede, al son de un mal rgano, en el interior de
los desnudos templos calvinistas o en grandes mtines religiosos al
aire libre.

En varios siglos de libertad y horizontes sin lmites para el
pensamiento, Ginebra no ha producido un gran artista ni un escritor
clebre. Toda su gloria intelectual se concentra en Rousseau, ginebrino
de ocasin, bohemio inquieto, complicado y enfermizo, que se honr con
el ttulo de ciudadano de Ginebra, siendo lo ms contrario del pacfico
y tranquilo burgus de la ciudad del Leman.

A Ginebra le basta para su esplendor intelectual con la gloria de las
ilustres personalidades que se refugiaron en ella buscando reposo: desde
el batallador espaol Servet, que, huyendo del brasero inquisitorial
encendido en nombre de Cristo, cay en la hoguera, iluminada en honor de
la Biblia, hasta Voltaire, Rousseau, Madame Stal y los modernos
revolucionarios, como Bakounine, Mazzini, etc.

El recuerdo de Rousseau llena la ciudad de Ginebra, y el de Voltaire
sale en los alrededores al encuentro del viajero.

Los cisnes blancos que mueven su cuello sobre las aguas como serpientes
de marfil, y los cisnes negros de pico de escarlata, se refugian tras
una isleta que marca el lmite donde el lago Leman se convierte en el
impetuoso Rdano. Es la isla de Rousseau. Hoy est convertida en pulcro
paseo, con una estatua del pensador, y ocupa el verdadero corazn de la
ciudad. Hace siglo y medio era un apacible retiro, algo agreste, donde
el artista meditaba sentado en la hierba, bajo la sombra de los grandes
lamos, con los ojos fijos en el azul horizonte del lago.

En este paisaje sonriente y dulce, que parece exhalar un intenso amor a
la Naturaleza, inspirando nuevos entusiasmos por la vida, se comprende
la originalidad artstica de Rousseau y su poderosa influencia
literaria, que an dura y durar por los siglos de los siglos. Rousseau
introdujo la Naturaleza en la literatura; fue el padrino que tuvo en sus
brazos el arte moderno en el instante de su nacimiento.

Antes de l, slo apareca el hombre como nico protagonista en novelas
y poemas. Rousseau infundi vida a cosas hasta entonces inanimadas, y
gracias a su poder de evocacin, los pjaros, las flores, las montaas,
el cielo, entraron como nuevos personajes en el escenario de la
literatura.

Al relatar su infancia introdujo por primera vez como elemento artstico
el revoloteo y el canto de una alondra, y este canto--como dice
Sainte-Beuve--salud el nacimiento de la literatura moderna, con sus
descripciones, que hacen de la Naturaleza el primer protagonista. Sus
hijos fueron primeramente Chateaubriand, y luego Victor Hugo con toda la
escuela romntica, que infundi el alma de los hombres a las cosas,
haciendo hablar a las viejas catedrales. Sus nietos son los modernos
naturalistas, y su posteridad acabar cuando perezcan la vida y el arte.

Ginebra y su lago infundieron a Rousseau este amor a la Naturaleza. El
gran artista sentimental soaba rodeado de obesos comerciantes y
tranquilos relojeros, incapaces de sentir otros anhelos que los de una
buena mesa y una familia sana.

Sus _Confesiones_ hablan con ternura de la paz de Ginebra, de la belleza
del lago, de su tranquilo refugio en Vevey, en la posada de La Llave.
Su _Nueva Elosa_ tiene a Clarens por escenario, con la superficie azul
del lago, y enfrente las verdes y sombras cumbres de los montes
saboyanos.

Cuando los azares de su existencia errante le arrancaron de Ginebra,
otro husped ilustre, pero ms rico y ostentoso, vino a ocupar su sitio.
Era un artista, un bohemio como l, pero en esferas ms altas, con un
egosmo sonriente que le permiti extraer de la vida sus mejores
dulzuras. Rodaba de palacio en palacio, as como el otro iba de hostera
en hostera. Sus acreedores eran reyes y duques; sus amantes, las damas
de la Corte, mientras las de Rousseau eran infelices criadas o
burguesas. A su puerta llegaban con extica curiosidad lores y boyardos,
deseando conocer al rbitro de los elegantes cinismos y de la gracia
francesa. Era Voltaire.

Su vejez quebrantada busc refugio en los alrededores de Ginebra,
establecindose en la pequea aldea de Ferney, donde adquiri la
majestad de un patriarca sonriente. El contacto con la Naturaleza hizo
tierno, sentimental y bondadoso al terrible burln de los salones de
Versalles, e infundi una religiosidad desta a su escepticismo.

Los ltimos aos de su vida, en medio del campo, a la vista de las
inmensas montaas, fueron de bondad y filantropa. Educ a los
campesinos, pleite y escribi por librarles de las gabelas feudales,
estableci riegos y escuelas y expuso su tranquilidad por defender a los
Dreyfus de su tiempo. Viva como un prncipe en Ferney. Habitaba un
gracioso palacio en el fondo de un parque, y all escriba a sus buenos
amigos Federico de Prusia y Catalina de Rusia, o reciba las visitas de
todos los grandes seores que pasaban por Suiza.

El palacio de Ferney es hoy una de las peregrinaciones obligatorias de
los viajeros que visitan Ginebra. Los salones se conservan como en
tiempos de su ilustre dueo, con muebles de estilo rococ y cuadros que
recuerdan a los soberanos y las beldades que distinguieron con su
amistad al poeta.

En un extremo del parque se eleva una pequea iglesia de aldea,
construida por el impo autor del _Diccionario filosfico_ en sus
ltimos aos.

_Deo erexit Voltaire_, dice una dedicatoria grabada en la fachada.
Esto, que parece una blasfemia, fue una de tantas humoradas del anciano
de Ferney.

--Esta iglesia que he construido--deca Voltaire--es la nica de todo el
Universo elevada en honor a Dios. Inglaterra tiene iglesias construidas
para san Pablo; Roma, para san Pedro; Francia, para santa Genoveva;
Espaa, para innumerables vrgenes; pero en todos esos pases no hay un
solo templo dedicado a Dios.

En el saln principal del palacio, sobre una enorme chimenea, se ve un
pequeo mausoleo que guard el corazn del poeta poco despus de su
muerte.

Su corazn est aqu, pero su espritu est en todas partes, dice una
inscripcin.

Esto es verdad, pero no por completo. El espritu que est en todas
partes no es el de Voltaire, sino el de su siglo. Voltaire fue como esas
estrellas solitarias que anuncian con su fra luz un amanecer ardoroso.

Sus burlas destructoras no bastaban para preparar una revolucin. El
plebeyo y dolorido Rousseau, si resucitase, encontrara su espritu
difundido en la sociedad moderna, mucho ms que el aristocrtico
patriarca de Ferney.




V. EL LAGO AZUL


Desciende el viento de las montaas sobre la inmensa copa del lago. Las
aguas, de un azul celeste, se oscurecen al rizarse, con una opacidad
semejante a la del mar, y blancos vellones ruedan sobre las ondas, como
rebaos dispersos por el pnico, trotando hacia las lejanas riberas. Las
barcas destacan su doble vela latina sobre las colinas verdes, moteadas
de rojo por las techumbres de los chalets y coronadas por la diadema
negra de los bosques. Los grandes vapores de pasajeros ensucian por un
instante el puro azul del cielo con su penacho de humo. La soberbia
cadena del Jura alza en la orilla francesa sus colosales moles, y en la
ribera de enfrente las montaas suizas alinean sus declives cubiertos de
viedos, de bosquecillos y de casitas que parecen extradas de una caja
de juguetes, lo mismo que las vacas que pastan en sus prados y los
aldeanos vestidos como los coros de una pera cmica. En el ltimo
trmino de la azul extensin, las montaas se aproximan, las riberas se
estrechan hasta desaparecer, las cumbres descienden casi verticalmente
sobre las aguas, entenebrecindolas con su densa sombra, y todo adquiere
un carcter spero y bravo.

Es el Leman, el lago azul, el ms famoso de los pequeos mares
interiores de Europa, el amado por los poetas e idealizado mil veces por
el pincel de los artistas. En sus riberas puso Rousseau las aventuras
sentimentales de sus mejores novelas; aqu imagin Madame Stal las
desventuras amorosas de su Corina, que fue una superhembra de su
poca; por estas aguas vag la barca de Lord Byron, y en nuestros
tiempos han visto pasar sus orillas las merovingias melenas y la fina
sonrisa de Alfonse Daudet, preocupado con el arreglo de las aventuras
alpinas de su Tartarn, o han presenciado la lenta agona de un anciano
de spera barba, robusto y rudo, que llevaba en su entrecejo la
desesperada obstinacin de todo un pueblo moribundo, y se llamaba Pablo
Krger.

Las aguas, azules, rizadas y espumeantes, parecen las de una inmensa
baha. La imaginacin, olvidando las alturas del macizo pas suizo,
forja, al travs de las montaas, invisibles y lejanos estrechos que
ponen al Leman en comunicacin con el Mediterrneo, del cual tiene el
color de las aguas. Pequeos puertos frente a cada poblacin del lago
revelan en sus escolleras de peascos la irritacin de que es
susceptible este potico lago cuando llega el invierno, y las rfagas
que descienden de los montes mueven en espumoso revoltijo este mar
encajonado, batiendo las riberas con el martilleo de su ola corta e
incesante. En estos puertos, el cisne majestuoso, que parece haber
presenciado las ms remotas leyendas, y la barca de dobles velas, igual
a la de los tiempos de la independencia helvtica, se rozan y mezclan
con el yate de vapor de los millonarios y las canoas automviles que
revuelven las aguas con un hervor de tempestad.

La orilla francesa y la suiza, Thonon y Evian a un lado, y enfrente
Lausana, Vevey y Montreux, son iguales en su aspecto exterior: risueos
bosques, hoteles enormes como ciudades, todas las alturas coronadas por
palacios destinados al hospedaje, y orquestas malas a las puertas de los
cafs, bajo las arboledas de los muelles y sobre las cubiertas de los
buques.

Las diferencias entre ambos pases, con ser de poca monta, resultan de
gran inters.

En la orilla francesa se ven mujeres hermosas y elegantes rodeadas de
hombres que las siguen y las envuelven en las ms respetuosas
atenciones, como sagradas vestales. Son _cocottes_ que poseen el _chic_,
ese espritu indefinible y misterioso que nadie sabe en qu consiste,
santo tab que hace caer de rodillas a los salvajes de la imbecilidad
elegante.

En la orilla suiza se ven mujeres solas, de ademanes sueltos y aire
decidido, que van de un lado a otro con la ms tranquila audacia. Son
seoras decentes que pueden moverse con entera libertad, sin miedo a
verse confundidas con una clase que no existe, o caso de existir,
excepcionalmente, se ve repelida por la hostilidad del ambiente
protestante.

A un lado del lago campea el anuncio francs, gracioso y ligero: damas
escotadas, con grandes sombreros y las piernas al aire, que pregonan las
excelencias de un chocolate o unos baos. En la ribera suiza, el cartel
de macizos colores representa siempre una nia ordeando una vaca, una
osa dando el bibern a un osezno, o un _chalet_ a cuya puerta bebe
glotonamente la tranquila familia el licor de sus rebaos. La leche y el
oso--animal amado de los suizos y smbolo de su pas--son los dos
principales elementos artsticos de este pueblo, que es siempre pesado y
slido cuando se propone hacer imaginacin.

El lago Leman tiene en un extremo ms cerrado y abrupto una joya
histrica, un lugar de peregrinacin, al que acuden todos los
extranjeros.

El castillo de Chilln vale tanto para los suizos como el recuerdo de
Guillermo Tell. Hasta tiene sobre ste la ventaja de que, siendo muchos
los que dudan de la existencia del hroe suizo, nadie puede dudar de la
del castillo, pues ah est, cuidadosamente conservado y restaurado,
hundiendo sus cimientos en las aguas profundsimas del Leman y
destacando sobre el verde de las montaas las caperuzas rojas de sus
torres.

Cada pas ama lo que no tiene y se lo apropia inventndolo. El plcido
montas suizo, que vive en plena libertad, en el tranquilo equilibrio
de una buena digestin, sin conocer brujas ni temer nimas en pena, en
medio de un paisaje sonriente y gracioso, necesita salpimentar su
existencia con algo terrorfico y espeluznante.

As como Espaa se esfuerza en demostrar que la Inquisicin y las
expulsiones de judos y moriscos no fueron tan terribles como se ha
dicho, y Francia arregla a su modo lo de San Bartolom y las Dragonadas,
y todos los pases se sacuden como pueden las ferocidades del pasado, el
buen suizo amontona horrores sobre horrores en el castillo de Chilln,
especie de Bastilla helvtica, con vistas al lago y las montaas lo
mismo que cualquier hotel de los alrededores, en los que se paga con
generosidad principesca el honor de vivir alojado. La prisin de
Bonivard, un patriota ginebrino, mrtir igual o inferior a los miles de
miles de mrtires que suman todas las patrias de este planeta, ha
servido de punto de partida a los suizos para cargar al pobre y
sonriente Chilln con toda clase de crmenes.

Entris en el castillo confundidos en un rebao de viajeros ingleses, y
la guardiana, una suiza peliblanca, seca y de ojos claros, que da
vueltas a una enorme llave introducida en uno de sus ndices, os seala
un hecho espeluznante a cada paso, con una voz monjil, como si estuviera
cantando el domingo en la capilla de lo que llaman religin nacional.

Ve una viga, y os dice al momento: De aqu colgaban los duques de
Saboya a sus enemigos. Ante un montn de piedras: Aqu dorman los
condenados a muerte su ltimo sueo. En un cuartucho sin otros muebles
que unos cofres viejos: sta era la cmara de tormento donde
despedazaban a los hombres. Frente a una poterna que se abre sobre el
lago: Por aqu arrojaban los cadveres de los condenados. Cien metros
de fondo, seores mos. En la cocina del castillo, su indignacin
patritica, no sabiendo qu inventar, seala la chimenea, afirmando que
en ella se asaban bueyes enteros, para que el buen auditorio se diga
escandalizado: Pero qu tos tan brutos eran los duques de Saboya!

Y mientras se suceden las horripilantes explicaciones en los llamados
subterrneos, que tienen grandes ventanas por las que penetra a
raudales la luz, o en las altas cmaras, con miradores por los que se ve
el mgico espectculo del lago, el castillo sonre, hundidos sus pies en
el azul y su cabeza rodeada de un nimbo. Y la hiedra que escala los
gticos ventanales, movindose al soplo de la brisa como con un ademn
negativo, las ondas que susurran al morir dulcemente contra los fuertes
bastiones, el sol que colora con un tono naranja las vetustas piedras,
dndolas palpitaciones de vida, todo parece decir a gritos: No la
creis; mentira! todo es mentira! Su oficio es dar una sensacin
emocionante a los viajeros, para que a la salida le suelten medio
franco.

Lord Byron fue quien inmortaliz este castillo con sus versos _El
prisionero de Chilln_. El pobre Bonivard le debe la inmortalidad.

Pero ay! el ridculo mata las mayores sublimidades, y despus que el
poeta ingls grab su nombre en una columna del subterrneo de
Chilln, otro artista ha pasado por l, mezcla de bayadera y de
pilluelo parisin, como dijo Zola, y poseedor de esa gracia grotesca
que los hijos del Medioda franceses comunican a cuanto tocan.

Desde que a Alfonso Daudet se le ocurri encerrar al desventurado y
heroico Tartarn en el castillo de Chilln, se acab su romntico
encantamiento. Adis, pobre Bonivard! Es intil que la guardiana
salmodie con su voz de beata, calvinista:

En esta columna estuvo atado seis aos Bonivard, hroe de la libertad de
Ginebra.

Por encima del organismo esculido y haraposo y de la cabeza de Cristo
del patriota cantado por Byron, aparece el cuerpo rechoncho y la fiera
cabeza morena y barbuda del intrpido hijo de Tarascn, nieto ilegtimo
de Don Quijote e incansable cazador de leones... y de gorras.




VI. LOS OSOS DE BERNA


Cuando llegan los extranjeros a la capital de la Confederacin
Helvtica, su primer deseo es siempre el mismo.

--Llveme usted a ver los osos--dicen al cochero o al gua del hotel.

Y al extremo de un puente, en el fondo de un foso circular, semejante a
una pequea plaza de toros cuidadosamente endosada, encuentran a los
hijos favoritos de Berna, a los famosos osos, que figuran en el escudo
nacional, sirven de adorno a los monumentos y se exhiben como motivo
decorativo en las fachadas y salones de los edificios pblicos.

Numeroso gento ocupa siempre la balaustrada del gran redondel, hablando
de lejos a los pesados animales, excitndolos con gritos cariosos,
envindoles una nube de mendrugos y frescas zanahorias. En torno del
foso hay una pequea feria, con puestos en los que se venden vituallas
para la bestia amada y tarjetas con los retratos de estos personajes
populares. De vez en cuando, uno de ellos se encarama por las ramas
transversales de un viejo tronco plantado en el centro del redondel, y
el gento se entusiasma ante la gracia y la agilidad del pesado animal.

Los osos de Berna son ricos. Han heredado un sinnmero de veces, pues
ciertas solteronas patriticas les legan al morir una parte de su
fortuna. Viven en opulenta abundancia, soberbiamente alimentados, como
el pueblo suizo, del cual son a modo de un smbolo; y como si no les
bastase la manutencin que les da el municipio berns, administrador de
sus bienes, la admiracin popular los acosa y abruma bajo un espeso
aguacero de regalos.

Ahora son seis nada ms. Sentados sobre las patas traseras, ventrudos,
enormes, con lanas cuidadosamente lavadas, miran a lo alto, contestando
con sonrientes colmillos al gritero de la fila circular de admiradores.
Ahtos hasta la inmvil pesadez, cogen al vuelo la zanahoria o el pan
untado con miel que les viene directamente a la boca; pero si el
donativo resbala ante sus colmillos y cae a sus pies, no hacen el menor
esfuerzo por recogerlo. Nuevos regalos llueven en torno de ellos, y
dejan lo que cae para sus compaeros de foso, para los parsitos que les
acompaan en su agradable cautiverio, centenares y tal vez miles de
pjaros del inmediato parque, que saltan sobre las losas buscando
migajas en los intersticios, o picotean en el vientre y las patas de los
enormes camaradas, animando su lanudo volumen con inquietos aleteos.

Cada pueblo, en los albores de su vida, cuando an balbucea el infantil
lenguaje de la tradicin, simboliza su carcter y su existencia en un
animal. La Roma antigua, vida y feroz, escogi a la loba; Francia tiene
el gallo fanfarrn, arrogante y belicoso; los Estados del Norte ostentan
guilas de pico rapaz y estmago insaciable. Espaa es el len solemne
hasta en su decadencia, cuando los piojos invaden sus flcidas melenas y
la consuncin de la vejez amenaza romper el pellejo con las aristas del
esqueleto; Suiza es el oso.

El fundador de Berna, que, segn la tradicin, se dej guiar por uno de
estos animales, escogi, tal vez sin saberlo, la ms exacta
representacin del carcter de sus conciudadanos.

Es intil repetir una vez ms las glorias pacficas de la Repblica
Helvtica. Todo el mundo las conoce. En cada ciudad, y hasta en la ms
pequea aldea, los dos mejores edificios son siempre la escuela y la
Casa de Correos. La gente come bien y tiene un aspecto saludable; slo
se ven soldados en tiempos de grandes maniobras, cuando el Gobierno
federal convoca a las reservas; en campos y caminos apenas se encuentran
gendarmes; la Polica es escasa en las calles; la suprema graduacin en
el Ejrcito es la de coronel, y el que ms sabe entre todos ellos toma
el mando supremo; la gran mayora de los suizos no conoce el nombre del
presidente de la Repblica, que slo ejerce el cargo un ao, y este
presidente, que cobra poco ms que uno de nuestros subsecretarios, sale
en las maanas de verano del magnfico palacio del Gobierno en Berna y
va a tomar un vaso de cerveza en el caf Federal, alegre tabernilla
que est enfrente. En los _cabarets_ berneses se sienta uno al lado de
un seor vestido descuidadamente, con sombrero de paja viejo, el chaleco
abierto, la panza en libertad, mientras lee un peridico de apretados
caracteres alemanes, y resulta luego que es un ministro federal o un
presidente de cantn venido a Berna para hablar mano a mano con los
gobernantes centrales. Cada uno hace lo que quiere y vive como quiere,
con la tranquilidad de que le avisarn apenas estorbe o perjudique a los
otros, y de que su carcter pacfico, simple y disciplinado le
aconsejar obedecer, sin el ms leve intento de protesta.

Un pas dichoso la Confederacin Helvtica! La mejor de las
repblicas...! Realmente, la nacionalidad ms apetecible del mundo es
ser ciudadano de Suiza... pero habiendo nacido suizo.

Yo creo firmemente que esta paz del pas helvtico, esta tranquilidad,
este orden, es una condicin de raza. As como en la vida individual los
seres ms felices y satisfechos son los que piensan menos y slo se
inquietan de lo que toca directa e inmediatamente a sus apetitos y
necesidades, en la vida de los pueblos los que alcanzan existencia ms
tranquila y ordenada son los que carecen de imaginacin. El suizo slo
contempla lo presente. Su pensamiento tardo, pesado y un tanto espeso,
pero de paso seguro--las mismas condiciones del animal favorito--, no va
ms all de lo que le rodea. La vida pblica se concentra para l en el
municipio o cuando ms, en el cantn. Ni siquiera llega a preocuparse de
lo que ocurre en Berna. Encuentra aceptable lo que le rodea, y esto
basta para que no sienta deseos de novedad.

Si de la noche a la maana los suizos se convirtiesen en franceses, una
parte de la poblacin fijara su entusiasmo en el coronel Tal o Cual,
viendo en su rostro los rasgos de un Bonaparte, se enardecera con el
redoble de los tambores, creyendo que el ejrcito helvtico estaba
llamado a grandes glorias, y el odio o la variedad y el fraccionamiento
borrara cantones, unificando la nacin como bajo un rasero, y
convirtiendo a Berna en un Pars depositario de toda la vida suiza.

Que los suizos se convirtiesen en espaoles, y antes de un mes los
catlicos de Friburgo, cantn que tiene ms conventos y ms frailes de
todos colores que cualquier ciudad nuestra, declararan deshonroso para
su cuerpo y peligroso para su alma el hacer vida comn con los cantones
que son protestantes, y las plcidas montaas verdes se llenaran de
partidas capitaneadas por curas, y la causa del Dios verdadero
intentara convencer a tiros a los herejes, para que no persistiesen en
el error.

Que fuesen italianos todos los habitantes de la libre Helvecia, y sin
perjuicio de atraer y desvalijar en sus hoteles a los extranjeros, los
insultaran con su desprecio de pueblo escogido, llamndolos _barbari_.

Pero los habitantes de Suiza son suizos, estn bien donde se
encuentran; reconocen como muy aceptable su vida presente, y no piensan
nada nuevo ni se sienten agitados por originales aspiraciones.

Viendo de cerca Suiza, hay que decir: Benditos los pueblos que carecen
de imaginacin! De ellos sern la tranquilidad y las virtudes
vulgares! La falta de individualidad permite mantener a los hombres en
el goce de sus completas libertades, sin miedo a que abusen de ellas
salindose del nivel comn. La carencia de imaginacin evita el peligro
de que los ms inquietos y audaces tiren impacientes de las riendas de
la ley, turbando la marcha lenta, ordenada y mecnica de este pueblo,
que por su carcter montono ha hecho de la relojera un arte nacional.

Todas sus aspiraciones hacia lo desconocido, lo inesperado y novelesco
se cifran en la servidumbre. En otro tiempo se vendan como soldados a
los reyes de Europa, y los hijos de la libre Helvecia formaban los
regimientos suizos favoritos de las cortes, que se encargaban de
acuchillar a los pueblos para que se mantuviesen por el miedo sometidos
a los dspotas. Verdaderos mercenarios, pasaban del servicio de unos
Estados a otros, y esto haca que en los combates se batiesen sin
entusiasmo, con ciertos miramientos, convencidos de que en las filas
enemigas figuraban hermanos suyos igualmente a sueldo.

Ahora se dedican a fondistas y cafeteros, y corren el mundo para servir
platos o _bocks_, lo mismo en California que en Australia o el Cabo,
pero siempre con el pensamiento fijo en las verdes montaas y los azules
lagos, imgenes que les siguen en su peregrinacin, sin que logren
borrarlas nuevos espectculos.

Yo creo que ningn suizo suea cuando duerme. Su obligacin al cerrar
los ojos es dormir; un ensueo sera un desorden intil de la loca de
la casa, que no tiene aqu amigos ni adeptos.

En Ginebra he comido todos los das en un modesto restaurante, donde
entr casualmente al llegar a la ciudad. Una irresistible simpata me
atrajo a este establecimiento.

El reloj, una soberbia pieza con la hora de Pars, la hora de la Europa
central y todas las horas del mundo, estaba siempre parado.

Un reloj parado, en Ginebra, la Salamanca del muelle real, la Sorbona
de la rueda catalina...! Un suizo a quien no importa saber qu hora es,
ni se preocupa del buen orden de su vida!

Me he ido de Ginebra sin conocer al dueo del restaurante, pero estoy
convencido de que es un poeta que se pierde Suiza.




VII. EL LAGO Y EL CONCILIO


Escribo junto a una ventana por cuyo amplio rectngulo se ve, en primer
trmino, el follaje de los rboles y la saliente redondez de un pequeo
torren; ms all, una superficie azul, tranquila y tersa, que se pierde
hasta juntarse con el cielo; y en esta lnea indecisa del horizonte, una
bruma que no consiguen disipar los rayos del sol de la maana, y en la
que se dibujan vagamente oscuras siluetas, que tan pronto parecen nubes
rastreras como altivos montes.

La ventana es del Hinsel Htel, antiguo y famoso convento de
dominicos, situado en una isla, entre soberbios jardines, y convertido
por los artistas alemanes en uno de los ms hermosos hoteles del mundo;
la torrecilla es la prisin en la que vivi Juan Huss, antes de ser
conducido a la hoguera; la inmensa extensin azul el tranquilo lago de
Constanza, lmite entre Suiza y Alemania, y los oscuros perfiles
esfumados por la niebla los lejanos Alpes del Tirol.

Hace unas horas he abandonado la tranquila, burguesa y antiptica
Zurich, convertida, por las maniobras militares de verano, en una ciudad
belicosa, con las calles llenas de suizos uniformados arrastrando el
sable; me he detenido en Schaffhouse para ver el Rheinfall, la
prodigiosa cada del Rin, dividindose en dos soberbias cascadas al
chocar con una isleta saliente, que parece imposible pueda resistir el
mpetu de las espumas hirvientes y ruidosas, y despus, salindome del
camino que habitualmente siguen los viajeros, he venido a la tranquila
ciudad de Constanza, penetrando en los dominios del gran duque de Baden.

Suiza acaba en la misma estacin de Constanza. Para seguir el viaje a
Munich hay que volver al territorio helvtico, embarcarse en Romanzhon y
atravesar el lago hasta Lindau, entrando de nuevo en Alemania. Cuatro
aduanas, con otros tantos registros de equipaje en el transcurso de unas
cuantas horas.

Constanza, antigua ciudad episcopal, venerable y plcicida, fue libre
durante muchos siglos. Los espaoles la atacaron en el siglo XVI. Los
austracos la hicieron suya, matando la repblica protestante que se
haba organizado dentro de sus muros, y perteneci a los emperadores de
Viena hasta 1806, en que entr a formar parte del gran ducado de Baden.
Hoy es un resto de aquella Alemania anterior a los triunfos militares,
pacfica, alegre y potica, con sus costumbres patriarcales y su
tranquila libertad. Se ven pocos soldados en su recinto. Las calles
venerables, con edificios de puntiagudos techos y puertas blasonadas,
resuenan de tarde en tarde bajo los pasos de los transentes. En los
muelles, limpios y sombreados por los tilos, pasean las muchachas de
trenzas rubias, brazos sonrosados y ojos de un azul clarsimo. A las
puertas de las cerveceras, bajo la frondosa parra, apuran lentamente
los ciudadanos el jarro de barro blanco chorreante de espuma.

Es una ciudad vieja, en la que la vida se desliza sin sentir, falta de
intensas alegras, pero limpia de grandes dolores. Los ciudadanos de
Constanza hacen recordar la plcida existencia de el amigo Fritz, y es
indudable que cuando suean bajo la parra, con el estmago lleno de
cerveza, canta en sus cerebros la satisfaccin de vivir con una lentitud
majestuosa, semejante a la del _Himno a la alegra_, de Beethoven. Es
una de esas ciudades en las que se entra como en un lugar amigo que no
se ha visto nunca, pero que evoca confusamente simpatas y
familiaridades de una misteriosa existencia anterior. El viajero parte
con pena, prometindose volver, y piensa en la felicidad de pasar en
ella el resto de sus das, apartado del mundo, si las exigencias de la
vida no le obligasen al movimiento, tirando de l hacia otro pas.

Sin embargo, esta ciudad de vida placentera debe su celebridad a un gran
crimen. Este paisaje sonriente, este lago tranquilo y casi desierto, con
gaviotas que rizan bajo el contacto de sus plumas las tranquilas aguas,
y bandas de gorriones que caen sobre las barcas solitarias, han
presenciado uno de los conflictos que trajo ms revuelta a la Humanidad
y fue motivo de guerra y otros males.

El Mnster, la gran catedral gtica de Constanza, el Kaufhaus,
casern de los museos histricos de la ciudad, las casas venerables de
sus calles, y hasta el antiguo convento de dominicos, cuyas ruinas se
han utilizado para el hotel en que vivo, todo recuerda la gran gloria y
la gran vergenza de la tranquila ciudad: el famoso Concilio que lleva
su nombre y el suplicio de Juan Huss con su compaero Jernimo de Praga.

Cuatro aos dur el tal Concilio. Nunca atraves el cristianismo una
crisis tan ruidosa y aguda. Tres Papas tena a un tiempo la Iglesia,
uno, vagabundo por Catalua, Aragn y Valencia, el testarudo espaol
Luna; otro, en Italia; otro, en Alemania; y de continuar la anmala
situacin, los sumos pontfices iban a multiplicarse hasta el punto de
que el Espritu Santo, con toda su divina sapiencia, no podra bastarse
para atender a la tarea de tan numerosas inspiraciones.

De 1414 a 1418 dur la gran reunin de autoridades eclesisticas y
laicas convocada en Constanza para poner remedio a tales males. El
emperador Segismundo, primer soberano de la tierra en aquellos tiempos y
gran mtomentodo de la poca--algo semejante al kaiser actual--,
presida el Concilio, rodeado de toda la pompa de su majestad: guerreros
bigotudos de Bohemia, rubios barones alemanes, feudatarios cubiertos de
hierro de la Europa central. Frente a su trono, guardado por los cuatro
grandes dignatarios, uno con la corona en un almohadn, otro con el
cetro, el de ms all con la espada y el ltimo con el globo de oro,
smbolo de universal grandeza, alinebanse los cardenales, vestidos de
rojo, con su perfil de pjaro sombreado por el ancho sombrero escarlata
de pendiente borlaje, los prelados venidos de todas las naciones
cristianas y los frailes multicolores, que lean horas y horas
interminables rollos de pergamino o peroraban en latn, con una facundia
pesada, para sostener las pretensiones de sus respectivos partidos. Cada
personaje llevaba detrs un squito interminable. El emperador traa con
l un verdadero ejrcito, y todo cardenal arrastraba tras su cola roja
un pequeo pueblo de familiares, pajes, cocineros y reposteros, caballos
y acmilas. Los prncipes de la Iglesia, rivalizando en lujo, haban
acudido a la cita seguidos de interminable mesnada, y la pequea
Constanza no saba cmo contener y guardar todas las grandezas
terrenales llegadas a su seno para examinar y fallar el gran pleito
surgido en el arreglo de la herencia de Cristo.

Un vasto campamento rodeaba la ciudad. Miles de caballos agitaban por
las maanas las riberas del lago al baarse en sus aguas; las barcas
cargadas de vveres y forraje iban en interminable rosario de una orilla
a otra; en las calles, repletas de gento, sonaban todos los idiomas de
Europa, y cada semana se vean llegar nuevas gentes de pases lejanos:
frailes de Espaa, venidos a pie de convento en convento, para sostener
las pretensiones de su pontfice; sacerdotes procedentes del fondo de la
Bohemia o de las lejanas riberas del Bltico, que parecan traer con
ellos un olor de hereja y eran los precursores de la Reforma, a la que
slo le faltaba un siglo para nacer.

Transcurra el tiempo, y el Concilio no adelantaba en sus decisiones.
Todo acuerdo exiga una informacin en lejanos pases o provocaba
protestas, y mientras tanto, el pequeo mundo aglomerado en Constanza se
aburra, sumindose en los mayores pecados por culpa del tedio. Los
mercenarios del emperador correteaban a las muchachas en los
bosquecillos inmediatos al lago; la cerveza y el vino del Rin rodaban a
torrentes; los santos cardenales cerraban bajo llave a los pajecillos
italianos, para librarles de incurrir en pecado con gentes que no fuesen
eclesisticas; y para general distraccin y derrota del diablo tentador,
se organizaban procesiones ostentosas, amenizadas con la quema de algn
que otro miserable judo.

He visitado el Kaufhaus, enorme edificio vecino al puentecillo actual,
en el que se celebraron las sesiones del Concilio. Es un casern de
piedra, con las puertas negruzcas, de ojiva chata, rematadas por
groseros relieves gticos. El ltimo piso, de madera carcomida, est
rematado por un techo de barraca, de ruda pendiente, igual al usado en
todos los pases donde abunda la nieve.

Un da, el Concilio, reunido en el saln que ocupa todo el piso
superior, vio comparecer a un sacerdote de gran barba rubia y ojos
azules, vestido de rada sotana y cubriendo con un cuadrado bonete sus
cabellos ensortijados. Era Juan Huss.

Traa revuelta a Hungra con sus predicaciones. La muchedumbre marchaba
tras sus pasos, y el sacerdote detenase en los caminos, predicando al
pie de los rboles sus nuevas doctrinas. La gran masa, ansiosa de
rebelin, adoraba al profeta. El emperador Segismundo le haba invitado
a venir al Concilio para explicar sus creencias, dndole un
salvoconducto y empeando su palabra imperial para convencerle de que
su vida no corra peligro. La espada del Imperio velaba sobre l. Su
existencia era sagrada.

Al verle aparecer y escuchar su voz, corri un estremecimiento por la
santa asamblea, semejante al que agita a la jaura cuando huele la caza.

Los hbitos negros y blancos de los dominicos palpitaron de emocin; las
cabezas severas y duras de los frailes alemanes, intolerantes y rudos, y
de los frailes espaoles, sus discpulos y herederos, agitronse con
aullidos de muerte.

El sacerdote bohemio se explic tan claramente, que a los pocos das
estaba preso, y para mayor seguridad, en el convento de los dominicos,
en este torren que puedo tocar con slo extender el brazo fuera de mi
ventana. El emperador se olvid de l y de la palabra dada, ejemplo de
villana repugnante que no sigui Carlos V cuando un siglo despus
compareci Lutero ante la Dieta de Worms.

La muchedumbre reunida en Constanza goz al fin de una gran fiesta. Los
padres del Concilio, que llevaban tanto tiempo sin hacer nada y se vean
desobedecidos en sus acuerdos, pensaron satisfechos en que iban a hacer
algo sonado.

Una maana, el prisionero del convento de la Isla fue sacado del
torreoncillo, por cuyas estrechas ventanas contemplaba la extensin azul
del lago buscando las montaas de su lejano pas. Cruces en alto;
blandones encendidos; largas filas de monjes encapuchados; un canto
lgubre, que contrasta con el pido de los pjaros y el susurro del lago
al morir en la orilla. Como representantes del brazo secular, los
barbudos lansquenetes, oliendo a cerveza, empujan al sacerdote, lo
amarran, lo visten con una mitra y una tnica pintadas de diablos y
serpientes, y la procesin de muerte emprende el camino hacia el arrabal
de Brhl, donde hoy se alza una roca cubierta de inscripciones en honor
del mrtir.

Otra procesin igual surge en el camino conduciendo a Jernimo de Praga,
el fiel compaero y discpulo.

La gloria de la cristiandad, lo ms selecto e ilustre de la poca,
ocupa la llanura de Brhl. El emperador no ha osado contemplar su obra;
pero all estn, junto al montn de lea seca rematado por dos postes,
los cardenales a caballo, con sus squitos de prncipes; los nobles
guerreros y las hermosas damas alemanas, rubias, blancas y pechonas,
montadas en vistosas hacaneas y avanzando todo cuanto pueden, para no
perder nada del interesante espectculo.

Prodigios de la fe! El inmenso montn de lea ha sido trado
voluntariamente, pieza a pieza, por la piedad de los fieles, por el buen
populacho, que desea la quema de estos dos hombres, a los que no conoce,
pero cuya maldad le parece indudable.

Empiezan a crepitar las llamas, asomando sus lenguas rojas entre los
leos. Surge el humo de las ropas carnavalescas que cubren a los
condenados como un ltimo insulto.

De pronto se abren las filas de soldados sonrientes, y sonren tambin
las hermosas damas, los prncipes eclesisticos y los jinetes de
luciente coraza.

Una vieja arrugada y casi ciega, miserable andrajo humano, avanza,
encorvada bajo un pequeo haz de sarmientos. Viene de muy lejos, y teme
haber llegado tarde para depositar su ofrenda, perdiendo la ocasin de
hacerse grata a Dios. Al arrojar su haz en la hoguera, suspira
satisfecha, como si librase su alma de un gran peso.

Juan Huss tambin sonre. Sus ojos azules, de dulce profeta,
lagrimeantes por el humo, miran al cielo. Su barba rubia, que empieza a
chamuscarse, muvese a impulsos de una admiracin lastimera.

--_Oh, sancta simplicitas!_--gime.

Las ltimas palabras del mrtir fueron para la santa y eterna
imbecilidad de los simples, que creen lo que les ensean, odian lo que
les sealan, y con la sencillez de la inconsciencia matan o persiguen,
creyendo realizar una gran hazaa, a los que se preocuparon de su
suerte, trabajando y sufriendo por ellos.




VIII. LA ATENAS GERMNICA


Munich es una de las capitales de Europa de fundacin ms moderna, y,
sin embargo, muy pocas le igualan en el aspecto majestuosamente
venerable.

En el siglo XII, cuando eran viejas ya las grandes ciudades europeas,
Munich se compona de un puente sobre el Isar, con algn casero y un
fuerte convento. _Forum ad Monachos_ la llamaban entonces, y de aqu su
nombre actual, Mnchen (Monje), y el fraile que figura en su escudo de
armas, y los pequeos y graciosos encapuchados que se ven en todas
partes como smbolos de la ciudad, en los escaparates de juguetes, en
los adornos de las esquinas, en los toneles de cerveza y en las jarras
de las _brasseries_.

Munich, por sus edificios, por sus escuelas, por el respeto oficial de
que rodea a las artes, es la Atenas germnica. No significa esto que sus
habitantes, morenos, catlicos, habladores y ruidosos, que hacen de la
Baviera una especie de Andaluca alemana, formen una democracia
intelectual y refinada como la ateniense. Aqu, los verdaderos artistas
han sido los prncipes--simpticos desequilibrados que se entregaron al
culto de la belleza con un fervor rayano en la mana--, y el buen
pueblo, obedecindoles con ciega disciplina germnica, les sigui en sus
deseos.

La pintura, la poesa y la msica han sido las grandes manifestaciones
de la vida de Munich, y sus habitantes admiran como dioses titulares a
los clebres artistas protegidos por los reyes. Wagner figura en todos
los escaparates: su perfil de bruja pensativa adorna hasta las muestras
de las tiendas. Goethe y Schiller, coronados de laurel y semidesnudos
como griegos, yerguen sus cuerpos de bronce en grandes plazas,
acompaando a monarcas y prncipes de la casa bvara, cuyos hechos
fueron superiores a los de Mecenas. El lujoso estudio del pintor Lenbach
se visita como un templo, y un culto igual recibe la memoria de
Cornelius, Kieuze y todos los dems pintores y escultores que, desde los
tiempos de Luis I a los del infortunado Luis II--el Lohengrin
coronado--, contribuyeron en menos de un siglo al embellecimiento de la
ciudad.

Los palacios ostentosos, los museos, los arcos de triunfo, los teatros
monumentales, ocupan casi una mitad de Munich. Los reyes de Baviera
trabajaron sin descanso. Su mana de embellecimiento no les dejaba
dormir. El demonio de la construccin turbaba sus das con nuevas
sugestiones. La caja del Estado estaba abierta para todo el que se
presentaba con una idea nueva. Los favoritos de la Corte fueron artistas
alemanes, que no haban nacido en Baviera, y sin embargo llegaron hasta
a intervenir en la vida poltica y aconsejar a los soberanos. Un msico
silbado en Pars, de costumbres bizarras y humor intratable, llegaba a
ser a modo de un virrey, derrochando la fortuna pblica en la ereccin
de extraos teatros y organizando misteriosas representaciones que slo
presenciaba el monarca. ste era casi un actor bajo las rdenes de su
amigo Wagner, imperioso artista contra el cual grua el pueblo,
prximo a sublevarse, como aos antes se alz contra Lola Montes. El
entusiasmo dilapidador del abuelo por la bailarina espaola, reina
bvara de la mano izquierda, lo sinti el nieto por el autor de _El
anillo del Nibelungo_. No existe ms diferencia entre ambas pasiones,
que amor fsico regal joyas y dej como nica huella un gran escndalo
histrico, mientras el amor intelectual cre teatros y monumentos,
haciendo nacer las mayores obras musicales de nuestra poca.

Cuando Wagner, olvidado momentneamente de la msica, se dedic a
filosofar e hizo una confesin de creencias, dijo que sus dos dioses
eran Cristo y Apolo, inventando para la Humanidad del porvenir una
religin, mezcla de cristianismo y helenismo, en la que se unen y
confunden la humilde piedad hacia el semejante con la adoracin de la
soberbia belleza.

Cristo y Apolo fueron tambin los dioses de los soberanos bvaros, y
todava imperan juntos, partindose equitativamente el dominio de este
pueblo.

Munich, capital de la Alemania catlica, tiene unos veinte templos que
son como catedrales, y cuyo interior ostentoso recuerda el de las
iglesias espaolas, as como el exterior es puramente italiano. Al lado
de estos monumentos de Cristo lzanse majestuosos, con la autoridad de
un origen ms antiguo, las innumerables obras de los monarcas bvaros a
la gloria de nuestra madre Grecia: los museos de la Pinacoteca antigua y
la Pinacoteca nueva; la Gliptoteca; los Propileos; el Templo de la
Gloria, con su estatua colosal de la Bavaria, predecesora de La
Libertad iluminando al mundo, de Nueva York; el palacio de la
Residencia; los varios teatros griegos, con sus frontones en los que
danzan las Musas al son de la lira de Apolo; las vastas salas en las que
brilla discretamente el mrmol ambarino de las estatuas clsicas y se
exhiben fragmentos de templos trados de Egina y otros lugares
helnicos. La columnata drica alinea su bosque de piedra en las
fachadas de los palacios o encierra en su armnico cuadriltero
jardines grandes como bosques. El rojo de los vasos griegos, con sus
pequeos cuadros de figuras negras o policromas, cubre muros
interminables, cortado a trechos por las manchas blancas de bustos y
caritides.

Asombra el trabajo realizado por los reyes de Baviera en menos de un
siglo. Sus buenos sbditos de la ciudad de Munich han debido de vivir
aos y aos entre andamios, tragando yeso y oyendo a todas horas el
choque del martillo sobre la piedra. La mana constructora de los reyes
debi constituir su gloria y su suplicio.

El arte se muestra en amontonamiento, como creado de real orden en pocos
aos, ejecucin admirable, pero sin la originalidad y la noble armona
que es producto de los siglos. Se ve que todo est hecho de una sola
vez, que ha surgido del suelo en una sola pieza, falto de esas capas de
sucesiva formacin que va secretando el paso de las generaciones.

El aspecto monumental de Munich--una vez desvanecida la primera
impresin de asombro por lo grandioso de la obra--causa igual efecto que
esas sinfonas cuyos motivos agradan o conmueven, al mismo tiempo que la
memoria se estremece con la sensacin de haber odo antes los mismos
sonidos.

--Esto no es nuevo--se dice el viajero al contemplar la ciudad--. Todo
me parece haberlo visto en otras partes.

Indudablemente, los monumentos griegos nada tienen de originales, y en
esto consiste su mrito. Son reconstrucciones ingeniosas, evocaciones
sabias de las obras que han llegado hasta nosotros mutiladas e
indecisas. Pero y los otros monumentos?

A los pocos das de estar en Munich, van surgiendo en la memoria
imgenes del pasado, recuerdos de viajes por otros pases. El aire de
familia se marca cada vez ms en las cosas, como en esos rostros que nos
parecen extraos al primer instante y acaban por ser de antiguos amigos.
Unas iglesias recuerdan las de Florencia; tal vivienda real es el
palacio Pitti; tal otra un palacio de Roma; la Logia de los Mariscales
es una copia de la Logia de Orcagna en la capital toscana; los mstiles
enormes ante la Residencia son hijos de los mstiles de la Repblica en
Venecia, y as todo.

Hasta los palomos que aletean en los frisos y descienden al pavimento,
animndolo con el reflejo de sus plumas metlicas, son palomos
traducidos del italiano, que no pueden menos de saludar como
venerables abuelos a los que contemplan el Adritico desde los aleros de
mrmol de la plaza de San Marcos o saltan en la columnata florentina
junto al Arno.

Munich no tiene de original ms que dos cosas: la cerveza y la msica.

Las famosas _brasseries_, de estilo germnico, con sus frontones agudos
rematados por complicadas veletas y sus fachadas de pesados balconajes y
torrecillas salientes, valen ms que todos los templos griegos que
llenan las plazas de Munich.

De la msica ya hablaremos. La capital bvara est celebrando en estos
momentos el Festival Wagner. Por las tardes, la muchedumbre se agolpa a
ambos lados de la enorme avenida del Prncipe Regente para presenciar el
paso de los que van a escuchar _El anillo del Nibelungo_, lo mismo que
el vecindario de Madrid se congrega en la calle de Alcal en un da de
toros.

Cuando el viajero se familiariza con Munich, su entusiasmo por las
glorias artsticas de la ciudad va restringindose, hasta el punto de
que slo queda erguida una sola admiracin: Wagner y su obra.

Pobre Atenas germnica! De sus monumentos nada malo puede decirse. Son
notables reproducciones del arte griego; la sabidura artstica luce en
ellos, pero son fros y repelentes como cuerpos sin alma. Es Atenas sin
atenienses y sin el cielo de la tica. En verano, el espacio se muestra
azul y brilla un hermoso sol. Pero el invierno germnico, duro y cruel
en Baviera, muerde con sus dientes negros estos monumentos que nacieron
en la tibia atmsfera del Archipilago, favorable a la desnudez.

El mrmol, en el pas del sol, se dora en el curso de los siglos,
tomando el majestuoso matiz anaranjado del oro viejo. Aqu, en unos
cuantos aos, se ennegrece con una opacidad antiptica de ceniza de
carbn.

Los dioses olmpicos, los hroes coronados de laurel y ligeros de ropa,
parecen temblar en pleno verano recordando los largos meses de fro. El
rojo griego del interior de las columnatas se destie con las lluvias.
Los frescos se esfuman y desaparecen. Todo se vuelve gris y opaco.

S; esta ciudad es una Atenas... pero pasada por cerveza.




IX. EL FESTIVAL WAGNER


Un peridico satrico de Munich, publicaba hace cuarenta aos una
caricatura de Wagner saliendo del hermoso palacete en que le tena
alojado el rey Luis II de Baviera.

--Voy al teatro--deca el gran maestro--, y de paso entrar en palacio a
dar un golpe a la caja del amigo Luis.

Nunca se ha conocido una proteccin tan generosa como la que el monarca
bvaro dispens a Wagner. La prodigalidad de Luis II tom el carcter de
una locura. Este rey virgen, que creaba en su palacio de la Residencia
una galera de bellezas clebres, y, sin embargo, prohiba que
asistiesen damas a las fiestas ntimas de su Corte, fue un Nern, pero
Nern tranquilo, que construy en vez de quemar, y, semejante al dspota
de Roma, puso sus amores musicales y poticos por encima del orgullo de
su majestad.

Sus caprichos y aficiones costaron muy caros a Baviera, y, sin embargo,
el pueblo le recuerda y le respeta. Fue un monarca que, en fuerza de
excentricidades, prest un gran servicio al arte, logrando al mismo
tiempo que la atencin del mundo entero se fijase en Baviera.

Por l vienen todos los aos aqu, en artstica peregrinacin, los
intelectuales de remotos pases. Su retrato est en todas partes.
Baviera le compadece con maternal ternura y guarda su memoria. Tambin
la tumba de Nern, veinte aos despus del suicidio del imperial
cantante, apareca muchas maanas cubierta de rosas, ofrendas del
popular recuerdo.

Famosa poca la de la amistad de Luis II y Wagner.

El monarca, llena la mente de los dioses germnicos y de los hroes
cuyas hazaas pona su amigo en rotundos versos, acompondolos de
prodigiosa orquestacin, apartbase cada vez ms de la existencia real,
viviendo como un sonmbulo, en medio de legendarios ensueos. Odiaba el
traje moderno y hasta sus uniformes a la prusiana, por parecerle
vulgares y antiartsticos. Los cortesanos ocultaban su turbacin al
verse recibidos por l vestido como un gran seor del Renacimiento. Las
verdes aguas del lago Starnberg cruzbalas en barcas doradas, con ninfas
y quimeras en la proa y grandes paos escarlata arrastrando sobre la
estela. Durante las noches de invierno corra los campos de nieve en
veloces trineos con luces elctricas, pasando entre resplandores como
una aparicin fantstica. Una orquesta invisible sonaba en la famosa
Gruta Azul del castillo de Linderhof, mientras Luis, vestido de
Lohengrin, pasebase erguido sobre un esquife de ncar. Un da acab
este ensueo ahogndose el simptico perturbado en una laguna del
castillo de Berg.

El gran msico le haba precedido algunos aos en su salida del
escenario mundanal; pero mucho antes de que Wagner muriese, ya haba
dado la generosidad de Luis todo lo necesario para la realizacin de los
ensueos del maestro.

Wagner ansiaba un teatro suyo, con arreglo a su genio inventivo y
revolucionario, el cual no slo realiz innovaciones en la msica, sino
en la escenografa y en la construccin. El coliseo de Bayreuth fue su
obra. Luego, Munich, siguiendo los mismos planos, ha elevado el teatro
del Prncipe Regente, dedicndolo a la representacin de las obras de
Wagner. Hoy, el _Prinz-Regenten-Theater_, de Munich, celebra todos los
aos un Festival Wagner, que atrae a una muchedumbre cosmopolita y
triunfa sobre Bayreuth por el esmero con que presenta las obras. Su
maquinaria escenogrfica es muy superior a la de los tiempos de Wagner,
que an funciona en el primitivo teatro.

Gentes de todos los pases de Europa y de muchas partes de Amrica se
encuentran en Munich con motivo del Festival. Intil describir lo que es
este teatro con sus novedades y misterios, pues todo el mundo conoce las
innovaciones introducidas por Wagner en la representacin de sus obras.
La orquesta es subterrnea e invisible, lo que llamaba el maestro el
abismo mstico, de donde surgen las melodas como si viniesen de otro
mundo, sin ver el espectador a los msicos, que sudan y gesticulan, y al
director, que se mueve como un loco. El teatro est completamente a
oscuras. Las puertas de los pasillos se cierran al empezar cada acto,
sin que exista poder terrenal capaz de abrirlas antes de que aqul
termine. La disciplina alemana reglamenta el curso del espectculo; el
programa marca las horas y minutos que se invertirn, tanto en el
conjunto de la obra como acto por acto. Las trompetas, sustituyendo a
los toques de campana, hacen correr a los espectadores lo mismo que
reclutas que temen faltar a la lista.

Las representaciones del Festival Wagner empiezan a las cuatro de la
tarde y acaban a las nueve y media de la noche. El ltimo entreacto es
de media hora, para que el pblico pueda cenar en los grandes comedores
del teatro. Una admirable igualdad reina sobre el pblico. Todos los
asientos son iguales y cuestan lo mismo: veinte marcos (veinticinco
pesetas). El teatro, aparte de los seis palcos del fondo, destinados a
la familia real y a los potentados extranjeros, slo se compone de
butacas que se alinean en peldaos, subiendo desde la concha circular,
que cubre el foso de la orquesta, hasta lo ms alto de la sala. Todos
ven el espectculo de frente. Las dos paredes laterales son lisas, sin
otros adornos que las portadas de salida y unas hornacinas con vasos
griegos.

A qu hablar de _El anillo del Nibelungo_...? Wotan, Brunilda,
Sigfrido, todos los dioses, los hroes, las beldades desventuradas, los
gigantes espantosos y los nibelungos enanos que figuran en esta serie de
peras, con su fantstica Historia Natural de dragones que cantan,
pjaros que aconsejan y serpientes y osos, son personajes conocidos del
pblico y no ofrecen ya novedad. La _Walkyria_ y el _Sigfrido_ los
cantan en Munich lo mismo que en el Real de Madrid, o tal vez un poco
peor. Todos los artistas de lengua alemana tienen empeo en cantar en
este Festival, porque da cartel. Algunos proceden de Nueva York, y
creo que hasta despus de trabajar gratuitamente dan dinero encima.

Adems, en este teatro, donde no se admiten manifestaciones del pblico,
el artista puede atreverse a todo, sin ese miedo que inspiran los
espectadores exigentes de Italia y Espaa, los cuales llevan a la pera
algo del espritu de la gente que asiste a una corrida de toros. Total,
que al lado de buenos artistas, encanecidos en el culto wagneriano,
aparecen otros indignos de cantar en su compaa. Por fortuna, la
orquesta, las maravillas del decorado y la escrupulosidad y atencin en
el juego escnico justifican el largo viaje que ha tenido que realizar
una gran parte de este pblico, hbrido en su aspecto exterior, y tan
interesante casi como las obras de Wagner.

La uniformidad militar del teatro contrasta con la variedad infinita de
los espectadores. En lugar alguno de Europa puede encontrarse un pblico
tan heterogneo. Una amable libertad impera en el vestido. Las damas
alemanas y algunas francesas se presentan en traje de ceremonia; los
oficiales marchan tiesos, en sus apretadas levitas de alto cuello,
arrastrando el sable; los _herr_ germnicos llevan frac y se cubren la
cabeza con fieltros de anchas alas; pero revueltas con estas gentes
elegantes, pasan inglesas y americanas vistiendo blancos trajecitos de
falda corta; viajeros con su terno gris a grandes cuadros, los gemelos
en bandolera y la gorrilla en la mano; gruesos y rubicundos sacerdotes
catlicos con levita y pechera negras, que, recordando lo que acaban de
or, mueven los dedos como si estuviesen ya ante los rganos de sus
catedrales; vrgenes de lacias faldas, con el exange rostro asomando
entre dos cados cortinajes de pelo; jvenes melenudos, que estiran la
afeitada cara sobre las innumerables roscas de una corbata oscura;
muchachas enfurruadas, que al llegar tarde y encontrar las puertas
cerradas, se tienden en las escalinatas de los pasillos, ansiando or un
eco del lejano misterio por debajo de los pesados _portiers_, junto a
las piernas de los impasibles acomodadores; mujeres con cierta
originalidad en su traje y sus maneras, que son grandes cantantes en
vacaciones o famosas concertistas; viejos condecorados, de cabellera
gris y cara arrugada, que inspiran un vago recuerdo de retratos vistos
en ilustraciones extranjeras.

Es un pblico de sorpresas. Todos presienten en el vecino que pueda ser
alguien. La mayora est formada de artistas, de escritores, de gentes
que gozan celebridad en sus pases, pero que pasan inadvertidos en esta
reunin universal, que slo dura algunos das.

Esta importancia del pblico que parece presentirse, como si flotase en
el ambiente, obliga a una extremada sencillez a los grandes de la
tierra.

Yo me he codeado del modo ms irreverente, al pasear por las galeras,
con una seora joven, tan elegante como granujienta y fea. Un poco ms
all, dos viejas damas cargadas de brillantes pusieron, al verla, una
rodilla en tierra, con esa sumisin germnica al lado de la cual el
cortesanismo espaol resulta de costumbres democrticas.

--Alteza!, Alteza...!

Y le besaron la mano como si llevase en ella el Santsimo Sacramento.
Era una hija o una nieta--no me enter bien--del emperador de Austria. Y
de igual categora que sta, aunque ms simpticas por su modestia,
encontr en los pasillos a otras altezas cuyo nombre no necesit
preguntar, por serme sus caras bien conocidas.

Cuando termina el espectculo, la gran mayora del pblico sale en
silencio; pero algunos manifiestan su fervor a gritos.

--Sublime! Inmenso!

Casi siempre son espaoles, italianos o franceses los que gritan
entusiasmados. Pero sus voces suenan a falso, y parece que gritando
intentan convencerse a s mismos.

Han odo hablar del Festival Wagner como de algo extraordinariamente
misterioso; han venido atrados por la curiosidad, creyendo en lo
sobrenatural del espectculo, y salen de l dudando de la sensatez de su
viaje, sintieno cierta sospecha de haber sido engaados, dicindose que,
aparte de la sala a oscuras y de la orquesta subterrnea, nada nuevo han
visto.




X. EL MOZARTEUM


Al ir de Munich a Viena, la primera poblacin que se encuentra, pasada
la frontera austraca, es Salzburgo, famosa desde hace siglos como uno
de los lugares ms hermosos de la vieja Alemania.

Es una ciudad episcopal que hasta principios del siglo XIX estuvo regida
por un prncipe-arzobispo, y slo en 1816, despus que el Congreso de
Viena, repartindose los despojos del vencido Napolen, rehzo el mapa
de Europa, pas a incorporarse a Austria. Construida en las dos orillas
del Salzach, que corre entre verdes montaas, la poblacin extindese
por ambas laderas, rompiendo los densos bosques y asomando a trechos su
edificacin roja y negruzca y sus altas torres sobre el verde follaje.
Una catedral gtica recuerda el gobierno de los prncipes mitrados; un
castillo, el Hoen, domina uno de los panoramas ms hermosos del mundo.

Pero Salzburgo no es famosa por su belleza y su antigedad. A pesar de
las glorias histricas de sus arzobispos, de la hermosura de sus
paisajes y de haber habitado en ella el famoso mdico Teofrasto
Paracelso, hoy dormitara olvidada, como muchas poblaciones de la
antigua Alemania, sin que un viajero curioso descendiese en su estacin
y sin otra vida que el trompeteo del regimiento acuartelado en el
castillo y el arrastre de sables de los oficiales bajo los tilos del
paseo. Un nio nacido en Salzburgo en 1756, ha bastado para dar una
celebridad universal e imperecedera a la pequea poblacin alemana.

El prncipe-arzobispo de dicha poca, amante de la msica como todos los
seores alemanes, tena a su servicio un maestro de capilla, pagado
miserablemente y abrumado por un continuo trabajo. Este pobre msico
ocupaba un cuarto piso en una calle estrecha de Salzburgo: una casa de
vecindad, con su escalera en forma de tnel y sus galeras dando acceso
a innumerables puertas. Un da, el necesitado maestro vio aumentarse sus
apuros con el nacimiento de un nuevo hijo. Le pusieron los nombres de
Wolfgang Amadeo y el oscuro apellido de su padre, llamado Leopoldo
Mozart.

Los vecinos del viejo casern vivan en continuo concierto. Por las
tardes, cuando terminaban sus ocupaciones en la catedral o en el palacio
del arzobispo, los msicos de la capilla, tan pobres y entusiastas como
el maestro, reunanse en la casa de ste. No tenan dinero para ir a la
cervecera y se juntaban trayendo sus instrumentos para deleitarse
mutuamente con interminables conciertos, en los que ejecutaban las obras
de su gusto, sin tener que seguir los caprichos del seor. Llegaban con
sus radas casacas negras de largos faldones, sus pelucas de un blanco
rojizo, las medias con puntos sueltos, los zapatos viejos, y se
agrupaban vidos en torno del bondadoso Leopoldo, que les aguardaba con
un voluminoso cuaderno en la mano, ltima novedad musical enviada por el
_capellmeister_ de algn otro principillo alemn.

Sentbase al piano el maestro, geman los violines, roncaba el
contrabajo, extenda el violoncelo la caricia aterciopelada de su
varonil suspiro, lanzaba la flauta sus trinos de alegra pastoril, y la
vieja casa pareca rejuvenecerse con esta alma meldica que corra por
las arterias de sus escalas y corredores. La mujer del maestro, la
hacendosa y dulce Ana Mara Pertlin, cosa con los ojos bajos y el odo
atento; la hija mayor, Mariana, de pie junto a su padre, segua con
admiracin el desarrollo de la msica; el pequeo Amadeo, a gatas por la
habitacin, interrumpa con sus balbuceos el sonido de los instrumentos.
Cuando apenas saba hablar, se quej amargamente viendo que llegaba un
amigo de sus padres con las manos vacas.

--Hoy no traes tu violn de manteca!--exclam con acento de decepcin.

La manteca era para el pequeo salzburgus lo ms fino y ms dulce del
mundo.

No saban an modular palabras con su boca y haca ya hablar al piano;
los signos del solfeo los aprendi antes que los caracteres del
alfabeto. Mariana dominaba la msica lo mismo que l. En Salzburgo,
todos se hacan cruces del nio prodigioso, que a los seis aos tocaba
el piano como un concertista. El mismo prncipe-arzobispo se dign
llamarlo al palacio, admirando la habilidad del hijo de su maestro de
capilla, pero sin ocurrrsele aumentar el sueldo de ste en unas cuantas
coronas.

Las necesidades de la vida impulsan de pronto a Leopoldo a una
resolucin digna de nuestros tiempos. Despirtase en l una avidez de
empresario. Un da, el pequeo Amadeo, ante los ojos llorosos de la
madre, que ve prxima una separacin, contmplase en un espejo, ridculo
y graciosamente vestido como un gran seor, con casaca galoneada, blanca
peluca de Corte y una espadita al costado. Va a correr el mundo, con su
padre y su hermana, dando conciertos, y empieza sus peregrinaciones
penosas de Corte en Corte, durmiendo en malas posadas o en palacios de
potentados _dilettanti_; teniendo que tocar unas veces ante reyes y
otras ante muchedumbres que discuten con Leopoldo el precio de la
entrada. En la Corte de Viena le tratan como un prncipe, y juega con la
archiduquesa Mara Antonieta, futura reina de Francia. En Versalles le
besan y lo adormecen sobre sus grandes faldas las beldades amigas de
Luis XV. En Italia, la muchedumbre fantica de Npoles, asombrada de su
precocidad, cree que el msico nio ha hecho pacto con el diablo y le
obliga a tocar quitndose una pequea sortija que lleva, a la que
atribuye la supersticin un poder mgico. En Miln compone una pera a
los nueve aos, dirige la orquesta la noche del estreno, y el pblico le
saca en hombros, gritando: _Eviva il maestrino!_

Muere el padre; la hermana, simple compaera de ejecucin musical,
vuelve al lado de la madre; Mozart, hecho ya hombre, se ve sumido en la
oscuridad que llega de pronto para los artistas precoces, cuando pierden
el encanto de la infancia. Empieza entonces su vida en Viena de luchas y
miserias. Es un innovador, y la Corte prefiere a los msicos italianos
que llenan la capital austraca. El mismo emperador le aconseja
pedantescamente que imite al primer msico de la poca, el hoy olvidado
Sallieri. Para vivir, escribe sus graciosos _minuettos_, por unos
cuantos florines, cada vez que un gran seor da un baile en su palacio.
Los rivales abusan de su carcter bondadoso y dulce, acosndolo con
insultos, dificultando su trabajo con toda clase de intrigas. Entre la
nube de msicos y poetas de todos los pases cada sobre Viena por la
atraccin que ejerce una Corte aficionada a las artes, encuentra pocos
amigos. Su dulce debilidad slo halla apoyo y consuelo en el espaol
Vicente Martn, un msico procedente de Valencia, autor de peras
olvidadas y que figura en la historia de la msica como inventor del
vals. Tambin son sus amigos el italiano Daponte, abate bohemio y
licencioso, que escribe los versos de sus _libretos_ en plena
embriaguez, y un alemn feo, sombro y malhumorado, incapaz de intrigas
y de numerosos afectos, llamado Luis Beethoven.

Las peras que escribe gustan a lo ms selecto del pblico, pero no le
dan dinero. Cuando se casa con Constanza Weber, sus amigos Martn y
Daponte van a visitarle en su pobre casita al da siguiente de la boda,
y le encuentran bailando con la mujer.

--Hace tanto fro y la lea cuesta tan cara, que nos calentamos
as--dice el maestro sonriendo.

Y contina el baile, moviendo su cuerpo dbil, elegante y gracioso, que
haca de l uno de los ms distinguidos danzarines de la poca.

En Praga, con el estreno del _Don Juan_, empieza para l la celebridad.
Tiene dos hijos, su mujer puede reunir algn dinero; los empresarios le
piden nuevas obras; la Corte fija su atencin en l y le encargan misas
o contradanzas... Y cuando el bienestar entra en la casa, se introduce
igualmente la muerte siguiendo sus pasos.

Un da, un seor vestido de negro y de aspecto siniestro llega a la
vivienda de Mozart, y entregndole como adelanto una bolsa llena de oro,
le encarga que escriba cuanto antes una misa de muertos.

Es el testamentario de un gran seor fallecido en el campo, pero a
Mozart, rodo por la tisis y perturbado por las supersticiones que
acompaan a toda enfermedad, le parece que el hombre vestido de negro es
la misma Muerte que viene a anunciarle su prximo fin, y se lanza a
escribir la famosa _Misa de Rquiem_, convencido de que se estrenar en
sus propios funerales. Las noches de cruel insomnio, con la certeza de
que toda nota trazada es un segundo menos de vida, de que avanza el
temido final con cada nueva hoja aadida a la partitura, amontonando
sobre el pentagrama lgrimas y melancolas...! Su vida iba
extinguindose as como avanzaba su obra. Casi moribundo, quiso orla, y
con un esfuerzo supremo cogi en sus manos el papel del tenor. Un
discpulo se sent al piano; otros se encargaron de las diversas partes
de la obra; Mozart, hundido en un silln, con el papel ante los ojos,
cantaba con una voz trmula y dulce, como el cisne de las leyendas
antes de morir. Al llegar al _Lacrimosa_, su voz se cort con un gemido:

--No, no puedo ms!

Y ech la cabeza sobre el respaldo, para no levantarla nunca, entre las
lgrimas de amigos y discpulos y los alaridos de Constanza, que al fin
poda dar expansin a su dolor.

Al da siguiente fue el entierro, da tempestuoso y gris que arrojaba
sobre Viena un verdadero diluvio.

Gran concurrencia en la casa mortuoria: todos los msicos de Viena,
algunos grandes seores de la Corte y delegaciones de la masonera,
agradecidos a Mozart por su _Cantata de los francmasones_, que an se
toca en muchas logias.

El fnebre cortejo emprendi la marcha bajo la lluvia torrencial. El
agua saltaba furiosa sobre los rojos paraguas de ballena; los zapatos de
hebillas y las negras medias de los acompaantes hundanse en los
arroyos fangosos. Hay que conocer Viena, enorme ciudad, para darse
cuenta de lo penoso de una marcha hasta el cementerio por calles
interminables. En una esquina se quedaba un grupo del cortejo,
dicindose que ya haba acompaado bastante al difunto camarada en un
da como aqul; ms all desertaban otros; las carrozas de los seores
haban desaparecido; los ms valientes y ms fieles llegaron hasta las
afueras. Total, que al anochecer, con los caballos chorreando y a un
paso vacilante, en la penumbra del crepsculo, lleg al cementerio un
coche fnebre... sin que lo siguiese nadie.

Algunas semanas despus, cuando la viuda quiso saber dnde estaba el
cuerpo de Mozart, nadie supo contestarle. Ninguno del cortejo haba
presenciado el entierro. Los sepultureros no supieron explicarse, ni
pudieron nunca ponerse de acuerdo. Se entierra tanta gente durante un
solo da en una ciudad enorme...! La nada trag para siempre el cuerpo
del maestro, y la duda le sirvi de lpida mortuoria. Se sabe de cierto
que sus restos estn en el cementerio viejo de Viena, y esto es todo.

La ciudad de Salzburgo ha convertido en museo la vieja casa del maestro
de capilla Leopoldo Mozart, donde naci el prodigioso compositor. El
_Mozarteum_ contiene, en sus pobres habitaciones de techo bajo y
pavimento de vieja madera, todos los recuerdos de la vida del maestro:
instrumentos, retratos, vestidos y hasta cartas. En una vitrina figura
un crneo... El crneo de Mozart! El catlogo no lo asegura, pero el
conserje lo afirma bajo su palabra, y los ms de los visitantes admiran
la cpula sea bajo la cual nacieron tantas bellas melodas.

Si el alma es inmortal y se entera de lo que ocurre en este mundo, tal
vez a estas horas algn antiguo mozo de cordel de Viena estar riendo en
el Paraso, al ver que atribuyen a su pobre calavera la paternidad del
_Don Juan_.




XI. VIENA LA ELEGANTE


Desde Munich a Viena, los hombres del pueblo, y aun muchos burgueses,
bien sean bvaros o austracos, muestran todos tres aficiones comunes:
aman el canto, se agujerean las orejas para llevar pequeas monedas a
guisa de pendientes, y no pueden usar un sombrero sin adornarlo con una
pluma o un grupo de flores silvestres.

Los pequeos chambergos de felpa verde o acaramelada, con el ala cada
sobre el bigotudo rostro, estn siempre rematados por enhiestas plumas
de gallo, que se cimbrean junto al cogote. El pueblo de la Baja Alemania
siente una gran simpata por el Tirol y sus pintorescos montaeses,
nicos que en das de desgracia para la patria supieron resistir a la
invasin napolenica, imitando a los guerrilleros espaoles.

La _Tirolesa_, cancin robada al gorjeo de los pjaros, hace or sus
trinos, desde Munich a Viena, en caminos y ferias, teatros y montaas.
En el _Theresien-Wiese_, de Munich, extensa explanada frente a la
estatua de Bavaria, se verifica a fines de verano la feria anual de los
tiroleses, y de la maana a la noche trina el ruiseor, canta el mirlo y
gorjea la alondra, no con notas vagas, sino intercalando en sus escalas
versos que hablan de amores y luchas en las montaas verdes coronadas de
nieve.

La msica es una necesidad para los pueblos de la Baja Alemania. Cuando
se les ve de cerca se comprende que las estatuas de grandes compositores
compatriotas suyos llenen calles y plazas. No hay caf que no tenga
orquesta, ni restaurante al aire libre sin banda militar. En Munich, el
pblico de las cerveceras canta a coro, acompaado por los violines y
chocando los _bocks_, como los bebedores de Goethe en el _Fausto_. En
Viena, la patria de Strauss y de Supp, el vals lnguido y elegante o la
marcial retreta suenan en todos los establecimientos pblicos.

El catolicismo austraco es el ms armonioso de la cristiandad papal.
Una simple misa rezada en la catedral de San Esteban o en cualquier otro
templo de Viena, es en los domingos un verdadero concierto. Suena el
rgano un ligero preludio, como para dar el tono; los fieles, hombres,
mujeres y nios, tiran del librito que les sirve de gua para recordar
los versos de los himnos, y la misa se desarrolla en medio de un coro de
centenares y aun de miles de voces, sin que ni una sola desentone,
siguiendo todas instintivamente el ritmo, sin necesidad de direccin,
con un ajuste maravilloso. Las voces graves acompaan con artsticas
disonancias el canto femenino o infantil, y este coro, de msica
difcil, suena durante una hora como el del mejor teatro de pera.

En Viena, la msica es algo nacional, que constituye el orgullo del
pueblo. Las bandas de los regimientos austracos son verdaderas
orquestas. Cuando Austria dominaba la Alta Italia, los patriotas
venecianos y milaneses ocultbanse en sus casas para no ver a los
abominables invasores; pero as que las bandas sonaban en las calles,
abran instintivamente las ventanas, confesndose que los malditos
_tedescos_ manejaban como ngeles sus instrumentos.

Viena ha visto ella sola nacer ms obras musicales de fama universal que
todo el resto del mundo. En modestas callejuelas vecinas al Palacio
Imperial y al teatro de la pera vivieron Mozart, que escriba
_minuettos_ originales para cada baile que se celebraba en Viena, y
Beethoven, que compona una cantata por cada victoria de los ejrcitos
aliados, o produca todas las semanas algo nuevo para los conciertos y
fiestas de los grandes plenipotenciarios arregladores de Europa en el
famoso Congreso de 1815.

Viniendo de Alemania, se presenta Viena como una ciudad encantadora,
resumen de toda clase de bellezas y elegancias. Las tiendas de modas del
Imperio germnico, en su deseo de aislar a Francia crendole el vaco,
pretenden ignorar que existe un Pars, al que las mujeres de todo el
mundo piden el ltimo tipo de elegancia. Modelo de Viena, dicen en los
escaparates alemanes las etiquetas de los sombreros y vestidos.

Si fuera posible colocar juntos a Pars y Viena para abarcarlos en una
sola ojeada, es seguro que la capital austraca saldra vencida de la
comparacin. Pero Viena est muy lejos y para llegar a ella hay que
atravesar las ciudades alemanas, con sus mujeres vestidas como
institutrices pobres, de malfachada gordura, y que para colmo de
desdicha, por un patritico orgullo de su exuberante maternidad,
raramente usan cors.

Por eso la elegancia de Viena causa mayor impresin, desde el primer
momento, que la que se siente en Pars cuando se llega a ste procedente
de Espaa o de Italia.

Hay que confesar tambin que las vienesas son fsicamente superiores a
las parisienses, y su fama universal de belleza no es usurpada. La
espaola hermosa es muy superior a la vienesa; pero en las calles de
Viena se encuentra mayor nmero de mujeres guapas que en las calles de
Madrid. Las nuestras las vencen por la calidad, pero ellas son
superiores por la variedad y el nmero.

Austria es la verdadera frontera de la Europa central... y europea.
Ms all, hacia el Oriente, estn acampados pueblos que, aunque de
aspecto semejante al nuestro, son de origen asitico y han sido
depositados en el lugar que ocupan por el oleaje de las invasiones. Por
dos veces lleg la avalancha turca hasta el pie de los muros de Viena.
Los doscientos y pico de pueblos que constituyen hoy el Imperio
austraco, con su carnavalesca variedad de colores, lenguas, trajes y
costumbres, unos rubios como los germanos ms septentrionales, otros
oscuros o amarillentos, cual las tribus del interior de Asia, han
producido con sus cruzamientos extraos tipos de belleza. En esta tierra
ha ocurrido el ltimo choque de Oriente y Occidente. Hasta aqu lleg el
supremo empujn del Asia invasora, y como ncleo de un pueblo perdido en
las remotas lobregueces de la Historia, viven en Austria los ziganos o
bohemios, de los que son ramas sueltas los gitanos y _romanicheles_ que
vagan por Europa.

Conjunto de mil caracteres extraos a su raza es la mujer vienesa. Su
color resulta incierto. Puede ser morena y de ojos de brasa como una
gitana, o rubia y de mirada azul como si hubiese nacido en Berln. Es
devota como una espaola, y al mismo tiempo alegre como una italiana, y
elegantemente desenvuelta como la parisin. La blanca piel de las razas
del Norte no tiene en ella la fra pasividad germnica, pues parece
caldeada por la voluptuosa sangre de la odalisca.

El amor no la enloquece, a juzgar por los conflictos de su vida, que se
reflejan en el teatro y la novela.

El lujo, el deseo de parecer ms hermosa, la dominan tan imperiosamente,
que en su alma no queda espacio para otras pasiones.

En Viena todos visten bien, hombres y mujeres. En ninguna capital de
Europa se ve a la gente mejor presentada. Los hombres parecen recin
salidos de la tienda del sastre. Las mujeres elegantes son incontables.
Todas, aun las ms modestas, si son hermosas, parecen escapadas de las
lminas de un peridico de modas.

Algunas son ricas; una gran parte slo gozan de cierto bienestar; la
inmensa mayora son pobres, como en los dems pases. Y, sin embargo,
Viena, por lo mismo que es una ciudad elegante, resulta muy cara y exige
grandes gastos para el sostenimiento de lo superfluo...!

La emperatriz Elisabeth, asesinada en Ginebra, odiaba a Viena, donde
haba pasado la mayor parte de su vida. Para no verla, iba errante por
Europa, viviendo tan pronto en las islas griegas como en las montaas
suizas, hasta que la hiri el pual anarquista en las riberas del Leman.

--Viena...--deca con indignacin--. La ciudad bella y engaosa! El
lugar ms corrompido de la tierra...!

Hoy, la soberana de las tristezas errantes, la infatigable lectora de
Heine, poeta de las inmensas amarguras, se pudre en el panten imperial,
con todas sus decepciones y protestas.

En calles y jardines siguen sonando los valses; las enaguas revolotean
en las aceras con rtmica marcha, que deja tras los graciosos pies una
estela de perfumes; los lujosos carruajes, tirados por caballos
hngaros, corren por las avenidas del Prater; a la entrada del clebre
paseo, en el _Wurst el Prater_ o Prater del Polichinela, el buen
pueblo, satisfecho de su emperador, baila y se emborracha con cerveza,
esperando la noche para fabricarle nuevos sbditos al soberano, y por
encima de los tejados de Viena suenan a todas horas las campanas de cien
iglesias y conventos, lo mismo que en una ciudad espaola.




XII. EL SUBTERRNEO DE LOS EMPERADORES


El fraile capuchino, un arrogante mocetn de barba rubia, agita sus
brazos blancos y fuertes fuera de las mangas del hbito, al mismo tiempo
que me habla en alemn. La expresin negativa de su voz me hace
comprenderle. Es domingo, y hasta el da siguiente no se abre el Panten
Imperial. Estoy en la sacrista del _Capuzinekirche_, templo en cuya
cripta reposan los cadveres de los emperadores de Austria.

--El caso es que maana no podr volver--digo yo por contestar algo al
fraile.

--Es usted francs?--balbucea l en dicho idioma, al mismo tiempo que
sonre mirando a una de mis solapas, en la que llevo la roseta de la
Legin de Honor, como si tuviese cierta satisfaccin en molestarme.

--No, seor; soy espaol.

Su rostro parece iluminarse. El azul de sus ojos toma una ternura
acariciadora.

--Ah, espaol...!

Puede correrse Europa entera sin que la condicin de espaol despierte
en hoteles y ferrocarriles otro inters que la vaga curiosidad que
inspira un pas novelesco y lejano. Pero all donde se tropieza con un
fraile, bien sea italiano, francs, alemn o austraco, la nacionalidad
espaola atrae inmediatamente la ms graciosa de las sonrisas, como si
Espaa fuese el pueblo feliz elegido de Dios, algo as como las doce
tribus depositarias del Arca Santa, que no tenan otro quehacer que
alabar al Seor y engullirse el man cado del cielo.

--Espaol!, espaol!--repite en su francs balbuciente el hermoso
capuchino.

Y despus de descolgar una llave, me invita con bondadosa proteccin a
seguirle por los corredores que conducen al Panten Imperial. Siendo
espaol, soy catlico de primera clase y nada puede negrseme.

De pronto se detiene para decirme con amigable confianza, como si
hubiese encontrado un nuevo parentesco entre los dos:

--La reina de usted es de Viena. La conozco mucho... y a su madre, la
seora archiduquesa, tambin. Nos distinguen mucho a los capuchinos.

Cruzamos otro pasadizo y vuelve a detenerse para comunicarme sus
impresiones.

--Yo he estado en Espaa; un da nada ms. Fui a Lourdes y pas a San
Sebastin para ver a la reina. Me regal un pequeo Cristo muy
milagroso: el Cristo de..., de...

Y se calla, con el pensamiento embrollado y la lengua torpe, no pudiendo
recordar el nombre de la famosa imagen, y mirndome con ojos suplicantes
para que eche una mano a su memoria.

--No s--murmur, algo avergonzado de mi escandalosa ignorancia--. Hay
tantos all...!, tantos...!

l tambin adopta un tono vago, como si contemplase una bella y remota
visin.

--Espaa! Mucho gusto en volver a verla... Pero tan lejos!

Hace girar una llave de luz elctrica y descendemos por una escalera,
recta y abovedada como un tnel, cubierta de azulejos blancos. Al final
de ella entramos en unas cuevas mal enjalbegadas, con un resplandor gris
de bodega que penetra por los tragaluces. Unas cuantas verjas oxidadas,
dos tumbas monumentales con estatuas yacentes, y en todas las cuevas del
imperial subterrneo cajones de cinc, muchos cajones, unos ciento
cuarenta, con breves rtulos en la tapa superior y esparcidos al azar,
lo mismo que los bultos depositados en un almacn. Un olor nauseabundo
de humedad de siglos y podredumbre encerrada apesta el ambiente. ste es
el ltimo asilo de los orgullosos emperadores de Austria, que han
reinado sobre media Europa y dado reinas a la otra media.

El subterrneo de los Capuchinos era slo para la tumba de Mara Teresa,
hembra gloriosa que vale en la Historia por todos los emperadores de
Austria. Pero despus de muerta ella, sus descendientes han venido a
sumirse en la nada cerca de su tumba, y faltos de espacio para tener
mausoleo propio, estn encerrados en atades de plomo y de cinc,
pudrindose en su propia corrupcin, sin el contacto de la madre tierra,
que limpia y consume al envolvernos en su caricia.

La dinasta imperial de Austria, como si pretendiese vencer a la muerte,
se resiste a desaparecer en las entraas del suelo, y est como de
cuerpo presente dentro de su panten. Es algo semejante a su Imperio,
que en la geografa poltica representa un cuerpo enorme que un da
vivi, pero cumplida ya su misin, abruma a Europa con la pesadez de un
cuerpo muerto en que se notan prximas descomposiciones, origen de
nuevas vidas.

Este vulgar subterrneo, almacn sin grandeza de la muerte, con sus
cajas metlicas feas y pesadas, tiene, sin embargo, un ambiente
trgico.

Una implacable maldicin parece gravitar sobre esta familia
todopoderosa, la ms catlica y la ms venerable de todas las reinantes.
Por ella conserva el Vicario de Dios una enorme parte de Europa.

La revolucin protestante hubiese arrebatado a Roma sus mejores Estados
espirituales, a no ser por la casa de Austria. Los reyes de Espaa,
despus de largas guerras, slo pudieron conservar fiel al Papado la
catlica Blgica. Los emperadores de Austria, con la espada implacable
de Wallestein y los horrores de la guerra de los Treinta Aos,
mantuvieron sumisos al pontfice enormes Estados.

Este buen servicio a la causa de Dios ha sido pagado al pueblo austraco
con toda clase de derrotas, hasta el punto de que sus ejrcitos, con ser
muy valientes, parecen sin otra misin en la Historia que la de ser
vencidos por franceses, alemanes e italianos. Sus monarcas han sido
objeto de toda clase de infortunios, como si el Todopoderoso les
distinguiese con especial antipata.

La cripta de los Capuchinos recuerda los subterrneos de las
terrorficas novelas de Ana Radcliffe, donde cada tumba encierra una
tragedia, vagando entre ellas espectros ensangrentados. En menos de un
siglo se han amontonado en este lugar los despojos de las ms tristes
historias.

Dos fretros de plomo cubiertos de coronas rasgan con la brillantez de
los colores de sus cintas y el oro de sus franjas la penumbra gris del
subterrneo. Uno de ellos guarda los restos de la emperatriz Elisabeth,
la esposa del emperador actual, asesinada en Ginebra. Vagaba por el
mundo de riguroso incgnito, como una viajera cualquiera. Nadie la
conoca; ella misma deseaba olvidar su rango de emperatriz; transcurran
aos sin que volviese a sus dominios; pero, sin embargo, la fatalidad,
que respeta a los monarcas ostentosos rodeados de la pompa de su
investidura, hizo que una mirada feroz se fijase en la modesta viajera
vestida de negro.

En la otra caja est su hijo Rodolfo, el heredero de uno de los ms
grandes Estados de Europa, muerto misteriosamente en un drama de alcoba,
como un protagonista de Crnica de sucesos, dejando al abandonar el
mundo la duda entre un suicidio voluntario, una monstruosa amputacin o
un asesinato bestial, perpetrado en la locura de la embriaguez.

Unos atades sin adorno, oxidados por los aos, encierran los dos
ltimos pensamientos de Napolen. En uno est Mara Luisa, graciosa y
casquivana archiduquesa, esposa del primero de los guerreros modernos,
entregada cobardemente por su padre a un sublime advenedizo, ansioso de
ennoblecerse histricamente tomando mujer de la casa austraca, antiguo
y acreditado centro de exportacin de reinas. Ser esposa amada de un
Napolen, sentir en sus sienes la mayor de las coronas, y al llegar la
hora de las gloriosas desgracias y las tristezas ennoblecedoras
abandonar al marido sin un recuerdo, ahogando su memoria con amorcillos
vulgares y muriendo en un ridculo principadillo italiano... qu final
puede hallarse ms triste!

Junto a ella duerme el rey de Roma, el _Aiglon_, el joven paliducho,
soador y vacilante que Napolen dio al mundo, como esas ramas faltas de
savia que echan los rboles gigantescos cansados de producir. La sangre
de la madre atrajo sobre su cabeza el eterno infortunio de la dinasta
austraca. Sus ojos, al abrirse a la luz, vieron en torno de l, como
servidores, a los hombres ms poderosos de la poca; brazos que
conquistaban reinos se emplearon en pasear su infancia; el Imperio de
Europa figuraba en su canastilla al nacer; los primeros guerreros del
mundo sentan rodar lgrimas por los canos mostachos al contemplar su
retrato en los nevados campamentos de Rusia; y, sin embargo, cuando le
sorprendi la muerte en las habitaciones de Schoenbrunn--un palacio en el
que se instal su padre como conquistador y que habit l como nieto
pobre, portador de un apellido odioso--, este engendro triste del genio
y la sangre rancia slo dej como recuerdo de su paso por el mundo un
melanclico vals. La ltima vez que le vio el pueblo de Viena fue
mandando un piquete en el entierro de un general oscuro. El hijo de
Napolen escoltando el cadver de un militar sin nombre, que ms de una
vez habra corrido ante su padre...!

Un atad aislado junto a una pilastra guarda otra tragedia. El nombre de
_Queretarus_ que figura en la inscripcin latina de la tapa hace surgir
el recuerdo de Mxico y la fantstica tentativa de un Imperio americano,
derrumbada al estampido de un fusilamiento. En esta caja est
Maximiliano I y ltimo de Mxico, que llev al otro lado de los mares el
destino fatdico de su familia.

El pensamiento abandona el fnebre subterrneo para esparcirse por el
mundo, y abarca a los innumerables archiduques errantes sobre la tierra,
como si quisieran huir de las glorias terrenales de su familia, que
equivalen a una maldicin, y olvidar un apellido famoso que parece traer
la muerte o la locura. El fantstico Juan Ort desaparece como un hroe
de novela en la punta ms avanzada de la Amrica meridional; otra
archiduque vive como un labriego en una isla del Mediterrneo; otro
reniega de su apellido para ser capitn mercante; otro ms se casa con
una cmica, ansioso de aplebeyarse y que todos olviden su origen... La
desesperacin o la locura guan los pasos de estos descendientes de la
ms catlica y rgida de las monarquas.

La familia se deshace. Quin sabe la suerte de su vasto Imperio, simple
expresin geogrfica, sin cohesin de razas ni de espritu, que
lgicamente debe fraccionarse, dando vida a organismos ms homogneos!

La densa humedad del subterrneo, su vulgar desnudez, cargada de hedores
de corrupcin y moho, me hace ansiar la vuelta a la luz y al aire libre.

Al llegar arriba, el capuchino mira su reloj, y espontneamente me
indica qu templo debo escoger para or misa.

--Cuando usted vuelva a Espaa--aade con tono insinuante--, si ve usted
a la reina...

--Gracias! No la conozco, no la trato...--digo modestamente, ante su
mirada de asombro.

Y al irme, para agradecerle sus molestias y que no pierda el alto
concepto que tiene de los espaoles--los primeros de los catlicos!--,
le largo una peseta austraca.




XIII. HERMOSO DANUBIO AZUL...!


De Viena a Budapest se va en cuatro horas por el tren y en trece horas
por el Danubio. Escoger entre ambos modos de locomocin no ofrece duda
para los ms de los viajeros. Sin embargo, yo me embarqu a las siete de
la maana en un vaporcito, frente al muelle del Prater, y dije adis a
Viena, envuelta todava en las neblinas del amanecer.

Hermoso Danubio azul...!, como cantan en el famoso vals. Lo de azul
es una exageracin patritica del msico Strauss, pues yo no le he visto
de tal color un solo instante, ni en los muelles de Viena, de reciente
construccin, ni en las revueltas de su curso, que forma ms de cien
islas, ni en las inmediaciones de Budapest, donde muge al tropezar con
altivos y negros promontorios, que son como estribaciones avanzadas de
los montes Crpatos. Su color es un blanco gris y luminoso, semejante al
reflejo del acero pulido.

Pero hermoso s que lo es el clebre ro, de una belleza majestuosa,
imponente y algo salvaje, que bien merece los versos y los suspiros de
violn dedicados a su gloria.

Cerca del puente del Brnn trasbordamos a un vapor grande, y empieza la
navegacin ro abajo, moviendo el buque las ruedas en una corriente
veloz que acelera su marcha.

Famoso viaje! Sobre la cubierta agrpase una multitud pintoresca y
abigarrada, que parece resumir el amontonamiento de pueblos del Imperio
austraco: gitanas bronceadas, envueltas en mantones y con un pauelo
sombreando los ojos de brasa, lo mismo que las que se ven en Madrid
cerca del puente de Toledo; aldeanas con blancas camisetas de mangas de
farol y faldelln corto y hueco, como el de las bailarinas, que al menor
descuido deja ver la carne sonrosada y maciza ms all de las medias
atadas bajo las rodillas; campesinos hngaros de fiero bigote y
encintado sombrerillo, moviendo al andar los blancos pantalones de
campana y la blusa ceida por una faja multicolor; soldados azules, con
las piernas ajustadas en un _colant_ que les da aspecto de gimnastas, y
mezclado con todo este mundo, un revoltijo de fardos, cestos, cuerdas y
maletas, un oso y varios monos de una banda de bohemios y una cantidad
regular de perros enormes, que se espeluznan y ensean los dientes cada
vez que llega hasta nosotros un ladrido de las lejanas orillas.

El vapor danubiano es un arca de No por el amontonamiento de personas,
animales y lenguajes.

Cada grupo habla diferente idioma, y, sin embargo, de la proa a la popa
no hay quien entienda una palabra de francs, ni menos de espaol. El
capitn, lobo fluvial de rudas maneras, sabe que existe en el mundo un
pueblo italiano, y conoce vagamente de su lengua hasta media docena de
palabras: esto es todo. En el comedor del barco, donde slo entran los
contados pasajeros de primera, los dos criados puestos de frac sonren
estpidamente, encogiendo los hombros, y hay que emplear con ellos el
ms universal de los esperantos: el idioma de la sea. En la cubierta,
el pasaje, abigarrado y movedizo como un coro de pera, me habla con
palabras extraas, y yo contesto con la misma sonrisa de los mozos del
comedor.

El Danubio, al alejarse de Viena, ensancha su superficie y toma un
aspecto ms majestuoso, libre ya de las cadenas de piedra en que le
aprisiona la gran ciudad. En ambas orillas se extiende una ancha faja
deshabitada, desnuda de cultivos y arboleda, sin otra vegetacin que
espesos juncos, caas y matorrales enmaraados. Es el terreno reservado
a las crecidas del gran ro, que ste invade durante el invierno. De vez
en cuando agtase la silvestre vegetacin y surgen de ella, como
espantados por los bramidos del buque, rebaos de toros blancos o de
color de canela, con los cuernos enormes, pero tmidos y mansos como
vacas.

Ms all de este Danubio en seco, los bosquecillos de rboles delgados
pero de apretado follaje dejan ver en sus claros campos de intenso
cultivo granjas en torno a las cuales agtanse hombres y mujeres
vestidos de blanco, aldeas de casitas rojas agrupadas en torno de la
iglesia, como una pollada en torno de la madre.

El curso del ro, uniforme y grandioso, se bifurca y parece borrarse al
travs de innumerables islas. Vamos por canales que tienen muchos
kilmetros de longitud. Las orillas estn prximas; se oyen los gritos
de los labriegos en los campos, el ladrido de los canes, el canto de un
gallo, el tintineo de las campanas en las aldeas. Una de ellas se llama
Essling, otra se llama Wagram. Las dos no son ms que dos puados de
casitas, y, sin embargo, sus nombres corren por el mundo, figuran
esculpidas en uno de los arcos de triunfo ms grandes de la tierra, y
han servido para bautizar grandes bulevares de Pars.

Hace aproximadamente un siglo, un hombrecillo de levitn plomizo y
pequeo tricornio, montado en una yegua blanca, encontr magnficos
estos campos para hacer pelear en condiciones ventajosas a los miles de
hombres que le seguan contra otros miles de hombres que intentaban
defender sus familias y sus medios de vida, o sea lo que se llama la
patria. Aqu ocurrieron las famosas batallas que aseguraron a Napolen
su dominio sobre Austria. Nada recuerda en las tranquilas aldeas estos
sucesos gloriosos que las hacen inmortales. Un perro de pastor ladra
sobre una altura que tal vez sirvi de pedestal durante unas horas al
gran conductor de pueblos. Un rebao blanco rumia la hierba en el mismo
suelo que conmovieron hace noventa y ocho aos, con pataleos de rabia o
de agona, numerosos rebaos de hombres. Brilla el acero de unas
guadaas en los campos, cortando algo que no puedo ver, pero que
seguramente sirve para el sustento de la vida y es producto de la
corrupcin de quince o veinte mil hombres que se mataron sin conocerse y
sin odiarse.

En las alturas inmediatas al ro van apareciendo, fuera del ddalo de
islas, viejas iglesias gticas, ruinosos castillos, pueblos con antiguas
fortificaciones. Es el Austria venerable y heroica, que data de las
correras de los turcos y logr contener y esterilizar ante los muros de
Viena el empuje oriental, librando al centro de Europa de una invasin
que hubiese cambiado el curso de la Historia.

Sobre una colina elvase una pirmide de tierra de diecinueve metros,
llamada _Htelberg_, que conmemora la expulsin definitiva de los
otomanos. Su nombre proviene de que la tierra la llevaron los habitantes
de los alrededores en sus sombreros (_hte_).

Al llegar a la desembocadura del Morava en el Danubio, acaba el
territorio austraco y empieza el de la autnoma Hungra, que tiene por
rey al emperador de Austria, pero se gobierna aparte, con toda la
altivez de un pueblo de vieja historia.

Hasta Budapest todas las poblaciones de la ribera del Danubio tienen un
nombre alemn y otro magiar.

Presburgo, la segunda ciudad hngara, que un tiempo fue la capital, la
llaman los magiares Pozsony. Su catedral, donde antiguamente se
coronaban los reyes de Hungra, levanta por encima de los tejados una
aguja de piedra con calados que transparentan el azul del cielo.

Gran movimiento de personas y fardos en el muelle de desembarque. Frente
al vapor suena una alegre msica. Es una orquesta de ziganos negros y
melenudos, que saludan a los pasajeros haciendo sonar sus instrumentos,
al mismo tiempo que ruedan los ojos y sonren con una expresin
inquietante, como si la msica les inspirase proposiciones deshonestas.
Son los violinistas de los cafs de Pars, los famosos ziganos de todos
los restaurantes elegantes del mundo, pero al natural, sin casacas rojas
ni peinado brillante de pomada, servidos en su propia salsa de andrajos
y suciedad. No llegan a diez y parecen una orquesta enorme por el
terreno que ocupan y la autoridad con que tocan.

En primera fila estn los pequeos, abiertos en extensa guerrilla y casi
ocultos tras el violn; mucho ms lejanos, los padres, y todos tocando
la _czarda_, de ritmo desigual, endiablado y loco, con el busto echado
atrs, el vientre saliente y la mirada perdida en lo alto, como si
fuesen a desmayarse a impulsos de desconocida voluptuosidad. Es la
actitud tradicional, el gesto de Rigo, que trastorn algo ms que el
seso a la inflamable princesa de Caraman-Chimay.

Al alejarnos de Presburgo o de Pozsony, la navegacin adquiere una
hermosura montona: siempre ante la proa una extensin de ro enorme,
con el horizonte cerrado por una revuelta, que lo convierte
aparentemente en mansa laguna. En la ribera se ven colinas cubiertas de
cepas que producen los vinos rojos de Hungra y el famoso _Tokay_, o
enormes peones cuyas cimas coronan castillos arruinados.

Empiezo a arrepentirme de la larga navegacin. Cae la tarde. El sol no
es ya ms que un charco de oro que parece hervir en el horizonte entre
montones de nubes negras. Su agona se refleja en el Danubio, poblando
de impalpables peces de fuego las aguas que rebullen en torno a las
paletas de las ruedas. La fatiga de una navegacin entre orillas que
parecen siempre iguales, como si el ro se repitiese a cada revuelta,
empieza a apoderarse de m. Qu mala idea venir por el ro! Fatal
aficin a lo raro!, que hace preferir los viajes difciles, siempre que
sean extraordinarios y no los hagan los dems.

Una isla cierra el horizonte. Entramos en un canal entre ella y la
orilla. En la ribera opuesta, sobre una altura, empiezan a surgir
blancos grupos de casero y torres puntiagudas.

Budapest...! Nunca he experimentado sorpresa tan grande. La decepcin
de poco antes se cambia en alegra. Bendita idea la de venir por el
Danubio y llegar embarcado a la capital de los magiares. Budapest es
sencillamente la ciudad ms hermosa de Europa al primer golpe de vista.
No lo digo yo: lo afirman todas las guas y todos los viajeros.

A la derecha del ro, Buda, la ciudad antigua, extendiendo sobre una
cadena de alturas sus recuerdos histricos. En la ribera izquierda,
Pest, la poblacin enorme, donde estn los edificios recientes y las
industrias modernas. Enormes puentes colgantes unen una orilla a otra,
siendo como el guin que junta el nombre doble de la ciudad: Buda-Pest.

Nos detenemos en la isla Margarita, que parte al ro en una regular
extensin antes de penetrar ste entre las dos ciudades.

En una colina inmediata, rodeada de jardines, existe una pequea
mezquita de forma octgona. Llama la atencin este templo musulmn,
blanco y escrupulosamente cuidado, en el catlico Budapest, que ostenta
junto al Danubio la iglesia de San Matas, semejante a un castillo.

La mezquita guarda bajo su blanca cpula la tumba de Gl Baba, santn
turco que sus compatriotas juzgaron sacrlego llevarse a Constantinopla
al evacuar a Budapest. La obligacin de conservar en buen estado la
tumba del santo musulmn figura en un artculo del tratado de paz de
Carlowitz, entre Austria y Turqua, en el siglo XVII, y los austracos
respetan el antiguo compromiso.

Esta huella de la dominacin turca me hace recordar que estoy ya en las
puertas del Imperio de Oriente.




XIV. LA CIUDAD DE LOS MAGIARES


De noche parece Budapest una poblacin de ensueo. La noble ciudad
refleja en el Danubio--que tiene cerca de medio kilmetro de
anchura--los fuegos de su esplndida iluminacin. Desde los muelles de
Pest, que es la ms grande por estar en el llano, se contempla enfrente
a Buda enroscando sus rosarios de luces de gas por las sinuosidades de
las colinas y sembrando las rocas de faros elctricos, que brillan como
lunas.

Por las negras aguas pasan las linternas de los vaporcillos invisibles,
borrando momentneamente con el remolino de su marcha los temblones
reflejos de las luces de los muelles.

De los cafs, que brillan como bocas de horno en la orilla opuesta,
llegan a intervalos, con los soplos de la brisa, suspiros de violines o
el rugido metlico de una banda militar. En los paseos, campesinos de la
Galitzia austraca o de Transilvania, con trajes pintorescos que
recuerdan las invasiones turcas o las guerras de Mara Teresa, van de
restaurante en restaurante, llevando sobre el vientre grandes cestos de
frutas. La sanda, casi desconocida en los pueblos del centro de Europa,
se muestra aqu y parece sonrer amigablemente con su purprea y redonda
boca, anunciando que el Oriente est cerca. Los violines bohemios suenan
tras los verdes arbustos de las terrazas, y las canciones melanclicas
de Rumania sorprenden con sus palabras de origen latino, que hacen
recordar al glorioso espaol Trajano, fundador y civilizador de dicho
pueblo.

De vez en cuando truena el suelo de los muelles y pasa un carruaje
tirado por caballos hngaros, incomparables animales que marchan siempre
al trote largo, como si este fuese un paso natural, y unen el vigor y la
corpulencia a la esbelta ligereza del corcel rabe.

Cuando los esplendores del sol disuelven el negro misterio moteado de
luces que envuelve a la doble ciudad, se muestra sta monumental y
grandiosa. En el moderno Pest, los grandes hoteles, los edificios del
Estado, los templos de diversas religiones y los establecimientos de
enseanza asoman sus masas arquitectnicas por encima del casero. En el
antiguo Buda, ciudad de alturas, hay una larga colina que es como el
Capitolio del pueblo magiar, pues la extensa meseta soporta los
principales monumentos de su vida poltica. Sobre la ondulada cresta,
cubierta de profundas manchas de jardinera, est el San Matas, templo
del siglo XV, fortificado como un castillo. A sus naves tuvo que venir a
coronarse como rey de Hungra el actual emperador de Austria, entre las
corvas cimitarras de los seores magiares, vestidos con el dolmn
tradicional, haciendo sonar las espuelas de sus botas de cuero rojo y
ondulando sobre su gorro de hsar el blanco penacho sujeto con un joyel.

Al lado del San Matas extiende sus innumerables cuerpos arquitectnicos
el _Kirlyi palota_ (Palacio real), en el que no ha vivido ningn rey
desde hace ms de un siglo, pero que no por esto respetan menos los
hngaros, como un smbolo de su relativa independencia. Ochocientas
sesenta habitaciones tiene este palacio, que comenz a construir Mara
Teresa, todas lujosas, todas deshabitadas, y muchas de ellas con muebles
modernsimos que nadie ha usado. El palacio, con su ostentosa frialdad
de mansin vaca, tiene algo de tumba; pero los hngaros lo adoran,
viendo en l una prueba de que en nada dependen del grandioso alczar
que se alza en el corazn de Viena.

El Palacio real, el Parlamento y la Academia son los tres orgullos de
los ciudadanos de Budapest. Los rudos seores magiares que en el campo
llevan an una vida casi feudal, que no poseen otra ciencia que la
hpica, educando los caballos en los pantanos inmediatos al Danubio, y
cuando quieren obsequiar a un compatriota ilustre, pianista o poeta, le
regalan... un sable de honor, hablan de la Academia de Budapest con el
respeto supersticioso que inspira lo desconocido. La Academia hngara es
una institucin particular, fundada hace aos por el conde Szechenyi,
quien la instal en lujoso palacio y la leg un excelente museo.

Compuesta de trescientos miembros, se dedica, segn los estatutos que
dict su fundador, al estudio de la historia y la lengua hngaras y al
de todas las ciencias, menos la teologa. Su biblioteca la forman medio
milln de volmenes; su Museo de Pinturas tiene mil cuadros, de los
cuales unos cincuenta--los mejores--son de la escuela espaola,
figurando a la cabeza cinco de Murillo.

Pero de todos los edificios pblicos, el que ms entusiasma a los
magiares es el Parlamento. Los hijos y nietos de aquellos hngaros
revolucionarios que en 1848 fundaron la Repblica presidida por Kosuth,
ya que no pueden lanzarse al campo sobre veloces caballos de batalla,
vestidos con su uniforme tradicional de hsar y blandiendo el corvo
sable contra los opresores austracos, se han refugiado en el
Parlamento, el _Uj Orszaghaz_, como en un lugar de combate, donde dan
expansin a sus resentimientos histricos.

El edificio, de construccin reciente, es digno de la importancia que
atribuyen los hngaros a la vida parlamentaria, ltima manifestacin,
por el momento, de su antigua rebelda.

Visto este palacio por primera vez, asombra e intimida con su grandeza.
Examinado ms despacio, parece un disparate arquitectnico, una
fanfarronada de piedra, con centenares de habitaciones y alas enteras
que para nada sirven. El deseo de los hngaros fue poseer un Parlamento
ms grande que el de Viena y todos los del mundo; algo que por su
inmensidad estuviera en relacin con la importancia de sus aspiraciones
polticas, y construyeron como gigantes.

El palacio ocupa una superficie de 15.000 metros cuadrados; su cpula
central tiene 106 metros de altura; su coste ha sido de 36 millones de
coronas.

El exterior, mezcla de gtico y bizantino, ofrece cierta semejanza con
San Marcos de Venecia, pero considerablemente amplificado. Su interior
tiene algo que recuerda las doradas filigranas del decorado rabe.

--Esto se parece a la Alhambra--afirman con irresistible conviccin los
hngaros entusiastas, que jams han estado en Espaa ni han visto del
palacio rabe ms que alguna tarjeta postal.

Nada tienen de la Alhambra sus salones, pero algunos recuerdan vagamente
las cmaras del Alczar de Sevilla.

Bajo la gran cpula central, al trmino de una escalinata de mrmol
construida para colosos, est la rotonda, de oro y mrmoles policromos,
titulada Saln del Trono. En ella, al abrirse el Parlamento, se renen a
escuchar el discurso del invisible rey de Hungra que vive en Viena los
cuatrocientos cincuenta individuos de la Cmara de Diputados y los
trescientos de la Cmara de los Seores, todos vistiendo el uniforme
nacional, cargados de cordones, con cinturn y collares de pedrera, la
pelliza flotante sobre un hombro, el sable haciendo sonar las losas con
el tintineo de su vaina de bronce prolijamente cincelada, la mayora con
ojos belicosos, prontos a tirar del acero, como sus remotos abuelos se
presentaron a la abandonada emperatriz de Austria para gritar:
_Moriamo pro regem nostrum Maria Teresa!_ Pero stos, si desean morir
por alguien, es por la independencia de Hungra.

El partido llamado independiente cuenta con ms de la mitad de los
individuos del Parlamento, acaudillados por el hijo de Kosuth, el hroe
magiar. Los amigos incondicionales de Austria no llegan a cincuenta. Los
ministerios viven gracias a la desdeosa proteccin del partido de la
independencia, que an no cree llegada la hora de moverse; por miedo a
la Alemania aliada del emperador austraco. Cuando muera el anciano rey
de Hungra o cuando surja un conflicto en Europa que distraiga las
fuerzas de la Triple Alianza, los hngaros harn indudablemente algo ms
que asistir a las sesiones de su Parlamento.

Mientras tanto, procuran dar a stas la mayor amenidad posible, para
entretenimiento del pueblo magiar, y que no se pierda la tradicional
acometividad de la raza.

Los hngaros no son hermosos, arrogantes y bigotudos, como los pintan
generalmente, con sus uniformes de fiesta. Los hay pequeos, con una
amarillez asitica, pmulos salientes y mirada salvaje, que parecen
verdaderos calmucos. Las tradiciones magiares hablan de Atila como de un
hroe del pas, y atribuyen a los hunos la fundacin de Buda. En el
techo de uno de los salones del Parlamento aparece el temible guerrero
Azote de Dios en compaa de Wotan, Sigfrido y dems hroes
mitolgicos.

Cuando los diputados magiares se enfurecen contra el Gobierno, tratan su
magnfico palacio como una ciudad tomada por asalto. Rompen bancos y
pupitres en el Saln de Sesiones y arrojan los pedazos a la cabeza del
presidente del Consejo y sus ministros, si stos son tan inocentes que
aguardan a pie firme la contundente rociada.

Despus se restaura el mueblaje, se reparan las estatuas descabezadas,
se muestran ms blandos y tolerantes los amigos de Austria, y... hasta
que llegue la hora en que las escenas interiores del Parlamento se
repitan fuera, a lo largo de las riberas del Danubio, donde piafan los
caballos salvajes, y los pastores, con capas de pieles, hablan de la
corona de San Esteban y de los hroes de su raza, desde el valeroso rey
Matas Corvino hasta el abogado Kosuth, convertido en general, que dijo
adis a la patria y prefiri morir en suelo extranjero, tras larga y
oscura ancianidad, antes que verla gobernada por austracos.




EN ORIENTE




XV. LOS BALKANES


El tren deja atrs Kiskrs, patria de Petofi, el famoso poeta hngaro,
y la ciudad de Carlowitz, clebre por su tratado de paz entre Austria y
Turqua y por ser cuna del poeta servio Branko Radichevi.

En los corredores de los vagones suena un ruido de sables, y un capitn
del ejrcito servio, seguido de varios gendarmes, va pidiendo el
pasaporte a los viajeros. Salimos de la verdadera Europa. En adelante,
imposible viajar, ni aun moverse, sin exhibir a cada momento el
pasaporte, contestando a bulto las preguntas del polica, a quien no
entendis y que no os entiende.

Empieza el Oriente, al que sirven de avanzada los Balkanes con sus
pequeos y revoltosos Estados. Pasamos el Save, amplio afluente del
Danubio, por un puente largusimo, y la ciudad de Belgrado, capital de
Servia, aparece sobre un promontorio, dominando con su antigua ciudadela
turca la confluencia de los dos ros.

Al apearme en la estacin, gran extraeza de los viajeros, todos los
cuales van directamente a Constantinopla, y de los mismos servios que
llenan el andn: gendarmes, policas de uniforme o de paisano, simples
curiosos habituados a ver pasar los trenes de Oriente sin que a ningn
extranjero se le ocurra detenerse en su capital.

Es de noche, hace fro y llueve. En la Aduana vuelven a examinar mi
pasaporte varios oficiales de gendarmera y un comisario joven, de largo
gabn, con perfil de ave de presa, que hace adivinar bajo el sombrero un
crneo puntiagudo y pelado.

Es el sabio de la compaa. Despus de examinar largamente el papel,
atina con la nacionalidad.

--_Spaniske!_--exclama con cierto asombro.

Un espaol en Belgrado...! Y la pregunta, que parece reflejarse en los
ojos de los oficiales servios, la formula el polica en una jerga mezcla
de italiano y servio. Les asombra mi propsito de entrar en Belgrado, y
an se extraan ms al enterarse que es slo un capricho, curiosidad de
viajero.

Me abstengo prudentemente de decir que mi detencin no tiene otro objeto
que ver de cerca el Konak, el trgico palacio donde, hace cuatro aos,
fueron asesinados en la cama el rey Alejandro y la reina Draga por los
oficiales sublevados.

Los nuevos gobernantes de Servia viven en perpetuo recelo. Bien se nota
en las precauciones de la Polica y en su deseo manifiesto de aislar al
pas del resto de Europa. El nuevo rey, Pedro, cuenta con el ejrcito,
que le dio inesperadamente la corona cuando ms desesperanzado viva en
un tercer piso de la ciudad de Ginebra, sufriendo grandes estrecheces;
pero a pesar de este apoyo, no olvida que existe en Constantinopla un
hijo natural de Milano, hermano, por consiguiente, del asesinado
Alejandro, al cual educan para pretendiente, y que cualquier noche, un
grupo de oficiales que se juzguen ofendidos pueden reunirse en el
Casino Militar, inmediato al Konak, y entrar en ste sable en mano, como
entraron hace cuatro aos.

Al fin, el bicho raro, el _spaniske_, puede penetrar en la ciudad dentro
de un coche de alquiler, que salta sobre el suelo mal empedrado y
pendiente de las calles empinadas. Las casas son bajitas; las calles,
oscuras. A grandes trechos, farolas de electricidad, como para fingir
una civilizacin occidental; pero su luz turbia se pierde en las
tinieblas de Belgrado, haciendo an ms palpable la lobreguez. La
capital de Servia tiene por la noche cierto aspecto de ciudad espaola;
algo as como un gobierno civil de quinta clase, o una de esas
poblaciones episcopales sin otra vida que la que le proporcionan el
palacio del prelado y el seminario. Aqu, el obispo que da importancia a
la ciudad es un rey.

Ni un transente en las calles. Son las diez de la noche, y Belgrado
est muerta. Cada cien pasos, inmvil bajo un cobertizo o en el quicio
de una puerta, veo un gendarme. No existe en Europa ciudad mejor
guardada. El gendarme servio da una alta idea del pas, con su aire
arrogante de funcionario bien mantenido y su uniforme azul oscuro con
vueltas encarnadas, altas botas y gorra de plato. Son jvenes, con una
expresin insolente de bravura en sus duros ojos. Ciertos objetos tienen
una fisonoma y un alma, lo mismo que las personas, y el revlver que
llevan al cinto los gendarmes servios parece suelto y vivo dentro de su
funda, con deseos de saltar y hacer fuego por s solo, sin mirar contra
quin, por un exceso de recelo y de fervor monrquico. Los que piensen
conspirar contra el anciano Pedro Karageorgewitch tienen que pasarlas
muy duras.

Encuentro abrigo en el Hotel de los Balkanes, especie de posada, a
pesar de su pretencioso ttulo, en cuyo piso bajo, al travs de una
espesa nube de tabaco, veo bebiendo cerveza a media docena de popes
griegos, sacerdotes morenos, melenudos y barbones, de expresin feroz,
con la aceitosa cabellera coronada por un gorro en forma de bellota. Ms
all llenan varias mesas como dos docenas de oficiales de diversos y
vistossimos uniformes, blancos, rojos, grises o azul celeste,
excelentes jvenes con un perfil de ave de rapia semejante al de su
rey, que mueven sables y hacen sonar espuelas con cierta delectacin,
como saboreando la omnipotencia de su fuerza, que les permite cambiar de
monarca al final de una cena. En las otras mesas, simples paisanos,
acompaados de sus mujeres e hijas, beben con cierto encogimiento
respetuoso y sonren cuando logran cambiar alguna palabra con los
sacerdotes y los soldados.

Son tenderos judos o griegos, que saben venerar a estos firmes pilares
de la sociedad, y por esto el Seor bendice sus negocios y hace que
prosperen a costa de los pobres campesinos servios.

Muchos de ellos se animan al conocer mi nacionalidad, y hablan un
castellano fantstico, mezcla de palabras anticuadas y de voces
orientales.

--Yo espanyol... Los mayores, de all... Espanya terra bunita.

Abren los ojos desmesuradamente al decir esto; sonren sealando al
vaco, como si viesen a los mayores en su xodo doloroso al ser
expulsados de la _trra bunita_, y acaban por mirarme con la misma
expresin de humildad sonriente que a los popes y a los fierabrs
uniformados, cual si la vista de un espaol les abriese las carnes con
amenazas de hogueras y degollinas. Pero su atvico terror de raza
acobardada por luengos siglos de palos y despojos no impide a estos
dulces _espanyoles_ que al da siguiente le suelten al compatriota
moneda falsa en sus tiendas, o le hagan pagar doble el paquete de
cigarros o la tarjeta postal.

En la plaza del Mercado, poco despus de la salida del sol, puede
apreciarse el carcter pintoresco que an guarda el pueblo servio.
Llegan los campesinos de los alrededores de Belgrado, llevando al hombro
largos palos de los que penden en balanza verduras, frutas o volatera.
Los hombres, de ojos salvajes y bigotes felinos, llevan el gorro
nacional, una tiara de felpa, y por debajo de su chaleco de colores
caen unas faldillas blancas que ocultan los bombachos y dejan al
descubierto unas polainas de piel de cordero ceidas por las correas de
puntiagudas abarcas. Las mujeres tapan sus trenzas con pauelos puesto a
la oriental, encierran el busto en una chaqueta redonda de amplias
mangas, y sobre la ropa interior, de dudosa blancura, llevan arrollada,
a guisa de falda, una pieza de tela gruesa de anchas fajas de colores,
semejante a un pedazo de alfombra. Son an los campesinos de la
dominacin turca, el pueblo formado con los sedimentos de innumerables
invasiones guerreras. En vano ofrece Belgrado cierto aspecto de
civilizacin occidental, con sus tranvas, su alumbrado, sus tiendas,
sus peridicos y su nico teatro. El pueblo servio no es ms que una
tribu belicosa que cultiva la tierra.

La tragedia del Konak debi parecerle el suceso ms natural del mundo.
Matar a unos reyes para poner a otros en su sitio, todava caliente, es
un hecho vulgarsimo en Servia. Alejandro no fue el primer soberano
asesinado, ni ser, ciertamente, el ltimo.

Los vecinos de Belgrado aprecian como un gran honor el ir por las calles
al lado de un oficial o de un pope. Los sacerdotes son innumerables, y
en cuanto a militares, se ven, relativamente, ms en Servia que en
Alemania. Hay sotanas negras, verdes y azules; popes con faja y sin
ella, con grandes pectorales o con una simple cruz, y los uniformes
militares son tan incontables, que, dada la pequeez de Servia, hay que
creer que cada regimiento usa traje distinto. Pero todos los servios,
vistan como vistan, lo mismo los que imitan las modas occidentales, con
la exageracin propia de una ciudad de provincias, que los que siguen
fieles a los antiguos usos, as los sacerdotes, los militares, los
estudiantes saturados de teologa ortodoxa y los altos empleados del
Estado, como las damas que copian las novedades de Viena y Pars, todos
tienen algo de inquietante, de rudo, de oriental y violento,
adivinndose que una ligera raspadura en su moderno exterior basta para
dejar al descubierto al brbaro, al servio belicoso de otros tiempos,
que fue el ms implacable de los guerreros.

Mi curiosidad me lleva ante el Konak, un palacio no ms grande que
cualquier hotel de la Castellana. Esta monarqua, que slo lleva
cuarenta aos escasos de existencia y ha tenido que improvisar todos los
servicios de la vida moderna, manteniendo, adems, por halagar el
sentimiento nacional, un gran ejrcito, no permite a sus soberanos
grandes lujos.

Recuerdo que cuando fueron asesinados Alejandro y Draga, al hacerse el
inventario de la aventurera, de la Mesalina odiada por el pueblo, su
ajuar result ms insignificante que el de una mediana _cocotte_. Creo
que, entre nuevos y usados, sus vestidos no pasaban de media docena. Su
dormitorio lo tena adornado con esas baratijas que regalan en los
cotillones, lo mismo que una seorita pobre. Sobre la mesa de noche se
encontr abierta una novela de Anatole France que estaba leyendo en el
instante que entraron los oficiales, sable en mano, para hacer pedazos a
ella y a su esposo, como una pareja de bestias dainas. Seguramente que
este volumen era el nico libro francs que exista en Belgrado.

Paso un da entero aburridsimo en la capital de Servia, aguardando la
noche para tomar otra vez el tren de Oriente. Amortiguada la primera
impresin de novedad, Belgrado me parece una odiosa poblacin de
provincias. Militares por todas partes, con su aire de perdonavidas, de
bravos sin instruccin, que tienen metido en el puo a su pas; popes
que van de caf en caf, empinando el codo con una sed insaciable;
seoritas de ojos asiticos y sombreros copiados de Pars, que pasean
por la calle principal seguidas de estudiantes y cadetes; una banda de
msica que toca en el jardn de la Ciudadela, en una plazoleta rodeada
de bustos de servios ilustres...

Salgo de la ciudad con el propsito de visitar en una llanura lejana la
famosa Torre de los Crneos. Los turcos, para intimidar a los belicosos
hijos del pas, que les molestaban con una incesante lucha de
guerrillas, elevaron la torre, cubriendo sus paredes con crneos de
servios desde los cimientos a las almenas. Hoy, los crneos han sido
enterrados por la veneracin patritica, pero la torre sigue en pie,
mostrando en su argamasa los innumerables alveolos que contenan las
calaveras.

Al ir a la estacin y ver por ltima vez las calles de Belgrado, paso
ante el pequeo teatro Real, que exhibe en su portada los anuncios de la
funcin del da. Por ellos me entero con sorpresa de que estamos a 24 de
agosto, cuando yo crea vivir en el 6 de setiembre. El calendario de la
religin ortodoxa griega me regala trece das ms de vida al pasar por
el pas de los Balkanes.




XVI. LOS TURCOS


Un ro, el Maritza, el Hebro de los antiguos, padre o abuelo por el
nombre de nuestro ro aragons, y en cuyas orillas destrozaron las
Furias al dulce Orfeo, corre con grandes tortuosidades por el territorio
de Servia y Bulgaria, cruza la Rumelia y penetra en la Turqua europea.
All donde alcanza la benfica influencia de sus aguas, el suelo
balknico es frtil y bien poblado. Frondosos bosques orlan las orillas
de los torrentes, en cuyos cauces brama y se despea un agua roja que
arrastra la envoltura de tierra de las montaas. En los extensos prados
pacen salvajes potradas o rebaos de bueyes con las astas echadas atrs,
en compaa de corderos enormes de cuernos retorcidos como caracoles, y
tan extraordinaria y majestuosamente voluminosos, que se comprende que
los artistas de la Antigedad los escogieran para el adorno decorativo
de palacios y altares.

En los terrenos pantanosos de la Bulgaria y la Rumelia crece el arroz;
en los campos secos amarillea el maz; por las pendientes esprcense las
vias que producen el vino de los Balkanes, nico que beben los
cristianos y judos del Imperio turco. Las aldeas apenas si sobresalen
con dbil relieve sobre el fondo rojo de los montes, faltas de
campanarios o de minaretes, con la llana monotona de la religin
griega, que no siente el menor deseo de escalar el espacio y dirigir sus
plegarias a las nubes.

Sofa, la capital de Bulgaria, es otro Belgrado, aunque sus habitantes
parecen de carcter ms dulce. Su Gobierno, dirigido por un prncipe de
origen francs que ha vivido varias temporadas en Pars, muestra gran
empeo en asimilarse los progresos de otros pueblos. Los dos mejores
edificios de Sofa son la Escuela de Medicina y la Imprenta Nacional, de
donde salen importantes publicaciones. Esto, en un pas como el de los
Balkanes, significa algo notable.

En Filoppolis, capital de la Rumelia oriental, todava se ven los
uniformes blgaros: sables pendientes del hombro, altas botas, bonetes
de astracn copiados de los rusos, grandes protectores del pas; pero
las mezquitas cortan el horizonte incendiado por la puesta del sol, con
la lnea blanca y esbelta de sus alminares sutiles y puntiagudos como
agujas. La huella de la dominacin turca no se borra fcilmente.

Cambia de pronto el personal del tren: los empleados de amplia gorra a
la alemana son sustituidos por otros con fez rojo. Este gorro otomano,
de color uniformemente purpreo, empieza a verse por todas partes, dando
a la muchedumbre vestida de oscuro el aspecto de una aglomeracin de
botellas lacradas. Suben a los vagones los aduaneros, arrastrando el
corvo sable y llevndose para saludar una mano a la frente y otra al
corazn. Gran registro de maletas, para no tocar nada ms que los libros
y los papeles. Luego se presenta la Polica, graves seores de barba
negra, plidos y tristes como ascetas, con algo clerical en sus levitas
negras y sus gorros rojos e inmviles.

Examinan los pasaportes con cierto aire de cansancio, sin hablar apenas,
y se van lo mismo que han venido, despus de copiar los nombres en
caracteres turcos, desfigurndolos al capricho de su pronunciacin
gutural.

Estamos en el Imperio otomano, en la estacin de Adrianpolis, segunda
capital de la Turqua europea, que sigue en importancia a
Constantinopla. Los andenes estn llenos de militares con sus sombros y
elegantes uniformes europeos, semejantes a los de Alemania, pero
rematados invariablemente por el fez rojo.

Adrianpolis es la gran poblacin militar de Turqua. Un ejrcito de
80.000 hombres est acuartelado en la capital y sus alrededores. Los
rusos, en la ltima guerra con Turqua, llegaron a Adrianpolis y
acamparon en su recinto. Quin sabe si tardarn mucho, los mismos
extranjeros u otros, en vivaquear en esta ciudad de hermosas mezquitas y
enormes fortificaciones...!

Turqua es el gran enfermo de Europa, segn una frase mil veces
repetida, y los pueblos importantes que no osan asesinarlo, por cerrarse
el paso unos a otros, aguardan a que el enfermo se muera para repartirse
sus bienes, procurando cada uno asistirle traidoramente en su dolencia,
para familiarizarse con los secretos y costumbres de la casa y escoger
con ms seguridad cuando llegue el momento de la rebatia general.

Yo soy de los que aman a Turqua y no se indignan, por un prejuicio de
raza o religin, de que este pueblo bueno y sufrido viva todava en
Europa. Todo su pecado es haber sido el ltimo en invadirla y estar, por
tanto, ms reciente el recuerdo de las violencias y barbaries que
acompaan a toda guerra. Si slo debieran vivir en Europa los
descendientes directos de sus remotos pobladores, expulsando a las razas
invasoras que llegaron despus procedentes de Asia o frica, nuestro
continente quedara desierto.

Yo amo al turco, como lo han amado con especial predileccin todos los
escritores y artistas que le vieron de cerca. Diecinueve razas pueblan
el vasto Imperio otomano. Mahometanos, judos y cristianos, divididos en
innumerables sectas, forman esta aglomeracin de seres, distintos por
orgenes y tradiciones, que lleva el nombre de Turqua; y, sin embargo,
como dice Lamartine, el turco es el primero y el ms digno entre todos
los pueblos de su vasto Imperio.

Existe una concepcin imaginaria del turco que es la que acepta el vulgo
en toda Europa. Segn ella, el turco es un brbaro, sensual, capaz de
las mayores ferocidades, que pasa la vida entre cabezas cortadas o
esclavas que danzan desplegando sus voluptuosidades de odalisca. Con
igual exactitud piensan sobre nosotros los viejos de Holanda o los
Pases Bajos, los cuales no pueden or hablar de Espaa sin imaginarse
un pas de implacables inquisidores, capaces de quemar por una simple
errata en una oracin, y donde todos los ciudadanos somos duros e
inexorables como el antiguo duque de Alba.

Los turcos han sido crueles porque han guerreado mucho, y la guerra
jams ha sido ni ser escuela de bondades y de dulces costumbres. Otros
pueblos civilizados, que llevan en los labios el nombre de Cristo, han
tratado por medio de sus caones y fusiles a los indgenas de frica y
Asia peor que los turcos a las poblaciones de los Balkanes.

Todos los escritores que han viajado por Turqua se irritan contra la
injusticia con que es apreciado este pueblo. El turco es bueno y franco.
Su dulzura se manifiesta por un gran respeto a los animales. Jams se le
ve maltratarlos.

La injusticia y la traicin son los dos resortes que disparan su clera.
Esto hace que aunque el turco oculte bajo las formas de una exquisita
cortesa su pena por las injurias o las humillaciones sufridas,
aprovecha la primera ocasin para saciar su resentimiento.

La hospitalidad es la ms visible de sus virtudes. No hay aldea en
Turqua, especialmente en Asia, donde la falta de aglomeracin de
europeos an no les ha enseado lo que somos, que no tenga en todas sus
casas la habitacin para viajeros, el _mussafir odassi_, donde todo
viandante encuentra abrigo por una noche, sin tener que pagar nada y sin
que el dueo muestre el ms leve empeo en saber quin es y cules son
sus opiniones.

El turco es el ms religioso de los hombres. Su fe es inquebrantable: ni
la menor sombra de duda viene a turbar sus creencias. Est convencido de
que posee la verdad; pero no siente el afn de los occidentales por
imponer esta verdad a los otros, despreciando o escarneciendo lo que el
vecino piensa. Podr creerse superior a los dems por ser musulmn y
tener su religin como la nica verdadera; pero no hace el menor
esfuerzo por imponerla a nadie. El fanatismo mahometano del moro de
frica no lo conoce el turco. En sus ciudades funcionan diversos cultos,
y sacerdotes y templos son respetados con el escrpulo que inspira a los
otomanos todo lo que representa la fe en Dios.

Su prudencia silenciosa y un tanto altiva da en Constantinopla grandes
muestras de tolerancia. Jams entran los turcos en los templos
catlicos, en las capillas protestantes, en las sinagogas o las iglesias
griegas a turbar el culto de los fieles. En cambio, fervientes
mahometanos tienen que irse a las mezquitas de los arrabales a hacer sus
plegarias, pues en las cntricas y famosas se ven molestados por las
bandas de europeos y europeas que entran con el _Baedecker_ en la mano y
el gua al frente de la expedicin, tocndolo todo, queriendo verlo
todo, rindose de las ceremonias y de la cara en xtasis de los fieles,
apostrofndolos algunas veces porque siguen las creencias de sus padres
y no quieren conocer la verdad descubierta por los padres de los otros.

Las matanzas de cristianos que ocurren de vez en cuando en Turqua no
tiene nada de religioso. A ningn turco se le ocurre matar porque la
plegaria ordenada por el Profeta sea mejor que la misa de los armenios.
En tal caso, dirigira sus ataques contra los templos. Esas matanzas de
cristianos, que explotan en Europa el fanatismo religioso y el inters
poltico, desfigurando su carcter, son simples conflictos por el pan;
choques sociales semejantes a las sangrientas peleas que ocurren a veces
en Marsella entre trabajadores franceses e italianos, o a los asesinatos
de chinos que perpetran los trabajadores de los Estados Unidos cuando
ven que, por la concurrencia terrible de los asiticos, pierde su precio
la mano de obra.

El armenio, que es en Turqua el cristiano por excelencia, se atrae las
mismas cleras populares que el judo de la Edad Media. El turco, seor
del pas, no puede moverse sin tropezar con el armenio, raza vencida que
aprieta con el dogal a sus dominadores con un odio de siglos. Los
armenios son los comerciantes, los tenderos, los prestamistas, los ricos
que poco a poco se apoderan de todo, consumiendo con las artimaas de la
usura la vida entera del pobre osmanl, que trabaja y trabaja sin verse
libre nunca de la esclavitud del dinero. De propietario pasa
insensiblemente a ser msero arrendatario de la tierra que cultiva; si
toma una industria, el armenio le empobrece fingiendo protegerle; si,
acosado por el hambre, quiere hacerse _hamal_ y cargar fardos en los
puertos turcos, su enemigo, ms musculoso y listo que l, le quita el
sitio, trabajando por menos dinero.

Caballeresco hasta en sus defectos, el turco gusta mucho de proteger a
los dems y es magnnimo en sus ddivas; pero por esto mismo resulta
vido de dominacin y la resistencia le vuelve cruel. Sus odios se
condensan, su orgullo de raza se subleva ante estos antiguos siervos que
se convierten astutamente en sus amos, y entonces apela a la espada,
suprema razn del Profeta.

Pobre Turqua! Vindola de cerca se la ama ms, porque se aprecian
mejor sus cualidades y se ven con mayor claridad los peligros que la
amenazan.

Al llegar a ella, sorprndese el nimo viendo los enormes territorios
que ha perdido casi recientemente.

En nuestros das ha sido expulsada del Montenegro, de la Bosnia y la
Herzegovina, de Servia, Bulgaria y Rumania, y recientemente de la
Rumelia. Esos despojos de su antigua dominacin forman reinos.

La Europa occidental suea con arrojar a los turcos al otro lado del
Bsforo, arrebatndoles los territorios que poseen en el continente,
enormes todava, pero insignificantes comparados con sus dominios del
pasado.

Algunos ven en esto una gran victoria histrica, un desquite de la vieja
Europa, que devuelve el territorio asitico a los invasores que tanto
miedo le hicieron sufrir.

Error: el turco ya no es asitico, como nosotros no somos latinos, a
pesar de que nos agrupamos bajo este nombre. Ningn pueblo del mundo
merece con justicia el origen que ostenta.

Los turcos del Asia central que an existen en el territorio de los
mongoles son hermanos de estos otros que les abandonaron para marchar
hacia Occidente como una ola devoradora. Los turcos asiticos son de
raza amarilla. Los turcos del Imperio otomano, los que todos conocemos,
son ya caucsicos como nosotros. Sus incesantes cruzamientos con la raza
blanca y los azares de la guerra con sus alborotadas mezcolanzas han
fundido y hecho desaparecer el primitivo elemento tnico.

Ir por una calle de Constantinopla es casi lo mismo que por una calle de
Madrid. Cada cara recuerda un nombre. A veces se duda al cruzar la
mirada con los ojos de un transente, y se lleva la mano al sombrero
para saludar. Se cree uno en Carnaval y dan ganas de decir:

--Amigo Lpez... o amigo Fernndez: basta de broma! Qutese el gorrito
rojo, que le he conocido!




XVII. CONSTANTINOPLA


Cuando Constantino hizo de Bizancio la capital del Imperio y la llam
Nueva Roma, estaba lejos de imaginarse que su propio nombre
prevalecera como ttulo de la enorme ciudad.

No hay poblacin que pueda compararse, por su belleza topogrfica, con
la famosa Constantinopla, compuesta de tres ciudades: Pera y Glata,
formando una sola agrupacin urbana; Estambul, que ocupa el solar de la
antigua Bizancio, y Scutari, en la ribera asitica.

Para dar una idea aproximada de la situacin de esta triple ciudad, hay
que imaginarse una inmensa Y de forma irregular. El tronco de la Y es el
final del mar de Mrmara y la entrada del Bsforo; la rama de la
izquierda, el famoso Cuerno de Oro, profundo brazo de mar que atraviesa
la ciudad y se pierde tierra adentro; la rama de la derecha, la
continuacin del Bsforo, hasta dar con el mar Negro.

En el espacio comprendido entre el tronco de la Y y el final de la rama
izquierda, est Estambul. En el espacio que existe entre las dos ramas,
o sea, en la pennsula limitada por el Cuerno de Oro y el Bsforo, se
hallan asentadas Glata y Pera. A lo largo del Bsforo, o sea, en todo
el lado derecho de la Y, desde la base de la letra a su remate superior,
estn Scutari y dems poblados que pertenecen igualmente a
Constantinopla. El lado izquierdo de la Y y el espacio comprendido entre
las dos ramas es Europa; todo el lado derecho de la letra es Asia. Dos
piastras--que son unos sesenta cntimos--bastan para que un vigoroso
remero turco, gran maestro en el arte de sortear las corrientes que van
y vienen por el enorme callejn acutico entre el mar de Mrmara y el
mar Negro, os lleve en unos cuantos minutos de un continente a otro.

Las tres ciudades ms importantes en la historia de la Humanidad son
Atenas, Roma y Constantinopla.

Grecia ense a los hombres el arte de pensar, el culto de la belleza, y
an hoy vivimos de sus lecciones. Las leyes y usos de Roma regulan
todava la vida moderna. Constantinopla fue la intermediaria
indispensable entre el mundo antiguo y el actual, hasta el punto de que,
si ella no hubiese existido, el mundo verase privado de su ms noble
herencia, ignorando lo que filsofos, poetas y artistas pensaron y
produjeron para nosotros hace tres mil aos.

Es de uso corriente despreciar a Bizancio y desconocer la importancia
histrica del Imperio de Oriente.

Es cierto que la existencia del llamado Bajo Imperio fue poco noble, por
su historia de miserias, crmenes y disensiones religiosas, que acababan
siempre en derramamientos de sangre. El populacho, capitaneado por
monjes brbaros y falsos profetas, mataba o mora defendiendo sutilezas
teolgicas que no le era dado entender. Por si los templos cristianos
deban tener imgenes o privarse de ellas, por si el Hijo era ms o
menos que el Padre y el Espritu Santo superior a los dos, el pueblo de
las discusiones bizantinas, saturado de nimias sutilezas de la
decadencia griega, andaba a palos y cuchilladas en las callejuelas de
Bizancio. Adems, el Hipdromo, con los mil incidentes de sus carreras
de carros, monopolizaba toda la vida nacional. El color de los dos
bandos de cocheros, el verde y el azul, divida al pueblo bizantino en
dos grandes partidos, y verdes y azules ocupaban el poder a fuerza
de revoluciones, derrocando emperadores y convirtiendo el circo en campo
de batalla.

A todas estas desgracias se unieron las grandes hambres, los incendios,
la peste y los continuos ataques de los blgaros durante los mil aos
que sobrevivi el decado Bajo Imperio.

Pero a pesar de su larga agona, Constantinopla, centro del Imperio de
Oriente, tuvo su grandeza y sirvi noblemente a la civilizacin. Ella
guard las tradiciones del arte griego, la legislacin romana, los
monumentos literarios, toda la Antigedad; y cuando en el siglo XI
surgi el primer intento de Renacimiento y en el XV lleg a ser un hecho
el hermoso despertar de la Humanidad, de su seno salieron los hombres y
las ideas que realizaron en Italia el retroceso bendito hacia la
Antigedad clsica. Adems, durante la Edad Media, fue Constantinopla la
gran muralla que contuvo el empuje de las invasiones asiticas. Europa,
defendida por este puesto avanzado, pudo constituirse lentamente a su
abrigo. La cristiandad se dio cuenta de la importancia de Constantinopla
cuando, despus de caer sta en poder de los turcos, los vio avanzar en
unos cuantos aos hasta el corazn de Europa, siendo precisa una accin
comn para atajarlos junto a los muros de Viena y en las aguas de
Lepanto.

Grecia, aunque mutilada por los siglos y los hombres, guarda grandezas
de su pasado en el Partenn y otros monumentos; Roma conserva el
esqueleto de su gloria en ruinas, casi enteras, de termas, templos y
circos; pero de la antigua Bizancio apenas quedan vestigios. El turco lo
arras todo, ms que por barbarie, por afn de dominacin, por celos del
pasado, por su deseo de que ninguna obra antigua pudiera rivalizar con
las del perodo de gran esplendor que vino tras la conquista. Si respet
Santa Sofa, fue para convertirla en una mezquita, borrando de ella todo
signo de cristianismo griego.

Otros conquistadores no menos temibles que los turcos cayeron sobre la
ciudad. En 1204, los cruzados creyeron ms cmodo y lucrativo conquistar
la gran metrpoli cristiana que pelear con los musulmanes de Asia, y su
asalto fue terrible. En la ciudad de Constantino y Justiniano no qued
piedra sobre piedra. Los guerreros de la Cruz robaron templos y
palacios, y los marinos genoveses y venecianos que conducan en sus
galeras la expedicin se cobraron el pasaje de la cruzada llevndose a
sus repblicas lo mejor de Constantinopla. Los famosos caballos de
Lissipo, los cuatro corceles de bronce dorado que se encabritan en la
fachada de San Marcos de Venecia, son un recuerdo de este gran saqueo.
Cuando, expulsados al fin los cruzados, volvi a restablecerse el
Imperio griego, la ciudad conservaba sus famosos monumentos, pero
empobrecidos por el despojo, y antes lleg la conquista de los turcos
que el nuevo florecimiento de Bizancio.

Nada queda en Constantinopla del pasado; pero cun hermosa es con su
aspecto musulmn! No existe ciudad que pueda comparrsele en grandeza.
Londres o Pars son ms enormes, pero el viajero se convence de esto
porque as lo dicen los libros, no porque lo vean sus ojos. Es imposible
encontrar en ellas una calle o una plaza que proporcione la sensacin
exacta de la grandeza de la ciudad. Constantinopla, en cambio, puede
abarcarse de un solo golpe de vista. Basta colocarse en mitad del Cuerno
de Oro sobre un caique, ligero y movedizo como una piragua, o en el Gran
Puente, para admirar toda la importancia de la metrpoli musulmana.
Ninguna ciudad del mundo, al decir de viajeros famosos, tiene tal
aspecto de inmensidad. Su vecindario es de milln y medio de seres, pero
cualquiera puede atribuirle cuatro o cinco millones.

A lo largo del Cuerno de Oro, en ambas riberas, el casero ondula
apretado sobre las colinas. En primer trmino se ven dos ciudades
siguiendo las tortuosidades de las orillas, y sobre stas aparecen
otras, en alturas que se alejan, y ms all contina el casero hasta
esfumarse en el horizonte, azuleando como las montaas remotas. Y cuando
la vista, cansada de esa inmensidad de edificios, se vuelve hacia la
extensin de agua azul, ve al travs de un bosque de mstiles una ribera
que cierra el horizonte, la de Asia, y en ella nuevas agrupaciones
urbanas, que cubren llanuras, escalan montaas y son tambin
Constantinopla.

La torre de Glata, pesada y enorme, mira desde lo alto de su pennsula
al viejo Estambul, erizado de minaretes, sutiles y blancos como la
plegaria del buen creyente, y en cuya cima tiembla la flecha como una
llama de oro. Las grandes mezquitas son amontonamientos de plomizas
cpulas que ascienden en torno de la cpula central, rematada por una
media luna que arde bajo los rayos del sol.

El atardecer de mi primer da en Constantinopla...! Vena yo de
contemplar a cierta distancia la santa mezquita de Eyoub, donde jams ha
puesto su pie ningn cristiano. Eyoub es un arrabal, en el fondo del
Cuerno de Oro, que se conserva como lo ms turco y creyente de
Constantinopla. Su mezquita viene, en rango de santidad, detrs de La
Meca. Las viejas del barrio, envueltas en su manto negro, escupen a los
pies de todo cristiano que encuentran al anochecer en sus calles, y le
desean a gritos las mayores desgracias.

La corriente del Cuerno de Oro empujaba el caique dulcemente, y el
remero slo tena que dar dbiles paletadas para seguir el viaje. Haba
desaparecido el sol. Los minaretes de Constantinopla cortaban con su
blanca lnea un cielo suave, teido de rosa y violeta. Una estrella
centelleaba en este inmenso teln de seda, como un brillante perdido. En
lo alto del cielo brillaba un fragmento de luna en creciente, como la
que se muestra en el escudo otomano: la media luna de los turcos.

La enorme ciudad apareca partida en diversos trminos, como los
bastidores de un teatro. Los barrios inmediatos a la ribera, negros y
levemente moteados de rojo por las luces de las ventanas iluminadas; los
de segundo trmino, ligeramente sonrosados por los reflejos del
atardecer; los remotos, marcndose, azulados e indecisos, como montaas,
reflejando con fulgores de incendio los ltimos rayos de un sol
invisible en los cristales de los miradores; y sobre esta aglomeracin,
envuelta en el misterio del crepsculo, los bosques de marfil de los
agudos minaretes, los enormes huevos blanquecinos de las cpulas de las
mezquitas.

Un silencio sagrado descenda del cielo, esparcindose en compaa de la
sombra sobre la ciudad y las aguas. Pasbamos entre buques de guerra
anclados en el puerto militar: acorazados grises de triple chimenea,
cruceros de una sola cofa, esbeltos avisos, yates imperiales que
aguardan la visita del sultn, el cual no los ha visto nunca.

De pronto, la roja bandera con la media luna blanca comenz a descender
de los mstiles. Sobre las cubiertas veanse agrupadas las
tripulaciones, con el fez, que iguala a oficiales y marineros. En el
cuartel del Almirantazgo, la infantera de marina extenda sus pelotones
a lo largo del muelle, destacndose en la penumbra la lnea roja de sus
cabezas alineadas.

A un mismo tiempo se conmovi la calma majestuosa del crepsculo con
gritos que parecieron rasgar el espacio como disparos cruzados. En los
balconcillos circulares de los minaretes, hombres liliputienses, con
turbante blanco, agitaban los brazos, acompaando estos movimientos con
las modulaciones de un chillido sobrehumano. Sobre los puentes de los
buques de guerra, un hombre entonaba un canto majestuoso y triste,
semejante a las saetas de la Semana Santa en Andaluca.

_La Ilah il Allah ve Mohammed resoul Allah!_ cantaba con melancola
religiosa, en el misterio del crepsculo, los hombrecillos semejantes a
hormigas, sobre los puentes de los acorazados. Los centenares de gorros
alineados a lo largo de las bordas, entre las bocas de los enormes
caones y las torres blindadas, rugan al contestar como un estampido:
_Allah! Allah!_ Y al ver esta fe de los desiertos asiticos, este
ardor fervoroso de los jinetes errantes de otros tiempos, repetirse a
bordo de los buques acorazados, ltima expresin de los adelantos
cientficos, que repelen y destruyen con sus bocas de acero las
fantasmagoras del pasado, tuve una visin exacta de lo que es la
Turqua moderna: europea exteriormente, pero cuando escucha la voz del
Profeta, siente despertarse en ella la misma alma de los que llegaron
tras el caballo de Mohamed II a la conquista de Constantinopla.




XVIII. EL GRAN PUENTE


Para el que desea conocer en conjunto la variadsima poblacin de
Constantinopla, el mejor punto de observacin es el Gran Puente, que va
de Glata a Estambul.

Tiene medio kilmetro de extensin, y su piso de maderos desiguales, en
los que tropieza el transente, est asentado sobre pontones
insumergibles, pues la profundidad del Cuerno de Oro, que en algunos
lugares tiene cerca de cien metros, no permite sostenes ms slidos.

A un lado descuella, sobre el casero en pendiente, la maciza torre de
Glata, empavesada con los pabellones de las grandes potencias, que
parecen proteger los barrios europeos. En el extremo opuesto, como si
cerrase el paso por la parte de Estambul, alza la mezquita de la sultana
Valid sus esbeltas torrecillas y sus cpulas con medias lunas de oro,
cual una construccin de _Las mil y una noches_.

Desde el centro del puente se abarca en todo su esplendor el
espectculo del Cuerno de Oro, grandioso puerto que lleva tal nombre por
su forma curva rematada en punta y por las riquezas incalculables
desembarcadas en l.

Navos de todos los pases forman una segunda ciudad flotante a ambos
lados del puente. En las primeras horas de la madrugada se abre una
parte de ste para dar paso hacia el Bsforo a los grandes navos de
guerra y los vapores comerciales que anclan en el fondo del Cuerno de
Oro. Los vaporcillos de viajeros para los pueblos del Bsforo, las islas
de los Prncipes o Brussa, parten con gran frecuencia de los muelles del
puente. Cada cuarto de hora sale uno agitando sus ruedas, con la doble
cubierta repleta de gorros rojos. Braman las sirenas, humean las
chimeneas, tiemblan los pontones con el encontronazo de los veloces
cascos, y sobre las aguas verdosas, agitadas naturalmente por las
corrientes y que el continuo paleteo de ruedas y hlices conmueve con
violento oleaje, pasan los caiques, ligeros como flechas, con una
inestabilidad que les hace danzar locamente, volcando a la menor
imprudencia del viajero, que debe conservarse en la popa inmvil y medio
tendido.

Los bergantines turcos, de arcaica forma, que recuerda a las galeras de
la piratera, extienden sus velas amarillentas y salen cabeceando como
venerables mendigos entre las elegantes parejas de yates y la revoltosa
e inquieta granujera de vaporcitos moscas y botes automviles, que
parecen burlarse de estos ancianos del mar, pasando y repasando ante sus
tardas proas. Las barcas griegas despliegan sus velas triangulares
hacia los puertos del Mrmara; los buques del Occidente europeo van
hacia el mar Negro en busca de trigo y de petrleo. Grandes bandas de
gaviotas, ebrias de sol y de azul, flotan inertes sobre las violentas
ondulaciones del agua, hasta que una proa las despierta con su revoltijo
de espumas cortadas, y todas ellas levantan el vuelo con ruidoso crujir
de plumas. Una niebla de humo de carbn flota sobre el Cuerno de Oro en
los das de calma, y por encima de esta nube parda, a la que da el sol
doradas transparencias, aparecen las cpulas y minaretes del viejo
Estambul, blanco y rojo, como una ciudad de ensueo flotante en el
espacio.

Para ser capitn de buque o simple remero de caique en el Cuerno de Oro
y el Bsforo se necesita tanta habilidad como para ser cochero en
Constantinopla, donde las callejuelas se abrieron con el propsito de
que pasase por ellas cuando ms un carruaje, y, sin embargo, circulan
dos en distinta direccin.

La primera vez que se navega por los citados callejones martimos, el
alma parece subirse a la garganta. El caique, msero cascarn que apenas
puede sostenerse, se pega con la mayor tranquilidad a las ruedas o las
hlices de los vapores, que le hacen danzar locamente. Otras veces pasan
los caiques ante la proa de un gran buque en movimiento con una precisa
exactitud para no ser alcanzado. Un instante ms, y desapareceran. Los
vaporcillos se van sobre los barcos de vela, y cuando parece inevitable
el abordaje, pasan por su lado rozndolos, pero sin choque alguno.

Los buques, tanto de vela como de vapor, tienen que marchar en zigzag,
sorteando un obstculo a cada instante, navegando con la misma atencin
que le es precisa al viajero al transitar por primera vez las calles de
Constantinopla. El capitn ve cerrado su derrotero por otros buques que
vienen hacia l o que oblicuan su marcha cortndole el camino, y a esto
hay que aadir el enjambre de caiques que trasladan pasajeros de una
orilla a otra; de vaporcillos moscas que llevan en su popa banderas de
todas las naciones; de largas gndolas blancas y doradas con remeros
negros, en cuya popa se muestran damas misteriosas, cubiertas con
antifaces y capuchones que slo dejan visibles los pintados ojos. Gritan
los barqueros en todas las lenguas; saltan de un barco a otro las malas
palabras de todos los idiomas; chillan los silbatos, rugen las sirenas;
arrastra el viento asfixiantes vedijas de humo sobre el corto y violento
oleaje; lzanse unos remos contra otros con impulso homicida para
vengar un descuido, un choque insignificante; a cada momento parece
inevitable una colisin, y, sin embargo, nadie se ahoga ni ocurren
naufragios ms que muy de tarde en tarde.

A lo largo del Gran Puente han ido extendindose, como hongos adheridos
a l, un sinnmero de casuchas flotantes, muelles y pequeos cafs, todo
miserable, de maderas carcomidas por la lluvia y el aire salino, pero
con esa alegra dorada que el sol oriental comunicar a las mayores
suciedades.

Estos hijos del Puente cabecean con el continuo movimiento del agua
removida por los buques, y parecen temblar con las palpitaciones de la
extensa plataforma de medio kilmetro, por la que pasa toda
Constantinopla, tronando la madera bajo las ruedas de los carruajes. Los
cafetines flotantes tienen terrazas embreadas, a las que una lnea de
macetas de flores dan el aspecto de pensiles. Viejos turcos sentados a
la oriental y con la barba descendiendo hasta el abdomen fuman el
narguil y pasan las cuentas de su rosario de mbar, gozando al
permanecer impasibles e indiferentes en medio de este movimiento loco y
ensordecedor. El tropel de gorros rojos y de mujeres encapuchadas como
mscaras se precipita en los muelles salientes que dan acceso a los
vapores de viajeros. El suelo, inseguro, es de tablones desiguales, por
entre los que puede pasar un pie, y adems estn cubiertos de residuos
de frutas.

A ambos lados de estos muelles amarrados al Gran Puente hay casuchas que
ocupan los vendedores de comidas y bebidas. Judos que hablan un espaol
extravagante van de un lado a otro pregonando rosarios musulmanes,
sorbetes, rollos de pan espolvoreados de ajonjol, y bizcochos, a los
que llaman en Constantinopla pan de Espaa. En las puertas de los
tenduchos se elevan pirmides de melones amarillos y enormes sandas con
su verdor cortado por blancas inscripciones en rabe. En los cafetines
se exhiben en primera fila las ventrudas botellas de limonada o naranja
con un limn por tapadera, y ms adentro humean las pequesimas tazas
de caf turco, lquido pastoso digno de los dioses. Los perros
vagabundos, que son en Constantinopla algo as como una institucin
pblica venerada y popular, pasan por entre las piernas del gento,
mansos, corteses y silenciosos, buscando su comida.

Los extranjeros se mueven desorientados en este torbellino de gente, y
si desean tomar un barco siempre llegan tarde.

Hay dos problemas en Constantinopla que el viajero no resuelve nunca y
mira como un misterio: la hora y la moneda.

En Constantinopla hay dos horas: la hora a la franca, que es la de los
relojes de la Europa occidental, y la hora a la turca, que es por la
que se rigen vapores, tranvas, etc.; todo lo que depende del municipio
y del Gobierno.

La jornada empieza para el turco al ponerse el sol, y de aqu que todos
los das los buenos otomanos tengan que arreglar su reloj, sin que ni
aun ellos mismos sepan ciertamente en ningn momento cul es la hora
exacta. La medida del tiempo cambia por da y por estacin. Cuando
nuestro reloj a la franca marca el medioda, el turco dice
tranquilamente que son las cinco o las seis, as como unos meses despus
dir que son las tres o las cuatro.

No hay en esto otro dao que el llegar tarde a todas partes, perdiendo
trenes y vapores, o verse obligado a largas esperas; pero lo de la
moneda trae mayores perjuicios.

En Turqua hay buena moneda y mala moneda, y segn se recibe un pago
en una o en otra, la cantidad vale ms o menos. Hay tambin moneda
borrosa, que nadie toma, pero que todos procuran dar al viajero; hay
papel emitido por el Gobierno otomano, llamado _kaim_, que carece de
valor, y otros misterios crematsticos que requieren un largo estudio.
Pero lo ms original es el cambio. Exceptuando algunos cafs y
restaurantes europeos, nadie cambia gratuitamente una moneda.

En las calles importantes de Constantinopla, junto al Gran Puente, cerca
de los tranvas y muelles de embarque, en el Gran Bazar y en todos los
lugares de algn trnsito, existen numerosos puestos de cambiadores de
moneda, antiguos compatriotas nuestros que siguen fieles a Abraham y
Moiss.

En Constantinopla, el que no lleva a mano moneda menuda, aunque guarde
en su bolsillo oro y billetes a puados, como si no llevase nada. El
cochero o el conductor de tranva le hace bajar para que vaya al
cambiador ms inmediato, y el que despacha billetes en una taquilla o
cobra peaje en el Puente le enviar al judo ms prximo, sin dejarle
pasar.

Cambiis una moneda de oro, y el cambiador os da el dinero en
_medjidis_ de plata, especie de duros turcos, quedndose por el cambio
con una piastra, que es aproximadamente lo que un real en Espaa.
Despus se os ofrece cambiar uno de los _medjidis_, y el cambiador os
entrega _cuartos_ de _medjidi_, que son como las pesetas turcas, y se
queda otra piastra. Luego cambiis en otro sitio una de esas pesetas y
se quedan otra piastra... y as, de cambio en cambio, de cada veinte
francos el cambiador se queda con uno o ms. El que conoce esta
costumbre cambia de golpe una pieza de oro en pequea moneda, y tiene
que ir con los bolsillos repletos de piastras y _paras_, monedas ms
pequeas que botones de camisa.

La moneda de oro tomada de un judo es prfida y peligrosa. No pasa por
sus manos que no la lime hbilmente para arrancarle un poco de polvo de
oro, y as, de rascun en rascun, juntando limaduras, se gana doce o
quince francos extraordinarios, segn las piezas que toca durante el
da. Despus, en los Bancos y dems establecimientos pblicos donde
conocen la artimaa, someten las monedas al peso, y el incauto que las
ha tomado pierde dos o tres francos.

La discusin con el compatriota que intenta estafaros es interesante,
por la fogosidad con que se expresa y los ademanes dramticos que
acompaan a su castellano especial.

--Que por mis hixos que no te engao, seoreto... Que toma la pieza, que
yo soy un buen trocador de dinero... Que la tomes como si fuese una
alahaxa... Que por mis viexos te lo juro, que antao vinieron de all,
como t vienes agora; porque yo, seoreto, tambin soy espanyol.




XIX. LOS QUE PASAN POR EL GRAN PUENTE


Unos mocetones con la gordura musculosa de los turcos, vistiendo largas
blusas blancas semejantes a camisones de mujer, cortan el paso al
transente extendiendo una mano. Son los cobradores del Puente, que
exigen el peaje: diez _paras_.

Toda Constantinopla pasa por el Gran Puente. Los turcos del viejo
Estambul necesitan ir a Glata y Pera, donde estn los Bancos, los
Consulados, las Embajadas, los grandes almacenes, y los habitantes de
estos dos barrios europeos se ven obligados a pasar a la ciudad turca,
porque en ella se encuentran los centros administrativos del Gobierno
otomano, la Sublime Puerta, con sus ministerios e innumerables
dependencias.

No hay en las grandes calles de Londres ni en los bulevares de Pars
lugar alguno tan concurrido como el Gran Puente. La plataforma de madera
tiembla bajo el rodar de los carruajes y el paso de millares de
transentes. Aturde y ensordece el vocear de este pueblo polglota,
donde el que menos habla cinco idiomas y son mayora los que poseen ms
de doce. Asombra y deslumbra la carnavalesca variedad de los trajes.

Al entrar en el Puente parece ste un campo interminable de rojos
geranios. Miles de gorros oscilan al marchar, sirviendo de remate lo
mismo a tocados puramente turcos que a trajes europeos. Los marinos
otomanos completan su uniforme, igual al de todas las marinas del mundo,
con el fez, que da una gracia extica a su aspecto de navegantes
europeos. Los oficiales, con sus insignias a la inglesa, enguantados de
blanco, calzados de charol y el sable bajo el brazo, cubren tambin su
cabeza con el gorro turco, que es obligatorio para todo sbdito otomano
y para todo extranjero dependiente del Gobierno.

El Ejrcito de tierra, uniformado a la alemana, guarda tambin el
cubrecabezas nacional, y el mismo fez escarlata sirve al ltimo soldado
que al pach, que se muestra en caballo brioso, con dorada silla,
saltando sobre sus hombros el oro de las pesadas charreteras al comps
del galope.

Sobre la nota oscura y dorada de los uniformes militares destcase la
muchedumbre variadsima de Constantinopla, formada de diecinueve pueblos
distintos, que an guardan sus usos y sus trajes tradicionales. Pasan
los rabes del lejano Yemen o los moros africanos de la Tripolitania,
con sus chilabas pardas y la cuerda de pelo de camello anudada a las
sienes; los croatas, que sirven de porteros en las grandes casas de
Constantinopla, vestidos de rojo y azul, con gran profusin de galones y
bordados, un bonetillo redondo sobre la bigotuda cabeza y un enorme
revlver de ibar atravesado en la faja; los albaneses y macedonios, con
faldillas blancas, planchadas y encaonadas, sobre el traje oriental;
los judos, con la tnica a rayas de los das de fiesta, y encima un
gabn de pieles, aunque sea verano; los armenios, con un pauelo de
hierbas anudado en torno del gorro; los griegos, vestidos a la europea,
pero con una palidez aceitunada y unos ojos como tizones, que revelan su
origen; el clero innumerable de imames, _soffas_ y derviches, unos con
el turbante blanco, otros con el turbante verde, recuerdo de su
peregrinacin a La Meca, algunos con gorros de grotesca forma, y todos
ellos con el rosario de mbar en la mano, repitiendo a cada cuenta la
montona alabanza a Al.

La muchedumbre tiene que apartarse, abriendo sus filas a cada momento,
para dejar paso a los carruajes, que avanzan veloces, o a las sillas de
mano, que todava son aqu de uso corriente: aparatosas literas, dentro
de las cuales van las damas turcas a sus visitas, en los estrechos
callejones.

Un pelotn de jinetes, carabina en mano, escolta a un coche que todos
saludan. Es el Gran Visir que va a la Sublime Puerta. Tras l pasan
varios cargadores armenios, no menos temibles que un vehculo, pues
marchan abrumados por pesos inauditos que no les permiten mirar ni
apartarse.

En Constantinopla es donde se ve con asombro hasta dnde pueden llegar
las fuerzas del hombre. Por algo dice el proverbio: Fuerte como un
turco. La estrechez de las calles y el respeto amoroso que siente el
otomano por los animales son causa de que en Constantinopla se haga todo
a brazo: el comercio, las mudanzas, etc. Se ven venir por el Gran Puente
pilas de cajas que parecen marchar solas, pues apenas si se distinguen
entre ellas y el suelo unos pies entrapajados y un fez, tras el cual
suena un bufido de asfixia. Yo he visto a un cargador armenio echarse un
piano a la espalda, en una mudanza, y emprender la marcha, vacilando
bajo el peso, pero sin detenerse un momento. Los hombres, abrumados por
este esfuerzo sobrehumano, caminan a ciegas, y el pblico tiene que huir
de sus fatales encontronazos.

Por el centro del Puente se abren paso de pronto, con las manos cruzadas
sobre el estmago, en una actitud frailuna de mansedumbre, varios
seores vestidos de negro. Llevan la elegante levita de corte, llamada
_stambulina_, sin solapas y cerrada como una sotana, que es aqu el
traje de ceremonia. Tras ellos marcha lentamente una carroza que todos
saludan, y en su interior se ven varias damas envueltas en velos
blancos, o un caballero de gorro rojo con bigotes a lo kaiser. Son
seoras del harn imperial que vienen a comprar a la ciudad, con un
squito de empleados palatinos, o alguno de los innumerables hijos,
hermanos o sobrinos del Sultn.

Con aire de superioridad se abren paso a codazos unos negros
elegantemente vestidos del mismo color de su piel, con la _stambulina_
de ceremonia y el fez muy recto sobre las pasas de la crespa cabeza.
Tienen las piernas largusimas, el cuello es enorme, y en su rostro
chato e insolente hay algo de infantil y meticuloso, que hace imaginar
una vida de chismorreos, intrigas y murmuraciones. Cuando abren la boca
sale de sus gruesos labios un chillido estridente, semejante al del pavo
real; algo extrahumano, falso y grotesco, que hace rer e irrita al
mismo tiempo. Son personajes que viven aparte, y a los que mira la gente
con cierto respeto; son eunucos del palacio imperial o de los harenes de
los grandes pachs, que, habituados a su existencia entre beldades
misteriosas y grandes magnates, parecen tristes y descontentos cuando se
dejan ver en las calles de Constantinopla.

Algunas veces van sentados en el pescante de un coche de lujo, en cuyo
interior ren y comen dulces cuatro beldades turcas vestidas con trajes
parisienses de la _rue de la Paix_, y con el rostro cubierto por una
finsima nube de gasa, que realza engaosamente sus facciones pintadas.
Estas mujeres de pach, que van a las grandes tiendas de Pera, son
turcas modernas que hablan francs e ingls, tocan el piano, leen
novelas psicolgicas con cubierta amarilla tradas de Pars, y conocen
todas las seducciones de la vida europea... todas, menos el adulterio,
que es aqu imposible, no por falta de ganas, sino por la vigilancia
brutal, continua e incorruptible, que nadie consigue vencer, por ms que
digan e inventen poetas y novelistas.

Las turcas ms modestas, esposas de musulmanes pegados a la tradicin
que viven en Estambul, o las simples mujeres del pueblo, van a pie,
vistiendo amplios trajes semejantes a domins de gruesa seda adamascada,
negra, roja, verde o azul. Por las amplias mangas de esta envoltura
asoman los brazos de la blusa interior, encintada y vaporosa. Las manos
enguantadas sostienen la sombrilla y el bolso. La abertura del capuchn
que corresponde al rostro tiene un teloncillo de seda negra a modo de
mscara, que en unas es tupida e inaccesible a toda mirada y en otras
difana y atrayente, como una invencin de la coquetera.

La calidad de estas mascarillas permite apreciar el valor de lo que se
oculta detrs, aun antes de verlo. Regla general: todo velo espeso
esconde una vieja dama o una fea desfigurada por las horribles
enfermedades de Oriente. Al travs de los velos claros se encuentra
siempre alguna cara de criadota espaola o de monja fresca, con triple
barbilla, carrillos de luna arrebolados por el colorete y unos ojos
hermosos, de vaca tranquila, agrandados por tiznajos negros.

La moral y la decencia son frgiles invenciones humanas, que cambian con
la mayor facilidad, segn los tiempos y los pueblos. Estas damas turcas,
para las cuales es una indecencia levantarse el velo ante otro hombre
que su legtimo seor, y a las que vigila en todas partes la terrible
Polica otomana para que no cambien una palabra con el extranjero, se
arremangan la faldamenta hasta ms arriba de la rodilla, aunque no
llueva, y muestran con la mayor naturalidad sus pantorrillas enormes,
con medias a rayas, multicolores y chillonas, que, segn dicen los
comerciantes de aqu, proceden de Catalua.

Estas mscaras encapuchadas y misteriosas, bajo la luz del sol que
caldea los maderos del Gran Puente, dan un atractivo novelesco a la
multitud. Las mujeres circulan entre el gento con la mayor
tranquilidad, sabiendo que nadie osar mirarlas, que todo musulmn
bajar la vista para no verlas, como el que evita una accin vergonzosa,
y por esto, cuando se encuentran sus ojos con los ojos audaces del
europeo, unas, las ms hermosas, sonren con cierta turbacin, y otras
crispan su cara, indignadas, encabritndose su fealdad bajo el acicate
religioso.

De toda la multitud cosmopolita que diariamente circula por el Gran
Puente, el ms simptico y corts es el turco. Yo no entiendo su lengua,
pero los ademanes constituyen un idioma inteligible y claro para el
extranjero, que, privado del habla, observa con mayor atencin. Adems,
los que conocen el turco elogian con entusiasmo la cortesa y mesura de
este pueblo grave, un tanto triste, pero bueno y generoso. No hay
idioma, segn ellos, que contenga iguales expresiones de afecto. La
madre turca habla siempre a sus pequeos dndoles el nombre de flores o
graciosos animales: el hombre tributa al extranjero o al amigo los ms
extremados elogios, al par que le da hospitalidad y proteccin.

La caridad cristiana de los pueblos occidentales, que tienen las calles
llenas de mendigos y deja morir de hambre a muchos infelices, es bien
poca cosa considerada desde Constantinopla. Aqu los pobres son
muchsimos miles, y sin embargo, slo se encuentran pordioseros en el
Gran Puente o en los alrededores de alguna mezquita, y stos nunca son
turcos, sino griegos y judos. El pobre es sagrado para el turco, y no
se contenta con darle unos cntimos, abandonndolo despus, satisfecha
la conciencia, sino que le abre su casa y le da cuanto necesita. En este
pueblo generoso, que tiene la noble mana de la proteccin, todos los
pobres estn colocados, todos cuentan con una casa a la que se
adhieren como si fuese suya.

De los actos exteriores del otomano, el que ms admiro, como suprema
expresin de nobleza, es el saludo. Los europeos no sabemos saludar.
Cogemos el sombrero, lo levantamos con ms o menos rudeza, sonremos, y
ya est hecho todo. El turco es un verdadero artista de la cortesa. Su
gorro rojo es inconmovible. Se lo pone al levantarse y no se despoja de
l ni un instante hasta la noche. Descubrirse la cabeza es la mayor
descortesa y algo as como una blasfemia religiosa. Quitarse el
cubrecabezas para saludar significara lo mismo que si un europeo se
despojase de un zapato para dar la bienvenida a una seora. Esta
necesidad de mantener el fez recto e inmvil sobre la cabeza, como si
estuviese metido a tornillo, ha confiado a la mano y a los ojos todo el
saludo.

La noble dignidad oriental de los turcos al encontrarse...! La mano,
que parece hablar, desciende a la orilla, y de all se remonta al
corazn, pasando luego a la frente, al mismo tiempo que el cuerpo se
inclina con majestad y los ojos expresan el respeto y la alegra del
encuentro, con un arte y una gracia que ningn europeo puede imitar.

De vez en cuando, entre esta muchedumbre que transcurre por el Gran
Puente se ven ojos negros de mirada inquietante, perfiles de aves de
presa, sonrisas melosas que hacen llevar las manos a los bolsillos,
gentes corteses que infunden pavor.

Constantinopla es el gran vertedero del continente. Aqu se ocultan y se
pierden los ms temibles aventureros. Turqua es un pan blando en el que
vienen a hincar el diente los lobos ms temibles del mundo.

Esos turcos de aspecto inquietante, que slo son turcos por el fez que
llevan en la cabeza, inspiran miedo con sobrado motivo... Son europeos,
y el europeo es lo peor de Turqua.




XX. EL GRAN VISIR


Mi amigo Mizzi es un abogado ingls notabilsimo, que desde hace treinta
y cinco aos vive en Constantinopla. Habla y escribe con la mayor
facilidad doce idiomas, y en un mismo da perora ante el tribunal
consular de Inglaterra, hace una defensa en turco, escribe una demanda
en griego o en ruso, y acaba su jornada en el Consulado espaol
expresndose en castellano.

Desde Constantinopla ha ido a defender pleitos a Siberia. Otra vez fue a
Bagdad y a Bassora, pases de leyenda, para intervenir como abogado en
una herencia de prncipes rabes, que se disputaban sacos de diamantes,
de rubes y esmeraldas. Slo en Oriente pueden encontrarse estos
litigios de cuento fantstico.

Mizzi es ingls porque naci en Malta; pero su madre era espaola, y l
siente un gran afecto por Espaa. Es consejero legista de casi todas las
Embajadas y Consulados; condecoraciones y ttulos llueven sobre l de
las ms importantes naciones de Europa, y sin embargo, lo que ms
aprecia es su nombramiento de vicecnsul de Espaa. _The Levant Herald_,
el diario ms grande de Constantinopla, es propiedad suya, y l trabaja
diariamente, dando al pblico una informacin del mundo entero. Ir con
Mizzi por las calles de Pera y Glata es asistir a un desfile de
popularidad. Saludo a un turco en su lengua, conversacin con un griego,
dilogo con un francs o un italiano, sombrerazos, apretones de manos,
frases cariosas; un curso completo de idiomas.

Una maana me lleva Mizzi a saludar al Gran Visir, antiguo amigo suyo de
la juventud.

El Gran Visir...! Este nombre evoca visiones de inmenso poder; hace
recordar las lecturas de la niez, los mgicos cuentos de _Las mil y una
noches_; presenta ante la imaginacin un imponente personaje de luenga
barba y turbante blanco enorme como un globo, con una majestuosa cohorte
de esclavos, ejecutores, escribas y fanticos santones.

El Gran Visir de Turqua, que es ms que nuestros jefes de
Gobierno--algo as como el vicesultn--, resulta uno de los personajes
ms importantes del mundo. Gobernar naciones como, por ejemplo, Espaa,
puede hacerlo cualquiera. Con tener una mayora en las Cmaras, todo
est asegurado. Ningn peligro exterior amenaza al pas, y la vida
interior se desarrolla plcida y entretenida al travs de chismes y
comadreos, a los que se da el nombre de poltica, entendindose todos al
final, pues la estrechez de horizontes impone la vida en familia a unos
y a otros.

Para llegar a Gran Visir hay que ser un hombre extraordinario. Sustentar
unidas y en paz las diecinueve razas del Imperio, separadas por odios
histricos y radicales diferencias religiosas; gobernar desde
Constantinopla el lejano Yemen, poblado de fanticos que se irritan al
ver que Turqua hace una vida europea, o Bagdad, alejada de la capital
por un viaje de cincuenta y cuatro das--casi tantos como se necesitan
para dar la vuelta al Globo--, y al mismo tiempo hacer frente con
engaos y energas al tropel de lobos de las grandes potencias europeas,
que ya han arrancado miembros enteros del cuerpo otomano, y cada vez
allan ms fuerte, pidiendo nueva carnaza, todo esto es empresa que
requiere la inteligencia y la firme voluntad de un hombre superior.

Vamos a visitar al Gran Visir en su casa, antes de que se traslade a su
despacho de la Sublime Puerta, en las primeras horas de la maana, pues
este personaje, sobre cuya inteligencia pesa todo un Imperio, es un gran
madrugador.

Llegamos al palacio, situado en las afueras de Pera, cerca de un gran
campo de maniobras, donde galopan, en traje de campaa, varios
escuadrones de caballera. Un cuerpo de guardia, con numerosos
centinelas, se eleva frente a la vivienda del Gran Visir, precaucin que
no es superflua en este pas, donde han sido frecuentes los atentados
contra el sultn y sus ministros.

El palacio no tiene nada de oriental. Es una gran casa, con amplias
escaleras de mrmol. El fez de los empleados y servidores que van de un
lado a otro y la falta de alumbrado elctrico son los nicos detalles
que recuerdan a Turqua.

Entramos en una pequea antesala, saludamos a otros visitantes que
aguardan, y ellos nos contestan con la grave cortesa oriental,
inclinndose, llevndose su diestra de las rodillas al corazn y a la
frente. Son turcos de correcto exterior, con el fez muy planchado y
erguido y la negra levita militarmente abrochada; imames jvenes, de
luenga barba, elegantes y limpios, que para entretener la espera pasan
entre sus dedos, con vertiginosa rapidez, las cuentas del rosario. Nos
distraemos fumando cigarrillos orientales, hasta que un oficial del Gran
Visir viene a advertirnos que Su Alteza nos espera, recibindonos antes
que a los dems visitantes. stos aguardarn con su paciencia turca, que
ignora el valor del tiempo y del nmero.

Mizzi me advierte que debo llamar Alteza al Gran Visir. En Turqua,
fuera de la familia del sultn, no hay ms que dos altezas: el Gran
Visir... y el Gran Eunuco del harn imperial.

Pasamos ante un saln de enormes proporciones, que parece un almacn de
muebles por la gran cantidad que contiene de silleras, lmparas,
cuadros, cojines y espejos, todo europeo. Son regalos de los Gobiernos
extranjeros al primer ministro turco, y que ste amontona en el saln
destinado a las fiestas diplomticas. Los objetos de Europa, con su
abigarrada y rica variedad, quedan en la pieza destinada a recibir a los
europeos. Ms all est la vida ntima, la vida turca.

Me veo de pronto en un pequeo gabinete. Tres hombres estn de pie, con
levita negra, calado el fez, la mirada en el suelo y las manos cruzadas
sobre el abdomen, en actitud rgida y respetuosa. Otro hombre, tambin
de levita, avanza hacia nosotros, sonriendo, con una mano tendida. Creo
estar en una antesala desde la cual van a anunciarnos al poderoso
personaje... Pero no: estoy en el gabinete del primer ministro de
Turqua, y el hombre que sonre y nos tiende la mano es el propio Gran
Visir.

Me siento desconcertado por esta sencillez. El gabinete es una pieza de
paredes blancas y desnudas, sin otro adorno que una fotografa del
Sultn. En un extremo, dos pequeas libreras con cristales de colores.
Unos divanes bajos, de sedas oscuras, son los nicos muebles, y junto a
una ventana que encuadra un pedazo de cielo y de jardn acaba de tomar
asiento el poderoso personaje.

Nada hay en l que recuerde _Las mil y una noches_. Ni su aspecto ni su
habitacin revelan el poder inmenso de que est investido. Parece un
seor europeo que por extico capricho se ha calado el fez como una
gorra. Viste de negro, y por entre las solapas de su levita asoma un
rico chaleco de seda oriental. Al colocar una pierna sobre otra, la boca
del pantaln deja ver en el interior de ste una alta bota a la turca,
nico detalle que desentona en su aspecto europeo.

Tomamos asiento junto a l y empieza a hablarme en francs, con acento
claro y sonoro, dando a sus palabras una majestad natural, a la que
acompaan los ms notables ademanes.

Realmente, Ferid-Pach, Gran Visir de Turqua desde hace nueve
aos--perodo de gobierno que no alcanza ningn poltico de Europa--, es
un hombre extraordinario. Me siento subyugado por la majestad de sus
maneras de gran seor, por la sonoridad potica de su voz de bartono,
por el fuego de su mirada, que quiere hacer amable, y, sin embargo, es
imperiosa y firme; la mirada del Visir en los cuentos orientales.

Es un hombre de gran estatura, fuerte y musculoso, sin dejar de ser
delgado, y con una hermosa barba negra que empieza a blanquear. Tendr
poco ms de cincuenta aos, y en sus ojos brilla el fuego entusiasta de
la primera juventud.

Sobre su rostro europeo se destaca la nariz, como un signo de raza: una
nariz de turco peleador, encorvada como pico de combate, con las aletas
anchas y palpitantes.

Ferid-Pach, con esa benevolencia protectora de los otomanos, me sonre
y muestra inters por conocer mis impresiones sobre Constantinopla y si
me es grata la estancia en ella.

Mientras l habla, yo le contemplo y evoco rpidamente su historia.
Ferid-Pach es un albans, un turco que ha nacido cerca de Italia y de
Grecia. Su juventud en la Universidad de Janina fue brillantsima. El
futuro gobernante asombr a los profesores griegos con sus profundos
estudios sobre los poetas de la Antigedad. Luego vino a Constantinopla,
entrando en la administracin pblica, donde escal con rapidez los
primeros puestos. Fue gobernador de lejanos pueblos de Asia--algo as
como los antiguos virreyes americanos--, hasta que su talento poltico
llam la atencin del sultn, que le hizo su Gran Visir.

Al mismo tiempo que le escucho, mis ojos vagan por la habitacin,
admirando su sencillez. Sobre una librera porttil, vecina al gran
personaje, hay un busto de mrmol, el nico que adorna el gabinete. Yo
conozco esta cara arrugada de vieja maliciosa; pero me desorienta su
crneo pelado. La he visto en muchos sitios, y sin embargo, no puedo
recordar su nombre. Quin es...?, quin es...?

La hermosa voz de Ferid-Pach toma una expresin ms grave, la temblona
majestad del imam que declama su plegaria, y dice as:

--De todos los pueblos con los que vive Turqua en excelentes relaciones
de amistad, Espaa es uno de los que amamos ms sinceramente. Ningn mal
hemos recibido de ella; siempre la amistad y el cario guiaron nuestras
relaciones; sus desgracias las sentimos como nuestras, pues aunque
vivimos alejados, existe algo inexplicable entre los dos pueblos que los
une con sincera amistad.

Hasta aqu su expresin era de majestuosa cortesa; pero de pronto cerr
enrgicamente la mano derecha y aadi con sincero entusiasmo:

--Ah, Espaa! Qu tenacidad para vivir! Qu fuerza para levantarse
cuando tropieza! Admiro a vuestra nacin, ms an por su enrgica
voluntad en tiempos de paz que por su valor en la guerra. Todo un siglo
de calamidades ha pesado sobre su historia: guerras civiles,
revoluciones, prdidas de territorios, y, sin embargo, se ha levantado
de tantas cadas, y sigue su camino, y resucita cuando la creen muerta,
y desarrolla sus riquezas naturales. Ah, Espaa, noble pueblo de la
firme voluntad de vivir...!

Y al hablar de territorios perdidos, de guerras desgraciadas y de la
voluntad de vivir por encima de toda clase de infortunios, sus ojos
miraron en torno de l con cierta tristeza.

En el fondo de la habitacin seguan en fila y de pie los tres
subordinados, como testigos mudos, con las manos cruzadas sobre la
levita y las cabezas inclinadas hacia el suelo.

El Gran Visir recobra su majestuosa frialdad y empieza a hacerme
preguntas, aprovechando la ocasin para enterarse de mi lejano pas.

--Vuestra flota la vais a rehacer ahora?

--Eso dicen, Alteza.

--Bien, muy bien. Una gran nacin necesita barcos. Pero creo que a los
espaoles les ocurre lo que a los turcos. Les gusta ms pelear por
tierra que por mar... Quin es ahora el generalsimo de vuestro
ejrcito?

Yo le digo que en Espaa no hay generalsimo, y que el ejrcito lo
dirige el ministro de la Guerra. Su Alteza frunce el ceo, como para
recordar un nombre.

--Y Weyler, qu hace ahora?

--Es un general como los otros.

--Martnez Campos muri, no es as...? Aqul era un hombre.

Y Ferid-Pach sonre y vuelve a cerrar el puo con expresin de energa.
Me hace otras preguntas sobre Espaa, y yo, mientras las contesto, sigo
mirando el busto. Pero de quin ser...?

--Conocis a Monsieur Moret? Es abogado nuestro. Nos lo ha recomendado
el emperador de Alemania para que intervenga en un asunto de Turqua.

Y Ferid-Pach, con una expresin triste, me cuenta en breves palabras el
asunto. Uno de tantos abusos de la rapacidad europea; grandes empresas
de Occidente que vienen a establecerse en Turqua con el pretexto de
civilizarla, y luego de enriquecerse engaando la sencillez otomana,
todava se fingen perjudicados y exigen enormes indemnizaciones al
Gobierno.

Su Alteza sigue hacindome preguntas sobre mi pas, y yo contino
mirando el busto con excitada curiosidad.

--Y vuestro rey?--pregunta, sonriendo, el Gran Visir.

No s qu contestar a esta breve interrogacin, y el personaje aade con
dulce sonrisa:

--Qu actividad! Qu exuberancia de vida! Oh, la juventud...! Vuestro
rey nos inspira grandes simpatas. Viaja, se entrega a los deportes, le
gusta ser soldado, se divierte... Hace bien, hace bien.

Luego aade con expresin sentenciosa:

--Los monarcas deben divertirse. Para eso tienen servidores fieles que
se encargan de gobernar por ellos, sufriendo las amarguras del Poder.

Llega el momento de despedirnos con solemnes saludos orientales. Al
pasar junto al busto lo reconozco de pronto y me explico mi torpeza.
Estaba acostumbrado a ver con peluca esta cabeza de mono malicioso.

Es Voltaire.




XXI. EL PALACIO DE LA ESTRELLA


El marqus de Campo Sagrado, nuestro ministro en Constantinopla, es el
ms conocido de los representantes diplomticos. Hasta los turcos
modestos de Estambul conocen su nombre. Nueve aos de permanencia en
Turqua y un carcter franco y bondadoso de gran seor, que para
inspirar respeto no necesita imitar a ciertos embajadores, altivos e
inabordables como reyes, han dado al marqus una gran popularidad en
Constantinopla.

Cuando se citan los nombres de los representantes de Europa, el de
Constans, embajador de Francia, y el de Campo Sagrado, son los primeros
que acuden a la memoria de los turcos. Al pasar yo la frontera otomana,
apenas dije a los encargados de los pasaportes que iba recomendado al
embajador de Espaa, todos, funcionarios y viajeros del pas, le
designaron por su nombre.

--Su Excelencia el marqus de Campo Sagrado...! Un gran seor muy
simptico. Lo conocemos; le vemos muchas veces en su carruaje por la
gran calle de Pera.

Hasta las damas turcas, que parecen vivir aisladas del mundo cristiano y
fingen ignorar la existencia de infieles en Constantinopla, conocen
todas al representante de Espaa, y cuando le ven, sonren amablemente
bajo sus velos.

Es un excelente embajador para un pas como el nuestro, que tiene pocas
relaciones con Turqua. Ya que le faltan ocasiones para ejercitar su
accin diplomtica, mantiene el prestigio de Espaa a honrosa altura con
su generosidad y su cortesa, condiciones que alcanzan profundo respeto
en este pueblo oriental, amigo de imponentes exterioridades.

Cuando llegu al palacio que tiene Espaa en Buyuk-Der, en la ribera
del Bsforo, cerca del mar Negro, vi avanzar a Campo Sagrado, sonriente
y corpulento, con un aire animoso de segunda juventud, tendindome su
fuerte diestra de cazador asturiano. Este Nemrod infatigable, luego de
perseguir al oso en sus montaas natales, ha pasado muchos aos en las
estepas rusas cazando con el zar y los grandes duques, y ahora acosa a
los venados turcos en compaa de los pachs ms poderosos. Cuando el
Sultn conversa con l, se entera con inters de sus hazaas venatorias.

--Est usted en su casa--dice el marqus con graciosa amabilidad--. sta
es la casa de Espaa.

Y nos da un almuerzo, en el que figura como plato de circunstancias un
buen arroz a la valenciana.

El almuerzo es bueno; al final se brinda por la lejana patria... pero
ms notable es an el comedor. Por un lado, las ventanas dejan ver el
parque de la Legacin, que extiende su arboleda cuesta arriba por la
ribera europea. En el lado opuesto, las arcadas de una logia sirven de
marco al mgico espectculo del Bsforo y a las verdes montaas de la
vecina costa de Asia. Por la extensin azul pasan caiques con remeros
vestidos de blanco, y sentadas en el fondo de estas ligeras
embarcaciones, damas turcas, que slo dejan ver encima de la borda su
cabeza encapuchada, teniendo frente a ellas esclavas negras, libres de
velos. El sol de medioda hace temblar las aguas con chisporroteos de
oro. Un viento fro que viene del mar Negro aligera la ardorosa
temperatura estival.

--Ver usted en Constantinopla muchas cosas interesantes--dice el
ministro de Espaa--. Pero crame a m, que llevo en estas tierras
algunos aos: los dos espectculos extraordinarios, lo que no puede
verse en ninguna otra parte, son el Bsforo y el Slamlik.

El Bsforo ya lo haba visto yo, en toda su extensin, al dirigirme a la
Legacin de Espaa. Me quedaba por ver el Slamlik, cosa difcil para la
gran mayora de los extranjeros, pues se necesita para ello la
recomendacin de un embajador. Pero Campo Sagrado es incansable cuando
se trata de favorecer a un compatriota, y a pesar de encontrarse un
tanto enfermo, me acompa en persona a la ceremonia palaciega.

Todos los viernes, al medioda, el sultn va con gran pompa a hacer su
plegaria a la mezquita Hamidi, vecina a su palacio. Es el nico momento
en que se deja ver pblicamente.

Abdul-Hamid poda prescindir de esta ceremonia, especialmente desde hace
tres aos, en que estuvo prximo a perecer, por la explosin de una
mquina infernal, a la salida de la mezquita. Pero el Comendador de los
Creyentes quiere cumplir sus deberes de supremo jefe religioso, y en
treinta y cinco aos, slo dos viernes, por causa de enfermedad, ha
dejado de presentarse en el Slamlik.

Esta asistencia voluntaria a una fiesta en la que ha sido objeto de
atentados demuestra que Abdul-Hamid no vive sometido a los temores ni le
trastorna una mana persecutoria, como han hecho creer los armenios que
escriben desde Pars.

El Sultn vive ms all de los arrabales de Constantinopla, en
Yildiz-Kiosk o Palacio de la Estrella, extensin amurallada como diez o
doce veces Madrid, en la que hay un lago donde pesca y navega a vapor,
caminos por los que corre en automvil, bosques plagados de caza y unos
cincuenta palacios, que habita y abandona a su capricho, mudando de
residencia varias veces en una misma semana. Con una instalacin tan
completa se comprende que el majestuoso seor no sienta ningn deseo de
visitar Constantinopla. Slo una vez por ao entra en la gran ciudad;
pero es por mar, atravesando el Bsforo en dorado caique, para hacer una
visita religiosa al Viejo Serrallo, donde se guardan como milagrosas
reliquias el manto y el estandarte del Profeta.

Todos sus caprichos y deseos puede cumplirlos sin salir del inmenso
jardn que le sirve de palacio. Entre esposas legtimas, odaliscas y
parientas, su harn guarda unas trescientas mujeres.

No por esto hay que suponer al Sultn entregado a pecaminosas
diversiones. Hombre de gran actividad para los negocios pblicos, quiere
saber todo lo que ocurre en sus vastos dominios, y le falta el tiempo
para tantos estudios, consultas y audiencias. Su harn numerossimo es
puro aparato; necesidad de seguir las tradiciones musulmanas.
Abdul-Hamid repite--segn dicen--, con la certidumbre de la experiencia,
que el hombre slo debe acordarse de tarde en tarde de las mujeres, para
no ser un esclavo.

Cinco mil personas forman su servidumbre alta y baja. Las cocinas
imperiales dan de almorzar y de comer diariamente a cinco mil bocas, con
la generosidad propia de una vivienda imperial. Imagnese el lector los
carros de pan, los rebaos de ovejas y carneros, los cargamentos de
hortalizas, las tinajas de miel y otras vituallas que diariamente entran
en las despensas del palacio. A los cinco mil servidores hay que aadir
los regimientos que acampan en el recinto de Yildiz-Kiosk, lo que forma
un total de diez mil personas.

El intendente del palacio es un importante personaje; pero el Gran
Eunuco es superior a l, y exhibe con orgullo su ttulo de Alteza. En
realidad, es el ms poderoso de los funcionarios de una monarqua
absoluta, pues conoce de cerca las debilidades del seor, y esto crea
siempre cierta confianza.

Tena grandes deseos de ver de cerca a este extrao personaje, y amigos
influyentes preparaban nuestra entrevista. Despus he desistido. Para
qu? El Gran Eunuco iba a recibirme en su casa, una casa a la europea,
con muebles seguramente trados de Viena, que sern su orgullo. Adems,
slo habla turco. Para ver la coleccin de blondas artsticas que est
formando y que exhibe a los extranjeros, no vale la pena de molestarse y
llamar Alteza a este grotesco y triste personaje.

No es fcil el acceso al Palacio de la Estrella. El da del Slamlik,
los embajadores, que son en Turqua los personajes ms respetados
despus del Sultn, se quedan fuera del palacio en un elegante y
grandioso pabelln de dos pisos, entre el Yildiz-Kiosk y la mezquita
Hamidi. All, en un palacio anexo, recibe el Sultn a los embajadores,
despus de la ceremonia religiosa, si es que tiene algo que preguntarles
o comunicarles.

Cuando por algn asunto urgente entran los representantes diplomticos
en el interior del inmenso jardn, siempre los recibe Abdul-Hamid en un
palacio o kiosco distinto.

Los banquetes en Yildiz-Kiosk son algo semejante a las fiestas de _Las
mil y una noches_. El convidado se ve en un saln con gruesos
candelabros de oro de la altura de dos hombres. Los platos son de oro
trabajado a martillo; los cubiertos de oro; de oro las botellas y hasta
las argollas de las servilletas.

Casi siempre estos banquetes son de treinta o cuarenta cubiertos; pero
hace poco se dio en palacio una comida a la oficialidad de la flota
inglesa--unas doscientas personas--, y el servicio fue de oro, tan
completo como siempre, sin que se notase la menor falta por el excesivo
nmero de convidados. Este palacio de misteriosas riquezas es
inagotable. Comeran mil a la mesa del Sultn, y es posible que a nadie
le faltase su pila de platos de oro y su ureo cubierto.

En Turqua, la riqueza ostentosa resulta aplastante. El viajero se
marcha hastiado para siempre de las piedras preciosas, enormes hasta la
ridiculez, y tan exageradamente ricas, que se acaba por perderlas todo
respeto.

Algo semejante ocurre con las condecoraciones. El Sultn, al darlas,
regala las insignias en brillantes. Los _matres_ que dirigen el
servicio en un banquete del sultn llevan el pecho cruzado de bandas y
constelado de estrellas de diamantes. El Gran Seor condecora tambin a
las damas turcas, hijas o parientas de los pachs; y muchas de las
encapuchadas que pasan en carruaje por las calles de Estambul, yendo a
visitas y fiestas, llevan bajo el misterioso domin bandas multicolores
y estrellas y medias lunas de brillantes.

       *       *       *       *       *

Trotan los escuadrones de jinetes por las fangosas calles vecinas al
Bsforo, camino de Yildiz-Kiosk; pasan en sus carruajes imponentes
pachs, bordados, galoneados y con pesadas charreteras de oro; desfilan
los batallones precedidos de una msica con alegres chinescos; presentan
las armas los cuatro centinelas de cada cuartel a los coches de los
diplomticos, que llevan en el pescante al _cabs_, criado que sirve de
insignia a toda la Legacin, con su uniforme de oficial turco,
completado por el sable corvo y el revlver de funda dorada.

La Constantinopla oficial y vistosa, el ejrcito, los pachs, la
diplomacia, los jefes rabes venidos de los lejanos vilayetos
asiticos, todos marchan en la misma direccin.

Vamos al Slamlik.




XXII. EL SLAMLIK


Desde el kiosco destinado al cuerpo diplomtico contemplo el ms
asombroso de los panoramas que ofrece Constantinopla.

En el horizonte, el mar de Mrmara une su azul intenso con el azul del
cielo, blanqueado por el sol, y extiende la corriente del Bsforo entre
la ribera asitica, cubierta de bosques y palacios, y la ribera europea,
que desaparece como abrumada bajo el casero de Constantinopla. El
oleaje de tejados rojos y negruzcos se pierde de vista, siguiendo las
ondulaciones de las colinas y los ngulos entrantes y salientes de la
costa.

Los agudos minaretes, con balconcillos circulares, semejan los mstiles
con cofas de blancos navos encallados e invisibles en la inmensa masa
de la ciudad. En la azul extensin del mar se destacan, cual dormidos
insectos, los buques de guerra, negros e inmviles, con manchas de vivos
colores temblando junto a sus colas. Son banderas de las grandes
potencias que ondean en la popa de los buques estacionarios, o el
pabelln otomano, rojo, con media luna y estrellas blancas, que se
exhiben en las vergas de varios yates imperiales que el Sultn no ha
visto nunca, o de modernos navos que envejecen sin levar sus anclas.

De la ventana del kiosco diplomtico se domina el mar, las colinas y la
ciudad. Desde las hondas orillas del Bsforo remntanse, formando
distintas mesetas, las barriadas y los jardines, hasta las alturas en
que se halla situado el Palacio de la Estrella. Un ancho camino pasa por
debajo de la ventana; es el que conduce desde la puerta del palacio a la
mezquita Hamidi: un trayecto de unos cuatrocientos metros en suave
pendiente. En este espacio, que ocupa toda la cumbre de la colina de
Orta-Keni, se verifica todos los viernes la ceremonia del Slamlik.

Van llegando las tropas. No existe ejrcito de exterior ms imponente
que el turco. Contra todas las presunciones que puede inspirar la
aficin de los orientales a lo vistoso y abigarrado, las tropas turcas
ofrecen un aspecto sombro y grave. Sus uniformes oscuros slo estn
animados por los vivos toques de rojo de las bocamangas y del fez. Visto
desde lo alto, este ejrcito no ofrece ninguna distincin de categoras.
El mismo gorro llevan los generales, y aun el mismo sultn, que el
ltimo soldado. El fez, cobertera uniforme de todos los otomanos,
unifica las filas. No hay aqu la diversidad de penachos, galones y
cascos de los ejrcitos occidentales que clasifica a los guerreros segn
el aspecto de las cabezas. Hay que mirar de cerca a los militares turcos
para reconocer en los dorados de sus hombreras las diferencias de
categoras.

Desfilan al son de estrepitosas bandas de brbara marcialidad los
regimientos de lnea, vestidos de oscuro azul, llevando al frente a sus
jefes montados en pequeos caballos turcos, que an parecen ms
diminutos bajo la obesidad de sus jinetes. Los batallones rabes se
distinguen, en esta aglomeracin de cabezas rojas, por sus turbantes
verdes, color religioso exaltado por el Profeta. Los albaneses, vestidos
de blanco, a la zuava, forman en la puerta del palacio como tropa de
preferencia, encargada de la guarda del Sultn. Llegan los marinos de la
escuadra, con sus oficiales a caballo: unos marinos de altas botas, que
llevan al cinto por toda arma el ancho sable de abordaje. Al pie de la
colina de Orta-Keni ondean las rojas banderolas de los lanceros. Los
regimientos de caballera tienen bandas de msica, y se ve a los
trombones, enroscados al cuerpo de los jinetes como enormes serpientes
de metal, saltar bruscamente a impulsos de los botes de los caballos,
ocultos tras un pliegue del terreno.

El aspecto imponente de estas tropas se debe a la edad de los soldados.
El ejrcito turco es un ejrcito duro. No se ven en sus filas
muchachos barbilampios y a medio formar, como en los ejrcitos de
Europa. El soldado turco es hombre de veinticinco a treinta aos,
fuerte, macizo, bigotudo, en todo el esplendor de su desarrollo. nase a
esto la fe ciega del mahometano, ese fervor religioso que inspira
respeto por su ingenuidad aun a los ms escpticos, y se comprender lo
que es una masa de siete u ocho mil soldados otomanos. Despus de
verlos, nada puede asombrar de cuanto se diga sobre su resistencia ante
el enemigo y su fiera conformidad ante la muerte. Se lo imagina uno mal
dirigido en los campos de batalla y dejndose matar sin retroceder un
paso. Pero volviendo la espalda no hay quien se lo figure.

Al detenerse y extender sus filas a lo largo del camino, descansan sus
fusiles en tierra con un golpe seco y uniforme, y quedan inmviles, con
una inmovilidad que parece de ensueo.

Nadie dira que al pie de la ventana hay formados algunos miles de
hombres. Ni un susurro, ni una palabra, ni una tos. Hasta los caballos
permanecen inmviles, sin el ms ligero relincho. Parece una inmensa
exhibicin de figuras de cera. La brisa mueve las borlas de los gorros,
el oro de las charreteras, las gualdrapas de los caballos; pero esto es
todo lo que se agita y parece tener vida en la enorme aglomeracin de
hombres. Los cuerpos no se mueven; los ojos, vagos y como de vidrio,
miran sin ver; las bocas, cerradas, no parecen respirar.

Un silencio absurdo lo envuelve todo; un silencio de pesadilla, un
silencio ms profundo que el de la noche, reproducindose bajo la luz
del sol.

En el kiosco, los embajadores y las grandes damas del cuerpo diplomtico
hablan con entera libertad; pero, sin embargo, sus voces suenan con
cierta sordina, como cohibidas instintivamente por el silencio exterior.
Campo Sagrado, con su hidalga cortesa espaola, cumplimenta a las
seoras; Constans, el famoso embajador de la Repblica francesa, habla
en correcto espaol, recordando sus aos juveniles de Madrid; todo un
mundo de oficiales extranjeros, puestos de gran uniforme, agregados
diplomticos, secretarios, dragomanes y elegantes damas, rodea a los
embajadores europeos, que son en Constantinopla algo as como
semidioses, con ms poder que el mismo Sultn, pues muchas veces amargan
sus das con enrgicas reclamaciones y turban su sueo.

Las palabras, las risas y los cuchicheos caen de las ventanas como
involuntarias irreverencias sobre la muchedumbre guerrera, silenciosa e
inmvil. Ni una mirada se eleva; ni un rostro se contrae. No ven, no
oyen, estn como muertos bajo la doble mortaja de la disciplina militar
y el fervor religioso. Esperan al _Padich_, nombre que dan los turcos a
su emperador. El ttulo de Sultn slo lo emplean los rabes.

La conversacin y la risa de los europeos tampoco conmueven a los
ayudantes de campo del emperador, cubiertos de oro, y a los empleados
palatinos, de negra _stambulina_, que permanecen erguidos e inmviles en
las puertas y ventanas de los salones del kiosco. Imposible moverse sin
tropezar con ellos. Levantis un cortinaje, y vuestra mano tropieza con
el pecho de un coronel, inmvil como un adorno del saln, y que no
cambia de lugar ni os mira. Vais a una ventana, e inmediatamente
percibs la sensacin de que alguien est detrs: un seor de levita y
gorro, con un rosario de mbar en las manos, que jams fija sus ojos en
los vuestros, como si ignorase vuestra presencia.

El Sultn recibe a sus huspedes con la mayor cortesa, envindoles
orientales saludos de amistad. Estis como en vuestra casa; los esclavos
negros ofrecen cigarrillos; bajo tapices de seda con flores doradas
llegan las humeantes tacitas de caf y los vasos de oro llenos de
confitura de rosas; pero no podis dar un paso sin que unos ojos os
sigan; no podis sentaros sin que alguien se siente cerca de vosotros;
no podis hablar sin que un seor de uniforme o de levita venga a
situarse a pocos pasos, volvindoos la espalda, para mayor disimulo. Al
asomaros a una ventana, debis arrojar antes el cigarro. Nadie puede
llevar nada en las manos. Las seoras deben abandonar sus sombrillas,
aunque las tueste el sol. Una maquinilla fotogrfica es un crimen que se
paga con la expulsin. El alto espionaje, que consume con enormes
sueldos una gran parte de la renta pblica, vela por la existencia del
_Padich_ con una meticulosidad ridcula.

Un crujido de arena bajo la marcha acompasada de muchos pies turba el
profundo silencio exterior.

Me asomo a la ventana. Dos filas de pachs descienden la cuesta, camino
de la mezquita, con el sable en una mano enguantada de blanco y moviendo
la otra al andar, con una regularidad de simples soldados. Son los
generales que tienen empleo palatino o estn en los ministerios. Salen
del palacio y van a la mezquita, agrupndose en la puerta de sta para
recibir al seor. Sobre sus levitas de oscuro azul, adornadas con
grandes charreteras de oro, brillan condecoraciones de un esplendor
fantstico: estrellas de brillantes, soles de rubes y esmeraldas, todas
las insignias que puede regalar un monarca oriental de fabulosa
generosidad.

Estos pachs son la flor del Imperio. Los hay viejos, tostados y secos,
con grandes barbas blancas y gafas de oro, antiguos generales que
pelearon con los rusos en las orillas del Danubio y resistieron en
Plewna con la tenacidad inconmovible del musulmn. Otros, jvenes,
morenos y obesos, son altos oficiales por la voluntad del Gran Seor:
generales por nacimiento, que nunca han mandado tropas; almirantes
hereditarios, que jams pisaron el puente de un acorazado.

El silencio se agranda. En las muchedumbres occidentales, la emocin se
manifiesta con empujones de impaciencia y sordos rugidos. Los turcos, al
llegar el momento esperado, lo anuncian con una inmovilidad mayor, con
un silencio absoluto, absolutsimo; con la ausencia de todo signo de
vida.

En el balconcillo del minarete de la mezquita Hamidi aparece un hermoso
imam, de barba negra y turbante blanco. Visto de lejos, parece un
muequillo asomado a un balcn de encajes. Extiende, como alas de
murcilago, las grandes mangas negras de su sotana, y un canto plaidero
y dulce, semejante a una saeta andaluza, rasga el denso silencio,
descendiendo hasta nosotros como si viniera del cielo.

Empiezan a bajar carrozas por la enarenada cuesta, camino de la
mezquita. Son las sultanas y odaliscas del harn imperial; unas cuantas
nada ms, pues de ir todas en el cortejo, durara ste horas enteras.

Los eunucos negros, con las manos cruzadas sobre el vientre, marchan
formando un crculo en torno de cada coche. En unos van las hermanas e
hijas del _Padich_; en otros, sus tas; en los que rompen la marcha,
las odaliscas preferidas. Entre los generales y almirantes que, sable en
mano, forman un grupo ante el kiosco, hay hijos y hermanos del
emperador. Lo mismo pueden llegar un da al trono, que morir desterrados
en una provincia de Asia, o amanecer con las venas cortadas y unas
tijeras junto a la cama, para que todos crean en un suicidio.

Al travs de los vidrios de las carrozas se ven blancos velos, ojos
pintados de negro, joyas enormes, mantos bordados de oro con una
suntuosidad oriental... y vestidos parisienses, chillones y de mal
gusto, de esos que los costureros de Pars guardan, segn ellos dicen,
para las damas turcas y las millonarias de Amrica.

Un rugido feroz corre al frente de las filas. Los soldados presentan las
armas. Un land sencillo, tirado por seis caballos de una belleza
inexplicable, como slo puede poseerlos el soberano de la Arabia, avanza
lentamente. Delante de l y a los lados marchan en revuelta confusin
guardias albaneses con el fusil al hombro y la bayoneta calada; pachs
que se codean y pisotean con los simples soldados; palafreneros de
dalmtica bordada, gruesa como coraza de oro; simples dignatarios de
palacio vestidos de negro; jefes rabes de ntido albornoz, venidos del
Yemen para saludar al descendiente del Profeta. Los grupos de generales
y almirantes situados al paso se unen a este grupo que corre en torno
del carruaje, oprimindose contra sus ruedas y agrandndose por
momentos.

Solo en el _landeau_, con la capota cada, se muestra el emperador, el
hombre omnipotente, el _Padich_, el Sultn, el Comendador de los
Creyentes, rey y pontfice a un mismo tiempo de muchos millones de
hombres.

Al pasar ante el kiosco diplomtico, levanta los ojos hacia las ventanas
y saluda levemente, con gravedad musulmana. Es un hermoso tipo
masculino, una figura de guerrero y de creyente. Sin duda va pintado
como las mujeres de su harn. A juzgar por los aos que ocupa el trono y
su anterior juventud, debe estar en los setenta, y sin embargo, la
luenga barba es de un negro intenso y el rostro tiene un aspecto de
juventud.

Este hombre, que es seor de una parte considerable de Asia y de una de
las primeras capitales de Europa, que posee tesoros como los de _Las mil
y una noches_, que es rey de Bassora, la de las perlas, y de Bagdad, la
de las fantsticas riquezas, se muestra simplemente vestido de negro,
sin un adorno, sin una alhaja, con algo de clerical y severo en su
indumentaria.

Lo que se admira al momento en l es la tranquilidad, la resignacin
valerosa del musulmn. Este hombre no tiene miedo ni puede tenerlo, a
pesar de cuanto han dicho los periodistas franceses. Es un fatalista. Si
est escrito que le maten le matarn de todas maneras, por ser as la
voluntad de Al. Y a pesar de que en el Slamlik intentaron asesinarle
valindose de un vehculo cargado de dinamita, va a l todos los
viernes, y pasa bajo las ventanas del kiosco diplomtico, desde las
cuales se le puede alcanzar fcilmente, y se exhibe ms all, ante una
muchedumbre que aguarda bajo el sol contenida por las filas de la tropa.

Las bandas de msica hacen sonar el himno imperial, una especie de
mazurca alegre; los gritos del imam llegan de lo alto durante las breves
pausas del himno; los soldados lanzan por tres veces una aclamacin
feroz, un grito de guerra que es un viva.

El Sultn penetra en la mezquita. Fuera, en el gran patio, aguardan las
damas del harn, dentro de sus carrozas, con los caballos
desenganchados, por una precaucin tradicional. Todas las tropas vuelven
el frente a la mezquita, para no estar, ni aun a gran distancia, de
espaldas al emperador.

Cuando media hora despus, terminada la plegaria del Slamlik, vuelve el
Sultn al palacio, el regreso parece menos ceremonioso y ms entusiasta.
El Comendador de los Creyentes, dejando partir las carrozas de las
mujeres, los caballos de respeto que llevan de la brida los dorados
palafreneros, toda la pompa de su corte, avanza en un ligero cochecillo
de dos ruedas, tirado por un tronco de hermosas bestias que l mismo
gua, acaricindolas con el ltigo. Su hijo favorito, vestido de
almirante, se sienta al lado de l.

El tumulto de generales, dignatarios y simples soldados de la guardia se
hace mayor en torno del ligero cochecillo. Corren jadeantes los pachs y
los oficiales, pisotendose y aclamando al emperador. Suenan otra vez
las msicas; pero apenas se oyen, sofocadas por el gritero de muchos
miles de hombres.

Los soldados, silenciosos antes como estatuas, rugen al presentar las
armas y ver de cerca a su emperador: Larga vida al _Padich_!

No son los fros vivas de ordenanza de otros pases. Las aclamaciones
del turco vienen de adentro, de lo ms hondo.

En este pas es intil soar con reformas y revoluciones.

Turqua podr desaparecer; pero cambiar... nunca! Slo puede ser como
es, y as vivir o morir.

El buen musulmn jams discute a su soberano. El _Padich_ es algo ms
que un rey de la tierra: es representante de los poderes del cielo.
Cuanto l hace, bueno o malo, lo hace Dios, y el turco es el ms
religioso y resignado de los hombres.

Aun en sus mayores desgracias, al verse en la miseria o ante el cadver
de un ser amado, nunca tiene una lgrima ni una palabra de protesta. Le
basta para consolarse suspirar melanclicamente: Al lo ha querido!




XXIII. LOS PERROS


Antes de conocer Constantinopla, cuando yo evocaba en la imaginacin la
gran ciudad oriental, reconstruyndola con arreglo a ciertas lecturas,
lo primero que vea eran los perros, los famosos perros de la metrpoli
turca.

Muchas cosas que amaba por los libros no las he encontrado al llegar
aqu. Unas han desaparecido bajo las huellas del tiempo; otras eran
mentiras poticas, que jams tuvieron realidad. Pero los perros, los
clebres perros, aqu estn, como en otros siglos, llenando las calles,
obstruyendo las aceras, dificultando el paso de los vehculos, sin casa,
sin amo, sin otro medio de subsistencia que el respeto tradicional y la
ternura que siente el turco por todos los animales.

Quin no ha odo hablar de los perros de Constantinopla? Hasta hace
pocos aos eran la nica polica urbana de la gran ciudad, el cuerpo de
limpieza pblica encargado de que las calles no quedasen totalmente
obstruidas por carroas de animales y montones de estircol. Ahora, la
influencia europea ha logrado que la triple ciudad de Constantinopla, o
sea Estambul, Pera y Scutari, tengan tres municipios, compuestos
exclusivamente de ciudadanos turcos, que velan a su modo por la limpieza
de las calles. Hay barrenderos indolenes y carretillas de riego para las
principales vas; mas no por esto los perros han perdido sus antiguos
privilegios. Al anochecer, de todas las casas arrojan a la va pblica
el estircol y los desperdicios; acuden los perros, la noche entera pasa
entre ladridos, mordiscos y estrpito de lucha en torno del festn, y a
la maana siguiente los barrenderos quitan la mesa, llevndose lo que
no han podido devorar estos pupilos de Constantinopla. Venecia tiene sus
palomas, que han vivido y procreado durante siglos a expensas de la
Repblica, como una institucin nacional.

Constantinopla tiene sus perros, respetados por el turco con cierta
supersticin, como si su suerte fuese unida a los destinos del pueblo
otomano en el suelo de Europa.

Vinieron, segn la tradicin, desde el fondo del Asia, siguiendo al
ejrcito turco. Cuando ste tom a Constantinopla, los perros se
aposentaron en las calles y en las ruinas, considerando a la enorme
ciudad como conquista propia. Eran perros vagabundos y guerreros,
acostumbrados a toda clase de privaciones; perros de soldado, sin dueo
fijo, acariciados y mantenidos por todo un ejrcito; animales de
campamento hechos a la vida comn, a buscarse el sustento por s mismos.
Dentro de Constantinopla continuaron su vida de vivac. Su parte de
gloria en la gran hazaa turca, su muda colaboracin en la marcha de
siglos, desde el centro de Asia a las bvedas de Santa Sofa, la cobran
estos animales con el respeto de todo un pueblo, con una consideracin
popular que parece elevarlos casi al nivel del hombre.

Yo me los imaginaba feos, hirsutos, flacos, amenazantes, con colmillos
babosos de rabia y ojos amarillentos de fiebre: una especie de leopardos
urbanos que hacan peligroso el trnsito por las calles de
Constantinopla. Me sorprend al verlos por primera vez, gordos,
lustrosos, de una belleza ruda y silvestre, con hocicos y gestos de
lobo, pero de buen lobo, corts y juguetn, con un pelo de color de
miel, lavado por las lluvias. Son de regular alzada; muestran unos
colmillos de espeluznante blancura; casi os derriban cuando se alzan
sobre las patas traseras para acariciaros, y sin embargo, a nadie
inspiran miedo. Pelanse entre ellos con encarnizamiento de fieras:
todos llevan en su cuerpo seales de mordiscos; un combate de dos perros
es algo horrible que pone en conmocin a toda una calle, y a pesar de
esto, basta que un nio les amenace con un palo, para que se retiren;
basta que un turco les largue una patada, para que huyan sin revolverse,
pasando del rugido feroz al lamento lacrimoso. Saben que su subsistencia
depende del hombre y lo respetan como a un dios que dispone de sus
vidas. Rara vez atacan a las personas; nunca se ha conocido la
enfermedad de la rabia en estos vagabundos, y cuando muerden, muy de
tarde en tarde, a los transentes, casi siempre son mujeres las vctimas
de sus ataques.

Cuntos perros vagabundos existen en las calles de Constantinopla?
Nadie lo sabe. Los ms parcos en sus clculos dicen que 80.000. Otros
los hacen ascender a centenares de miles. Un comerciante francs ofreci
al Gobierno otomano una enorme cantidad para exterminar los perros y
aprovechar sus pieles. Un buen negocio industrial, segn parece. El
vecindario turco se indign. Matar sus perros! Exterminar a los fieles
camaradas de los conquistadores de Constantinopla...!

Los extranjeros van por las calles con grandes pedazos de pan para
obsequiar a estos pupilos de Turqua. As como en la plaza de San Marcos
las damas viajeras tienden sus manos llenas de trigo a los palomos
venecianos, desapareciendo envueltas en una nube de plumas palpitantes y
picos acariciadores, aqu se las ve hundidas hasta las rodillas entre
pelos rojizos, hocicos babeantes y rabos inquietos, partiendo un
mendrugo con los enguantados dedos y arrojando pellizcos de pan a las
fauces glotonamente abiertas.

Causa admiracin el orden de esta repblica perruna, falta de
gobernantes y de leyes escritas, pero sometida, por el instinto de
vivir, a una disciplina social. Muchas veces, al abandonar yo el comedor
del hotel, recolecto en todas las mesas pedazos de pan olvidados, tarea
en la que se me adelantan con frecuencia otros viajeros. Salgo a la
calle y me rodea un grupo de perros estacionados frente a la casa: la
familia o tribu a la que corresponde por derecho tradicional este trozo
de va. Ni ladridos ni empujones de impaciencia. El jefe de grupo, el
patriarca, el guerrero, alcanza en el aire el primer pedazo y va a
situarse lejos de los suyos, vigilando la calle para evitar que ningn
intruso se ingiera en el banquete. Mientras tanto, la familia va
cogiendo al vuelo los otros pedazos, siguiendo un turno riguroso, sin
que a nadie se le ocurra adelantarse a otro y arrebatarle su parte. De
vez en cuando se aproximan otros perros, azuzados por el hambre,
queriendo introducirse en el grupo, y una ruidosa batalla pone en
conmocin a la calle entera.

El guerrero, erguido sobre las patas traseras, hace frente a los
invasores, y pelea l solo, mientras la tribu come. Aullidos, mordiscos,
lucha a brazo partido, pues los perros de Constantinopla combaten
ponindose de pie y agarrndose como hombres al mismo tiempo que dirigen
a la cara del enemigo las acometidas de sus colmillos. Cuando el
peleador sale ensangrentado del encuentro, se tiende en el arroyo, y
toda la familia le rodea, con aulladora gratitud, lamiendo horas y horas
sus heridas.

Marchis por una callejuela seguido de varios perros que os husmean las
manos y se empinan hasta vuestros bolsillos con la esperanza del pan. De
pronto, os veis solo. Los perros quedan atrs, y no os seguirn por ms
que intentis atraerlos con silbidos y exclamaciones cariosas. Estn en
los lmites de su jurisdiccin; han llegado al trmino del trozo de
calle que les pertenece, y no pasarn de all. Otros perros os salen al
encuentro, os acarician, os siguen, hasta llegar al trmino de su
territorio, y all os dejan rodeados por una nueva tropa canesca. As,
de escolta en escolta, podis correr por la noche toda Constantinopla.
Cuando estalla una tempestad de ladridos, es que un grupo ha osado
introducirse en terreno enemigo. Cuando una ria feroz conmueve el
barrio, es que un perro vagabundo, sin familia y sin domicilio, es
atacado por los burgueses de la raza, gente de bien, amiga del orden,
que no puede tolerar tales faltas de disciplina social. El bohemio
canino que vaga por Constantinopla acaba inevitablemente sus das
asesinado y devorado por las familias honradas de su especie.

Segn es la calle, as es el aspecto de los perros acampados en ella. En
las vas modernas ms elegantes de Pera y Glata, donde estn las
grandes tiendas de bisutera, ropas, muebles y libros, los perros
ofrecen un aspecto lamentable: flacos, piojosos y lanudos, mirando
melanclicamente a las enormes lunas de los escaparates, tras las cuales
se exhiben cosas hermossimas, pero que no sirven para comer. En las
callejuelas turcas, llenas de inmundicias y de pequeos puestos de
comestibles alineados en el arroyo, el perro es alegre, juguetn y sano
de aspecto.

Dice un antiguo refrn turco: Si mirando se aprendiese un oficio, todos
los perros seran carniceros.

No hay carnicera de Constantinopla que no tenga ante la puerta unos
veinte o treinta perros, todos en fila, sentados sobre el cuarto
trasero, silenciosos, con una gravedad de gentes bien educadas, fijos
sus ojos en el dueo con expresin de splica, y abriendo la roja
garganta a impulsos de insinuantes bostezos. Aguardan lo que caiga, y lo
que cae las ms de las veces es una mano de latigazos, pues el carnicero
turco acaba por enojarse con esta tertulia muda que obstruye la puerta
de la tienda y hace tropezar a los parroquianos.

En medio de las bandas de perros que corretean por las calles a la cada
de la tarde y duermen enroscados en las aceras a la hora del sol, se ven
animales grotescos y repugnantes, tristes caricaturas de su especie.
Unos llevan los ojos saltados; otros el lomo partido por sanguinolentas
dentelladas o el hocico medio devorado y con un morro pendiente. Son
recuerdos de sus batallas con los compaeros de raza. Otros caminan a
saltos, con una pata rota vuelta hacia arriba, o arrastran por el suelo
su inmvil parte trasera, como si fuesen extraos lagartos. Las ruedas
de un vehculo les han dejado as, a pesar del respetuoso cuidado con
que los turcos tratan a los animales. El cochero de Constantinopla,
antes prefiere volcar que aplastar a los perros. Los carruajes se
defienden a cada instante o dan bruscos rodeos para salvar sus vidas.
Pero estos animales, habituados a un respeto tradicional, abusan de l,
durmiendo tranquilamente en mitad de las calles de ms trnsito.

Cuando una perra lanza su prole en plena va pblica, el buen turco saca
un cajn, un tonel, un gran cesto lleno de paja, y lo coloca en mitad de
la acera para que sirva de cuna a los recin nacidos. La gente tiene que
dar un rodeo y bajarse de la acera, desafiando el peligro de los coches;
la circulacin se dificulta e interrumpe, pero nadie protesta ni mueve
el obstculo. Slvense los animales, aunque perezcan las personas.

Las primeras noches de estancia en Constantinopla son horribles. Los
viajeros buscan en los hoteles las habitaciones interiores, lejos de la
calle. Ladridos toda la noche; batallas en torno de los montones de
estircol; concierto de aullidos cada vez que pasa un trapero con un
farol o cuando un transente les parece sospechoso. Las noches de luna,
Constantinopla se estremece con ruidosas y feroces contorsiones. Hasta
las piedras parecen ladrar al astro de la noche. Al fin, el viajero
adquiere odos turcos y se duerme arrullado por esta tempestad de
ladridos como podra dormir bajo el susurro de las olas o la brisa
perfumada de un jardn lleno de ruiseores.

Las oscuras tragedias que se desarrollan en esta sociedad animal,
regida por el misterioso idioma de la mirada y el ladrido! Las leyes
crueles e inexorables de esta repblica de los perros...!

Una tarde fui al santo barrio de Eyoub en un vaporcito, siguiendo el
Cuerno de Oro en toda su extensin. Un perro flaco, triste, de mirada
dulce, pasaba y repasaba durante el viaje entre las piernas de los
viajeros. Al abordar el pontn de Eyoub, intent deslizarse oculto entre
el gento, pero un estrpito horripilante estall de pronto, asustando a
las buenas turcas encapuchadas que salan del vapor. Ms de una docena
de perros se arrojaron sobre el recin llegado como bestias feroces,
mordiendo de veras, tirndose a matar, buscando su cabeza con los
agudos colmillos. El pobre can, como si esto no le sorprendiese, como si
fuera algo esperado, corri a refugiarse en el barco que volva a
Constantinopla.

Pas la tarde en Eyoub. Al anochecer esper en el pontn la llegada del
barco que iba a hacer su ltimo viaje a la ciudad. Lleg el vapor, y
entre la avalancha de viajeros intent pasar el mismo perro. Pero otra
vez salieron a su encuentro los enemigos, con terrible acometida de
aullidos y mordiscos, y tuvo que refugiarse de nuevo en la cubierta.

El triste regreso hacia Constantinopla! En vano di pan al msero
animal. Coma con avidez de hambriento, pero sus ojos iban hacia Eyoub,
que se perda en el fondo del Cuerno de Oro con sus cristales inflamados
por la agona del sol; hacia Eyoub, al que le atraa el instinto, y en
el que no poda desembarcar. Cuando llegamos, ya de noche, al Gran
Puente, el pobre perro se alej, a la luz de las estrellas, para
refugiarse entre dos tablones y esperar el primer vapor de la maana,
emprendiendo de nuevo su viaje. Y al da siguiente comenzara su triste
peregrinacin, sin otro resultado que mordiscos y una fuga vergonzosa; y
al otro y al otro lo mismo; y an estoy seguro de encontrarle si
emprendo el viaje; y as vivir hasta que muera o lo maten; empujado
hacia la santa barriada de Eyoub por un buen recuerdo del pasado, y
detenido siempre por la ferocidad implacable de unos enemigos que ladran
y muerden, tal vez a impulsos de una antipata de raza, de una venganza
de familia o de un oscuro drama de animalidad inferior... Quin sabe!




XXIV. LOS DERVICHES DANZANTES


El muro oriental de la mezquita de Bakari, en las afueras de Eyoub,
est rasgado por grandes ventanales con celosas encristaladas, y a
travs de ellas, mientras llega la hora de los oficios, veo cabrillear,
bajo la lluvia de oro del sol del medioda, las aguas azules, densas y
como muertas del Cuerno de Oro, all donde ste se confunde con las
llamadas Aguas Dulces de Europa.

De vez en cuando, como una visin cinematogrfica, pasa por la extensin
azul que tiembla ms all de los ventanales una lancha de vela con un
cargamento de mujeres, o un caique blanco y dorado con damas envueltas
en oscuro domin, llevando como escolta de honor, junto a los remeros
sudorosos, una esclava negra.

Adivino que desembarcan en el muelle de la mezquita, invisible para m.
Despus pasan otra vez estas mujeres misteriosas ante los ventanales,
pero a pie, siguiendo lo largo del muro, como actrices que cruzan el
fondo de una escena dejndose ver slo por los huecos de la decoracin.

A cada entrada de stas crece el zumbido de conversaciones y risas que
se escapa de todo un lado del piso superior de la mezquita, galera
cerrada con espeso enrejado, tras el cual asisten a la fiesta las
mujeres turcas.

Yo estoy en lo que pudiera llamarse el coro de la mezquita: una tribuna
de madera sobre la puerta de entrada, frente a los ventanales que dan a
la ra azul y al lado de la galera enrejada, tras cuyas celosas se
adivinan vagamente los mismos bultos blancos y negros e iguales
movimientos de curiosidad misteriosa que en una iglesia de monjas.

Es mircoles, y la respetable cofrada de los derviches danzantes va a
celebrar la fiesta en Bakari, que es su templo ms importante en
Constantinopla. Los viernes dan otra representacin en pleno barrio de
Pera, en una mezquita perdida entre edificios europeos, rodeada de cafs
y tiendas modernas, interrumpida muchas veces la solemnidad del rito por
el pitar de los tranvas y los gritos de los vendedores de peridicos.
Es una fiesta para los extranjeros de paso; algo semejante a las
diversiones pintorescas que organiza la Agencia Cook para que los
viajeros se enteren de las costumbres tradicionales de un pas, a tanto
por ejecutante.

En Bakari, la fiesta religiosa no tiene otro pblico que los devotos, y
asiste a ella el Cheik, sacerdote jefe de los derviches danzantes.
Bakari slo atrae a las gentes del pas. Es una mezquita perdida entre
risueos cementerios y jardines abandonados en las afueras de Eyoub,
barrio extremo de Constantinopla, donde no vive ningn europeo, donde
subsiste la santa mezquita cerrada e inabordable a todo infiel durante
siglos, donde es molesto a ciertas horas transitar por las tortuosas
callejuelas, pues las viejas fanticas, encapuchadas de negro, escupen
con entusiasmo religioso a los pies del cristiano y le siguen con un
borboteo senil de palabras incomprensibles, en las que slo se adivina
la palabra perro seguida de misteriosas maldiciones.

En el coro de la mezquita de Bakari no hay otro europeo que yo. Me
siento como avergonzado por las cien miradas de curiosidad desdeosa que
adivino tras las espesas celosas y por el gesto impasible de los
msicos sentados junto a m, que parecen no haberse enterado de mi
presencia. Ocupo una silla mugrienta, algo coja y con el asiento de paja
prximo a desfondarse, nico mueble europeo que el sacristn, tras larga
rebusca, ha podido encontrar en la mezquita. Los msicos se sientan en
el suelo, con las piernas cruzadas, sobre esteras de fresca y amarilla
limpieza, y todos ellos visten el traje de los derviches danzantes:
largas tnicas de pesado pao rojo, verde, blanco o azul, y sobre ellas
un manto negro. Sus caras barbudas, bronceadas, feroces, de cejas
hirsutas y ojos con manchas de color de tabaco, parecen empequeecerse,
abrumadas bajo la enormidad del respetable gorro que sirve de distintivo
a la cofrada: un cono truncado de fieltro gris, sin alas y sin otro
saliente que un ligero reborde circular. Algo as como una maceta de
flores de barro cocido puesta boca abajo. Unos tienen en sus manos la
flauta turca y soplan en ella ligeramente, haciendo sordas escalas para
convencerse de la bondad del instrumento; otros colocan junto a ellos
los _darboukas_, pequeos timbales que sirven de acompaamiento. Los
cantores abarcan entre sus rodillas unos catrecillos de madera que
sustentan el libro abierto, de amarillento papel, con caracteres negros
y rojos.

Miro al fondo de la mezquita. Las columnas de madera que sostienen las
galeras superiores estn unidas por una barandilla blanca y roja. Entre
esta barandilla y los muros se hallan las tumbas de los derviches de la
cofrada que murieron en olor de santidad, catafalcos de pao verde,
apolillado por el polvo de los siglos, y con enormes turbantes que
usaron en vida los varones bienaventurados. Entre las tumbas, sobre
frescas esteras de junco, se sientan en cuclillas o se arrodillan
descansando el cuerpo en los talones todos los fieles que acuden a la
fiesta: gruesos tenderos de Eyoub, burgueses venidos en barca desde
Constantinopla, jardineros de las cercanas, marinos de los acorazados
turcos eternamente inmviles en el Cuerno de Oro, todos con los zapatos
en la mano y el fez erguido sobre la frente.

Las barandillas de las cuatro columnas cierran el centro de la mezquita,
formando a modo de un gran saln de baile con el pavimento de madera,
limpio, encerado y brillante. All estn aguardando su hora los sagrados
ejecutantes de la fiesta, los derviches, acurrucados en el suelo,
formando tres filas, frente al Cheik, que ocupa l solo la parte de
Oriente, sentado en una piel de cordero. Envueltos en sus mantos negros,
que forman en torno de ellos amplio embudo, e inclinando a impulsos de
la meditacin el alto gorro que cubre su cabeza, parecen extraos
insectos que se repliegan para saltar de pronto sobre una presa
invisible.

Un cantor se ha puesto de pie y avanza con el libro abierto hasta la
barandilla del coro. Su manto, al entreabrirse, deja descubierta una
gruesa tnica anaranjada, de pliegues rgidos: una prenda venerable, con
la respetabilidad de varias generaciones sacerdotales, y que parece
tejida al mismo tiempo de lana y de plegarias. Es un joven barbilampio
y rubio. Su pescuezo blanco se hincha y colorea de sangre con los
esfuerzos de la voz de falsete. Una ruda protuberancia del cuello, la
nuez de la garganta, se agita convulsa, sube y baja, marcando las
modulaciones de la voz.

La plegaria tiene el ritmo de un canto oriental, montona, soolienta,
de misteriosa lentitud, retardndose cada palabra con reflexivas pausas,
prolongndose con repeticiones e interminables gorjeos, como ciertas
canciones de Andaluca.

Los derviches, abajo, con la frente en una mano y el codo en la rodilla,
parecen soar, replegndose cada vez ms dentro de sus embudos negros,
empequeecindose con el reconcentramiento de la meditacin.

Qu dice la plegaria...? Nada. Interminables alabanzas a Al invisible,
seor del universo, misterioso justiciero sin forma material ni otra
imagen que los dorados caracteres rabes de elegantes rabos que lucen en
la mezquita sobre el fondo verde de redondos escudos; nombres de
sultanes que, agrupados en lista cronolgica, son como la historia del
pueblo turco. Y, sin embargo, esta oracin, cuyas palabras carecen de
mrito literario y slo tienen el encanto de la msica adormecedora,
causa en el auditorio un efecto de recogimiento sincero que rara vez se
encuentra en los ritos occidentales. La voz del cantor parece hipnotizar
a los oyentes. Los fieles, con la mirada perdida y el cuerpo rgido,
empiezan a moverse sobre su cintura, siguiendo con un vaivn cada vez
ms enrgico las palabras del derviche. Los rostros se colorean como si
reflejasen las llamas de una combustin interior. Las narices se dilatan
y en los ojos brilla como chispa perdida un punto de luz azulada y
misteriosa. De vez en cuando, un rudo suspiro se escapa de estos pechos
contrados por la emocin religiosa. El europeo, solo y aislado en esta
mezquita lejana, entre la vehemencia silenciosa de unas ceremonias que
parecen resucitar siglos lejanos, brbaros y belicosos, se siente
invadido por la inquietud.

Calla el cantor, cierra el libro, se retira remontando sobre sus hombros
anaranjados el negro aleteo de su capa, y una msica tenue y dulce, un
suspiro pastoril se extiende en el silencio profundo de la mezquita,
donde los hombres parecen cuerpos sin alma.

Es una flauta. La media hora de meditacin que precede a la danza
sagrada la llena el gorjeo de este instrumento buclico. El msico,
inmvil entre sus compaeros en cuclillas, que parecen maniques, hincha
sus carrillos, enrojece, suda con el continuo esfuerzo, pero al mismo
tiempo sus ojos mates, perdidos en xtasis, delatan el fiero orgullo de
tener pendiente de su soplo el fervor de los fieles y de los santos
hermanos de cofrada.

El tierno vagido del instrumento parece enardecer a los orientales,
creyentes de una religin en la cual la ausencia de estatuas y pinturas
litrgicas obliga al devoto a un continuo esfuerzo imaginativo para
representarse los poderes ultraterrenos. Los fieles de la mezquita de
Bakari suean en pleno medioda, bajo la luz de las ventanas llenas de
azul y de sol, mecidos suavemente por los lentos trinos de la flauta.

Qu ven en sus ensueos? Huspedes nada ms del continente civilizado,
europeos de paso, obligados a soportar una vida moderna extraa a sus
costumbres y su tradicin, su pensamiento va al ms viejo de los mundos,
a la venerable y misteriosa Asia, cuyas montaas casi pueden
contemplarse desde los ventanales de la mezquita. El pastoril
instrumento les hace ver los amarillentos rebaos escalando lentamente
las colinas tostadas de la Siria y ramoneando sus hierbas olorosas; el
fresco pozo del desierto, al que llega el rudo jinete, mezcla de pastor
y de pirata de la llanura, saludando a la doncella envuelta en velos que
extrae el cubo con sus brazos redondos, en los que tintinean anillos de
bronce; los arenales del Yemen, oscuros a la cada de la tarde, por cuyo
horizonte pasan las filas de camellos, como cabeceantes y gibosos
monstruos, sobre el cielo inflamado de rojo; los grupos de palmeras que
ondean sus penachos de verdes plumas en los oasis que marcan el camino
solitario hacia la Santa Meca; las tumbas venerables de Medina,
cubiertas de polvo secular y ostentando entre andrajos de oro las
pesadas cimitarras de los guerreros de Dios; las plcidas callejuelas de
Damasco, de hmeda sombra y cerrados jardines; las rojizas y pedregosas
colinas de Jerusaln, sobre las cuales parece haber pasado el soplo de
hoguera del Gran Implacable; Bagdad, con sus mezquitas de cpulas
partidas y sus bazares como pueblos, adonde acuden las caravanas
portadoras de fantsticas riquezas; Bassora, cuyos marineros desnudos
pescan la perla: toda la gloria y todo el esplendor, latentes an, de la
raza semita, despreciada o perseguida por los hombres modernos, y que,
sin embargo, un da, siguiendo las palabras de paz de Jesuh, el hijo
del carpintero, se hizo dueo de medio mundo, y siglos despus,
repitiendo los gritos de Mohamed, el hijo del camellero, se enseore
del otro medio.

Un nuevo espectador de la fiesta se sienta junto a m. Es un oficial de
la escuadra turca, un joven teniente de navo, con su uniforme ingls,
modificado nicamente por el gorro rojo que cubre su cabeza. Los galones
de oro de la bocamanga, rematados por un valo, brillan sobre el pao
azul oscuro de la levita. Entre el alto cuello de inmaculada blancura,
que refleja los objetos inmediatos como un espejo, y la ntida pechera
de su camisa, resalta la corbata anudada, de seda negra, con una gruesa
perla. Lleva en la mano sus zapatos de charol, y sus pies huellan la
alfombrilla de junco con unos calcetines de seda. Al pasar, parece
sonrerme con los ojos como a una persona que no se conoce, pero que se
ha visto con frecuencia. Todas las noches le encuentro en el barrio
europeo de Pera, en el teatro de Petits Champs, donde acta una
compaa de opereta francesa. Unas veces lleva su uniforme, otras viste
de _smoking_; y mientras se atusa los empinados bigotes a lo kaiser,
mira amorosamente, a travs de sus lentes de oro, a las _cocottes_ de
diversas nacionalidades que pululan en Constantinopla, y habla con ellas
en diversos idiomas. Se adivina que ha vivido en Pars y en Londres, que
es un marino de largos viajes... en tierra, un secretario de comisiones
internacionales, un agregado militar de Embajadas. Qu extraa
curiosidad le guiaba a la mezquita de Bakari...?

Se sent en el suelo, cruzando sus piernas, oprimindolas con las manos
para aproximarlas ms al tronco. Escuch inmvil la plegaria del cantor,
y poco a poco su cuerpo empez a moverse con un balanceo creciente, lo
mismo que los otros fieles. Luego el susurro de la flauta le sumi, como
a los dems, en profunda meditacin.

Cuando volv a mirarle, sus lentes haban cado sobre el pecho. Un
arrebol de sangre coloreaba su rostro, antes plido. Su pelo lustroso y
plano a los dos lados de la raya central pareca alborotado por un
espeluznamiento de clera. Su ancha nariz turca, nariz de caballo leal y
arrogante, ensanchbase palpitante, como si oliese plvora. Sus ojos
miopes, al encontrarse con los mos, reflejaron una estraeza hostil y
salvaje. El azul uniforme, con sus insignias europeas, pareca despegado
de su cuerpo.

Aquel marino era la personificacin de la Turqua europea, que se
apropia los inventos modernos, copia la organizacin alemana, habla
todos los idiomas de los pueblos civilizados, y adopta las modas de
Pars... pero guardando bajo este exterior su alma asitica.

Me imagin al amigo de las _cocottes_ de Petits-Champs, al marino casi
ingls, al elegante agregado de Embajada, al que yo crea un escptico y
alegre vividor, escuchando a un imam que proclamase la guerra santa; y
vi al asitico despojndose de golpe de su complicado disfraz de europeo
y agitando en la punta del sable una cabeza cortada, lo mismo que los
grandes capitanes de Mohamed blandan sus cimitarras tintas en sangre
para demostrar la unidad de Dios.

       *       *       *       *       *

En el coro de la mezquita de Bakari, el flautista sagrado sigue
improvisando trinos o lanza agudas y gimientes notas, mientras abajo,
acurrucados sobre el lustroso pavimento, meditan los derviches
danzantes.

De pronto suena un golpe sobre la madera. Es el Cheik que ha salido de
su inmovilidad, dejando caer las dos manos sobre el suelo, como si fuese
a desplomarse. Un sonoro redoble contesta a este movimiento. Todos los
derviches dejan caer igualmente sus manos a un mismo tiempo, quedando a
gatas, con el enorme gorro junto al suelo.

Al gemido de la flauta se unen los _darboukas_, que baten una marcha
lenta, cortada por endiablados repiqueteos, y al comps de esta marcha,
los derviches se yerguen y emprenden un lento paseo a lo largo de las
barandillas. Al erguirse han dejado caer los mantos oscuros, y quedan al
descubierto sus trajes de ceremonia, cada uno de uniforme color, pero
abarcando en su variado conjunto todas las tintas del iris.

Extraa vestimenta que hara rer en otro lugar, y a la que da cierto
respeto el gesto solemne de las barbudas cabezas, iluminadas por el
fuego hostil de unos ojos de fantico...! De cintura arriba son hombres,
con chaquetilla a la turca, alto chaleco y faja rayada. De cintura abajo
son mujeres, arrastrando una falda amplsima de rgidos pliegues, que
roza el entarimado con crujidos de pesadez.

Avanzan descalzos, contonendose ligeramente al comps de la marcha, con
los brazos cruzados sobre el pecho y las manos extendidas junto a los
hombros. El Cheik camina al frente de la hilera, marcando las ceremonias
del lento paseo. Al llegar junto al Mirab, gira sobre sus talones y
saluda profundamente al derviche que le sigue, con tan profunda
inclinacin, que las dos caperuzas de fieltro se tocan. Los dems
repiten el mismo saludo. Al pasar ante la barandilla, tras la cual estn
las tumbas de los santos varones de la orden, se reproduce igual
ceremonia.

Tres veces da vuelta a la sala la procesin de los derviches, y este
desfile dura mucho tiempo, con la rgida lentitud que es para los
orientales el signo ms imponente de la majestad. Los pies descalzos se
mueven incesantemente al comps de la msica, pero sin adelantar apenas.
Por fin, el Cheik, al pasar por tercera vez ante el Mirab, queda inmvil
en el centro del muro oriental, con los brazos en el pecho, destacando
su figura sobre los vidrios iluminados de una gran ventana.

Los derviches, formados en larga fila, parecen bailarinas que se
preparan a lanzarse, haciendo piruetas, hasta el borde de un escenario.
Poco antes, al despojarse de los mantos sombros y aparecer en todo el
esplendor de sus vestiduras deslumbradoras, recordaban a las danzarinas
de ciertas peras que surgen de entre bastidores como negras brujas, y
de pronto, abandonando sus disfraces, mustranse luminosas, envueltas en
gasas y colores rosados.

Los instrumentos del coro adoptan un ritmo semejante al del vals, y al
repiqueteo de los tamborcillos y el dulce ganguear de las flautas se
unen las voces de los cantores, que entonan una salmodia bailable,
montona y chillona, sin otra variacin que el cambio de tono al final
de cada estrofa.

Avanza un derviche hacia el gran sacerdote, lo saluda con reverente
inclinacin, como pidiendo su venia, el Cheik le contesta con ligero
gesto, y el sagrado danzarn empieza a girar sobre sus talones con una
velocidad cada vez mayor, aadiendo a este vertiginoso movimiento de
rotacin otro ligersimo de traslacin, que le hace avanzar lentamente,
siguiendo el contorno de la sala. La falda pesadsima arremolina sus
pliegues en torno de las piernas, y poco a poco, con la velocidad, toma
aire y se hincha... se hincha, adquiriendo proporciones gigantescas.
Primero es un enorme paraguas a medio abrir, luego un globo, despus un
paracadas, y el pao pesadsimo se extiende casi horizontal, girando
con loco vrtigo sobre las piernas desnudas, que dan vueltas y vueltas
como una peonza loca.

Al comenzar su movimiento de rotacin, el derviche lleva los brazos
cruzados sobre el pecho, en actitud sacerdotal. Poco a poco los despega,
los extiende sonriente, con gracioso desperezo de bailarina, hasta que
al fin los mantiene rgidos, en cruz, ayudndole esta tensin a la
rapidez de su volteo. Apenas se sume en esta embriaguez rotatoria, ya no
sonre. Sus ojos quedan vidriosos y vagos, su rostro palidece y se
contrae con un gesto de estupidez exttica, de voluptuosidad dolorosa.

Tras el derviche vestido de blanco empieza a girar otro verde; luego,
otro azul; despus, otro rojo; y as van saliendo en ruidosa ondulacin
circular faldas rosadas, azules, vinosas, amarillas y naranja, con esa
intensidad profunda de color que es la gloria de los tintoreros
orientales.

La mezquita se llena de peonzas vistosas que giran y giran, dando al
espectador el mareo del vrtigo. En las raras pausas de la msica se oye
el aleteo del pesado pao cortando el aire y el roce de los pies. El
espectculo es original, obsesionante, con el extrao poder que ejerce
la mezcla de lo bello y lo ridculo. Son flores gigantescas que bailan,
rematadas por hombres feos y barbudos. Rosas fantsticas que giran
llevando hundidos en el centro de su corola unos gnomos de rostro feroz
coronados por un gorro de fieltro.

Los cantores aceleran el ritmo, gritando cada vez ms fuerte; los
_darboukas_ repiquetean con redobles de trueno; las flautas saltan y
balan como cabras locas, y los danzantes giran y giran con tal rapidez,
que sus brazos y piernas son plidas sombras, borrosas por la velocidad,
y las faldas cortan el aire como sierras horizontales... Cunto tiempo
dura la sagrada danza...? No lo s. Siento, a pesar de mi inmovilidad,
los efectos del vrtigo; mi vista se deslumbra y marea con este continuo
girar de colores. Creo estar rodando por una pendiente que no termina
nunca. La msica infernal y el volteo de los derviches embriaga a los
fieles. Encogidos en el suelo, mueven sus cuerpos al comps de la
msica, y la mezquita parece una enorme caja de juguetes, donde
centenares de monigotes mecnicos, con gorro rojo y cara de palo, se
balancean impasibles a los sones de un cilindro de msica.

El Cheik hace un gesto; cesa el coro; los derviches contienen su
rotacin; van descendiendo sus faldas con la falta de movimiento; se
deshinchan; dejan de ser un paraguas para convertirse en un embudo;
luego se achican ms an, surgen los pesados pliegues, que acaban por
rozar el suelo, y los sagrados bailarines vuelven a formarse en fila a
un lado del templo. Sus rostros brillan con el gotear del sudor; los
ojos vidriosos tienen an la locura del vrtigo. Agtanse sus pechos
como fuelles con el jadear de la fatiga. Algunos, mareados por la
repentina inmovilidad, se tambalean como ebrios. Pero a pesar de esto,
todos miran al Cheik, esperando un gesto suyo para pedir de nuevo la
venia y reanudar la loca danza.

Los cantores entonan durante el descanso una especie de himno litrgico,
lento y solemne, pero sus voces vuelven pronto a adoptar el ritmo del
sagrado baile, y otra vez las peonzas animadas tornan a girar en el
centro de la mezquita.

Por tres veces bailan los derviches, y durante una hora larga giran y
giran con un movimiento vertiginoso que agotara las fuerzas, la razn y
aun la existencia de cualquier occidental. Al fin cesan de voltear, y
vacilando sobre sus congestionados pies salen para despojarse de los
trajes de ceremonia en una casa ruinosa inmediata a la mezquita,
atravesando el huerto de nopales y palmeras que rodea a ste.

El Cheik hace su oracin ante el Mirab, se prosterna varias veces sobre
la piel de cordero, extiende los brazos invocando el nombre de Al y se
retira tambin.

La ceremonia ha terminado... Ridcula...! Los que la vieron desde
pequeos, cuando su razn comenz a abrirse a las cosas del mundo,
aceptndolas tal como las encontraron, asisten a ella con sincero fervor
y la consideran como el ms noble y potico de los cultos... Quin sabe
lo que un oriental entusiasta de los derviches danzantes pensar al ver
por primera vez las ceremonias litrgicas de los occidentales? Todos los
pueblos del misterioso Oriente, tierra natalicia de dioses, han danzado
ante las potencias celestes, haciendo del baile una ceremonia religiosa.
La danza es seguramente un acto ms elevado y menos material en honor de
la Divinidad que beber vino, aunque sea en copas de oro.

De todas las cofradas musulmanas de Oriente, la de los derviches
danzantes es la ms aristocrtica. Sus afiliados gozan de general
respeto. El Sumo Sacerdote, al que pudiramos llamar el Papa de los
derviches, reside en Konia, la gran ciudad turca de Asia, hogar de las
tradiciones otomanas, adonde no ha llegado an la influencia europea que
atrofia y envilece a la vieja Turqua.

Cuando muere el Sultn y hay que consagrar un nuevo Comendador de los
Creyentes, el jefe supremo de los derviches viene desde Konia a la santa
mezquita de Eyoub, donde se verifica la ceremonia de investir al
emperador. ste no tiene corona. El signo visible de su majestad y su
poder es el sable del Profeta, que se guarda en la famosa mezquita de
Eyoub. El gran derviche cie la venerable cimitarra de Mohamed a la
cintura del nuevo soberano, y Turqua entera aclama a su _Padich_.

La santa mezquita de Eyoub es el nico lugar que guarda el misterio y el
aislamiento religioso del pueblo turco. Ningn cristiano ha pisado ni
siquiera las losas de sus patios interiores. Los viajeros, al pasar ante
ella, procuran no mirar por las puertas y rejas de los muros que rodean
sus patios y jardines.

Al salir yo de Bakari, buscando la ribera del Cuerno de Oro para que
una embarcacin me condujese a Constantinopla, me perd en unas
callejuelas inmediatas a Eyoub formadas por blancos panteones, kioscos
funerarios al travs de cuyas rejas se ven tmulos de sultanes y santos
coronados de turbantes y cubiertos de terciopelo y oro.

Al final de un callejn vi una gran arcada con la verja abierta. Me
aproxim. Enfrente, un patio solitario y fresco; ms all, una arcada;
en ltimo trmino, una gran extensin inundada de sol y cerrada por
murallas, en cuyo centro, como un monstruo vegetal, alzbase la
enormsima pilastra de un pltano de quinientos aos, con el ramaje
invisible. Cantaban las fuentes en la sombra de los claustros de
azulejos, desgranando sus surtidores sobre tazas de verde mrmol;
centenares de palomos oscuros aleteaban en los capiteles de las
columnas, cortando con sus arrullos el silencio animado por el gotear
del agua. En el ltimo patio jugueteaban varios grupos de pilluelos casi
desnudos, y permanecan acurrucadas viejas horribles, esperando una
limosna.

Eran los patios de la santa mezquita, del templo inabordable para el
cristiano, donde no pudo entrar ni el mismo emperador de Alemania en su
visita a Constantinopla. A un lado, una fachada misteriosa, de azulejos
verdes y negros, con un fanal turco pendiente ante el arco de herradura.

Apenas asom mi cabeza, un _zapethie_, gendarme turco, vino hacia m.
Los pilluelos inclinaron sus gorros al suelo como si buscaran piedras,
chillando y manoteando con belicosa alegra: _Giaour! Giaour!_ (Un
cristiano!).

Me alej prudentemente, pero la rpida visin del patio solitario con
sus palomos y sus chorros de agua, y de la fachada verde y negra, de
feroz misterio, no se borrar fcilmente de mi memoria.

Qu habr en el interior de la santa mezquita de Eyoub...?




XXV. EL HEREDERO DE LAS MIL Y UNA NOCHES


La punta de Estambul que avanza ante Glata, formando de un lado la
entrada del Bsforo y del otro la embocadura del Cuerno de Oro, la ocupa
el palacio del Serrallo, enorme como una ciudad, y que hace muchos aos
dej de servir de residencia a los soberanos de Constantinopla.

Los occidentales confunden con frecuencia el Serrallo con el harn.
Serrallo es simplemente un palacio; slo el harn--lugar sagrado--es el
departamento destinado a las mujeres.

Este extremo de Estambul forma una altura desde la cual se abarca el ms
asombroso de los panoramas. A un lado, la azul extensin del mar de
Mrmara, infinita a la vista, con las deliciosas islas de Prinkipo, que
parecen inmviles bajeles de casco sonrosado y velas verdes; enfrente,
la ribera asitica, de montaas rojas, con el Bsforo, que oculta en sus
revueltas los veleros de blancas lonas y los buques modernos de negro
penacho; al lado opuesto, Constantinopla, extendiendo en pendiente su
casero por ambas riberas del Cuerno de Oro, que tiene sus aguas casi
invisibles bajo los cascos de toda una ciudad flotante.

En esta colina, que avanza como un cabo, estuvo situada la acrpolis de
la antigua Bizancio. Aqu, el maravilloso palacio de la emperatriz
Placidia, las mansiones de los personajes ms importantes del Imperio,
las termas de Arcadio, la iglesia de la Madre de Dios
Hodgetria--conductora de los ciegos--y el alczar de los emperadores
bizantinos, monumento de monstruosa grandeza, mezcla de harn y de
convento, donde las vastas salas destinadas a la orga y a la muerte
estaban decoradas con escenas bblicas sobre fondos de oro.

Cuando Mohamed II conquist Constantinopla, sus construcciones de gusto
oriental se elevaron sobre los escombros de los palacios del vencido, y
en esta colina vivieron los padichs hasta los primeros aos del siglo
XIX. Los motines de Constantinopla y las amenazas de la milicia de los
genzaros hicieron levantar el campo a Mahmud II. El Serrallo era una
vivienda demasiado grande para que el Comendador de los Creyentes
pudiese subsistir con entera seguridad. El Sultn abandon el antiguo
Serrallo en 1808, trasladndose a la otra ribera del Cuerno de Oro, y
desde entonces los emperadores viven en plena campia, apartados de su
ciudad y rodeados de un pueblo fiel de guardias y cortesanos que ellos
mismos se forman.

Slo algunas sultanas viejas, con su Corte olvidada y pobre de parientas
del emperador, viven como monjas en los abandonados palacios del antiguo
Serrallo.

ste se halla dividido en tres partes: los jardines, el Patio de los
Genzaros y los palacios o kioscos esparcidos caprichosamente en la
meseta de la colina. Los jardines son viejos, con todo el encanto de la
vegetacin secular abandonada a la libre expansin de sus fuerzas:
terrazas en escalones, con enormes cipreses o seculares pltanos;
rosales que crecen y se enmaraan como bravas malezas, y en medio de
este oleaje de verde sombro, kioscos de simples lneas y amarillenta
blancura. Un cinturn de murallas rojas, con puntiagudas almenas y
gruesos torreones, cierra el recinto del Serrallo, como una ciudad
aparte dentro del antiguo Estambul.

Lo ms notable que encierra es el tesoro de los sultanes, la coleccin
de riquezas histricas de estos soberanos del fabuloso Oriente, que
conquistaron Bagdad y guerrearon con la opulenta Persia. Para visitarlo
se necesita una invitacin del Sultn, y aun as, la visita no est al
alcance de todos. Yo mismo, despus de recibir la invitacin, tuve que
aguardar durante muchos das la oportunidad de que otros viajeros
sintiesen el mismo deseo.

Para visitar el Tesoro se moviliza en el antiguo palacio un verdadero
ejrcito de criados, funcionarios de Corte, ayudantes del Sultn, pachs
depositarios de las llaves, soldados de la guardia, en total unos
trescientos hombres, y como en Turqua es natural y corriente la
costumbre del _batchis_ o propina, y nadie cree envilecerse tomndola,
la tal visita cuesta unos setecientos francos, y los viajeros, para
realizarla, se renen, ponindose a escote.

Dos personajes de Rumania venidos a Constantinopla para una conferencia
con el Gobierno turco sobre las minas de petrleo recibieron la
invitacin de visitar el Tesoro al mismo tiempo que yo, y junto con
ellos y sus esposas entr en este depsito de fabulosas riquezas, a las
tres de la tarde, precedido de una doble fila de eunucos negros y
personajes plidos, de espesa barba y ojos tristes, todos con levita
_stambulina_ y gorro rojo, marchando con la frente baja y las manos
cruzadas sobre el vientre.

As atravesamos el extenso Patio de los Genzaros, pasando bajo la
Puerta Augusta, un arco de mrmol blanco y negro con columnas de jaspe
verde. A cada lado de la puerta hay un nicho que an conserva seales de
escarpias. De estas escarpias se colgaban, para terrible ejemplo, las
cabezas de pachs cortadas por orden del Gran Seor.

Nuestros conductores nos entran en un kiosco blanco, cuyos grandes
ventanales dan sobre una terraza que domina la entrada del Bsforo. Una
alfombra sedosa, de finos colores mbar y rosa, se hunde bajo nuestros
pies. Grandes espejos nos reflejan con toda nuestra escolta de empleados
palatinos y negros eunucos. Los muebles--oh anacronismo!--son de estilo
Luis XV, aunque enormes y en extremo dorados, como para satisfacer el
gusto oriental, amigo de exuberancias. Desde la terraza se admira el
agua azul y mansa que bate silenciosamente el pie de la colina del
Serrallo. La roca, casi cortada a pico, da al Bsforo en este lugar una
gran profundidad: cien metros. Los misterios que guarda esta superficie
lmpida, dbilmente rizada por la brisa que viene del mar de Mrmara, y
en la que tiemblan como pedazos de espejo los suaves rayos del sol de la
tarde...! Aqu caan en el eterno misterio, con una piedra al cuello,
los hermanos de los sultanes, estrangulados, para evitar a Turqua una
guerra civil; aqu desaparecan para siempre los pachs ambiciosos y en
desgracia; aqu acababan las perfumadas sultanas y las odaliscas de
voluptuosos ojos sospechosas de infidelidad, cosidas dentro de un saco
de cuero antes de rodar a las tenebrosas profundidades.

Entran nuevos criados en el kiosco, portadores de grandes bandejas
cubiertas de tapices de seda con bordados de oro. Es el obsequio del
Sultn a los extranjeros que visitan su antigua residencia.

El maestro de ceremonias tira de las ricas envolturas. Dos eunucos
sostienen una bandeja de bronce cincelado, enorme como un escudo, y en
ella se yergue majestuosa una compotera de cristal y oro llena de
confitura de rosas y flanqueada de cucharillas del mismo metal. Es el
eterno presente de toda visita turca. Un criado circula una bandeja con
vasos de agua, y tras l llega otro con un gran incensario dorado lleno
de brasas, en el que humea una cafetera. Las minsculas tacitas de
porcelana persa se llenan de caf espeso como pasta, y el perfume
intenso del negro y delicioso brebaje se une al olor de rosa que
impregna el ambiente. El maestro de ceremonias manda ofrecer los
cigarrillos de dorada boquilla, y todo el grupo de invitados, hombres y
mujeres, sentndonos en divanes de rayada seda, contemplamos durante un
cuarto de hora las espirales de humo en los cuadros de puro azul--azul
de cielo y azul de mar--, a los que sirven de marco las ventanas del
kiosco.

Otra vez en marcha, precedidos de la procesin de servidores de negra
levita y gorro rojo, que parece haber aumentado considerablemente. Son
ya ms de cien.

Atravesamos un patio extenso, o ms bien una llanura cerrada por un
sinnmero de claustros, kioscos sueltos y palacios ruinosos, en los
cuales se abren los muros bajo el peso de los siglos, de los mantos de
hiedra y de las parras trepadoras.

Junto a una puerta de arco bajo un porche de tejas viejsimas cubiertas
de moho y desunidas por las races de plantas parsitas estn formados
los soldados de una compaa de infantera, en cuatro filas, dos a cada
lado del espacio por el que debemos pasar. Un oficial de marina con
cordones de ayudante avanza hacia nosotros, una mano en la empuadura
del sable y la otra en el fez, saludando con una rigidez alemana. Puesto
que somos europeos e invitados del Sultn, indudablemente debemos ser
grandes personajes en nuestro pas. Los soldados, al pasar nosotros,
lanzan el rugido de ordenanza, elevando sus fusiles y presentndolos.
Despus vuelven a aullar con unidad atronadora y los dejan caer al mismo
tiempo, conmoviendo con las culatas las viejas losas, en cuyos
intersticios crece la hierba.

Estamos en la entrada de _Hasn_, el famoso Tesoro, puerta venerable de
cedro, roda por los aos, con clavos oxidados y cerraduras que parecen
olvidadas durante siglos y de imposible funcionamiento. Junto a ella
aparecen nuevos personajes como si surgiesen de la tierra. Son viejos
pachs, de miembros trmulos y barbillas blancas, arrugados personajes
con el pao del dorso de la levita tirante sobre la curvatura de la
espina dorsal. Cada uno saca su llave pesada y brillante; se abre con
estridente cric-cric un enorme candado, giran con doloroso gemido los
pernos de las cerraduras y se quejan los cerrojos al ser arrancados de
la inmovilidad de su sueo. Los respetables gnomos del Serrallo van de
un lado a otro trabajando en su penosa obra, y al fin giran chirriantes
las hojas de cedro en el silencio conventual del Serrallo, y de la
penumbra surge una bocanada de aire hmedo y espeso, una respiracin de
lugar cerrado, de antigua bodega.

Todos los criados que nos preceden entran apresuradamente, mientras
nosotros, contenidos cortsmente por el ayudante y el maestro de
ceremonias, permanecemos en la puerta. Se oyen sus precipitadas carreras
en el interior, el roce de sus sordas babuchas, la rpida confusin del
grupo que penetra de golpe y se desgrana inmediatamente, encontrando
cada cual el sitio que tiene designado con anticipacin. Cuando
entramos, cada mesa, cada vitrina, ofrece como nuevo adorno una pareja
de hombres inmviles, tan inmviles como las estatuas y los maniques
que contiene el Tesoro, las manos sobre el vientre y sin respirar
apenas, pero que os siguen con ojos fijos en todas vuestras evoluciones.
Imposible moverse sin tropezar con ellos. Se adosan a los descansos de
las escaleras, se introducen en el hueco entre armario y armario, se
empequeecen y disimulan para no ocultar con su cuerpo la vista de
ningn objeto, pero ni por un instante podis encontraros ms all del
fuego cruzado de sus miradas.

Todos los visitantes deben ser excelentes personas, ya que el Comendador
de los Creyentes los honra con su invitacin; pero los pachs
guardadores del Tesoro conocen el impulso tentador de Eblis y dems
potencias infernales, y desconfan de la codicia del hombre y de la
demencia de la mujer ante el oro que embriaga y la piedra preciosa que
enloquece.

El Tesoro del Sultn, dueo desde hace siglos de la prodigiosa Bagdad!
La coleccin de riquezas de este heredero de _Las mil y una noches_...!

Al abarcar con la vista el amontonamiento de objetos preciosos
experiment una profunda decepcin. Los objetos estn guardados como en
un museo europeo, pero las vitrinas palidecen bajo el polvo y los
vidrios se enturbian, dando a todo un aspecto de pobreza y falsedad.
Ocurre aqu como en los tesoros de las catedrales catlicas, donde los
siglos y la inercia dan al oro un tono miserable de cobre, y se
convierten los diamantes en vidrio y las perlas en gotas de cera.

El Tesoro del Sultn--que no ha visto nunca el Sultn actual ni
visitaron jams muchos de sus antecesores--parece una enorme tienda de
anticuario abandonada. Hasta los vidrios de las ventanas estn rotos en
parte, y las goteras del techo hacen caer en grandes desconchados el
enlucido del cielo raso. Polvo, telaraas y vejez por todas partes. Este
abandono y la enormidad absurda de las riquezas que contiene hace dudar
en el primer momento del valor del Tesoro.

Todo mentira!--murmuran en nuestro interior la malicia y la
desconfianza--. Baratijas orientales para deslumbrar al pueblo de otros
siglos! Esto no es posible: es demasiado sobrehumano para que pueda ser
verdad.

Y, sin embargo, es verdad, por ms que la razn se subleve ante lo
enorme de semejantes riquezas. Por algo los poetas de todos los tiempos,
cuando ha querido cantar magnificencias fabulosas, han vuelto sus ojos a
Oriente.

Un trono es el primer objeto que se encuentra al entrar en el Tesoro; un
trono para descansar en l con las piernas cruzadas, bajo y casi tan
grande como un lecho. Lo robaron los turcos a los persas en el siglo
XVI, durante la guerra del sultn Selim contra el sha Ismail. Es de oro
macizo, y sus cortas patas, al descansar en el suelo, dan una sensacin
de ruda pesadez. El precioso metal slo es visible en pequesimos
espacios. Un mosaico de fina labor, formado con riqusimos materiales,
cubre todas sus caras, hasta las que son poco visibles, como la parte
inferior del asiento. Son millares y millares de perlas, de esmeraldas,
de rubes, todos de igual tamao, que se repiten formando flores y
hojas. La razn, parece rebelarse ante tanta magnificencia y duda de su
autenticidad, slo se convence tras largo examen de la riqueza de este
mueble.

En otra sala se encuentra el verdadero trono de los sultanes, semejante
a un plpito de musulmn. Es a modo de una garita de bano, dentro de la
cual se sentaba el _Padich_ con las piernas cruzadas. De cada ngulo
del asiento se levanta una columna sosteniendo el techo en forma de
cpula, y en el centro de sta se eleva un joyel de inverosmil
magnificencia, un ramillete de diamantes tan enormes, que parecen
simples pedazos de empaado cristal. Todo este pequeo edificio de bano
y sndalo est incrustado de ncar, concha, plata y oro. Por todas sus
caras interiores y exteriores corre un dibujo de plantas fantsticas en
ncar, y el centro de cada flor est formado de grandes cabujones, de
rubes, esmeraldas, zafiros y perlas. En su interior pende del techo una
cadena de oro, que vena a caer sobre la cabeza del sultn. La cadena
sostiene un corazn tambin de oro, y de ste cuelga una esmeralda de
forma irregular, pero de un tamao inaudito, gruesa de cinco centmetros
y grande como una mano abierta.

Las esmeraldas del Sultn! Despus de visitar el pabelln del Tesoro se
hace igual caso de esta piedra preciosa que de los guijarros de un
camino.

Apenas se entra, el maestro de ceremonias os lleva ante una vitrina,
donde sobre el fondo de terciopelo polvoriento se ven tres pedruscos
planos de un verde oscuro, algo as como tres adoquines de vidrio opaco.
Son esmeraldas...! Las tres ms grandes que existen en el mundo. Una de
ellas pesa cerca de tres kilos.

Y a lo largo de las otras vitrinas empieza el aturdidor espectculo de
las riquezas amontonadas por el heredero de _Las mil y una noches_:
armas que son verdaderas joyas; yataganes y grandes sables con la vaina
cubierta de perlas y rubes y la empuadura formada de brillantes y
esmeraldas; armaduras antiguas de gruesas placas de oro, con dibujos de
brillantes y topacios; telas de seda, de brocado y terciopelo, en cuyo
bordado se mezclan con los brillantes hilos centenares y miles de
piedras preciosas; vasos de cristal de roca, de jade, de nix; copas y
frascos de cincelado oro persa; joyas indias de sutil labor; cofrecillos
de menudas incrustaciones en maderas perfumadas o ricos metales, que
reproducen escenas al borde del ufrates, en las riberas del Ganges o
sobre las mesetas del Ispahn llenas de rosas, donde cantaron los poetas
Shadi y Ferdussi.

Una gualdrapa de caballo--la del corcel favorito de los antiguos
sultanes--llena todo el fondo de una vitrina. Tiene dos metros y medio
de ancha y casi tanto de larga. Es de terciopelo carmes y est bordada
con miles de perlas, todas exactamente del mismo tamao, que es el de un
garbanzo grueso. El color de la tela apenas se deja entrever como un
rojo arabesco entre el apretado mosaico de granos preciosos.

La armadura que Murat IV llev a la toma de Bagdad en el siglo XVII
deslumbra majestuosa frente a dos ventanas. Es una cota de mallas de
oro, con placas damasquinadas, y a su lado est la cimitarra, con la
guarda y el puo cubiertos de brillantes en forma de tablero de ajedrez,
todos de la misma dimensin y de trece milmetros de grueso.

En una galera superior est lo ms interesante del Tesoro: las
vestiduras de gala, los trajes de aparato de los antiguos sultanes,
desde Mohamed II, que conquist Constantinopla, hasta Mahmud, que muri
en 1839. Estas vestiduras estn puestas sobre maniques sin cabeza,
coronadas por un turbante de aparato, enorme como un globo. Cada
turbante est rematado por un penacho sujeto con un joyel magnfico, y
en la faja de todo maniqu luce un pual, que es obra maestra de
cincelado y un alarde de fantstica riqueza. Los hay que parecen
trabajados por Benvenuto Cellini. La empuadura de una daga est formada
de una sola esmeralda. Otra se compone simplemente de cinco brillantes:
dos en cada cara del puo y el restante sirviendo de pomo.

La profusin de pedreras sobre las armas y en los penachos de los
turbantes deslumbra y confunde. Uno de los joyeles que retienen estos
ramilletes de plumas est formado de dos esmeraldas y un rub que tienen
pulgada y media de gruesos. Las tnicas son de brocado magnfico, tan
cubierto de bordados y de oro, que pueden sostenerse derechas sin el
apoyo interior del maniqu. Las fajas de rica seda sustentan los
puales, y cada uno de ellos representa una enorme fortuna; maravillosos
smbolos de la majestad de estos soberanos, para los cuales era la daga
lo que el cetro para los monarcas de Occidente.

La larga fila de sultanes inmviles y sin cabeza, cubiertos de las
mayores magnificencias de la tierra, encierra la historia del pueblo
turco. Dentro de estas rgidas y deslumbrantes tnicas vivieron hombres
respetados como dioses, que se hacan obedecer desde las orillas del
golfo Prsico hasta los muros de Viena y obligaban a temblar a toda la
cristiandad, en perpetuo escalofro de miedo, turbando el santo reposo
del Vicario de Cristo.

La imaginacin, entre estas vestiduras pesadas y deslumbrantes como
corazas y los hinchados turbantes faltos de cabeza, evoca rostros
barbudos y morenos, de picuda y ancha nariz, de ojos sensuales e
imperiosos. Bastaba un gesto de estas caras entristecidas por el exceso
de poder y las harturas del harn, para que centenares de galeras
aparejasen en el Cuerno de Oro y miles y miles de arqueros negros y
jinetes turcos emprendiesen la marcha por las riberas del Danubio,
queriendo llegar conquistadores hasta sus fuertes.

Que baja el turco!, gritaba pavorosamente la cristiandad desde Viena
a Lisboa, desde Cdiz a Londres; y la vida pacfica quedaba en suspenso,
y las naves mercantes de Venecia, Gnova y Espaa convertanse en barcos
guerreros, hacindose a la vela para salir al encuentro del enemigo en
los mares de Grecia, y los monarcas de Europa alistaban ejrcitos, y el
continente entero quedaba inmvil, en angustiosa espera, sin saber
ciertamente si haba llegado su ltima hora o si tendra an derecho a
seguir existiendo.

Los hechos que en la Historia parecen ms lejanos y faltos de relacin
estn unidos por el misterioso engranaje generador del movimiento de
avance que desde hace siglos empuja a la Humanidad. Sin los sultanes de
Constantinopla, fanticos coranistas ansiosos de someter Europa entera a
la ley del Profeta, la reforma religiosa iniciada por Lutero habra
perecido, lo mismo que otros intentos anteriores, y tal vez el Norte
europeo seguira a estas horas con la conciencia sometida al gran
sacerdote de Roma.

Los reyes catlicos de Europa--especialmente nuestro Carlos V--, a
instigaciones del Papa, hubiesen acabado por entrar a sangre y fuego en
Alemania, sometiendo con mano frrea a los pequeos seores germnicos
partidarios de la nueva doctrina, como siglos antes haban sido vencidos
los provenzales herticos y los hngaros entusiastas de Huss. Pero el
miedo al turco no dejaba espacio para pensar en esto. El peligro
exterior no permita al catolicismo ocuparse de los asuntos internos de
su casa. Como si los dspotas de Oriente estuviesen de acuerdo con los
partidarios de la Protesta religiosa, cada vez que los soberanos
europeos, a impulsos de una paz momentnea, volvan los ojos hacia el
hogar de la hereja, en Constantinopla se armaba una nueva expedicin y
el grito pavoroso corra por todo el continente: Que baja el turco!

La cristiandad necesitaba combatientes; Alemania era un plantel
inagotable de soldados, y el Papa y los monarcas catlicos, para salir
del peligro inmediato, procuraban no ver la rebelin espiritual del pas
que les ayudaba en la santa empresa militar de impedir los avances de
los infieles. Cuando el turco, escarmentado en Lepanto y en las llanuras
del centro de Europa, ya no baj ms, era tarde para el catolicismo
romano. La hereja, fcil de matar en la cuna, haba crecido
desmesuradamente. La necesidad de hacer frente al turco cost a Roma la
prdida de media Europa.

       *       *       *       *       *

Salgo del Tesoro con un deslumbramiento en los ojos, con el mareo de una
borrachera de riquezas. Dentro del pabelln vetusto se pierde la nocin
del valor de las cosas. La retina, habituada al brillo del oro y al
centelleo de las piedras, como si esto fuese un espectculo ordinario,
experimenta una gran extraeza al reflejar la desnuda miseria que existe
fuera del pabelln.

Tardo un buen rato en volver a la realidad al salir de _Hasn_. En los
primeros momentos me extraa que los fusiles de los soldados formados
junto a la puerta no sean de oro; que sus tristes y viejos uniformes no
estn rgidos bajo una capa de preciosos bordados, como las tnicas que
quedan all dentro; que la hierba de las losas no est formada de
esmeraldas, y que no sean brillantes las gotas de agua que cantan y
ruedan en un tazn al final del patio.

Al fin logro serenarme, y me habito al nuevo ambiente, como el que pasa
de un saln iluminado con vivas luces a una callejuela lbrega. Adis,
esplendores absurdos, riquezas turbadoras e inauditas de _Las mil y una
noches_, que quedis invisibles, sumidas en el polvo y la penumbra, tras
la venerable puerta de cedro que vuelven a cerrar los gnomos de barbilla
blanca, con chirridos de herrumbre...! Slo el recuerdo me llevo de
vosotros, pero juro que en adelante no habr escaparate parisin de la
_rue de la Paix_ que me haga detener el paso con asombro, y que
sonreir, como hombre que est en el secreto, cuando en noches de gala
vea en la Grande Opra o en el Real de Madrid el desfile de la
centelleante pedrera sobre los hombros desnudos.

En el centro del Patio del Tesoro vemos el _Kafess_, un kiosco
enrejado, una prisin que casi es una jaula, dedicada antiguamente a los
hermanos de todo sultn, prncipes infelices, esclavos de la razn de
Estado, que as haban de vivir para no turbar el sueo del soberano con
amenazas de rivalidades. Esta prisin en pleno Serrallo casi resultaba
para ellos una felicidad. Peor era que, un da, su augusto hermano, no
satisfecho del encarcelamiento, les hiciera cortar las arterias,
colocando despus unas tijeras junto al lecho ensangrentado, para hacer
creer en un suicidio.

Al otro lado del Patio del Tesoro est la Sala del Trono, el famoso
Divn. Aqu reciban los sultanes a los embajadores de la cristiandad,
bajo un techo, que an subsiste, de dorados arabescos. En el fondo de la
sala est el trono, en forma de divn, lecho enorme con un toldo de
viejo terciopelo sostenido por columnas incrustadas de piedras
preciosas. Existe una ventana enrejada junto al Divn, y tras ella
escuchaba el _Padich_ a los embajadores, que ocupaban una pieza
inmediata. Merced a tal precaucin, los sultanes, que vivan en continuo
miedo al asesinato, y las ms de las veces no acababan sus das en la
cama, creanse a cubierto de una agresin de parte de los enviados
extranjeros, a los que apenas conocan.

Cerca de la ventana hay una fuente. El Sultn, apenas comenzaba la
entrevista, la haca correr, y el murmullo del agua ensordeca y apagaba
la conversacin, para que no la oyesen los familiares de los dos
squitos.

Los caprichos de estos dspotas ahtos de poder y semejantes en sus
bromas terribles a los emperadores romanos de la decadencia...!

Cierto da, un duque francs, embajador de Luis XIV, fue admitido como
gran honor en el mismo Saln del Trono, mantenindose de pie ante el
Divn, en el que estaba tendido el _Padich_.

--Mira lo que tienes al lado--dijo el dspota sonriendo, con una malicia
infantil en la mirada.

El embajador mir a la derecha, mir a la izquierda, y sin la ms leve
emocin, continu el discurso, exagerando ms an su actitud rgida y
tranquila.

Dos fieros leones estaban junto a l, frotando la melena alborotada
contra sus piernas, rugiendo de extraeza, mirando al intruso y mirando
a su amo, como si slo esperasen un ademn de ste para caer sobre l.
El Sultn experiment una gran decepcin al no poder divertirse con el
miedo del extranjero. El embajador termin su conferencia y sali,
dejando aturdidos a todos con su serenidad.

Un hroe el tal embajador, un diplomtico que saba sobreponerse a las
terribles emociones. Pero despus, al llegar al palacio de la Embajada,
cuenta el duque modestamente en sus Memorias que se apresur a
despojarse de la vistosa casaca cubierta de condecoraciones y bandas, se
quit los calzones de terciopelo... y llam a la lavandera para
entregarle su ropa interior.




XXVI. SANTA SOFA


Estoy en el gran patio de la mezquita Aya Sophia--la famosa Santa
Sofa de los bizantinos--, sentado bajo las ramas de un pltano
venerable, ante una mesilla en la que humean dos tazas de caf, y
aspirando el perfume de sndalo de un rosario musulmn que acabo de
comprar a un mercader sirio.

A mi lado est Nazim-Bey, joven capitn de caballera, que ha viajado
por toda Europa y ostenta sobre el pecho los cordones de oro de los
oficiales del cuarto militar del emperador.

Lo que me cost entrar en Santa Sofa...! Todos los viajeros que han
visitado Constantinopla hasta hace unos meses han podido verla con
entera libertad. Aya Sophia estaba abierta a todo el mundo, como las
dems mezquitas. Pero una comisin de jefes del Yemen, rabes fanticos
habituados a la vida de los desiertos arenales, que no entienden de
relaciones internacionales y desprecian a los infieles, vino a
Constantinopla a visitar al _Padich_, y al entrar en la ms famosa de
las mezquitas, todos ellos se indignaron viendo el poco respeto con que
la frecuentaban los cristianos, viajeros en su mayora, que iban de un
lado a otro hablando fuerte y con el _Baedecker_ en la mano.

Pocos extranjeros entrarn ya en ella. El Sultn, para dar gusto a los
revoltosos jefes del Yemen, ha prohibido el acceso a los infieles, y yo
tuve que invertir ms de quince das en ruegos, visitas y gestiones casi
diplomticas para visitar la famosa mezquita. Irse de Constantinopla
sin conocer Santa Sofa...! Al fin!, una tarde, a la hora en que
escasean los fieles en el templo, y acompaado de un ayudante del
Sultn, pude entrar en la antigua baslica.

Sentados en un cafetucho del patio, junto a las fuentes de abluciones,
que chorrean incesantemente, aguardamos a que un servidor del templo nos
avisase el momento ms propicio para la visita, despus de la salida de
ciertos devotos rezagados y antes de los muecines se asomaran a los
balconcillos de los cuatro alminares llamando a los fieles a la oracin
de la tarde.

Por fin entramos... Inolvidable impresin! No todos los das puede
pisarse un pavimento fabricado por hombres que vivieron hace mil
cuatrocientos aos; no se respira con frecuencia bajo unas bvedas que
cuentan catorce siglos de antigedad.

Intil es describir Santa Sofa. Su atrevida cpula agujereada por
estrechas e innumerables ventanas, sus nobles y grandiosas proporciones,
sus tribunas sostenidas por columnatas de jaspe verde y desde las cuales
se ven como enormes insectos pender sobre el suelo las lmparas, los
huevos de avestruz y dems adornos de la religiosidad musulmana, son
conocidos en todo el mundo. El grabado antiguo, la fotografa y la
tarjeta postal han popularizado el interior de este monumento, que es el
ms antiguo de la cristiandad europea y puede ser llamado el Partenn
del arte bizantino.

La luz que penetra por las ventanas de la cpula toma una densidad
amarillenta de mbar. La capa de pintura con que han cubierto los turcos
las imgenes de los muros contribuye a colocar el ambiente de este tono
suave. La repugnancia religiosa de los musulmanes a toda representacin
de la forma humana ha borrado los deslumbrantes mosaicos bizantinos, en
los cuales, santos y emperadores de rostro puntiagudo y miembros
alargados destacbanse con rigidez hiertica sobre un fondo de oro.

Es el nico vandalismo que se han permitido los otomanos. Las hermosas
columnas, los arcos de graciosa majestad, los huecos de las capillas,
las balaustradas de jaspe, todo se mantiene lo mismo que en tiempo de
los emperadores de Bizancio.

La costra de pintura amarilla se ha cado en algunas partes del muro, y
el mosaico antiguo brilla con una luz mate y discreta, como una
venerable armadura de oro al travs de los desgarrones de una capa
vieja. Unos cartelones verdes de diez metros de dimetro, con
inscripciones gigantescas en honor de Al, y cuatro ngeles pintados en
el arranque de la bveda, son todos los adornos que el arte turco ha
osado aadir al templo erigido por Justiniano. Los ngeles son
convencionales. Cada uno de ellos est representado por cuatro alas en
forma de rueda. La pintura musulmana no puede ir ms all.

Un interminable susurro, un batir incesante de plumas llena el ambiente
ambarino y crepuscular de la mezquita, unindose al crepitar de las
lmparas y a la cantilena montona de los aprendices eclesisticos, que,
encogidos sobre las rodillas, balancean el cuerpo cantando de memoria
_suras_ enteras del Corn, mientras un efebo, con el libro entre las
piernas, sigue con la mirada el texto, para corregir el ms leve olvido.
Centenares de palomos oscuros, con plumas de metlicos reflejos, aletean
en las bvedas, descansan en capiteles y cornisas, o descienden hasta
las cabezas de los fieles, inmviles como estatuas en su oracin,
posndose por unos instantes en sus brazos. Con frecuencia abandonan
desde lo alto sus superficies digestivas, y los servidores de la
mezquita tienen que limpiar continuamente la fresca estera del
pavimento, sobre la cual marchan los fieles descalzos y con los pies
limpios, para que despus el buen creyente, al prosternarse, pueda
besarla sin contagio alguno.

Ocurre en este grandioso monumento, al contemplarlo por vez primera, lo
que en San Pedro, de Roma. La vista lo abarca todo sin extraeza alguna.
Un templo poco ms grande que los otros... y nada ms. Slo cuando se
avanza y la perspectiva va prolongndose a cada paso, es cuando se da
cuenta el visitante de la enormidad de proporciones que van surgiendo de
esta armona general. Lo que de lejos parecan esbeltas columnas son
troncos enormsimos de piedra, junto a los cuales el hombre se iguala a
la hormiga; las distancias entre una arcada y otra se prolongan
mgicamente, como si el templo fuese creciendo y estirndose a cada paso
que se avanza.

La antigua baslica es enorme, abrumadora, soberbia, y, sin embargo, da
una impresin dulce, de suave ligereza.

Su historia es tan accidentada como la de una nacin. Santa Sofa no fue
elevada en honor de una santa de este nombre, como muchos creen. _Sancta
Sophia_ es una invocacin a la Santa Sabidura, y en honor de la
sabidura divina elev Constantino la primera baslica, en el mismo
lugar que ocupa la actual. Cien aos despus la quem el populacho
creyente y revoltoso, excitado por el destierro de san Juan Crisstomo.
Teodosio II la volvi a construir, y en 532 la incendi de nuevo el
pueblo de Bizancio, amotinado esta vez, no por un santo, sino por una
cuestin de circo, el motn de los _Victoriatos_, en los primeros
tiempos de Justiniano.

Fue este emperador legista, manso marido de la interesante Teodora,
mezcla de voluptuoso tirano oriental y austero telogo, quien cre el
monumento que an hoy subsiste y que vivir siglos y siglos.

Quiso, en sus ambiciones de gloria, que el templo a la Santa Sabidura
fuese la obra ms magnfica que se hubiese visto despus de la
creacin, y en todas partes del vasto Imperio de Oriente hizo recoger
los materiales ms preciosos, mrmoles, columnas y esculturas. Los
monumentos de la Antigedad griega fueron saqueados. feso le envi las
columnas de jaspe verde de su famoso templo de Diana; Roma, las que
haba robado del templo del Sol en Helipolis; e igualmente fueron
puestos a contribucin los santuarios de Atenas, Delos, Cizica, e Isis y
Osiris en Egipto. Dos arquitectos griegos, los mejores de la poca,
Antemio de Tales e Isidoro de Mileto, se encargaron de la direccin de
los trabajos; pero la credulidad popular, ansiosa de lo maravilloso,
propal que un ngel haba entregado a Justiniano los planos del
monumento con el dinero necesario para construirlo.

Diez mil obreros, dirigidos por cien maestros alarifes, trabajaron a la
vez. Una capa de betn de veinte varas de espesor, que lleg a adquirir
la dureza del hierro, sirvi de base al edificio. Los alfareros de Rodas
hicieron los ladrillos para la bveda de una tierra tan ligera, que doce
de ellos no llegaban a pesar lo que un ladrillo ordinario. Todos
llevaban una inscripcin: Es Dios quien me ha fundado y Dios me
socorrer.

La construccin fue una mezcla de esfuerzos arquitectnicos y ceremonias
religiosas. Los sacerdotes bendecan los materiales, acompaaban con
plegarias la ereccin de cada columna, y al elevarse los muros, los
albailes introducan en la argamasa huesos de santos y otras reliquias.

Sumas inmensas se consumieron en este alarde arquitectnico, y
Justiniano se vio en los mayores apuros y recurri a los medios ms
criminales para conseguir dinero y terminar la casa de la Santa
Sabidura. Por fin, en 537, la obra qued acabada. Despus de una marcha
triunfal por el Hipdromo, con todo el esplendor de su Corte bizantina,
y de prdigas distribuciones al populacho, hambriento de pan y ahto de
disputas teolgicas, Justiniano inaugur el monumento.

--Gloria a Dios, que me ha juzgado digno de terminar esta obra!--grit
al entrar--. He vencido a Salomn!

Catorce das duraron las plegarias, los festines pblicos y las
distribuciones de dinero.

La Santa Sapiencia vivi siglos en una relativa tranquilidad, sin otros
accidentes que los que sufren los monumentos gigantescos, eternos
enfermos necesitados de cuidados y reparaciones. Toda la vida del
Imperio de Bizancio se reconcentr en ella. Bajo sus bvedas se
consagraron aquellos emperadores que se asesinaban unos a otros, se
sacaban los ojos o degollaban en masa a sus sbitos, por si el Hijo era
igual al Padre, y otras sutilezas teolgicas que tomaron el carcter de
verdaderos programas polticos.

El da que los turcos sitiadores acabaron por penetrar en
Constantinopla, una muchedumbre de sacerdotes, mujeres y combatientes
fugitivos se amonton en la santa baslica, que tena ya cerca de mil
aos de antigedad. El caudillo victorioso entr a caballo hasta el
altar mayor y grit agitando su cimitarra: No hay ms Dios que Al, y
Mohamed es su Profeta.

Se acab la Santa Sapiencia! Las cruces rodaron por el suelo, los
sables se enrojecieron hundindose en la muchedumbre cristiana, y el
saqueo y la matanza dentro de la baslica duraron tres das.

En el momento de la entrada de los turcos, un sacerdote celebraba la
misa, y huy del altar con el sagrado cliz, desapareciendo por una
puertecilla practicada en una de las galeras. Inmediatamente la puerta
se cerr milagrosamente con una pared de piedra que nadie pudo
distinguir del resto del muro. El da que Santa Sofa sea devuelta al
culto cristiano y los turcos huyan expulsados de Constantinopla, volver
a abrirse la puerta y el mismo sacerdote acabar su misa interrumpida.

Esto lo s por mi gua Stellio, un honrado griego, verdico y creyente,
que me acompaa a todas partes, discurriendo el medio ms rpido y
seguro para extraer el dinero de mis bolsillos.

Los historiadores de Santa Sofa dicen que esto es una leyenda; pero
Stellio se re de su ignorancia.

Todas las viejas del barrio del Fanar, residencia de las antiguas
familias griegas, piden a Dios que no las llame a su seno sin haber
visto antes a ese pobre sacerdote que aguarda entre paredes durante
cuatro siglos y medio el momento de terminar su misa.




XXVII. EL PAPA GRIEGO


El barrio del Fanar es Bizancio que se sobrevive. Los griegos, antiguos
seores de la gran ciudad, se refugiaron en este barrio despus de la
conquista turca, y all continan, en viejos palacios adosados a
murallas medio derruidas del tiempo de los Palelogos.

Los guerreros bizantinos se hicieron comerciantes despus de la derrota,
o mejor dicho, continuaron sindolo, pues en tiempo de su Imperio
siempre fueron mercaderes, dejando la defensa de su pas confiada a
bravos mercenarios comprados en Asia o en Bulgaria.

La fama de los comerciantes _fanariotas_ ha sido universal. Durante
siglos, el oro de todo el mundo se amonton en este barrio del Fanar.
Los turcos belicosos, ocupados en hacer la guerra a la cristiandad,
dejaron a los griegos, vencidos y astutos, el manejo de sus riquezas, y
el _fanariota_ fue el intermediario entre Asia y Europa, el mercader de
los objetos preciosos de Oriente, y al mismo tiempo el proveedor y
prestamista de sus seores otomanos. Este barrio del Fanar ha sido
durante siglos una Venecia, una Gnova, de poderoso movimiento
comercial. Una gran flota mercante movase en los mares de Oriente y en
todo el Mediterrneo, siguiendo las aspiraciones de sus mercaderes. El
Cuerno de Oro, que lame con sus aguas las piedras verdosas de los
edificios del Fanar--palacios oscuros, con balcones bajos que casi se
tocan con la cabeza--, vease cortado incesantemente por las galeras que
llegaban de las escalas de Siria y el mar Negro y partan hacia los
puertos de Npoles y Marsella.

Hoy el Fanar est solitario y tranquilo. Junto a sus muelles no se ven
ms que viejas barcazas en reparacin, y enfrente, al otro lado del
brazo de mar, los navos de guerra turcos, los buques antiguos que
sirven de pontones y el palacio del Almirantazgo, rodeado de las
innumerables construcciones del Arsenal. Mas los _fanariotas_ an viven
tan ricos y poderosos como en otros tiempos.

Los nuevos puentes, que dificultan la navegacin en el Cuerno de Oro, el
gran calado de los buques modernos y las exigencias del comercio, les
han obligado a trasladar sus oficinas a Glata, cerca del Bsforo, en
medio de los chorros de vapor, rugidos de sirena, chirriar de gras y
ensordecedora y negra actividad de un puerto de nuestros das.

Pero las venerables casas del Fanar son, como en otros siglos, a modo de
un ttulo de nobleza para los que las habitan, y en ellas siguen
viviendo las familias de estos griegos, ms griegos que los que habitan
Atenas, y que hacen remontar sus orgenes en lnea recta a los tiempos
gloriosos del Imperio bizantino.

El pequeo reino actual de Grecia se nutre de la rica savia del Fanar.
Todos estos helenos de Constantinopla son grandes patriotas, con el
entusiasmo nacional excitado por largos siglos de servidumbre y
desgracia. Son riqusimos, pero no tienen patria. Fingen sumisin al
turco, a quien explotan, pero su pensamiento va a todas horas a la
pequea nacionalidad formada en torno de la Acrpolis ateniense, viendo
en ella como un huevo del que resurgir un pasado glorioso.

Atenas! Constantinopla...! Estos dos nombres de gran sonoridad excitan
a todas horas su entusiasmo. Todos conocen en el Fanar los misterios del
porvenir. Grecia volver a ser lo que fue; se apoderar de la Macedonia,
se extender por las riberas de Asia, pasar un da los Dardanelos, y la
antigua Bizancio ser otra vez helena, brillando sobre la cpula de
Santa Sofa la cruz del Santo Snodo, en vez de la media luna de oro. Y
enardecidos por una fantasmagora tan generosa, no hay sacrificio que no
hagan estos comerciantes avaros, capaces de los mayores crmenes en el
curso de los negocios, y que, sin embargo, desparraman el dinero a manos
llenas en empresas patriticas.

Los griegos del archipilago vuelven sus ojos al Fanar cada vez que
intentan moverse. La sublevacin de los isleos de Canda, las
guerrillas macednicas, la misma guerra turco-helena de hace pocos aos,
que tan grotesco y vergonzoso final tuvo para los nietos de Temstocles,
y la agitacin presente, que convierte las fronteras griegas en perpetuo
campo de combate, todo es obra del dinero _fanariota_, que corre
prdigamente, como sangre vivificadora del patriotismo.

El griego de Constantinopla es un buen sbdito del sultn, incapaz de
provocar ningn disturbio. Procura separarse del armenio revoltoso, que
intenta revoluciones dentro del Imperio, pero trabaja y sacrifica su
fortuna por crear a ste en el exterior toda clase de conflictos.

No slo piensa en su pequea patria para lanzarla a la guerra contra el
pas en que vive. Sabe que los pueblos son grandes por algo ms que las
armas y que la fama imperecedera de la antigua Grecia no se asienta en
los ruidosos triunfos sobre los persas, sino en las enseanzas y las
inspiraciones de los filsofos, poetas y artistas, gloriosos abuelos de
la presente humanidad.

La grandeza intelectual de su raza preocupa a los _fanariotas_ hasta el
punto de que en Grecia es insignificante la instruccin pblica costeada
por el Gobierno, en comparacin con la que sostiene la iniciativa
particular. No muere un griego rico de Constantinopla que no deje
fuertes legados para las escuelas de su pas. Muchos han dejado dos o
tres millones de francos. Innumerables escuelas del Archipilago,
grandes Universidades, valiosas bibliotecas, se sostienen con herencias
de patriotas del Fanar, que pasaron su vida explotando a los turcos y
cristianos y dando las ms fieles muestras de adhesin al Sultn, que
aborrecen.

Adems, el Fanar es para todos los griegos del mundo el barrio santo, la
tierra sagrada donde tiene puesto un pie Dios; algo semejante a lo que
es para el catlico el barrio de Roma inmediato al Tber, donde alza la
baslica de San Pedro su enorme cpula y se alinean perforando la piedra
las innumerables ventanas del Vaticano.

En el Fanar est el palacio del Patriarcado, la residencia del Papa
griego, llamado vulgarmente Patriarca de Constantinopla.

Este representante de Dios es un personaje poderossimo, un sacro pastor
que extiende su cayado de oro sobre muchos millones de msticas ovejas.

Si el Papa de Roma no tuviese al otro lado del Atlntico la antigua
Amrica espaola, su colega de Constantinopla sera tan poderoso como
l. Grecia, Bulgaria, Servia, Rumania, Montenegro, los cristianos
ortodoxos de la enorme Turqua, que son millones, y la inmensa Rusia,
que aunque autnoma religiosamente, respeta, sin embargo, al sumo
sacerdote de Constantinopla, forman el feudo espiritual de ese pontfice
que vive en el barrio del Fanar y una vez al ao bendice toneladas y
toneladas de aceite, convirtindolo en leo santo que enva a los
metropolitanos y popes de sus Estados.

El patriarca actual es Joaqun II. Un amigo suyo, que a la vez lo es
mo, me invita a visitar al pontfice, ensalzando la llaneza de su
trato y costumbres. Por qu no...? El amigo aade que ya ha hablado de
m a Su Santidad, y una tarde, a las dos, llegamos junto al palacio del
Patriarcado.

Es un enorme casern sin adorno alguno, situado en la cumbre de una
colina vecina al Cuerno de Oro. Una tapia alta cierra los patios
exteriores, y ante la triple puerta de entrada hay un cuerpo de guardia.

Su Santidad es, despus del Gran Imam, el primer funcionario religioso
del Imperio. El Sultn lo recibe con frecuencia y vive en las mejores
relaciones con l, temiendo la influencia que puede ejercer sobre varios
millones de almas que forman parte del pueblo otomano. Los soldados
turcos, fervorosos musulmanes, velan, bayoneta en el fusil, sobre la
existencia y el reposo de este sacerdote extrao a sus creencias, lo
mismo que en Jerusaln montan la guardia cerca del sepulcro de Cristo.
Adems, Su Santidad recibe del Sultn una paga enorme, uno de esos
sueldos inauditos que slo puede concebir la prodigalidad de un soberano
oriental.

Joaqun II es bueno, y tan generoso al repartir como el sultn al dar.
Vive sin aparato, como en los tiempos que era un pobre telogo en una
Universidad de Grecia, y su enorme asignacin la devora el populacho del
Fanar, que descansa en sus tugurios, como una nube de langosta, en torno
del Patriarcado.

Entramos en ste por una puerta lateral. El arco del centro est
cerrado, y slo se abre, con largos intervalos de aos, en las grandes
conmemoraciones religiosas.

En el interior encontramos unos criados bigotudos y morenos, semejantes
a los antiguos piratas del Archipilago, y popes jovencitos que deben
ser familiares de Su Santidad. Subimos una escalera de madera con
esterilla de junco. Las paredes estn adornadas con pinturas de imgenes
bizantinas y retratos de patriarcas. Entramos en un saln de espera,
igualmente modesto, con la misma esterilla e idnticos retratos de
patriarcas: cabezas venerables y barbudas, con la mitra cuadrada y
lbrega envuelta en una gasa fnebre que pende sobre los hombros, y la
cruz de oro destacndose sobre el pecho negro.

Se abre una puerta, y avanza unos pasos en la inmediata habitacin un
pope de estatura enorme, un venerable gigante, que mueve los brazos
invitndonos a entrar.

Hermoso hombre. Yo, que no soy bajo de estatura, tengo que echar atrs
la cabeza para verle bien. Tiene blancas, con una nitidez de nieve, las
barbas luengas y ensortijadas; blancas igualmente las guedejas que se
escapan de su alto gorro, semejante a un sombrero de copa sin alas. Pero
el rostro es joven, y aunque algo demacrado, da una impresin de fuerza
y salud, por el lustre de la tez, de un moreno rojizo, y la solidez sea
de la faz. La nariz, un tanto grande y demasiado aguilea, es, sin
embargo, hermosa por su pureza de lneas, sin la ms leve desviacin.
Los ojos, grandes e imperiosos, ojos de mando, que se esfuerzan por ser
dulces, parecen gotas de densa tinta, brillando un pequesimo punto de
luz en su negra intensidad.

Este gigante, blanco, fuerte y majestuoso como un Padre Eterno, se agita
al andar con enrgicos movimientos y encorva la espalda para ponerse al
nivel de los que llegan. Mi amigo se inclina al coger su diestra y besa
un gran anillo. Entonces reparo en la faja de seda que cie la sotana
del arrogante sacerdote y en la cruz que brilla sobre su pecho con un
suave fulgor de oro antiguo. Es Joaqun II.

Mi amigo le habla en griego brevemente, y yo adivino por las miradas que
hace mi presentacin.

--Ah, Blascos!--dice el patriarca con una voz sonora de bartono, al
mismo tiempo que me coge una mano y tira de m para que avance--.
Blascos Ibaides...!

Cualquiera dira que Su Santidad se haba pasado la existencia no oyendo
otro nombre que el mo. Es la amabilidad superior de los soberanos, de
los grandes personajes, que fingen conocer a todos los que llegan y
parecen recordar sus nombres, que les han dicho momentos antes. Y
repitiendo mi apellido desfigurado a la griega, con una expresin
satisfecha, como si no conociera otra cosa, me empuja con su volumen de
coloso, me hace sentar en un divn redondo en el centro de la pieza, y
l vuelve al silln dorado y viejo que ocupaba momentos antes.

La sala, larga y estrecha, es una galera cerrada con cristales. Al
travs de ellos se ve abajo parte del casero del Fanar, y ms all de
los tejados, una mitad del Cuerno de Oro, los navos de guerra, el
Arsenal, y los montes desnudos de la ribera de enfrente, con abandonados
cementerios turcos, en los cuales las blancas fichas de las tumbas dan
la sensacin de lejanos corderos rumiando inmviles en las laderas.

El patriarca est sentado de espaldas a los cristales, con el cuerpo en
la sombra y rodeado de un nimbo de luz que forma el sol de la tarde en
torno de su alba cabellera. Junto a l sonre un joven pequeo, vestido
como un _gentleman_, el monculo brillante sobre el rostro afeitado y el
pelo rubio y lustroso partido por una raya central en dos bandos que
caen sobre la frente cual lacios cortinajes. Es el secretario de la
Legacin de Grecia, que est en conferencia con el patriarca y juntos
pasan el tiempo hablando de los asuntos del amado pas. Joaqun II habla
en su idioma, de sonora armona, ininteligible para m, y al terminar,
mi amigo, que parece emocionado en presencia del patriarca y apenas osa
levantar los ojos, me dice en francs:

--Su Santidad est muy contento de verle, y dice que le es usted
simptico... Adems le desea una estancia muy feliz en Constantinopla.

--Su Santidad es muy amable. Dele usted las gracias.

Quedamos los cuatro en profundo silencio, mirndonos, como es de buen
tono en toda visita oriental, donde la conversacin animada no surge ms
que tras largusima pausa luego de haber tomado el caf. El patriarca ha
dado sus rdenes con una voz de marino que ordena una maniobra, y
aparecen los criados trayendo el inevitable obsequio de toda visita.

El caf no es gran cosa, los cigarrillos son comunes, y el servicio de
porcelana de lo ms vulgar. Joaqun II vuelve a repetir que vive
pobremente, como un hombre de escasas necesidades. Nos ofrece las tazas
y los cigarrillos con ademanes de graciosa cortesa, pero l no bebe ni
fuma. nicamente la confitura es magnfica; un dulce de exquisitez
monacal, formado de diversos y misteriosos aromas; un regalo tal vez de
lejano convento o de algunas griegas devotas enclaustradas
voluntariamente en algn ruinoso palacio del Fanar.

El patriarca, sin dejar de mirarme, habla al joven que tiene al lado.
ste sacude su actitud indolente, se desenrolla en el interior de su
silln, y avanza la cabeza, en la que parece pegado el monculo,
sonrindome con diplomtica calma. Su Santidad slo habla el griego y el
turco, pero desea conversar conmigo. Es la primera vez que ve a un
espaol. l me traducir en francs lo que diga Su Santidad, y a
continuacin le comunicar en griego lo que yo responda.

--Puede preguntar Su Santidad lo que guste.

Y Joaqun II se lanza a hablar apresuradamente, con un mpetu de orador
tribunicio, rodando como truenos los prrafos sonoros, en los que
abundan las armoniosas onomatopeyas.

Cuando el Papa se calla, el diplomtico hace la traduccin,
acompandola de una fina sonrisa.

--Su Santidad dice que siente muchsimo las desgracias de Espaa; que
durante la guerra con Amrica dedic muchas veces sus oraciones a
vuestro pueblo, que le es muy simptico, y que comprende que en vuestro
pas an estar vivo el dolor por tan grandes prdidas.

La lstima bondadosa de Joaqun II me irrita un poco.

--Dgale a Su Santidad que no hay para qu lamentarse de lo pasado; que
en mi pas ya nadie se acuerda de eso, y que habiendo perdido hace un
siglo casi toda Amrica, no haba razn para conservar unas cuantas
islas que eran en cierto modo un bagaje pesado.

El patriarca, de ojos imperiosos, es un intuitivo, de rpida
penetracin. Mirndome fijamente parece adivinar mis palabras, mueve la
cabeza como si me entiendese, y cuando el secretario hace su traduccin,
l se adelanta completando las ideas.

Contina el dilogo entre Su Santidad y yo, con la mediacin del
elegante intrprete. Joaqun II se entera con gran inters de las
costumbres espaolas, de las que tiene una vaga y fantstica idea, y me
pregunta especialmente por nuestra literatura nacional.

l, gran erudito en letras clsicas, comentador de Homero, como todo
griego ilustrado que se respeta un poco, no conoce nada de Espaa. Hace
muchos aos, cuando no era en Atenas ms que un simple pope dedicado a
enseanzas teolgicas, vio un drama espaol traducido al griego, un
drama de un seor que se llamaba... se llamaba...

Y el patriarca y el diplomtico se consultan con la mirada, al mismo
tiempo que pugnan por pronunciar un nombre, sin llegar a completarlo en
sus dudas.

--Echegaray--digo yo, adivinando sus balbuceos.

Su Santidad sonre, moviendo la cabeza. Eso es: Echegaray. El patriarca
guarda un hermoso recuerdo de la obra. Indudablemente fue la nica vez
que asisti al teatro el austero sacerdote.

--Vive an Monsieur Echegaray?--pregunta Su Santidad con gran inters
por mediacin del secretario.

--Vive, y a pesar de sus aos es animoso como un muchacho y no descansa.

Su Santidad vuelve a sonrer, como si bendijese con el gesto al lejano
poeta que alegr con la magia del arte algunas horas de su existencia. Y
yo sonro tambin pensando en el ilustre don Jos, muy ajeno a
imaginarse que el Papa griego es uno de sus ms sinceros admiradores,
con esa admiracin del que slo ha ido una vez al teatro y se acuerda
del magno suceso durante toda su vida.

El patriarca, despus de esto, habla de la literatura griega
contempornea. Hay en Atenas poca produccin: escasos dramas y muy
contadas novelas. Los literatos, antes de dedicarse al trabajo, viven
enzarzados en interminable disputa sobre si deben escribir en griego
antiguo o en el griego vulgar que hoy se habla en el Archipilago. Esta
disputa apasiona a la nacin entera, dividida en dos partidos.

--Su Santidad pregunta qu opina usted sobre esto--dice el secretario.

--Pues dgale a Su Santidad que si novelas y dramas tienen por
protagonistas a personajes de ahora, lo natural es que hablen el griego
moderno, aunque no sea puro. Un mozo de cordel de El Preo no va a
expresarse como el Aquiles homrico.

El patriarca acoge mis palabras con un gesto corts, pero deja adivinar
en sus ojos que piensa todo lo contrario.

La conversacin languidece y yo me preparo a marcharme. Llevo ms de
media hora con Su Santidad, e indudablemente muchos fieles de
importancia aguardan en la antesala.

El pontfice de Constantinopla es un Papa constitucional. Ni es
infalible por s solo, ni puede tomar una resolucin en materias de fe.
Dos veces por semana se rene bajo su presidencia el Santo Snodo,
compuesto de eclesisticos y laicos influyentes, y esta asamblea es la
que legisla, dejando al patriarca el poder ejecutivo.

Voy a abandonar mi asiento, cuando Joaqun II emprende una larga arenga
dirigida al secretario, en la que percibo varias veces la palabra
_demokratikos_. El patriarca parece poner un gran inters en lo que
dice, y cuando al fin calla, el diplomtico me habla gravemente.

--Su Santidad pregunta si en Espaa los sacerdotes son muy respetados,
si la religin tiene el mismo prestigio que en otros tiempos, si los
reyes son queridos, y sobre todo, si existen partidos democrticos como
en otras naciones desgraciadas, y si el pueblo, movido por malas
enseanzas, intenta levantarse contra sus mayores.

Quedo indeciso algunos momentos. Qu contestar al buen patriarca...?
Despus de tan buena acogida, siento cierto escrpulo de decirle la
verdad. Para qu discutir con l? Para qu desvanecer la santa
ignorancia de este sacerdote, que ya no volver a acordarse de Espaa y
jams podr influir en nuestra suerte...?

--Dgale a Su Santidad que all no hay partidos democrticos ni nada de
esas pestes modernas que, como l dice, hacen la infelicidad de los
pueblos. Los reyes velan por nuestra dicha; los sacerdotes son
veneradsimos, todos los espaoles somos catlicos...

Joaqun II sonre, adivinando otra vez mis palabras, y mueve sus melenas
blancas y su gorro negro, como diciendo: Muy bien.

--Su Santidad--aade el diplomtico al poco rato--dice que se alegra
muchsimo de las palabras de usted, que stas son para l un inmenso
consuelo, y que Espaa ser siempre grande si no se aparta del buen
camino.

Me levanto, despidindome del Papa con una solemne inclinacin. Su
Santidad est alegre, parece encantado por mis afirmaciones, y me
acompaa hasta la puerta, repitiendo mi nombre con paternal sonrisa.

--Blascos! Ah, Blascos! Blascos Ibaides...!

No me entrega su mano a besar, como a los otros. Respeta mis escrpulos
de buen catlico espaol, pero me acompaa, dndome cariosos golpes en
un hombro con sus manos fuertes, y la ms paternal de las sonrisas
contrae las ondas de nieve de su barba.

Cuando llega a la puerta, le parece poco esta despedida, y eleva la
diestra con su gran sortija de oro... y me bendice.

Salgo del Patriarcado admirando la espontnea solidaridad de todos los
que viven a la sombra de la cruz. Extraa y poderosa francmasonera de
los hombres de sotana! Durante siglos y siglos, el Vicario de Dios en
Roma y el Vicario de Dios en Constantinopla se han insultado con baba
rabiosa, llamndose hijos del diablo, asquerosas vboras y dems
insultos inventados por el rencor eclesistico, maldicindose con
acompaamiento de cirios llama abajo y cnticos de muerte. Ahora fingen
no conocerse, ignoran mutuamente su existencia, viven vueltos de
espaldas, asumiendo cada uno la verdadera herencia de Cristo, y, sin
embargo, por encima de tantos siglos de abominacin y de odio, se entera
cada uno de la existencia del otro, y celebra que sta sea prspera y
fuerte. Lo mismo hacen los comerciantes cuando preguntan con inters por
los negocios de los colegas, y se alegran de que marchen bien, aunque
nada les produzcan, viendo en ellos una prueba de que el mercado no se
debilita, de que sigue la demanda, y de que mientras los clientes no se
llamen a engao habr ganancias para todos.

       *       *       *       *       *

Algunos das despus, al volver al centro de Europa, el tren que me
conduca choc con otro de mercancas en las inmediaciones de Budapest.
Cinco muertos y un nmero enorme de heridos. Yo sal ileso.

Luego, en Pars, recib una carta del amigo que me haba presentado al
patriarca.

Su Santidad, al leer la noticia en los diarios griegos de
Constantinopla, haba celebrado mucho la inspiracin que tuvo al
bendecirme, y repeta sobre mi cabeza el gesto pontifical,
recomendndome de nuevo en sus oraciones.

Leyendo esto me expliqu mi buena suerte.

En adelante, siempre que vaya a un pas donde exista Papa, pienso no
salir de l sin la correspondiente bendicin.




XXVIII. TURCAS Y EUNUCOS


Cuando un occidental relata su viaje a Turqua, la curiosidad, excitada
por todo lo que es extrao y misterioso, le interrumpe siempre con las
mismas preguntas:

--Y las turcas...? Y la vida del harn...? Y los eunucos?

Las turcas...! Se las ve en todas partes; pasean por los cementerios,
frondosos como jardines; entran tapadas a hacer sus compras en las
lujosas tiendas a la europea; van en la buena estacin a solazarse en
las Aguas Dulces de Asia, lugar de moda a orillas del Bsforo; salen en
carruaje o transitan a pie por el Gran Puente; se visitan unas a otras;
gozan de ms libertad que las europeas; salen a la calle tanto como
stas y, sin embargo, no hay en Constantinopla nada tan misterioso e
inabordable como las mujeres.

Viviendo aqu, se convence el europeo de la frescura con que han mentido
los novelistas y los poetas al describir amores entre turcas y
cristianos. En otros tiempos, tal vez pudo ser esto. Durante el reinado
de Abdul-Aziz, loco generoso, Nern oriental, que condecoraba a sus
gallos de pelea con las mismas bandas usadas por los generales y se
diverta arrojando al populacho espuertas de monedas de oro, tal vez
podran desarrollarse estos amores internacionales. Abdul-Aziz,
apasionado romntico de la emperatriz Eugenia, debi ser tolerante con
las pasiones de sus sbditas.

El actual emperador, Abdul-Hamid, austero creyente, que se encierra en
la tradicin y el aislamiento de raza para defenderse de la codicia
europea, muestra empeo en evitar que la mujer musulmana tenga contacto
alguno con el cristiano, y vela sobre ella con una minuciosidad de
dspota curioso y activo, que lo mismo ansa conocer el pensamiento del
emperador de Alemania que las intrigas del harn del ltimo de sus
pachs.

Las damas turcas marchan encubiertas por las calles de Pera,
contemplando al travs del velo a los europeos que las siguen con ojos
vidos. Aburridas por la soledad del harn y la indiferencia de un seor
en el cual el exceso de cantidad embota y debilita todo afecto, cuntas
veces su pequeo cerebro de nia apenas educada experimenta la
embriaguez del deseo viendo en este barrio cristiano la gran abundancia
de hombres venidos solos del otro extremo de Europa, y a los que un
celibato forzoso da audacias y ademanes de lobo carnvoro...!

Viven libres, sin ver al esposo ms que de tarde en tarde; pueden entrar
y salir de su casa, sin otra vigilancia que la del eunuco, fcil de
sobornar; disponen de su tiempo mejor que una europea, y, sin embargo,
la intriga amorosa es dificilsima para ellas, por no decir imposible.

Que levanten un poco el velo sobre su rostro para dejarlo visible al
hombre que pasa, y al momento, un otomano que parece distrado en medio
de la acera tomando el aire seguir sus pasos cautelosamente, para saber
en qu termina la inusitada audacia. Que se permita un gesto, una
mirada significativa o volver la cabeza, y el polizonte avisar en el
mismo da al marido o al padre.

La Polica y la fuerza tradicional de las costumbres velan sobre la
mujer turca, la rodean a todas horas, dejndola en completa libertad
para todo... para todo menos para lo que ella deseara.

Una tercera parte del presupuesto del Imperio se consume en servicio
policaco. Un importante personaje de la Corte es el jefe de los espas,
y a su vez hay espas de los espas... y as hasta lo infinito. Todas
las clases de Turqua figuran en el inmenso cuerpo de la delacin. Los
policas se reclutan lo mismo entre los mozos de cordel de los muelles
que entre los grandes personajes. Algunos cobran un sueldo mucho mayor
que el de un ministro de Europa. Lo que cuesta al Sultn este servicio
representa ms que lo invertido por algunos Estados en Ejrcito, Marina,
Administracin y Obras Pblicas. Muchos de los seoritos turcos que
pasean en caique, llenan los cafs y teatros de Pera y son clientes de
los sastres europeos, luciendo empinados bigotes a lo kaiser bajo el
erguido fez, no tienen otro medio de existencia que lo que cobran por
repetir al ministro de Polica cuanto ven y cuanto oyen.

Adems, para las mujeres, todo turco es un agente que vigila por las
buenas costumbres. El europeo no puede mirar mucho tiempo y con marcada
atencin a las mujeres que pasan. Imposible seguir sus pasos, como
ocurre en las ciudades europeas. Si es en el barrio puramente turco de
Estambul, corre peligro de recibir como aviso una pedrada o un palo. Si
es en las demarcaciones europeas de Pera y Glata, cualquier respetable
_efendi_ que pasa junto a l le preguntar cortsmente si es forastero,
ya que le ve faltar tan abiertamente a las costumbres del pas.

La mujer, sitiada por la vigilancia del polica y el fanatismo nacional
de todo compatriota, obligada a no hablar con otro hombre que el que
tiene en su casa, se venga de este aislamiento con un orgullo rencoroso,
que la hace antiptica las ms de las veces. En las aceras empuja al
hombre con soberano desprecio para que le ceda el paso. Cuando van en
carruaje se ren del transente europeo con una insolencia de colegialas
en libertad.

La mujer pobre o de la clase media sigue fiel al domin de pesado
damasco y a la cortinilla de gruesa seda que le sirve de antifaz. As se
la ve pasar, como mscara misteriosa, llevando en una mano la sombrilla
cerrada o tirando de un turquito cabezudo, y sosteniendo con otra la
crujiente faldamenta, que deja ver las pantorrillas enormes, hinchadas,
elefantacas, por ir encerrados dentro de las medias los extremos de los
calzones interiores.

Pero las grandes damas, las elegantes esposas de los pachs y los turcos
ricos, las moradoras de los harenes lujosos, hace tiempo que, valindose
de la moda, han acabado con los trajes tradicionales, que recluan a la
mujer en oscuro incgnito. Bajo el gabn oriental, semejante a una
salida de teatro, llevan trajes de Pars recargados de adornos y en
extremo vistosos. Se cubren el pelo y la parte del rostro, siguiendo las
exigencias de la costumbre religiosa, pero lo hacen con el _yachmaks_,
velo tenue y transparente como una nubecilla, suspiro de seda casi
impalpable, que sirve para dulcificar su rostro pintado de rosa y
adornado con lunares artificiales, para dar mayor realce a sus ojos,
agrandados por una aureola negra de _khol_. Ocupando grandes carrozas
con ruedas doradas, y bajo la escolta de eunucos negros, a los que la
perturbacin del sexo hace luchar con las seoras en chismes, odios e
histricas rabietas, van a las tiendas o visitan a las amigas de otro
harn situado a tres o cuatro horas de distancia, al final del Bsforo.

Algunas veces, un harn se traslada a la orilla de Asia para ver a las
compaeras de un gran seor amigo del suyo. La visita dura tres o cuatro
das, y esposas y odaliscas, libres de velos y escrpulos en el misterio
de las habitaciones privadas, hacen en comn sus comiditas de muecas,
abundantes en dulce, duermen juntas, tocan y cantan, y sobre todo
hablan..., hablan mucho, con una verbosidad de prisioneras o de monjas,
repitiendo los chismes del silencioso Estambul, donde las casas parecen
crceles, con sus puertas siempre cerradas y sus ventanas de celosas,
tras las cuales espa a todas horas la curiosidad maligna, la sospecha
calumniosa, como en una muerta ciudad de provincias.

Estas damas, mujeres opulentas a los diecisis aos, saben pintarse las
mejillas de carmn, los ojos de negro y las uas de rojo, y en esto
invierten la mayor parte del da. Adems, las mejor educadas saben
fabricar agua de rosas, dulces de varias clases, y a veces hasta bordan
gruesas flores de oro sobre telas de seda.

Hablar con una charla interminable de pjaro loco, embriagndose en sus
propias palabras, hablar bien de ellas y mal de sus amigas, es su mayor
placer. Se comprende que el buen turco, temiendo pasar el resto de su
vida frente a frente con una sola de estas hermosas muecas, vaca de
crneo y expedita de lengua, multiplique su nmero para encontrar
alivio. Pero esta variedad, cuando todo el harn ha perdido el encanto
de lo nuevo, slo sirve para aumentar el tormento.

Los turcos modernos que han viajado por Europa, amoldndose a nuestras
costumbres, slo tienen una mujer, y sonren cuando les hablan del
harn. Estn enterados de lo que es la poligamia y compadecen a los
turcos a estilo antiguo, a los tradicionalistas, que por seguir la
costumbre tienen varias esposas.

Slo un pach del viejo rgimen, poseedor de una paciencia inagotable o
aficionado a murmuraciones y futilidades como una mujer, puede soportar
durante toda su vida el contacto con el rebao femenino del harn.

Es un error generalizado en Europa creer que la mujer turca, porque se
compra las ms de las veces, es una esclava, un objeto, un ser sin
derechos y sin libertad, fuera de las leyes. La religin del Profeta
nunca habl con desprecio de la mujer, ni vio en ella un ser impuro, un
aborto del demonio, como los Padres de la Iglesia cristiana. El hombre
tiene sin disputa un alma superior, porque es el guerrero y pesan sobre
l los ms rudos deberes de la vida, pero la mujer es igual a l en toda
clase de derechos. La ley musulmana slo es implacable y feroz en caso
de infidelidad conyugal. Conoce la escasa solidez de estos seres
adorables y sin seso, y presiente que, si abriese la mano y no se
impusiera por el terror, ningn musulmn podra llevar su turbante sobre
la frente con entera comodidad.

En los antiguos harenes de Turqua figuraban sobre la puerta dos versos,
que poco ms o menos dicen as:

    _Nada iguala_
    _a la astucia de la dama._

El encierro--que no es tal encierro, pues la turca sale a todas horas, y
ellas y los eunucos se entienden, con la fraternal solidaridad del
inters comn--y la prohibicin de hablar con los hombres son las dos
nicas tiranas que pesan sobre las mujeres de alta clase. Pero junto a
esto, qu insoportables derechos, exagerados por la susceptibilidad
femenil, gravitan sobre el infeliz otomano que, entusiasta de las
glorias de la vieja Turqua, se empea en mantener un harn, como alarde
de patriotismo...!

Si hace un regalo a una de sus esposas, por costoso que ste sea, las
otras tienen derecho a otro igual, y pueden llevarlo a los tribunales
para exigrselo. Si una rie con sus compaeras y declara que le es
imposible seguir viviendo en el harn, la ley turca obliga al marido a
que le construya una casa aparte igual, absolutamente igual, hasta que
satisfaga los gustos de la esposa. Y se han visto pleitos que han durado
aos y aos, sin darse nunca por contenta la reclamante al visitar la
nueva vivienda, exigiendo unas veces que tuviese igual nmero de
ventanas que la antigua, pretextando otras que las lmparas eran menores
en nmero, que los muebles no estaban tapizados con la misma seda, que
las alfombras no eran antiguas, y as hasta lo infinito de una histeria
caprichosa, agravada por la rivalidad femenina.

Y a ms de esto, el amontonamiento de hijos que se forma en pocos aos
en un harn rico, donde las esposas y odaliscas son un par de docenas, y
el seor, poderoso personaje falto de ocupaciones, se queda en casa los
fros das de invierno, y nicamente sale los viernes para ver al sultn
en el Slamlik.

Yo he conocido a un viejo pach, entusiasta de las tradiciones, que
tiene trescientos cuarenta y dos hijos. Es un hombre virtuoso, dado a
los estudios teolgicos, poco amigo de pecados carnales, y que desprecia
a los europeos, como seres inferiores que a todas horas tienen el
pensamiento puesto en la mujer. A pesar de la extensa prole, no creo en
su concupiscencia. En la vida del harn no hay golpe perdido, y aunque
los olvidos de la virtud sean poco frecuentes, todos tienen
consecuencias, por la variedad y el nmero de la colaboracin, llegando
el respetable padre a no conocer a sus hijos ni saber sus nombres, a
pesar de que viven bajo el mismo techo.

La poligamia es un lujo de personajes, y pocas fortunas la soportan. Los
hijos son ms costosos an que las mujeres, pues hay que darles
colocacin. Cada Sultn se basta l solo para fabricar la mayor parte de
los gobernadores, generales y altos funcionarios de su Imperio, y las
dems plazas las proveen con su fuerza reproductora los personajes que
viven junto a l.

El harn imperial y el de los grandes pachs son incubadoras de altos
empleados que no dejan lugares libres a los turcos de ms bajo origen.
Por algo se transmite el Imperio de Turqua de hermano a hermano y no de
padre a hijo, como en las monarquas europeas. Si la sucesin imperial
fuese por este ltimo sistema, Turqua vivira en eterna guerra civil
siendo centenares los pretendientes al trono, que se combatiran con una
saa de hermanos cada uno de distinta madre.

Los turcos modernos y jvenes ren y ren del viejo harn. La
poligamia! Tonta inutilidad del pasado...! Ellos viven con solo una
turca, o con ninguna, admirando los grandes adelantos de la civilizacin
europea, la ms perfecta de todas para la satisfaccin de las
necesidades humanas; y cuando sienten el deseo de la variedad, pasan los
puentes y suben a Pera, y all encuentran en las calles un harn suelto
y por horas, de rumanas, italianas, austracas y judas.

       *       *       *       *       *

La aficin de ciertos personajes a los progresos modernos ha creado una
clase de turcas ms infelices y dignas de compasin que la antigua dama
otomana, devota y contenta de su vida, satisfecha de sus visitas y sus
lujosos trajes, sin otro ideal que una joya nueva o una banda con placa
de brillantes regalo del Sultn, sin otros horizontes que las montaas
de la ribera asitica ni otros deberes que incubar nuevos turcos.

Los grandes pachs que envan sus hijos a correr Europa han atrado
institutrices inglesas y francesas para sus hijas. Muchas de las tapadas
que pasan en carruaje, delatando bajo sus orientales velos la frescura
esbelta de los pocos aos, la delgadez de una mujer en formacin,
desprecian las confituras, odian como perfume vulgar el aceite de rosas,
y consideran el bordado como obra de esclavas, sonriendo ante las obras
de juventud que les ensean con orgullo sus obesas madres. Tienen en una
pieza del harn donde nacieron un piano de cola, en el que tocan los
valses melanclicos de Chopn o el ltimo cupl de moda en Pars, y
cerca del sonoro Erard una biblioteca llena de novelas inglesas y
francesas. Algunas hasta han roto con la preocupacin religiosa de la
raza, que prohbe la reproduccin de las formas vivas, y pintan
acuarelas con palomos, flores o barquitos.

Conozco a una francesa vieja que vive hace muchos aos en
Constantinopla de dar lecciones de su idioma y entra diariamente en
ricos harenes. Las confidencias de estas pobres jvenes, que han de
vivir como las mujeres del tiempo de Mohamed II y por la imprudencia de
sus padres llevan bajo las vestiduras orientales la misma alma que una
muchacha de Pars o Londres...!

--Sabemos francs, sabemos ingls--dicen a la vieja confidente--.
Tocamos el piano, cantamos, pintamos. Para qu todo esto...? La mujer
aprende para lucir sus conocimientos, para hacer vida de sociedad...,
para hablar con los hombres.

Y la pobre turca de moderno estilo slo podr hablar con uno, el que le
designe su padre como esposo. Un da la adornarn de piedras preciosas y
se casar con un joven turco, al que slo habr visto de lejos, al
travs de una celosa, y con el que cruzar la palabra por vez primera
en el momento de ser su esposa. La llevarn a una casa nueva, en la que
vivir como nica seora, si su marido no ama las costumbres antiguas, o
en la que se confundir con otras, iguales a ella en derechos, distintas
a ella en alma, como si fuesen de otro planeta. Su madre se extraar de
sus lgrimas y melancolas. As vivi ella, as vivieron sus abuelas y
todas las honradas damas temerosas de Dios. Pero la madre era feliz,
abroquelada en su santa ignorancia: no la haban hecho morder el fruto
embriagador de la cultura occidental... Y la infeliz reclusa de las
tradiciones de su pueblo, asustada ante el porvenir, y mientras llega el
momento del matrimonio, se consuela con la lectura, y devora las novelas
francesas que llenan los escaparates de las libreras de la gran calle
de Pera.

Sus autores favoritos son los mismos de las damas europeas: novelistas
elegantes y discretos que creen en Dios y slo describen personajes con
buenas rentas, faltos de ocupacin y dedicados al amor. La pobre turca
admira a la duquesa rubia y espiritual que en cada captulo luce un
traje nuevo de Paquin o de Doucet; se crispa con los dulces dilogos
entre ella y el conde o el artista de moda; se conmueve ante las crisis
de alma que obligan a la noble seora a cambiar de amante todos los
aos; la sigue palpitante de emocin cuando a la cada de la tarde va
cautelosa al estudio o a la _garonnire_ de su nuevo dolo, cubierta
con espeso velo--lo que llaman los grandes modistas velo de
adulterio--; desfallece con la descripcin de los sabios besos en el
saloncito caldeado discretamente por la chimenea, sobre cuyo mrmol hay
rosas, muchas rosas, como es de ritual en toda cita novelesca de
personas que se respetan... y la pobre turquita acaba por abandonar el
libro sobre sus rodillas y queda con sus ojos de gacela pensativos y
lacrimosos.

sa es, indudablemente, la vida de las europeas: no puede ser otra, pues
todos los libros dicen lo mismo. Ella sabe ingls y francs; ella toca
en el piano cosas sentimentales; ella hablara tan bien como la duquesa
y le sentara igual o tal vez mejor el misterioso velo de la cada de la
tarde. Y tiene que acabar su vida en un harn, murmurando con las
esclavas zafias y el eunuco negro de risa infantil! Y todos sus viajes
sern al Bsforo asitico, o cuando ms, a Brussa, en el mar de Mrmara!
Y el conde de sus ensueos, el artista de complicadas pasiones, ser un
seor con el fez eternamente calado, que vivir en una mitad de la misma
casa ocupada por ella, que entrar y saldr por distinta puerta, que
tendr diferente servidumbre, como si fuese un husped, y slo una o dos
veces por semana vendr a tomar con ella varias tazas minsculas de
caf, y fumar cigarrillo tras cigarrillo, pensando en el ltimo gesto
del Gran Seor y en las intrigas del Yildiz-Kiosk...!

La virgen musulmana siente que un impulso de rebelda rompe la costra de
su mansedumbre oriental, y tiende sus brazos con un crispamiento de
inmensa angustia, como si llamase en su auxilio al misterioso poder que
convierte en paraso la tierra maldita del Profeta, donde viven los
_giaoures_ (los cristianos).

--Oh, Europa...! Pars! Pars!

Algunas, ms audaces o afortunadas, llegan a consumar la rebelda. Las
hay que han conseguido librarse por procedimientos novelescos de esta
tierra, donde para entrar o salir se necesita pasaporte. Viven en el
paraso soado, en Pars, y repiten a la inversa la aficin poligmica
de sus ascendientes. En Constantinopla nadie quiere hablar de esto, como
no sea para negarlo. El Gran Seor sufre enormes disgustos con estas
fugas.

Hace poco tiempo, en un mitin feminista de Suiza, al que asistieron
mujeres de todas las naciones, subi a la tribuna una joven de ojos
orientales, que hablaba con facilidad varios idiomas, y se expres con
reconcentrado odio contra la tirana masculina.

Era una parienta del Sultn, fugada del harn imperial.

       *       *       *       *       *

En Turqua todava existe la venta de esclavas.

Yo quise cndidamente ver un mercado. No existe mercado. Desde que
Inglaterra y otras potencias intervinieron en la vida interna de
Turqua, se acab la trata de esclavas. Los antiguos caravanserrallos,
enormes posadas de vastos claustros donde hace cincuenta aos se
exhiban libres de velos los lotes de carne juvenil llegados de la
Circasia, slo estn ocupados hoy por mercaderes de Trebisonda y Bagdad,
que fuman su narguil exhibiendo pacientemente los rollos de tapices y
los cofrecitos repletos de piedras preciosas.

Las esclavas se guardan y se venden en las casas de los particulares.
Todo turco a la antigua tiene una irresistible tendencia a la mercadera
de carne femenil. Es una aficin atvica heredada de sus ascendientes,
invasores de reinos y bandidos del mar. Cuando un personaje de Estambul
tiene un crdito por cobrar en las provincias de Asia, las ms de las
veces le pagan con una pareja de nias flacas, mal comidas, pero de
esplndidos ojos, que a su vez han adquirido de los padres, mseros
montaeses de la Georgia.

Las pequeas sirven de criadas de lujo en la casa de Estambul, hasta que
la pubertad empieza a hinchar sus formas y el seor propone la mercanca
a sus conocidos, verificndose la venta amigablemente, sin intervencin
alguna de los representantes de la ley.

Cuando se visita la morada de un turco a la antigua, salen a vuestro
paso, en el departamento de los hombres, pequeas nias sin velo, con
anchos calzones y la trenza colgando sobre la espalda, que os toman el
sombrero y el bastn, dndoos la bienvenida como si fuesen hijas del
dueo. Son las esclavas que esperan su hora para ser vendidas o que
acaban por pasar al harn del seor, convertidas en esposas.

Los agentes de carne conocen las casas donde existen gneros, y todos
los das hacen sus negocios. No slo venden para los ciudadanos ricos de
Constantinopla y de todos los vilayetos de Turqua, sino que mantienen
negocios continuos con clientes de Egipto, Tnez y Marruecos. La
circasiana y la georgiana siguen siendo, como en otros tiempos, el
adorno elegante de todo harn respetable, y el gnero, impulsado por una
continua demanda, parece multiplicarse con arreglo a las exigencias.

Ningn miedo acerca del porvenir, ningn terror futuro se transparenta
en la lmpida mirada de estas hermosas bestezuelas, delgados capullos
que esperan para esparcirse la tibia y cerrada atmsfera del harn. Son
esclavas porque han costado dinero a los dueos, pero su suerte es igual
a la de todas las mujeres turcas que nacieron libres. Siempre las compra
algn otomano viejo, para unirlas al batalln de sus antiguas esposas o
para darlas a un hijo tan joven como ellas. Por poca influencia que
ejerzan sobre el dueo, ste las convierte en mujeres legtimas, deseoso
de establecer cierta igualdad entre sus hembras, medio seguro para
conseguir en la casa una paz relativa. Muchas sultanas comenzaron siendo
esclavas.

Los precios de estos animalillos de lujo, que viven alegres, con una
inconsciencia infantil, hasta los das de la vejez, fumando rubios
cigarrillos en un divn, tragando confituras y haciendo danzar las
babuchas amarillas sobre los pulgares de sus pies sonrosados, varan
segn los mritos del gnero.

Una muchacha defectuosa y de miembros secos puede adquirirse por
quinientas pesetas. Las de buena dentadura, largo pelo, ojos grandes, y
que prometen ensancharse de formas, hasta llegar a una gordura blanca,
firme y sedosa, valen dos mil o dos mil quinientas.

Un caballo turco, de escasa alzada, largas crines, cabezn y con
inquietos remos, cuesta mucho ms.

       *       *       *       *       *

Los eunucos son ms caros.

En realidad, no sirven para nada. Son seres de lujo, signos de poder y
de riqueza para el amo. Equivalen a los lacayos que se exhiben
majestuosos en los pescantes de los coches de Europa. Estorban al
cochero las ms de las veces, se pasean sin que los dueos necesiten
casi nunca de sus servicios, molestan con su presencia estirada y
solemne, pero ninguna persona rica puede pasarse sin ellos.

En otros tiempos, el turco celoso confiaba en la vigilancia de su
eunuco, feroz guardador de las mujeres. Hoy es escptico, sabe que estos
hombres-hembras, por un irresistible impulso de su naturaleza neutra,
aunque rian con la mujer por celos femeniles, acaban entendindose con
ella y prestndose a toda clase de terceras. Sin embargo, el eunuco
negro sigue en favor, como una manifestacin de poder y de riqueza. Es
algo as como el blasn de armas de la casa, y los seores rivalizan en
tenerlos agasajados y bien vestidos. Un harn no puede salir a la calle
si no marcha escoltado por un par de eunucos de seorial aspecto. Cuando
las mujeres van en carroza, los negros trotan junto a las portezuelas,
jinetes en los mejores caballos del amo. Si de noche sale el rebao
femenil a hacer visita a otro harn, ellos marchan a la cabeza por las
solitarias calles de Estambul, garrote en mano y con grandes farolones
que trazan en el camino una danza de plidos resplandores y
gesticulantes sombras.

El eunuco es el administrador que corre con los gastos de la casa, el
intermediario obligado entre las esposas y el marido. l da dinero para
las compras, regatea con las mujeres, se muestra quisquilloso, avaro y
grun, como no lo es nunca el turco. El eunuco chilla a las seoras,
las empuja, es un gallo sin cresta que picotea continuamente a las
habitantes del gallinero; y stas, que temen sus delaciones y su mal
humor, lo acarician como un nio grande, y acaban por rerse de l.

Slo el Sultn y los grandes personajes de la corte tienen un numeroso
cortejo de eunucos. Los turcos de cierta posicin se contentan con dos o
con uno slo.

Un eunuco cuesta casi una fortuna, pues escasean mucho.

Antes se fabricaban con mayor facilidad, y la abundancia rebajaba los
precios.

En esta monstruosa deformacin del hombre ha habido sus modas. El arte
de formar el eunuco ha progresado, pero extremando su crueldad. El
refinamiento del turco en sus sospechas y sus celos ha sido fatal para
estos infelices negros, de rostro fiero, y con una vocecilla estridente
y crispadora, semejante al chasquido de una caa que se rompe.

Antes les bastaba para cumplir su oficio con verse libres de las
preciosas superfluidades cuya ausencia motiva, segn dicen, la anglica
voz de los cantores del Papa.

Pero algo quedaba en ellos, despus de la monda, que constitua un
motivo de perpetua alarma para los seores turcos. La mujer, ociosa y
triste en el encierro, discurre mil diabluras: la eterna presencia del
eunuco, nico hombre compaero de clausura, la inspiraba, segn parece,
los ms refinados ardides. Y echando mano a lo que an podan encontrar,
las malditas pasaban horas y horas recrendose en un entretenimiento
sin fin, tranquila la conciencia porque no aumentaban ilegtimamente la
prole del seor, pero faltando a la fidelidad descaradamente en el
sagrado del hogar.

Los turcos, escamados por estos abusos, extreman actualmente la humana
poda. Sobre los pobres negros guardianes del honor se abate una furia
semejante a la de los leadores de bosques vrgenes, que nada perdonan,
echando abajo ramas y troncos. Su oscura piel es campo roturado y liso,
en la que no queda el ms leve rastro de frutos humanos.

La espeluznante operacin la realizan los crueles fabricantes en negros
de pocos aos, all en los arenales de frica. Los cuerpos los hunden en
el suelo hasta la cintura, y as permanece el operado semanas y meses,
entre sus verdugos, que le cuidan y le alimentan, hasta que la arena
cicatriza la cuchillada atroz o se les va por ella la sangre y el alma.

El noventa y cinco por ciento de los eunucos muere tras la cruenta
amputacin.

Por esto los que quedan son personajes posedos de su importancia,
influyentes en la vida turca, caprichosos e irresistibles, lo mismo que
una tiple que se considera indispensable y precisa.




XXIX. LOS DERVICHES AULLADORES


En la orilla asitica de Constantinopla, entre el barrio puramente turco
de Scutari, en el que no vive ningn europeo, y el cementerio que lleva
el mismo nombre, vasta extensin bordeada de kioscos funerarios y
sombreada por pltanos seculares, est la mezquita del Roufat, donde
todos los jueves, a las dos de la tarde, celebran su ceremonia religiosa
los derviches aulladores.

Esta mezquita no es grande y luminosa como la de Eyoub, donde los
derviches danzantes voltean, como flores, sus pesadas faldas. La secta
de los aulladores es sombra y feroz, y parece guardar en sus extraos
ritos el alma fantica e implacable del antiguo turco, terror de Europa.
Una sala baja y casi oscura, con el techo sostenido por columnas de
madera y desnuda de todo adorno arquitectnico, es el lugar de la
ceremonia. En las paredes, algunos cartelones con versculos del Corn y
unos negruzcos panderos. Sobre el tapiz que cubre el Mirab, una
panoplia de armas antiguas, turcas e indias: espadas onduladas,
cimitarras venerables, hachas de curva entrante y mazas erizadas de
clavos.

Sobre la piel de cordero tendida en este sitio de honor se sienta, con
las piernas cruzadas, el imam, el gran sacerdote de los derviches
aulladores, que ostenta en su turbante blanco la arrollada faja verde de
los que se tienen por descendientes del Profeta.

Este imam es un rabe que goza de gran popularidad, aparte de su poder
de hacer milagros, por ser el hombre ms hermoso de Constantinopla. No
he visto tipo ms perfecto de la belleza semita. De regular estatura,
parece, sin embargo, muy alto, por la gallarda de su cuerpo enjuto y
gil, en el cual el esqueleto slo est revestido de los tejidos
indispensables para la vida. Las facciones son de un moreno brillante,
entre rojizo y verdoso: el mismo tono de los bronces florentinos. La
nariz, aguilea y fina, avanza sobre una barba clara y rizosa, de un
negro azulado, y los ojos, enormes y misteriosos, tienen una veladura de
color de tabaco en sus crneas, que hace resaltar el fuego de las
luminosas pupilas. Es un jinete de los desiertos arbigos, un pirata del
mar de arena, un caballero andante de las soledades asiticas,
majestuoso y melanclico, que se ha dedicado a sacerdote y vive en la
civilizada Constantinopla, rozndose con los europeos.

Las viejas que ocupan las galeras de la mezquita contemplan con
admiracin a este Apolo rabe; pero l permanece inmvil en la piel de
cordero, envuelto en su sotana negra, por cuya abertura luce un rico
chaleco de seda de rayas menudas y multicolores. No s por qu,
presiento que el jefe de los derviches aulladores, que forman la
cofrada ms fantica de Constantinopla, es un hombre enterado, sin
ninguna fe en las ceremonias que preside. Tiene la expresin demasiado
inteligente para creer en tales cosas. Un da, hablando de l con
Constans, el embajador de Francia, ste rompi a rer, con la
irreverencia de un viejo republicano.

--Le conozco mucho. Un _blagueur_: lo que ustedes llaman un guasn. Un
hombre inteligente que se amolda a las circunstancias.

Pero aunque este rabe majestuoso engae a los suyos, no teniendo fe en
los mismos ritos que ejecuta, hay en sus actos una gran nobleza. Es un
buen turco, que cree necesario para la vida de su pueblo el
mantenimiento de las tradiciones, y las sigue con solemne gravedad, sin
creer en ellas.

Frente a l estn los derviches formados en fila, llevando sobre la
cabeza, como distintivo de la cofrada, un solideo de fieltro semejante
a media corteza de coco. Unos son negros, medio desnudos, de lanuda
cabellera y ojos diablicos; otros, blancos, que conservan el traje de
calle y parecen tenderos del inmediato barrio de Scutari.

Todos ellos repiten a coro una especie de letana montona y balancean
su cabeza adelante y atrs, como si estuviera muerta sobre los hombros,
doblando al mismo tiempo el cuerpo por la cintura. Este vaivn continuo,
acompaado de un canturreo semejante al de los nios en la escuela,
acaba por dar una especie de vrtigo. El sudor rueda por el cuerpo de
los negros, cubrindolos de una capa hmeda y goteante. Los blancos
pierden por momentos su correcto exterior de burgueses. Los cuellos de
camisa se arrugan y ennegrecen como trapos; las corbatas se esparcen
deshechas; las cadenas de reloj saltan locas sobre el vientre, como si
fuesen a romperse.

_La Ilah il Allah!_, cantan los derviches con un furor creciente,
extremando su loco vaivn de muecos mecnicos, y el gran sacerdote los
contempla inmvil, como un maestro que preside su escuela; y cuando el
movimiento parece debilitarse, hace una imperceptible seal a uno de sus
aclitos, encogido junto a l, y ste grita y palmotea para acelerar el
curso de la oracin.

Formando una larga cadena y apoyado cada uno en el hombro del vecino,
los derviches se mueven como un pndulo humano, a un lado y a otro, con
montona regularidad. Este balanceo y la repeticin montona de su
plegaria parece embriagarles. Unos tienen los ojos casi salidos de las
rbitas, como una expresin feroz. Otros los cierran como si estuviesen
dormidos, movindose y cantando en pleno ensueo. Los derviches empiezan
a justificar su ttulo de aulladores. La letana se corta con gritos
estridentes, verdaderos ladridos, que espeluznan de horror a los
espectadores europeos. La movible cofrada semeja una aglomeracin de
fieras amaestradas. Sus voces no tienen ya nada de humano. Hay momentos
en que parece que van a saltar las barandillas para morder a los
occidentales curiosos agrupados detrs de ellas.

De pronto, un golpe ensordecedor sobre la madera del pavimento. Un
cuerpo que se desploma. El auditorio se estremece como ante la cada de
un cadver. Es un negro grande y enjuto, cubierto de sagrados harapos,
que se revuelca en el suelo con los miembros torcidos, la boca espumosa
y los ojos en blanco por un estrabismo loco. Segn cuentan, este negro,
que dentro de la mezquita parece un mendigo fantico, es capitn de
caballera en el ejrcito del Sultn. De su pecho oscilante sale un
rugido, que es al mismo tiempo una queja de dulce agona. _allah
hou...!_ Y en la crispacin de su rostro lustroso, en su mirada
completamente blanca, hay algo de xtasis, como si contemplase a su Dios
asomando entre esplendores de oro sobre las tiendas celestiales, en
cuyas aberturas aguardan las hures de redondas formas y hmedos ojos a
los guerreros fieles del Profeta.

Tras el negro, cae otro derviche, y luego otro. Ruedan sobre el
entarimado los cuerpos, convulsos por la embriaguez hipntica, lanzando
aullidos espeluznantes. Las viajeras occidentales huyen desfallecidas,
ocultando los ojos en el pauelo, sintiendo que ellas tambin van a
desplomarse a impulsos del excitado histerismo de su sexo; y mientras
tanto, los derviches que an se mantienen de pie se agitan cada vez con
mayor mpetu y desfiguran sus voces hasta convertirlas en ladridos.

Cerca de una hora dura esta pesadilla feroz, esta escena que parece de
otro mundo.

Al fin, el gran sacerdote se mueve, hace un gesto, y se rompe la fila de
los derviches. Los que an se mantienen de pie salen de la sala con paso
vacilante, en pleno vrtigo, para ir a secarse el sudor y tomar aliento
en una pieza vecina. Los que estn inertes en el suelo, como si
durmiesen, son sacados a brazos.

Un ayudante del gran sacerdote entra en la mezquita llevando de la mano
larga fila de nios y nias. Todos se arrodillan ante el imam, esperando
el momento de la curacin. Vienen de los barrios ms apartados de
Constantinopla; han pasado el Bsforo para llegar a la mezquita de los
derviches aulladores. El gran sacerdote, descendiente del Profeta,
venido de la misteriosa Arabia, donde reside toda sabidura, cura con el
soplo de su aliento y el contacto de sus pies. Unos a otros se
transmiten, con el alto sacerdocio, este divino poder. Esto lo saben
desde el Sultn hasta el ltimo _hamal_ de los muelles del Cuerno de
Oro.

Las criaturas se tienden boca abajo en el suelo de la mezquita. El
hermoso imam se yergue, despojndose de las babuchas, y apoyado en uno
de sus ayudantes camina lentamente sobre los riones de las criaturas.
Poco debe pesar el enjuto y esbelto rabe; pero aun as, parece
imposible que no revienten estos cuerpecitos que forman un pavimento
animado bajo sus pies. El noble y sereno gesto de resignacin del
hermoso sacerdote! Su triste gravedad al volver a repasar sobre los
cuerpos de los pequeos...!

stos se levantan, se sacuden, salen riendo y empujndose, como
criaturas acostumbradas a venir todas las semanas, y para las cuales el
viaje es una verdadera fiesta. No presentan ninguna enfermedad exterior.
Parecen sanos y robustos. Sus padres quieren curarlos de embrujamientos
e inapetencias, males de los que triunfa casi siempre el santo imam...
con ayuda del tiempo. Despus se prosternan ante l, implorando la
huella de sus pies, hombres de todas clases: viejos cargadores,
soldados y marineros.

Cerca de m est sentado un joven turco, elegantemente vestido a la
europea, con alto cuello, vistosa corbata y un gabn ingls a rayas. El
fez es lo nico que delata su nacionalidad. Tiene cara de alegre
vividor, falto de escrpulos; sus ojos son de fra insolencia; en su
rostro lleva marcas recientes de enfermedades irrevelables. Cmo reir
este turco ultramoderno de la credulidad de sus compatriotas...!

El imam, ocupado en marchar sobre los riones de los fieles, lanza
rpidas miradas a unas celosas tras las cuales se adivina cierta
agitacin acompaada de sordo zumbido. Son las damas turcas, que se
impacientan. El sacerdote debe subir para la curacin de las enfermas en
una pieza aparte.

Acurrucado en la piel de cordero, se prepara a hacer su oracin ante el
Mirab antes de partir, cuando llega el ltimo enfermo. Es el joven turco
vestido a la inglesa, el elegante del gabn rayado, que se arrodilla
compungido, brillantes de fe los audaces ojos.

El imam escucha con un gesto de inmensa misericordia la corta confesin
de sus pecados y enfermedades. Le abraza, le sopla varias veces en los
ojos y en la boca, sin perder su noble gravedad, y luego pasa varias
veces sobre l, mantenindose derecho sobre sus riones con la calma de
un filsofo, convencido de que la humanidad cobarde quiere ser engaada
en sus dolores y que la mentira es buena cuando puede servir de
consuelo.




XXX. LIBERTAD RELIGIOSA


En ninguna ciudad del mundo existe la libertad religiosa que en
Constantinopla.

Los que confunden a todos los mahometanos en un concepto comn, y creen
que el fantico y cruel marroqu es semejante al turco, se extraarn de
esta afirmacin; y sin embargo, nada ms cierto. En Constantinopla viven
todos los cultos con entera libertad y todos sus ministros gozan de
igual respeto. El patriarca griego, el patriarca armenio, el gran
rabino, el arzobispo armenio catlico y el arzobispo catlico romano,
todos son funcionarios del Imperio, iguales en respeto al Gran Imam y
retribuidos por el emperador con generosa largueza, segn el nmero de
adeptos que cada religin cuenta en sus Estados.

Es ms: el Comendador de los Creyentes, el heredero del Profeta, que
muchsimos occidentales se imaginan como un mahometano feroz e
intolerante, tiene en su Consejo de Estado y entre los altos pachs que
le rodean hombres de todas las religiones, para poder atender a los
diversos servicios sin lastimar las creencias de sus sbditos.

Si ha de nombrar el gobernador del Lbano, elige siempre a un pach
catlico, por ser sta la religin de los pobladores de dicha provincia;
si se trata de Samos o cualquier isla turca vecina del Archipilago,
designa a un pach griego; y as hace en los dems vilayetos de su
vasto Imperio.

Los turcos no sienten la fiebre del proselitismo. A sus imames no se les
ocurre jams catequizar a nadie. Es ms: desprecian al renegado y
miran con inquietud al hombre que cambia de religin, aunque sea para
abrazar la suya. Lo que ellos aman es el poder poltico, la dominacin
conquistadora, y les basta con que los hombres se sometan a su autoridad
y sus leyes, sin importarles el secreto de su conciencia.

Siempre hablan con respeto de las religiones ajenas.

--Estn equivocados--dice el viejo turco con superioridad bondadosa--.
No conocen la verdad, pero al fin creen en Dios, que es lo importante, y
le honran y glorifican a su manera, lo mismo que nosotros.

Los turcos slo tienen un odio religioso, irracional y feroz: el odio al
persa musulmn, que es para ellos un conjunto de todas las herejas y
abominaciones: lo que el protestante para un catlico rancio.

Los musulmanes de Persia, partidarios de la secta chita, que creen en
el Profeta pero le dan distintos descendientes, inspiran un odio
irreductible al buen turco.

--Esos perros!--exclaman cuando ven un rostro de verde aceitunado
cubierto con gorro de astracn--. Los _giaoures_ no son culpables de sus
errores. Siguen la religin que les ensearon sus padres. Pero esos
persas que conocieron la verdad y se apartaron de ella...!

Un desprecio invencible separa al turco del persa. Los numerosos
sbditos del sha que viven en Constantinopla se ven rodeados de la
general animadversin. Las guerras con Persia han sido siempre
popularsimas en Turqua. Si no existiese la vigilancia de las grandes
potencias y el llamado equilibrio de las naciones, hace tiempo que el
ejrcito del _Padich_ habra entrado vencedor en los palacios de
Tehern.

Pero a pesar de este odio, que resulta implacable por lo mismo que se
desarrolla entre prximos parientes, el persa goza en Constantinopla de
una libertad absoluta. Cuando llega su Cuaresma--Cuaresma asitica,
sanguinaria y salvaje--, los fieles se renen pblicamente para
entregarse a crueles fiestas. Se azotan con ltigos de hierro; se
atraviesan las carnes con puales; se hieren, al comps de los himnos,
con agudos sables, hundiendo siempre las hojas entre los labios de la
misma herida; danzan haciendo ondular sus blancas tnicas manchadas de
sangre, allan como posedos, y el turco les contempla impasible, sin
intervenir jams en su delirio, alabando a Al omnipotente, que castiga
a los enemigos con tales errores y locuras.

En los pases que monopolizan el ttulo de civilizados, en las naciones
de mayor tolerancia religiosa, Inglaterra y los Estados Unidos, por
ejemplo, los diversos cultos gozan de libertad, pero ven limitados sus
derechos cuando intentan salir a la va pblica.

En Constantinopla la libertad es ms completa, pues ni siquiera existe
dicha limitacin. La gran calle de Pera podra titularse la calle de las
religiones. En la misma acera, y casi tocndose, existen una mezquita de
derviches danzantes, la iglesia de San Antonio de los frailes franceses,
el pequeo convento de franciscanos espaoles de Jerusaln, dos
sinagogas, un templo armenio, una capilla evanglica alemana y otra
inglesa. El paseante ve al travs de las grandes rejas de un ventanal
tmulos venerables de viejo terciopelo coronados de enormes turbantes y
alumbrados por tenues lmparas; ms all, un patio con claustros y una
cruz en medio, a la sombra de rboles seculares; y al mismo tiempo que
suena la campana del templo catlico, se escapa por ciertas ventanas el
coral luterano, lento y solemne, de los que cantan la gloria de Jess
libre de las corrupciones de Roma, y llega hasta la calle el ruido
montono de flautas y tamboriles que acompaa el baile de los derviches.

El turco, tolerante con todas las creencias, se detiene a la puerta de
los templos, y por poco que insista el celo catequizador del sacristn o
el empleado que est a la entrada, penetra en ellos con una gravedad
respetuosa. No se quita el fez, porque esto sera en l seal de
menosprecio, y cubierto, asiste a las ceremonias de un culto que no es
el suyo, con una rigidez respetuosa, sin parpadear, sin darse cuenta de
la curiosidad que despierta entre los fieles.

Hay que or hablar a un turco de sus visitas a los templos extraos,
para darse cuenta de la gravedad con que trata la fe ajena. All no est
Mohamed, el amado Profeta, pero hay algo de Al, poderoso seor cuyo
poder reverencian los infieles, aunque indirectamente.

No hay miedo de que el contacto con las otras religiones perturbe la
conciencia del turco, convirtindole. Si l no se preocupa de catequizar
a los infieles, considerndolo tarea intil, es porque los juzga con
arreglo a su fe inconmovible y a prueba de seducciones. Si a un turco
llegan a convencerle de lo irracional de sus creencias, vivir en
completo escepticismo, ser ateo, pero jams se le ocurrir remplazar
con una nueva religin las doctrinas muertas. La apostasa tiene para l
una importancia ms que religiosa: es renegar de la raza, de los padres
y del nacimiento; una descalificacin por toda la vida, una abyeccin
incompatible con el honor.

Jams mezcla el turco la religin del enemigo en los odios que le
impulsan contra ste. Le combate y le extermina porque cree que desea
apoderarse de su territorio, porque amenaza con quitarle el pan, porque
es valeroso y arrogante como l y no pueden subsistir juntos; pero nunca
porque adore a un Dios distinto del suyo. Tiene en poco aprecio al
judo porque es rapaz y de mala fe en sus tratos, a pesar de lo cual los
hijos de Israel gozan aqu de una ciudadana que les negaron en el resto
del mundo. Ha degollado recientemente al armenio en las calles de
Constantinopla porque ste, ms malicioso y activo, le arrebataba la
hacienda y adems soaba con trastornar la sedentaria vida turca
arrojando bombas de dinamita en mezquitas y calles. Le extermin por
rivalidad econmica y por librarse de las angustias del terrorismo, no
porque fuese cristiano. Mira con desconfianza al griego porque la
religin cismtica es la del ruso, eterno peligro de su patria, y porque
tras sus melosas cortesas oculta el deseo de una sublevacin general en
los pases de la antigua Grecia. Pero a pesar de todos estos odios, ms
o menos justificados, jams el populacho de Constantinopla, en sus
terribles motines, ha penetrado en las sinagogas ni en los templos
griegos y armenios. Mata al enemigo en las calles y se detiene
respetuoso ante los umbrales de las iglesias, convencido de que all,
como en todos los lugares donde se reverencia a Dios, vive Al con
distinto nombre.

Su fe religiosa, sincera, profunda, inconmovible, nicamente se permite
cierta irona despectiva ante la fe de los judos y cristianos. Su
pensamiento un tanto primitivo discurre en salvaje lnea recta, sin
desorientarse entre esas concesiones que enmaraan y retuercen nuestros
razonamientos de civilizados.

Ellos tienen sus lugares santos en La Meca y Medina, y las dos ciudades
venerables son suyas. Jams un lugar donde puso sus pies el Profeta
caer en poder de los _giaoures_; antes morirn todos los creyentes.
Europa se burla de la pobre Turqua, la explota, la escarnece, pero
Turqua guarda su herencia de Dios. En cambio, los pueblos civilizados
hablan a todas horas de Cristo. Sus religiones, sus costumbres, sus
leyes, todo est moldeado en el nombre y conforme al espritu de un
judo que hace muchos siglos vivi en Jerusaln... Y Jerusaln, Beln y
todos los lugares por donde pas el Hombre Dios, Seor ahora de los
pueblos ms poderosos del planeta, siguen en poder del Comendador de los
Creyentes, del soberano de Constantinopla! Para qu los grandes barcos
que escupen fuego y muerte, los enormes ejrcitos, las mquinas de
mgico poder, las inmensas riquezas de los banqueros judos, si la tumba
del Dios de los unos y la ciudad santa de los otros contina bajo el
dominio del sucesor del Profeta...? El buen turco, pensando esto, sonre
y cree firmemente en la grandeza de su religin y de su raza, ya que
conserva en cautividad de siglos la cuna religiosa de los pueblos ms
fuertes de la tierra.

Su tolerancia, producto del carcter ms que de la imposicin de las
leyes, es una manifestacin de la bondad orgullosa con que el turco
protege siempre al que considera dbil. Nada le importa que las
religiones extraas se establezcan junto a las mezquitas y que salgan en
sus ritos a las calles de Constantinopla. Las considera con la benvola
sonrisa del guerrero que durante su descanso contempla un juego de
nios; y las religiones se aprovechan de esta benevolencia, gozando de
una libertad que no tienen en ninguna parte.

Desde la ventana de un hotel del barrio de Pera he asistido al desfile
de todas las religiones de Europa. Suenan graves cantos litrgicos,
acompaados de una calma repentina en los ruidos de la calle. Me asomo.
Los carruajes de alquiler se han detenido junto a la acera; los turcos a
caballo tiran de las riendas a sus cabalgaduras y se alinean a lo largo
de la calle; los _hamal_ encorvados bajo sus cargas y los simples
transentes se agolpan junto a las paredes, formando dos masas de gorros
rojos. Es un entierro. Al frente avanza la cruz entre candelabros
sostenidos por monaguillos, lo mismo que en los pueblos catlicos.
Detrs vienen en dos filas barbudos frailes cantando el oficio de
difuntos. Luego se agolpan, con grandes blandones encendidos o
disputndose el honor de llevar en hombros el fretro, un sinnmero de
sbditos otomanos, todos con el fez en la cabeza. Unos son catlicos,
otros no lo son, pero todos acompaan con fraternal piedad al amigo
muerto, y se unen a los sacerdotes y los smbolos de la que fue su
religin. Al pasar la cruz, los turcos parecen saludarla con sus ojos
graves. Algunos se llevan una mano a la frente, acogindola con el
solemne saludo oriental.

Tras el entierro catlico pasa una boda griega, con su charanga al
frente y el pope barbudo sentado junto a los novios; y el cortejo
fnebre de un nio de la misma religin, en el que marchan los parientes
con sacos de bombones para obsequiar a los amigos cuando termina el
sepelio; y un casamiento armenio, en el cual llevan los contrayentes
enormes cirios labrados, verdaderos monumentos de cera, con rizadas
volutas y prolijos capiteles. Y todas estas manifestaciones de los
diversos cultos, con sus sacerdotes y sus ritos, slo producen en la va
pblica un movimiento de curiosidad acompaado de corts benevolencia.

La fiesta semanal de cada religin se observa con entera libertad. Los
turcos, seores del pas, son los que menos ocupan la atencin de los
otros, los que menos molestan a sus conciudadanos. El viernes--que es su
domingo--pasara inadvertido a no ser por el movimiento de tropas y
funcionarios que acompaan al _Padich_ en la fiesta del Slamlik. El
sbado, fiesta de los judos, se cierran las principales tiendas de
Constantinopla, ms de la mitad de los puestos del Gran Bazar, y queda
en suspenso una buena parte de la vida comercial. El domingo repican las
campanas de los numerosos templos catlicos de Glata y Pera, suena el
armnium en las capillas evanglicas, cirranse Bancos y tiendas, y las
gentes, endomingadas, van a misa o a los oficios, lo mismo que en
Europa, ante la mirada benvola del turco, que, supeditado al poderoso
occidental, se ve obligado a observar un nuevo da de fiesta.

De todas las religiones que existen en el Imperio, la cristiana es la
que parece ms allegada a la simpata del turco. ste habla de Jesuh
como de un profeta algo inferior al suyo, pero igualmente venerable: una
especie de segundn de Mahoma. Es ms: como turco, sabe poco de
Historia y su pensamiento espeso no tiene una nocin clara de los aos y
la distancia, cree de buena fe que los dos vivieron a un mismo tiempo,
que fueron grandes amigos y trabajaron juntos en la obra de Dios, aunque
al final cada uno tom distinta direccin.

En Constantinopla es popular la ancdota de un soldado turco que entr
en un templo catlico durante la Semana Santa.

El soldado turco es lo ms leal, lo ms noblote, y al mismo tiempo lo
ms salvaje y duro de mollera que existe en el Imperio. El servicio de
las armas pesa nicamente sobre los otomanos musulmanes, y como a
Turqua le quedan pocos territorios en Europa, comparados con los que
posea hace medio siglo, su ejrcito se nutre de reclutas extrados de
las entraas de Asia, de las lejanas y brbaras provincias. Son
mocetones semisalvajes, silenciosos, de facciones rgidas y ojos
inmviles, como si estuviesen abstrados continuamente en una laboriosa
reflexin para comprender lo que les hablan. La ruda disciplina a la
alemana y la severidad de unos oficiales que no se andan en
contemplaciones mantienen a estos soldados semibrbaros en una
subordinacin automtica. Slo as, bajo las amenazas del castigo,
pueden vivir en una gran ciudad estos asiticos, en cuyo interior
dormita el alma de los hombres primitivos. En los tiempos en que se
amotinaba el ejrcito turco, la soldadesca, al correr libre por las
calles de Constantinopla, violaba a las mujeres con una lubricidad
feroz, excitados por la privacin en el seno de una sociedad que
mantiene recluidas a las hembras y haca sufrir a los hombres odiosos
ultrajes, ms que por vicio, por menosprecio de raza. Hoy, que viven
acuartelados y obedientes, sin el ms leve intento de rebelda, an se
permiten tmidos desmanes a impulsos de su ardorosa naturaleza oriental
y del hambre del celibato. La mujer que es de su raza les inspira
respeto y miedo; pero en las calles de Constantinopla se aprovechan de
la confusin y el trnsito para tentar con brbara galantera el dorso
de todas las seoras vestidas a la europea.

Junto con este salvajismo tienen una noble franqueza para confesar sus
delitos. Jams ha habido que castigar en masa a un regimiento. Cuando
los oficiales, enterados del crimen de un soldado, preguntan a su gente
quin es el autor y le amenazan con penas generales, el delincuente sale
de las filas para marchar tal vez al cuadro del fusilamiento, resignado
a morir antes de que sufran por su culpa los compaeros inocentes.

Este salvaje disciplinado y uniformado a la alemana es de una credulidad
y de una ignorancia que hace rer a las gentes. Deslumbrado por las
maravillas de Constantinopla al llegar de su lejana aldea de Asia, todo
lo cree posible, y escucha sin pestaear las ms estupendas mentiras,
limitndose a un mugido de asombro. Sobre su duro cerebro surgen como
dbiles eflorescencias muy contadas ideas. Slo considera indiscutibles
que Mohamed es el Profeta de la verdad, el _Padich_ el monarca ms
poderoso de la tierra y los turcos los hombres ms valerosos del mundo.
Fuera de estas creencias inconmovibles, lo dems lo acepta sin
discusin, con la indiferencia de un pensamiento que no quiere darse el
trabajo de funcionar.

Un Viernes Santo, cierto soldado turco, falto de distraccin, sintiose
atrado por una gran puerta del barrio de Pera. Entraba y sala el
gento europeo al travs de ella, y en el fondo brillaban luces, como
estrellas rojas en un cielo negro. Era un templo catlico. El soldado
entr, erguido el fez sobre la frente, llevndose a l una mano con
expresin de respeto y examinando impasible los altares enlutados y el
traje sombro de los fieles.

Un europeo de carcter alegre, conocedor del idioma turco, se uni a l
para gozarse en su estupefaccin y su ignorancia.

--Quin es se?--pregunt el soldado, sealando un cadver tendido en
rico lecho cerca del altar mayor.

--se es Jess, que ha muerto. T conoces a Jess...? Jesuh, el amigo
de Mohamed, el hijo de Mara.

El mocetn, tras larga pausa reflexiva, movi la cabeza.

--Ah...! Jesuh..., hijo de Myriam..., amigo de Mohamed...
Conozco--dijo al fin, con la concisin del idioma turco.

Se acerc para contemplar de ms cerca el sagrado cuerpo, y as
permaneci mucho tiempo en rgida actitud de respeto, como si estuviese
en presencia de su coronel. Sus ojos parecieron conmovidos al fijarse en
las heridas sangrientas.

--Lo han matado?--pregunt.

--S; lo han matado.

--Quines?

--Los judos.

El buen osmanl hizo un gesto como si no le sorprendiese la noticia.
Los judos! Las gentes malditas que viven all, en el barrio de
Glata! Quines otros podan ser...?

--Pobre Jesuh...! Y cmo fue?

El europeo, animado por la grave credulidad del turco, crey del caso
aumentar an ms su estupefaccin.

--Iban juntos, de camino, Mohamed y Jesuh, predicando la gloria de
Dios. Salieron los judos a su encuentro. Mohamed pudo huir, pero el
pobre Jesuh, como era ms dbil fue asesinado, y ah le tienes.

Qued en silencio el soldado.

--Y los judos queran matar a Mohamed...?

El europeo lo afirm varias veces, gozndose en las exclamaciones de
asombro del crdulo mocetn.

--Ah! Mohamed! Querer matarle!

Cansado de contemplar el cadver de Jesuh y las gentes que se
arrodillaban para besarle los pies, el soldado sali a la calle.

Los turcos tienen un sentido especial para reconocer a judo, aunque se
vista a la europea. Lo olfatean, lo adivinan al travs de toda clase de
disfraces. A los pocos pasos tropez con un israelita. Impvido, con su
flema de oriental, le vant el puo, y rod el judo por el suelo con
el rostro lleno de sangre. Un puetazo de osmanl es terrible. Fuerte
como un turco, dice el proverbio.

Se arremolin la gente, surgieron en un instante numerosos
correligionarios del cado, pues los israelitas estn en todas partes
para ayudarse, la Polica militar se apoder del agresor, llevndolo al
cuartel entre las vociferaciones y lamentos de la muchedumbre juda.

En el cuarto de banderas, los oficiales se asombraron del suceso. Un
buen soldado, que nunca haba dado motivo de queja!

--Por qu has hecho eso?

El mozo, intimidado en presencia de sus superiores, balbuce, como el
que repite una leccin:

--Mohamed y Jesuh iban juntos... Salieron judos y mataron a Jesuh...
Mohamed huy, porque es fuerte y tiene buenas piernas. Pero si llegan a
alcanzarlo...!

Y como los oficiales rompieran a rer, asombrados de tanta simplicidad,
el soldado aadi, con la fe del buen creyente:

--Yo lo s... Yo lo he visto.




XXXI. RESTOS DE BIZANCIO


La _At-Meidan_ o plaza de los Caballos es el antiguo Hipdromo de
Bizancio. Antes que el sultn Mahmud reformase la vida turca a
principios del siglo XIX, aqu venan los _itchoglans_ o pajes del
Serrallo a ejercitarse en el manejo de la jabalina. Aqu tambin, en
esta plaza, teatro tantas veces de las revueltas de los genzaros, acab
el enrgico Sultn con la terrible milicia que despus de haber salvado
a Turqua haca imposible su existencia. Fue en 1826. Mahmud dio a los
genzaros un gigantesco banquete en la plaza de los Caballos, y a los
postres cerrronse todas las bocacalles con regimientos fieles y
numerosas bateras. Los caones vomitaron metralla sobre la plaza, y en
unos cuantos minutos perecieron aquellos guerreros feroces que haban
hecho temible en Europa el nombre de Turqua.

La plaza es un rectngulo prolongado, que comunica por uno de sus
extremos con otra plaza ms pequea, donde est Santa Sofa.

_At-Meidan_ es el gora del viejo Estambul. En los cafetuchos y pequeos
puestos de la plaza se renen a charlar, tomando caf o pasando las
cuentas del rosario, los turcos ms turcos de la ciudad: los
tradicionalistas, de grueso turbante y caftn multicolor; los derviches
silenciosos, de capa parda y gorro de fieltro; los imanes jvenes, de
rostro asctico, vestidos de negro, que permanecen con la mirada fija en
el espacio, como si contemplasen la gloria de Al.

Todo un lado de la gran plaza lo ocupan un gran cuartel y el Palacio de
Justicia, flanqueado de sombras prisiones. En el lado opuesto est la
mezquita del sultn Ahmed, la ms grande de Constantinopla por el
terreno que ocupa, rodeada de muros con rejas que dejan ver los patios y
jardines interiores y coronada por seis minaretes blancos, altsimos y
sutiles, con remates de oro.

En el centro de la plaza, siguiendo una lnea que marca la divisoria de
las antiguas arenas del Hipdromo, mantinense en pie tres monumentos
interesantes de la Antigedad: el Obelisco de Teodosio, la Columna
Serpentina y la Pirmide Murada.

El Obelisco de Teodosio es padre venerable del de la plaza de la
Concordia, de Pars, y de todas las agujas egipcias que adornan jardines
en Inglaterra y los Estados Unidos. Fue el monarca bizantino el primero
a quien se le ocurri aprovechar para su propia gloria los monumentos
con oscuros jeroglficos extrados del misterioso Egipto. Este obelisco,
enorme aguja de granito rosa, fue trado de Helipolis y erigido en el
centro del Hipdromo sobre una base esculpida en honor de Teodosio. La
base an subsiste con sus altos relieves, que apenas han sufrido
desgastes despus de una existencia de diecisis siglos. Las lluvias y
el aire, ms que la irreverencia de los hombres, han rodo los salientes
de las figuras, achatando sus rostros. Las escenas de la vida pblica de
Bizancio hace mil seiscientos aos reviven en este monumento. En una de
sus caras, Teodosio, con su esposa y sus hijos Arcadio y Honorio,
mustrase rodeado de toda la pompa oriental. Los cortesanos se
prosternan a sus pies, y en el fondo, como espeso bosque, agrpanse las
lanzas de los pretorianos. En otra cara aparece erguido en el palco
imperial, presidiendo los juegos del Circo. En otra recibe el homenaje
de los enviados extranjeros. Y junto a estas escenas de la vida
bizantina vense esculpidas las mquinas, las gras, los primitivos e
ingeniosos artefactos que sirvieron en aquella poca para erigir la
pesada mole.

Algunos metros ms all lzase la Pirmide Murada, triste ruina que hace
sonrer cuando se piensa en su pretencioso origen. El emperador
Constantino Porfirognito, al erigirla, la llam el Coloso, afirmando
que era rival del de Rodas; pero hoy, del pobre Coloso slo queda un
obelisco de piedra vulgar, sin adorno alguno. En otros tiempos estaba
revestida, desde la base hasta el vrtice, de gruesas lminas de bronce,
que, ciertamente, le daran un aspecto deslumbrador. Pero llegaron los
guerreros de la cuarta cruzada, soldados de Dios que hicieron ms dao a
Constantinopla que los turcos, y tomando el bronce por oro, despojaron a
la pirmide de su envoltura, dejndola en su desnudez actual.

De los tres monumentos del Hipdromo, el ms antiguo e importante es la
llamada Columna Serpentina. Maltratada por los hombres y los siglos,
reducida a una tercera parte de su altura, rota y casi informe, como un
andrajo del pasado, da, sin embargo, la impresin de esos monumentos
venerables en los que se admira ms lo que no se ve que lo todava
visible. El suelo del Hipdromo, con las ruinas de la ciudad, el paso de
los siglos y los temblores de tierra, se ha elevado ms de tres metros,
y la columna famosa, lo mismo que los otros monumentos del Hipdromo,
est a cierta profundidad, en el fondo de un hoyo rodeado de barandilla.

Esta columna es el monumento ms autntico e importante que poseemos de
la Antigedad griega. Fue fundida en Atenas para conmemorar la victoria
de Platea sobre los persas, y la colocaron en el templo de Delfos,
frente al gran altar. Representaba tres serpientes de bronce enlazadas
tan estrechamente, que formaban a modo de un solo reptil con tres
cuerpos y tres cabezas. Los nombres de todas las ciudades griegas que
tomaron parte en los gloriosos combates de Salamina y Platea figuraban
grabados en ella. Un trpode de oro consagrado a Apolo reposaba sobre
las cabezas de las tres serpientes. Este trpode fue robado por los
focios, pero la columna mantvose intacta en Delfos hasta los tiempos de
Constantino, en que ste la arranc de la tierra sagrada de Grecia para
embellecer su nueva ciudad del Bsforo.

Las mutilaciones de la Columna Serpentina datan de muchos siglos. El
fanatismo cristiano de los bizantinos se ensa en el monumento, viendo
en las tres serpientes una obra del demonio. Varias veces el populacho
la atac con palos y piedras. En tiempos del emperador Tefilo, el
patriarca de Constantinopla vino cauteloso una noche, y a martillazos
rompi las cabezas de los reptiles. Solamente pudo destruir dos. Siglos
despus, la supersticin musulmana remplaz al fanatismo cristiano.

Al entrar Mohamed II vencedor en Constantinopla sobre su caballo
ensangrentado, ebrio de clera y de matanza, lleg a la plaza del
Hipdromo, detenindose ante la triple serpiente, a la que tom por un
dolo de los vencidos. Pueblo execrable de infieles, adoradores del
demonio...! Y lanz su maza de guerra con tal fuerza contra la bestia,
que parti la nica cabeza que an se mantena intacta. Despus de este
acto--segn cuenta la tradicin turca--, una invasin de serpientes
vivas se esparci por Constantinopla, y el pueblo, posedo de
supersticioso terror, respet y repar el monumento. Pero los ladrones
acabaron la obra destructora de la supersticin. La columna tent su
codicia, se dedicaron a robar fragmentos de ella, y fue vendido como
vulgar metal el bronce contemporneo de Temstocles que an conservaba
legibles los nombres de las treinta ciudades griegas que tomaron parte
en la guerra contra los persas, las mismas que menciona Plutarco.

Para encontrar otros vestigios de la dominacin bizantina en esta
Constantinopla modificada por los turcos, hay que salir de ella y seguir
el extenso recinto de sus murallas.

Ms de ocho kilmetros de longitud tienen las antiguas fortificaciones
de Bizancio. Se sale de Estambul en ferrocarril, y el tren atraviesa
extensas campias con pueblos que no son ms que barrios apartados de
Constantinopla. Desde la ventanilla del vagn se ven tierras desoladas,
pedazos de desierto, cementerios que se pierden de vista, con sus
pequeas tumbas blancas y apretadas como un rebao inmvil que en vano
busca un hierbajo en la tierra rida. Y todo este suelo muerto, hollado
muy de tarde en tarde por los pies del hombre, fue la antigua
Bizancio...!

El tren, despus de detenerse en varias estaciones, llega al lugar de
donde arrancan las murallas, a orillas del Mrmara, para extenderse
hasta las riberas del Cuerno de Oro, formando una lnea de ocho
kilmetros en la parte ms ancha de la pennsula triangular.

Al descender del vagn, el viajero cae en una soledad de cementerio.
Mseros bancales mal cultivados vegetan a la sombra de las murallas, que
son enormes, rojizas, con profundos socavones, ms semejantes a restos
de un cataclismo geolgico que a obra de los hombres. Los torreones que
antiguamente la flanqueaban son informes montculos por los que trepan
plantas parsitas huyendo del matorral que rodea sus bases como una
inundacin sombra y pinchosa. Sobre sus plataformas, semejantes a bocas
viejas, en las que slo queda el diente aislado de algunas almenas,
crecen higueras salvajes, rboles silvestres que tienen siglos, parias
de la vegetacin que hunden sus races en sillares y argamasa y viven de
chupar el jugo de la piedra: parasoles verdes y frondosos que agitan su
cpula bajo el viento de la estepa, en esta soledad, libres del hombre.

La llamada Torre de Mrmol descuella en la confusin de escombros rojos
y oscura hojarasca con el brillo de su ntida blancura. Est en la
orilla del mar, o ms bien dicho, en el mismo mar. La emanacin
salitrosa del agua azul, el paso de los siglos, las inclemencias del
cielo, no han conseguido empaar ni modificar su blancura. La torre
parece sonrer al reflejarse invertida en la glauca entraa del Mrmara
que riza sus blancos contornos. Los sillares son de pilastras de remotos
templos, de columnas griegas, de lpidas sagradas. Vista de lejos,
parece una sola pieza. De cerca, revela el origen de sus materiales en
las inscripciones, los capiteles y las estras arquitectnicas que an
se marcan en sus diversos sillares. Parece el fantasma gracioso de
Bizancio surgiendo entre la destruccin, obra de siglos, y el
aniquilamiento, obra del invasor. Su cspide est limpia de melenas
vegetales. Las semillas silvestres no han encontrado jugo vital en el
pulido mrmol. Abajo, los blancos cimientos se hunden en las aguas
profundas, y las algas agarradas al mrmol forman una cabellera verde y
ondulante. Chap...!, chap!, susurran las olas del Mrmara con lento
comps al batir esta torre desde hace ms de mil aos, y los largos
filamentos verdes se rizan estremecidos a cada vaivn de las aguas, y
arriba responden las cigarras y los abejorros rozando sus chirriantes
litros en la rumorosa soledad. Y as vivir an siglos y siglos la
Torre de Mrmol, blanca como un panten, olvidada de los tiempos en que
lucan a sus pies las lanzas de los guerreros bizantinos y entraban en
sus cmaras las damas del Bajo Imperio arrastrando tnicas bordadas con
escenas bblicas. Apenas si presume ya este venerable monumento que
existe el hombre. La vida humana slo va a su encuentro de tarde en
tarde en forma de algn pelotn de viajeros, que la fotografa de lejos.
Ninguna nave atraca junto a sus muros, que an guardan vestigios de
anillas de bronce. Los barcos modernos son para ella leves manchas de
humo que resbalan por el lomo remoto del mar solitario.

Cmo describir la gigantesca y aplastante monotona de las murallas
que, partiendo de aqu, van a buscar las aguas azules al otro lado de
Estambul...? Media jornada se invierte en el viaje a lo largo de este
recinto que un da fue la ms imponente de las fortificaciones de la
tierra, y hoy, visto de lejos, da la sensacin de una barda de corral
arruinada. Se marcha durante horas y horas viendo siempre a la derecha
el muralln rojizo flanqueado de torres. A trechos, la obra est entera
y ofrece un aspecto majestuoso; ms all cae en ruinas, y por las
brechas se ven terrenos yermos o blancos cementerios. Las puertas
antiguas que an abren paso entre los dos desiertos, a un lado y a otro
de la muralla, parecen gargantas del vaco. La soledad y la muerte por
todas partes. A la izquierda, la tierra es una inmensa necrpolis. Los
turcos ricos buscan su tumba en la santa colina de Eyoub, en los
cementerios prximos al Bsforo o en el inmenso Scutari. Aqu vienen a
pudrirse los pobres, los esclavos, los griegos, los armenios, todos los
que no tienen fortuna o una familia que vele por ellos.

Inmenso el cementerio, sin tapias que lo limiten ni escaseces de terreno
que obliguen a amontonar un cadver sobre otro, cada muerto goza como
dueo absoluto su pedazo de tierra; cada ficha funeraria marca slo un
cuerpo, y la necrpolis se extiende hasta perderse de vista,
confundiendo sus mojoncillos de piedra con la lnea del horizonte.
Parece que un ejrcito incalculable, superior a toda imaginacin,
millones y millones de muertos, envuelven en apretado bloqueo a la
ciudad antes de asaltar sus muros.

Los cementerios turcos...! En el corazn de Constantinopla, en el mismo
barrio europeo de Pera, existen an, sin que el transente se sienta
impresionado al pasar junto a ellos. La muerte no tiene en Turqua el
aspecto horripilante que en los pases occidentales. Los que sobreviven
recuerdan al difunto amado a todas horas, le lloran, pero nunca se les
ocurre visitar la tumba que guarda sus despojos y cubrirla de adornos
repugnantes. Este pueblo sabe que el ser perdido no est ya en la
tierra, que su verdadera esencia no es lo que se pudre en el suelo, y
olvida la tumba, no imitando a las gentes cristianas, extraos
espiritualistas, falsos charlatanes de la inmortalidad del alma, que
rinden a la materia en descomposicin y al pelado esqueleto un culto
casi igual al que los egipcios tributaban a sus momias.

Este olvido de los cuerpos da a los cementerios turcos el majestuoso
encanto de la verdadera soledad. Los de Constantinopla y Estambul se ven
frecuentados porque sus arboledas y kioscos los convierten en lugares de
recreo; pero los cementerios de los grandes muros son el verdadero campo
de la muerte, el desierto de la nada. Se caminan leguas sin encontrar un
ser viviente. Hasta los pjaros huyen espantados por la falta de
vegetacin; hasta los lagartos emigran de esta tierra seca, donde apenas
crecen hierbas. Sobre el suelo no se ven ms que tumbas y tumbas, todas
semejantes, todas pequeas, con una sobriedad serena y tranquila que
despoja a la muerte de su aparato terrorfico. Son simples lminas de
mrmol, anchas y semicirculares por arriba y estrechas abajo, clavadas
en el suelo: una especie de corazones muy prolongados. El remate de cada
uno de estos mojones indica el sexo y la calidad del cadver. Las tumbas
de las mujeres tienen esculpido en lo alto un grupo de flores; las de
los sacerdotes, un turbante; las de los simples ciudadanos, un fez.
Cuando la tumba es reciente, las flores estn pintadas de oro y los
gorros de rojo; las inscripciones de plcida resignacin brillan doradas
sobre un fondo verde, pero esto dura poco. Las lluvias y el viento
devoran los colores, nadie viene a repararlos, y todos, pobres y ricos,
santos y pecadores, hombres y mujeres, toman la amarillez uniforme del
mrmol en el gran abandono de la muerte.

Nadie transita en este bosque bajo de ptreos matorrales que se pierde
de vista. De tarde en tarde se columbra en lo ms remoto del horizonte
el negro hormigueo de un grupo humano. Es un entierro. Bajarn el
cadver a la fosa, plantarn el mojn fnebre y volvern las espaldas
para no acordarse ms del lugar donde dejaron los restos del muerto
querido, cuya memoria llevan siempre en el pensamiento.

La soledad por todas partes: una soledad absoluta, sin huellas humanas,
sin cantos de pjaros, sin estremecimientos de hierba, sin roce de
insectos; un silencio de esterilidad y de muerte, como no se encuentra
jams en un paisaje europeo.

Este vaco fnebre hace que la visita a las grandes murallas sea la
nica excursin de Constantinopla en la que se recomienda al viajero la
necesidad de llevar armas. Cuando se tropieza con seres vivientes, el
encuentro es ms inquietante que la soledad. En un torren acampan
familias de cngaros de aspecto salvaje; diez o doce torres ms all,
unos cclopes han instalado su fragua bajo un trozo de cpula bizantina,
pero sus ojos inquietantes de bandido revelan que viven de algo ms que
de batir el hierro. En las ruinas de los que fueron palacios de
Palelogos y Comnenos pululan los ms inquietantes ejemplares de la
mendicidad oriental: gentes rodas por la miseria y desfiguradas por las
ms atroces enfermedades; leprosos con media cara devorada por la
putrefaccin; ciegos que muestran sus rbitas sin globos, rojizas,
piltrafosas, rodeadas de zumbantes moscardones; mujeres esquelticas,
comidas de piojos, que ensean entre los harapos el flccido pellejo de
sus pechos.

De hora en hora se ve en las murallas el tnel de una gran puerta. En
otros siglos fueron esplndidos arcos de triunfo. Uno de ellos se llam
la Puerta Dorada. An quedan en el muro vestigios de guilas imperiales.
Hoy nadie entra ni sale por ellas, y su profundo arco, ennegrecido por
las hogueras, sirve de refugio a los vagabundos de las ms extraas
nacionalidades.

Tristes restos que nada guardan de su pasado son tambin las famosas
Siete Torres, el _Heptapyrgion_ de los emperadores griegos. Cuando
llegaron los turcos era ya una ruina, y Mohamed _el Conquistador_ lo
reedific, haciendo de l algo semejante a lo que fue la Bastilla para
los reyes de Francia. Este castillo, en cuyos restos acampan hoy, como
fieras ahuyentadas del trato humano, los mendigos y los vagabundos, era
una de las fortalezas ms famosas de Europa. Aqu encerraban los
sultanes a los embajadores de Europa cuando entraban en guerra con sus
naciones. Aqu permanecieron aos y aos los enviados de Venecia y
Gnova. Los genzaros, omnipotentes pretorianos de la vieja Turqua,
encerraban aqu a los sultanes destronados o los degollaban en el gran
patio. Siete sultanes murieron en las Siete Torres, y es incontable el
nmero de grandes visires y pachs cuyas cabezas se pudrieron
enganchadas a las escarpias de las almenas. En uno de los patios del
antiguo castillo, que es hoy una extensin de malezas limitada por
ruinas, est el llamado Pozo de la sangre, donde se suman los cuerpos
de los decapitados. Otro patio se titulaba la Plaza de las cabezas, y
los crneos iban apilndose en l despus de las ejecuciones, hasta que
el lgubre montn llegaba a la altura de las almenas.

Nos alejamos de las Siete Torres, siguiendo el montono camino a lo
largo de las murallas, siempre entre ruinas y cementerios. Llevamos
muchas horas de marcha. El recinto forticado se extiende como una cinta
roja sin fin, subiendo y bajando con las ondulaciones del terreno. Una
puerta abandonada recuerda la muerte de Constantino Dragoses, el ltimo
emperador de Bizancio, valeroso e infortunado combatiente, que cay de
los muros y sigui luchando con su hacha de armas hasta desaparecer bajo
un montn de cadveres. Otro lugar evoca la muerte de Eyoub, el santo
portaestandarte del Profeta, el compaero de Mohamed _el Conquistador_,
que pereci en el sitio de la ciudad y dio su nombre al barrio del
Cuerno de Oro.

Vamos aproximndonos al trmino de nuestro viaje. Aparecen en la
desolada extensin grupos de habitaciones humanas, y entramos a
descansar en el pequeo monasterio de Balouki. En sus criptas surge la
fuente milagrosa de Zootocos, cuyas aguas obran prodigios, segn los
griegos. Es una cisterna bajo cpula sombra, en cuyo lquido nadan
muchos peces rojos.

El monje griego que nos la ensea relata la historia de la prodigiosa
fuente, el famoso milagro de los peces.

En el mismo instante que los turcos entraban por asalto en
Constantinopla, un monje de este convento estaba friendo unos pescados.
Otro monje, consternado por el suceso, se present en la puerta dndole
la terrible noticia.

Bah!--repuso el primero, no admitiendo que Bizancio pudiera ser
tomada--. Creer en eso cuando vea a mis pescados saltar de la sartn.

Y los pescados saltaron, medio rojos y medio negros, pues slo estaban
fritos por un lado, y fueron a refugiarse en el agua de la cisterna,
donde nadan an.

El barbudo monje de ahora nos cuenta esta leyenda, simple hasta la
estupidez, con grandes aspavientos dramticos para demostrar su fe; pero
indudablemente cree en ella lo mismo que nosotros.

Despus, siguiendo la costumbre, nos hisopea con el agua prodigiosa, a
guisa de bendicin, y... tiende la mano.

He aqu el verdadero milagro de los peces. ste s que es indiscutible.

Convertir en monedas las gotas de agua de la santa cisterna.




XXXII. LA NOCHE DE LA FUERZA


Va a comenzar el Ramadn, el mes sagrado de los musulmanes, la extraa
Cuaresma, que es, mientras luce el sol, ayuno y angustias, y as que
cierra la noche, una orga sin trmino.

Constantinopla brilla en la sombra, coronada de luces. La piedad
musulmana cubre con guirnaldas de fuego los balconcillos de los
minaretes y los arcos de las mezquitas, al mismo tiempo que la fidelidad
al _Padich_ y a las tradiciones ilumina los palacios, los puentes,
todos los edificios oficiales y las viviendas de los personajes.

En tiempos normales, Constantinopla es una ciudad discreta y recatada,
que se entrega al descanso apenas se oculta el sol. El turco se acuesta
pronto, para levantarse antes del alba, y fuera de los barrios europeos,
donde teatros y cafs prolongan la vida hasta pasada media noche, la
gran metrpoli tiene sus calles oscuras, sin otra luz que el plido
resplandor de las lmparas transparentado por los ventanales de
mezquitas y kioscos funerarios, ni otros transentes que los perros
vagabundos y el sereno que marca las horas con fuertes garrotazos en el
suelo.

Al llegar el Ramadn, Pera y Glata continan su vida nocturna de
siempre, pero el viejo Estambul, Scutari y todos los distritos turcos
sobrepujan durante la noche en luz y movimiento a los barrios europeos.
Apenas suena el caonazo de la puesta del sol, el musulmn, que ha
pasado el da sin comer, sin fumar y hasta privado del agua, se abalanza
como bestia famlica a los bodegones y cafs, asaltndolos. Es la orga
de toda una ciudad. No comen, tragan; no beben, sino cuelan; y este
devorar feroz va acompaado de risas, aullidos, danzas y peleas. El
turco no prueba el vino, pero la comida parece embriagarle, y ciertos
lquidos fermentados acaban por dar a su borrachera una alegra bestial
y peligrosa.

Mientras abajo, en las tortuosas calles donde brillan como bocas de
infierno las puertas de bodegones y cafs, alla el populacho turco,
arriba lucen las coronas de fuego de las mezquitas, y la luna, smbolo
del pueblo musulmn, rueda por el cielo de suave azul, presenciando con
cara bonachona la ruidosa orga de sus amigos.

Las iluminaciones de Constantinopla...! Esta ciudad europea, que an
vive privada de la electricidad, por orden del emperador, y no conoce
otro gas que el de los macilentos faroles de las calles, muestra un gran
talento artstico, una rara habilidad al iluminar sus fiestas. El
farolillo de aceite o la linterna con buja le bastan para realizar las
ms asombrosas combinaciones de su imaginacin oriental. El da que el
foco incandescente y los rosarios interminables de bombillas elctricas
aparezcan en Constantinopla, sta habr perdido una de sus mayores
originalidades: el encanto de sus fantsticas iluminaciones. No tienen
el estallido deslumbrante y brutal de las luces modernas; son reflejos
dulces, velados, discretos: una iluminacin de ensueo, un esplendor
vigoroso y potico, semejante al de las fiestas de _Las mil y una
noches_.

Vistas de cerca, las iluminaciones en palacios y templos son miles y
miles de vulgares linternas colgadas en clavos, en andamios de madera.
Contempladas de lejos, se convierten en maravillosas luces de color de
oro, que forman las ms extraordinarias visiones: flores fantsticas,
lunas, estrellas, soles, arcadas areas, un mundo de encantamiento que
parece flotar, impalpable, ligero y sin realidad, en la negrura del
ensueo, para disolverse apenas despertemos.

La luna rompe sus reflejos en las inquietas aguas del Bsforo, trazando
un extenso tringulo de luz, y junto a los peces de plata que rebullen
en su enorme estela nadan enjambres de peces de oro al reproducirse
invertidos los palacios iluminados de ambas riberas.

Una noche alquilo un caique de un solo remero para recorrer el Bsforo a
la luz de la luna. Es noche de fiesta extraordinaria dentro del Ramadn:
la llamada Noche de la Fuerza. Necesito llevar conmigo una
autorizacin de la Polica, pues al ocultarse el sol est prohibido
circular sin permiso de una a otra orilla, y la vigilancia es tan grande
sobre el agua como en tierra.

La inolvidable excursin por el mar encajonado y silencioso! Al seguir
el Bsforo contra la corriente, la barca queda envuelta de pronto en un
nimbo de luz, vindose como una figura de oro viejo el remero casi
desnudo, que, jadeante, mueve sus brazos junto a la proa. Es el
resplandor de un palacio de la orilla. El agua tiembla luminosa en torno
de la embarcacin con odulaciones doradas, como si transparentase una
fiesta de ondinas en las profundas entraas del Bsforo. Despus, la
barca vuelve a sumirse en la sombra; las aguas son negras, casi
invisibles, adivinndose por los violentos vaivenes que imprimen a la
ligera embarcacin y por el sordo chirriar de su corriente chocando con
la quilla y los remos. Y as, pasando de la sombra a la luz y del
resplandor a la oscuridad, vamos Bsforo arriba, bogando en lo
desconocido, con cierta emocin al pensar en la profundidad de las
aguas, agrandada por el misterio, y en la fragilidad del esquife,
balanceado como una pluma por el sombro elemento que se abre siempre
ante nosotros en la pavorosa lobreguez. En las lejanas orillas brillan
luces, suenan msicas y se adivina la presencia del gento, como si las
rfagas rumorosas de la brisa nos trajesen su respiracin. En lo alto
brilla la luna, plida y anmica al contrastar con las guirnaldas de oro
de los edificios.

De tarde en tarde, entre los palacios del Bsforo, con sus estrellas y
sus lunas de colores, se adivina un edificio vagoroso que hunde en el
misterio azul sus tentculos blancos. Es una mezquita. La discreta luz
de la lmpara del Mirab tiembla como una lgrima amarilla en las opacas
vidrieras, que parecen de un panten.

La embarcacin salta y gime en ciertos pasajes, chapoteando su proa en
las aguas invisibles. Son las rudas corrientes del Bsforo que rugen en
los recodos y los estrechos. El remero sigue adelante, con la confianza
del que ejerce su oficio. De pronto, un ojo deslumbrante surge de la
oscuridad. Un haz de vivos resplandores viene de l, pasendose sobre
las aguas, a las que da una blancura funeraria. Es el reflector
elctrico de un buque que marcha al mar Negro. Pasa el monstruo oscuro a
corta distancia, con ojos deslumbrantes en las antenas y otros ojos
rojizos y ms tenues formando doble lnea en sus flancos negros, donde
estn los camarotes. El agua que desplaza su gigantesco vientre
arremolnase en este callejn martimo, formando unas cuantas olas
seguidas, cortas y violentas, que crecen y se prolongan hasta las
orillas, para morir en ruidoso asalto.

El caique, que parece de papel, salta y se acuesta en este remolino
negro, amenazando zozobrar. Ya hay bastante! Ser tragado por el
Bsforo, a la vista de palacios iluminados, oyendo msicas y el ruido de
una muchedumbre que no puede enterarse de lo que ocurre en las aguas
oscuras a cincuenta metros de distancia, es un final inaceptable. Todas
las semanas se traga vctimas este Bsforo de enorme profundidad y
orillas cortadas como a pico. De da, gentes que caen en los
desembarcaderos, aturdidas por el empuje de las muchedumbres que asaltan
los vaporcillos o tranvas acuticos; de noche, caiques que zozobran. Y
estos turcos, familiarizados con el brazo de mar, que es la primera de
sus calles, no prestan atencin a tales sucesos, y los peridicos apenas
si les dedican dos lneas... Atrs!

Vamos ahora Bsforo abajo, siguiendo el impulso de la corriente. El
remero descansa, dando slo de vez en cuando alguna paletada para no
abordar a la orilla.

Otra vez saltamos de la luz a la sombra y de la sombra a la luz, pasando
ante los palacios de los parientes del Sultn, de los grandes pachs y
de los buques de guerra otomanos, con sus guirnaldas de luces que marcan
todos sus contornos, bordas, palos y chimeneas.

Nos aproximamos al palacio del ministro de Marina. La muchedumbre llena
el muelle. Grupos de mujeres con cerrado manto, que van como colegialas
en ruta, harenes enteros, pasean entre el gento en esta noche de
libertad y de fiesta. Los vendedores de bebidas gritan pregonando sus
mercancas. La banda de msica de un crucero toca bajo las ventanas de
Su Excelencia, y el pblico parece entusiasmado. No baila, como en las
fiestas de Europa, pero su alegra infantil se desborda a impulsos de la
msica amada, de la msica popular, _La Mascota_, y, sobre todo, _La
Gran Va_, de la cual el coro de los marineritos es insustituible para
el populacho de Constantinopla.

Nos alejamos Bsforo abajo. Va amortigundose el movimiento en las
orillas; las iluminaciones lucen solitarias en los muelles abandonados.
Una hora despus desembarco, siguiendo a pie las calles pendientes que
conducen a las alturas de Bechik-Tach, donde estn los palacios de los
principales personajes de Turqua.

Soledad completa. Todos los edificios estn iluminados, las calles
envueltas en un resplandor rojizo que expulsa la sombra hasta de los
ltimos rincones. En ambas aceras se elevan andamios con miles y miles
de linternas, formando dibujos inabarcables de cerca. Luces y luces
hasta donde alcanza la vista...! Y nadie: ni un hombre, ni un perro. Las
bestias vagabundas, acostumbradas a la lobreguez, han huido de la luz y
de la momentnea limpieza, buscando los callejones y solares donde se
amontona el estircol.

Los pasos despiertan en las losas una sonoridad fnebre. Se marcha como
en un ensueo. Pueden surgir facinerosos en esta soledad luminosa y ser
uno asesinado, sin que de los palacios esplendorosos y mudos salga el
menor auxilio. Parece que los turcos, despus de cubrir la ciudad de
luces, la han abandonado para siempre. Todo buen musulmn se ha
encerrado en su casa, aislndose del mundo. Es la gran noche, la ms
dulce de las noches... La Noche de la Fuerza!

El sabio Mohamed pens en todo al legislar para su pueblo. Predic la
guerra como elemento indispensable para sostener la vida; prohibi
manjares y lquidos incompatibles con la salud en un clima oriental;
elev la limpieza y el agua a la categora de dogmas, conociendo el amor
ancestral de la bestia humana a la suciedad y el abandono; y para que
sus pueblos no decreciesen, como les ocurre a ciertas naciones modernas,
decret en nombre de Al la Noche de la Fuerza.

En esta noche, todo musulmn que tiene su compaera no debe dormir, sino
velar mientras le queden alientos. El buen creyente, con el pensamiento
puesto en Al y en la reproduccin de su raza, debe gustar todos los
frutos que guarda su harn... mientras tenga dientes para ello. La
prescripcin religiosa es severa e ineludible. El amor por orden del
Profeta; el supremo escalofro como grata oracin a Dios. Nadie se
escapa a este supremo mandato. El viejo trmulo, exprimido y seco por
largos aos de poligamia, debe probar a cumplirlo--con probar nada se
pierde--; el adolescente recibe la iniciacin del misterio de la vida
por obra de alguna esclava de la casa, y entusiasmado con la dulce
novedad de la ceremonia, repite sus oraciones hasta que cae extenuado;
el hombre en plena virilidad hace un llamamiento a sus fuerzas y ora
toda la noche en diversos altares, con la conviccin de que ser grato a
Dios si el sol le sorprende ocupado todava en tales ritos.

La piedad musulmana se exalta y sobrepasa en esta noche, queriendo cada
cual ir lo ms lejos posible, para satisfaccin de Al y orgullo de las
propias fuerzas. Y todos corren y corren por el camino del santo deber,
sin ms pausa que la de los relevos, cambiando de montura para enardecer
su energa con el incentivo de la novedad, y llegando en el sacro
deporte a lmites donde slo pueden alcanzar el entusiasmo religioso y
el apasionamiento oriental.

Esta Noche de la Fuerza es la de la Ceremonia del Pauelo en el
Yildiz-Kiosk. Es vulgar la creencia de que los sultanes, desde hace
muchos siglos, cada vez que desean hablar aparte con una de sus
innumerables mujeres, la avisan arrojndole un pauelo. Nada hay de
esto. La ceremonia del pauelo existe, pero es slo una vez por ao: la
Noche de la Fuerza. Las tradiciones ordenan que, en esta noche, el
Comendador de los Creyentes, para cumplir el deber religioso como todos
sus sbditos musulmanes, sacrifique una doncella.

En un saln del harn imperial se alinea, bajo la mirada del Gran Eunuco
y sus tropas de negros, un centenar de vrgenes. Unas son esclavas de la
Circasia, enviadas como regalo por los gobernadores de los vilayetos
asiticos; otras, hijas de pachs entusiastas del emperador, que
aprovechan esta ocasin para introducir la influencia de su familia en
los departamentos secretos del Yildiz-Kiosk. Todas, esclavas y seoras,
confundidas en la igualdad femenil de las costumbres turcas, que no
reconocen ms que dos rangos, la belleza y la fealdad, aguardan trmulas
la presencia del Gran Seor, sabiendo que en breves instantes puede
decidirse su suerte.

Aparece el _Padich_. Con ojos impasibles examina la fila, el Gran
Eunuco secretea en su odo, y al fin arroja con indiferencia el
pauelo... Cualquiera! Su tranquilidad es igual a la del catlico que
todos los domingos va a misa, sabiendo que es un espectculo santo, pero
sin emocin alguna. La ha odo tantas veces, que no encuentra en ella el
encanto de la novedad.

Pobre Abdul-Hamid! Augusto Comendador de los Creyentes, con sus
setenta aos bien contados...! Me lo imagino en esta noche, a puerta
cerrada con la virgen, hermoso potro, bello y salvaje, con el fuego de
los pocos aos y el deseo de agradar, excedindose en toda clase de
iniciativas. El majestuoso _Padich_, que tal vez lleva ocupado el
pensamiento por alguna nueva reclamacin de los embajadores de las
potencias, tiene que pasar una noche, por deber religioso, junto a esta
primavera ardiente que vela junto a l, excitada y nerviosa. Sus
preocupaciones de gobernante, sus pensamientos de Felipe II, papelista
enterado minuciosamente de todo lo que ocurre en su vasto Imperio, le
preparan mal indudablemente para estas encerronas ordenadas por el
Profeta. La soberana de una noche sonre invitadora con sus labios
coloreados de carmn, levanta la mirada de sus ojos agrandados por la
pintura negra, saca incitante las curvas de su cuerpo en celo... pero al
tender sus manos, encuentra, ay!, el nimo del Gran Seor flcido y
desmayado, como el pauelo simblico.

Pensando en estos desastres y tormentos impuestos por el deber
religioso, que no tiene en cuenta edades ni circunstancias, sigo las
calles iluminadas y silenciosas, acompaado nicamente del eco de mis
pasos. Nadie! Siempre ante m la soledad roja y brillante! Pueden
robarme, pueden matarme, sin que al sonar mis gritos se abra una ventana
o una puerta de estos palacios luminosos. Sus habitantes estn demasiado
ocupados para fijarse en lo que ocurre en la calle.

El palo del sereno chocando contra las baldosas no altera esta noche el
silencio profundo del barrio seorial. Tambin para l, musulmn
fervoroso, es esta noche la de la Fuerza. Los ladrones, los vagabundos,
deben igualmente estar dedicados a la santa ceremonia. All lejos, en la
depresin del terreno por donde corren las aguas del Cuerno de Oro, el
cielo tiene resplandores de incendio y se eleva un zumbido de colmena
gigantesca. El populacho sigue divirtindose en Estambul y Glata.

Voy hacia all, por las calles abandonadas, muertas y luminosas, como si
marchase por una ciudad fantstica, mirando con despecho las puertas
cerradas, pensando con cierta amargura en la fra cama del hotel que me
espera, lamentando mi condicin de msero _giaour_, de despreciable
cristiano, que me hace vagar triste e intil en esta noche de la
abundancia hasta el desfallecimiento: la santa Noche de la Fuerza.




XXXIII. LA ENTRADA EN EUROPA


Adis, Constantinopla!

En plena noche atravieso por ltima vez el Gran Puente, sintiendo como
caricias amistosas de despedida los estremecimientos y saltos que
imprimen al carruaje los tablones de la plataforma. El Cuerno de Oro es
una zanja profunda y brumosa, en la que brillan los ojos inflamados de
las embarcaciones. Enfrente, el venerable Estambul recorta su silueta
negra de cpulas y minaretes sobre un cielo esfumado en el que brilla
plida la luna menguante. Las luces del Ramadn parecen flotar en el
espacio como constelaciones perdidas.

Adis!

Hace ms de un mes que vivo en estos lugares a los que nada me une, ni
el nacimiento, ni la raza, ni la historia, y, sin embargo, la partida es
melanclica y penosa.

Cuando se viaja se abandonan las ciudades, por gratas que sean, con un
sentimiento de alegra. Es la curiosidad que se despierta de nuevo, el
instinto ancestral de cambio y movimiento que llevamos en nosotros como
herencia de nuestros remotsimos abuelos, nmadas incansables del mundo
prehistrico. Qu habr ms all? Qu nos espera en la prxima
etapa...?

Pero al partir de Constantinopla, este sentimiento alegre y curioso se
amortigua y desvanece. Por interesante que sea lo futuro, no llegar a
serlo tanto como el presente. La Europa occidental, con sus ciudades
cmodas y uniformes, seguramente que no puede borrar el recuerdo de esta
aglomeracin de razas, lenguas, colores, libertades inauditas y
despotismos irresistibles que ofrece la metrpoli del Bsforo.

Adis...! Y a la melanclica despedida se une la incertidumbre del
porvenir, la sospecha de que no volver a contemplar estos lugares
amados, de que las circunstancias de mi vida harn que sta se extinga
antes de poder cumplir mi deseo.

Al recuerdo de Constantinopla va unido el del mar de Mrmara, con sus
aguas tranquilas y verdes, por cuyas transparentes entraas pasan
flotando las medusas como un desfile de paraguas de ncar.

Recuerdo tambin las poblaciones del Asia Menor que acabo de visitar,
Mudania y Brussa, ciudades puramente turcas, donde vive el musulmn sin
nada de europeo que desfigure y envilezca su existencia. Algn da
hablar de Brussa, la de la mezquita Verde, edificada por alarifes de la
Andaluca musulmana; Brussa, la de las sedas brillantes como oro, la
Granada turca, dormitando al pie del Olimpo de Bitinia, frente a una
vega situada a muchos centenares de metros sobre el nivel del mar y
eternamente frondosa, lo que hace que los otomanos la llamen con orgullo
Brussa la Verde. Y tambin hablar, en una novela, del barrio de
Glata en Constantinopla, el barrio de los espaoles, como lo titula
la topografa popular, donde veintiocho mil judos que se apellidan
Salcedo, Cobo, Hernndez, Camondo, etc., emplean en el seno de la
familia un castellano arcaico, que es la lengua sagrada, el medio de
comunicacin para librarse de la vigilancia de los enemigos.

--Ah, Espanya! La bella Sin de Occidente! Los mos, los viexos,
baxaron de all.

Los cuentos que entretienen a la familia en las noches de sbado,
leyendas de enormes tesoros enterrados, tienen siempre por escenario la
lejana Espaa, pas fantstico del que hablan los patriarcas a los nios
con grave misterio, como hablamos nosotros de Bagdad, la de _Las mil y
una noches_. Y en las fiestas israelitas, las viejas descuelgan los
panderos y entonan con sus bocas desdentadas villancicos del siglo XV
aprendidos por sus abuelas en Toledo, que fue como el Pars del mundo
judo.

Abandono Constantinopla despus de pasar por las innumerables ceremonias
del pasaporte, que son aqu tan precisas para salir del pas como para
entrar.

Rueda el tren durante la noche por las desoladas llanuras de la Tracia.
Al amanecer estamos en Rumelia, y despus en Bulgaria. Se acabaron los
gorros rojos. Los soldados que ocupan los andenes de las estaciones o
acampan en tiendas grises al pie de alguna loma van vestidos a la rusa.
Los campesinos, con una tiara negra de piel de oveja y rudas abarcas,
marchan por los caminos amarillentos ante los tardos bueyes que
arrastran unas carretas chirriantes de ruedas macizas. Al cerrar la
noche atravesamos Servia, y al lucir de nuevo el sol estamos en tierra
hngara.

Nos aproximamos a Budapest, a las verdaderas puertas de la Europa
europea.

Es la hora del almuerzo. En el vagn-restaurante, que va a la cola del
tren, nos juntamos los viajeros del expreso de Constantinopla, gentes de
diversas nacionalidades. Ocupo una mesa con dos viajeros desconocidos y
una seora rubia y elegante, sentada frente a m. Silencio absoluto o
lacnicos ofrecimientos de platos, con esa reserva corts y fra de los
que van por el mundo y no saben quin pueda ser su compaero de mesa.
El almuerzo toca a su fin. Tomamos el caf. Por el cristal de la
ventanilla veo pasar barriadas de casas blancas con grandes anuncios. Se
adivina la proximidad de una enorme poblacin. Debemos estar en las
afueras de Budapest. Veo un cartel de teatro, impreso en magiar, del
cual slo es inteligible para m el ttulo de la obra: _Carmen_.

De pronto, un choque, un tropezn gigantesco contra un obstculo. Luego,
la milsima de un segundo, que nos parece un siglo, y durante este
espacio nos contemplamos todos con los ojos desmesuradamente abiertos y
en ellos una expresin loca de espanto. A continuacin, el rudo
movimiento de retroceso que lo desordena todo, que lo rompe todo, que
nos hace saltar y rodar en medio de una lluvia y un estrpito mortales.
Es medioda; luce el sol; el cielo es azul, sin una nube, y, sin
embargo, nos sentimos ciegos, como si hubisemos cado en plena noche.

La mesa en que estamos rompe con la violencia del retroceso los goznes
de bronce que la unen a la pared del vagn. Rueda sobre m con sus
platos, tazas y cafeteras, y me arroja al suelo. Siento sobre el pecho
su doloroso filo, a ms del peso de la seora de enfrente y otros
cuerpos que se agitan con el pasmo del terror.

Pasan unos instantes brevsimos, pero la imaginacin los llena
vertiginosamente, poblndolos de miedos y esperanzas, como si fuesen
aos. Estar herido? Qu se habr roto en mi organismo? Ir a morir
pasado el primer aturdimiento? Qu encontrar en m cuando llegue a
incorporarme...?

Me levanto. Un pie se me hunde en una cosa blanda y elstica envuelta en
pao azul con botones de oro. Es el vientre del camarero que nos serva
momentos antes. Est de espaldas con los brazos en cruz, los ojos
agrandados por el espanto, y no se mueve del suelo a pesar de mi
pisotn.

Frente a m se incorpora la seora, que parece haber envejecido en unos
instantes, plida, con amarillez de cirio, los rubios cabellos en
desorden, el sombrero aplastado, las facciones afiladas y trmulas por
la emocin.

--No somos ms que una porquera--dice en francs.

Tal vez fue la influencia del momento, pero juro que jams he odo una
frase tan profunda y tan justa.

Al mirar en torno no conozco el comedor. Todo roto, todo demolido, como
si un proyectil de can hubiese pasado por l. Cuerpos en el suelo,
mesas cadas, manteles rasgados, lquidos que chorrean, no sabindose
ciertamente lo que es caf, lo que es licor y lo que es sangre; platos
hechos trizas, todos los cristales del vagn, los gruesos cristales,
partidos en lminas agudas, esparcidos como transparentes hojas de
espada.

Instintivamente arranco de la espalda de la seora una especie de pual
de vidrio clavado en su cors. Es un fragmento de la luna que estaba
detrs de ella. Un poco ms arriba y queda degollada en el sitio.

Sin saber cmo, me veo pisando tierra, corriendo a lo largo de la va,
junto a un talud altsimo. Otros viajeros corren tambin, tropezando en
los guijarros. Un hervor gigantesco llena el espacio de humo, vindose
entre sus vedijas el casero blanco de Pest en una montaa. El vapor se
escapa con un chirrido de sartn enorme. Llegamos a la cabeza del tren,
que parece haberse desdoblado, y vemos a dos locomotoras cadas y
mugiendo como dos toros que acaban de embestirse, desplomndose
moribundos. A un lado nuestro tren; al otro lado un largo rosario de
vagones de mercancas. El encuentro ha sido en lo ms hondo de un
desmonte, bajo un puente de madera que desaparece entre la humareda de
las dos mquinas heridas de muerte. Unas vagonetas cargadas de
materiales de construccin se han roto, esparciendo a ambos lados de la
va, entre las ruedas sueltas y retorcidas, una cascada de yeso y de
ladrillos.

Los dos primeros vagones de nuestro tren ya no existen. Son a modo de
acordeones cerrados por el choque, con pliegues trgicos que dan un
escalofro de terror. Como ocurre casi siempre... de tercera clase. El
furgn de los equipajes es un amasijo de maderos y hierros, que a cada
estremecimiento del tren moribundo vomita maletas y cofres. Hombres
sangrientos que an no se han dado cuenta de sus heridas corren
excitados por la emocin y gritan en magiar, en alemn, en servio, en
turco. Los empleados se mueven, queriendo servir de algo, pero sin saber
ciertamente por dnde empezar. Siguiendo el impulso de los dems,
intento subir a los vagones demolidos. Al poner el pie en la rota
plataforma chapoteo en algo negro, que es lquido y slido a un tiempo.
Una mosca revolotea ansiosa sobre este banquete de sangre y piltrafas,
anunciando la llegada de sus compaeras. Para qu aadir el horror a la
emocin sufrida...?

Recojo mis dos maletas y subo al talud, para salir cuanto antes de esta
zanja maldita. Al verme arriba me asombro de la fuerza nerviosa que da
la emocin, de la ligereza con que he subido cargado por la ruda
pendiente.

Me siento al borde del declive sobre mi equipaje y quedo en una
insensibilidad estpida, aturdido, sin saber qu hacer, contemplando los
restos de la catstrofe, viendo cmo el humo rojizo de las locomotoras
empieza a incendiar el puente de madera.

Por todos los caminos de la campia llegan corriendo grupos de hngaros
melenudos. De las casas inmediatas salen mujeres. Abajo aumenta el
nmero de los que se agitan junto a los dos trenes y penetran en los
vagones demolidos.

Una catstrofe estpida. En la estacin de Budapest han dejado salir un
tren de mercancas a la hora en que diariamente llega el tren de
Constantinopla. Esto pasa en la Europa central, la de los grandes
ferrocarriles organizados militarmente, y nadie parece indignado... Y
despus hablamos de las cosas de Espaa...!

Veo de pronto sombras que se interponen ocultndome la luz del sol. Son
mujeres hngaras con sus chiquillos: buenas mozas, gordas, morenotas y
ventrudas, que visten batas de percal y llevan el pauelo de seda
formando visera sobre los ojos, lo mismo que las chulas de Madrid.

Sienten curiosidad de los grandes sucesos, la necesidad de rozarse con
alguien que ha visto el peligro de cerca, y me hablan en su idioma
ininteligible, mirndome con simptica compasin. Adivino que me
preguntan si estoy asustado; se asombran al verme entero, sin un
rasguo, sin una gota de sangre. Una joven se empea en hacerme beber un
vaso de agua. Una vieja arrugada y negra como una gitana me pasa las
manos por el rostro con sonrisa de bruja bondadosa.

El puente es una gran llama que esparce intenso hedor de madera vieja.
La muchedumbre se agita con vaivenes de audacia y de miedo. Estupendas
noticias la conmueven, hacindola huir talud arriba en espantoso
desorden. Que las locomotoras van a estallar...! Que el tren contiene
dinamita...!

Se esparcen con pnico de rebao; pero transcurridos algunos minutos, la
curiosidad tira de ellos otra vez, y descienden la cuesta para mezclarse
con los empleados y trabajadores, dificultando las operaciones de
salvamento.

Ha transcurrido cerca de una hora. Por un camino se ve avanzar al galope
un escuadrn de caballera. Por otros se presentan compaas de
infantera y escuadras de polizontes. Llegan carruajes cerrados con el
escudo de la Cruz Roja. Empiezan a descender camillas por la cuesta del
desmonte.

De los fnebres acordeones de abajo salen grupos de hombres arrastrando
bultos innimes. Uno... dos... tres... cuatro... cinco. Cundo acabar
esa extraccin horripilante! Junto a m pasan hombres y mujeres
sostenidos en brazos con la cabeza entrapajada. Unos la dejan pender
sobre los hombros vecinos con mortal desmayo; otros gimen con palabras
extraas que no puedo entender.

La caballera da una carga a la muchedumbre curiosa, para limpiar los
alrededores. Los infantes austracos entran a la bayoneta, con furiosos
gritos de los oficiales y victorioso tremolar de sables.

Las mujeres se apelotonan en torno mo, como si mi calidad de vctima
las sirviese de amparo para permanecer en su sitio... Por qu sigo
aqu? De qu sirve mi presencia?

Me restriego el pecho, contusionado por el choque de la mesa y el peso
de mis vecinos. El costillaje me duele cada vez ms, al desvanecerse el
primer aturdimiento de la emocin. Escupo sin cesar, pensando medroso en
el color prpura... No; no hay nada roto.

Empleando el idioma universal de la mirada y la sea, coloco una de las
maletas en la cabeza de un muchacho, me defiendo galantemente de las
mujeres que quieren encargarse de la otra, y escoltado por estas amigas,
que hablan y hablan sin descorazonarse ante mi silencio, emprendo la
marcha, al travs de campos recin labrados y movedizos, hacia un camino
por el que veo pasar un tranva elctrico.

Para qu permanecer aqu, donde a nadie conozco y nadie me entiende?
Voy a Budapest a tomar otra vez el tren, que me inspira un pnico
invencible.

Y as entro en la verdadera Europa, a pie, al travs de los campos,
llevando mi hato al hombro, lo mismo que un invasor oriental de hace
siglos atrado por los esplendores de Occidente.

_Agosto-Noviembre 1907_




[End of _Oriente_ by Vicente Blasco Ibez]
[Fin de _Oriente_ par Vicente Blasco Ibez]
